Jueves, 04 Marzo 2010 09:31

F. ¿Siempre habrá guerras?

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Las teorías y creencias respecto al carácter inevitable y/o beneficioso de la guerra suelen ser historicismos. Un historicismo consiste en el análisis de determinados datos históricos para establecer patrones o pautas que apunten a un proceso histórico que, a su vez, pueda dar lugar a la inducción de una teoría social que permita la predicción de su repetición en el futuro. Tal es el caso de la afirmación popular “Siempre ha habido guerras y siempre las habrá”. En su crítica del tipo de historicismo practicado por filósofos como Hegel y Marx, Karl Popper lo define como: "Una aproximación a las ciencias sociales en la cual la predicción histórica constituye el objetivo principal y que asume que tal objetivo es alcanzable mediante el descubrimiento de ‘ritmos’ o ‘patrones’, ‘leyes’ o ‘tendencias’ que subyacen en la evolución de la historia".[1]

El problema con este tipo de interpretación de la historia es que el rasgo bajo estudio – en este caso la guerra – suele ser naturalizado como inherente a la naturaleza humana y/o esencializado como sine qua non de la sociedad. Como afirma Glenn D. Paige en su libro “War”: “Siempre pensamos en la guerra como parte natural y justificable del comportamiento humano. Y si lo es, desde luego, estamos condenados a ella; ¡pero quizás no lo sea!”[2]

 

A.  Falacias y otros deslices

Al sugerirse que la humanidad no está necesariamente condenada por siempre a la guerra, es común escuchar argumentos señalando a tal o cual pueblo guerrero o incidente militar como prueba de lo contrario. Esto se debe al error conceptual de confundir “algunas sociedades” con “todas las sociedades” y equivocar una posibilidad con un imperativo. Es tan falaz como el afirmar que si alguna vez existió un pueblo pacifista, es prueba de que toda sociedad es necesariamente pacífica. Aún si todas las comunidades conocidas fueran bélicas (cosa que no es cierto), esto no sería prueba concluyente de la imposibilidad de que exista alguna vez lo contrario. Más bien, esta forma de pensar corresponde a la pretérita etapa positivista de la ciencia, cuando se pretendía reducir la inmensa complejidad del mundo a unas pocas afirmaciones simplistas.

En el estudio de las guerras del pasado, también es imperativo evitar la falacia del ‘presentismo’, que consiste en suponer que los motivos subyacentes en los conflictos bélicos de otra época eran iguales a lo que actualmente supondríamos como los principales móviles pragmáticos. Tradicionalmente, por ejemplo, algunas aparentes guerras tenían un carácter más bien simbólico e incluso espiritual, como ocasiones para probar el honor, la valentía y la lealtad.

Tampoco hay que caer en la falacia del ‘continuismo’, de suponer que el futuro será meramente una continuación del pasado, ad infinitum. El estudio histórico de las expectativas para el futuro nos aseguran que “el futuro nunca será igual y jamás lo fue” y que “lo que más se debe esperar es lo inesperado”. Hay que preguntarse si el comportamiento de la humanidad durante su infancia y niñez colectivas la condena a seguir actuando de la misma forma en su edad de madurez colectiva, o si la prolongada adolescencia actual de la raza humana puede también tener un desenlace insospechado y positivo.

A continuación analizamos y refutamos tres de los historicismos que más comúnmente se citan en defensa de la guerra como elemento ineludible e incluso necesario en la sociedad. En su lugar, identificamos algunas interpretaciones alternativas de los procesos históricos, así como propuestas para lograr los mismos beneficios sin necesidad de la guerra, canalizando de este modo una creciente proporción de los recursos gastados en la empresa militar hacia la educación, salud y desarrollo humano de los pueblos de la tierra.

 

B.  La Historia como Serie de Guerras

El argumento historicista más común en favor de la guerra es que “siempre ha habido guerras y siempre las habrá”. Incluso algunos autores han intentado describir sus ciclos. Esta naturalización de la guerra en base a argumentos históricos se refleja en la forma como la guerra es representada en los textos educativos y en los medios masivos contemporáneos. Dichos textos presentan la historia como una larga serie de guerras, conflictos, revoluciones y pugnas, que los estudiantes deben memorizar con los detalles de lugar, fecha y personajes principales. Es como si la guerra fuese el estado ‘natural’ de la humanidad y la paz apenas una aberración que surge de vez en cuando.

Según Thomas Hobbes, el Leviatán consistía en un Contrato Social implícito cuyo propósito era la preservación de la seguridad colectiva contra el summum malum: la muerte violenta debido a una competencia violenta inevitable entre los seres humanos. En palabras de Hobbes:

"Yo posito una inclinación general de la humanidad toda, un deseo perpetuo e incansable de poder tras poder, que cesa únicamente con la muerte… Y, por tanto sí hombres cualesquiera desean la misma cosa… devienen enemigos; y en su camino hacia su fin… se esfuerzan mutuamente en destruirse ó s subyugarse… Es por ello manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que les obligue a todos al respeto, están en aquella condición que se llama guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos – bellum omnium contra omnes".

Sin embargo, en realidad las guerras constituyen eventos puntuales y coyunturales que han ocupado un mínimo del tiempo histórico total de cada pueblo de la tierra. Una perspectiva histórica centrada en ellas tiene el efecto de pasar por alto los años, décadas y siglos de paz, prosperidad, progreso y felicidad para los pueblos. Aun si hubiera un promedio de 2 guerras por año en todo el mundo, esto significaría un promedio de 100 años de paz entre guerras para cada país. Con razón Georges Clemenceau exclamaba: “No sé si la guerra es un interludio durante la paz, o si la paz es un interludio durante la guerra”. Como consecuencia de esta distorsión de los hechos en el devenir de la humanidad, muchos han llegado a creer que el conflicto y la guerra constituyen la sustancia de la historia y que, por tanto, son inevitables. En palabras del renombrado científico social Kenneth Boulding [1990:23]:

“La guerra, que figura de manera tan prominente en los textos de historia, rara vez ocupa más del 10 por ciento del tiempo y energía de la humanidad. El otro 90 por ciento o más se dedica a arar, sembrar y cosechar, al tejido y la construcción, y a la fabricación de muebles, enseres, utensilios y demás”.

Es como si leyéramos el historial clínico de un individuo en un intento por comprender su realidad. Veríamos que a la semana de nacido sufrió de cólicos, al mes tuvo salpullido, al medio año contrajo una gripa, al año diarrea, a los dos años se partió la frente, etc. Concluiríamos que el estado natural de la persona es la enfermedad, que la salud es la excepción, una aberración o simplemente un cobrar fuerzas para poder enfermarse con mayor ímpetu, y que lo máximo que se puede aspirar es aprender a aceptar su realidad y vivir con ella. Esto se debe a que nuestro análisis del individuo se centra en sus dolencias –pocas y de corta duración– y hace caso omiso a los largos períodos de salud, fortaleza, desarrollo y alegría.

Del mismo modo, se podría considerar que la guerra constituye una enfermedad del cuerpo político y la paz su salud. ¿Por qué suponer que la guerra sea un aspecto más esencial de ese cuerpo que la paz, si ambas han estado presentes a lo largo de la historia? Tomando en cuenta la preponderancia de los períodos de paz en la vida de cada pueblo, en realidad sería más apegado a la realidad el afirmar que “siempre ha habido paz y siempre la habrá. Al entender a la paz como el estado ‘natural’ de la humanidad y la guerra como una aberración, nos será posible diagnosticar las causas de esta enfermedad y buscar su prevención o cura. En palabras de Morton Hunt, “El historial de la crueldad del hombre para con el hombre es horroroso, cuando uno lo recopila… pero, ¿quién ha recopilado el registro de la amabilidad del hombre hacia el hombre – los trillones de actos de ternura y bondad, las manos amigas, las sonrisas, los alimentos compartidos, los besos, los regalos, las curaciones, los rescates?”[3]

Parte de la causa de este enfoque se debe a que, antiguamente, prácticamente la única historiografía era lo que ahora se conoce como la ‘historia política’ , la narración y el análisis de eventos, ideas, movimientos y líderes políticos, y la ‘historia diplomática’ o de las relaciones entre estados. De hecho, los primeros historiadores eran escribanos que apuntaban las palabras, hazañas y conquistas de los emperadores, reyes y patriarcas de cada pueblo, y siempre de la manera más gloriosa posible. No se hacía ‘historia social’ o ‘historia popular’ sobre la vida del pueblo, sus avances y reveses, sus pesares y alegrías, sus aspiraciones y frustraciones. Tampoco se hacía mucho hincapié en las actividades pacíficas de los líderes, pues consideraban que sus mayores proezas consistían de la ocupación de nuevos territorios, la toma de ciudades y el anexado de nuevos pueblos y naciones. Máxime se registraba la construcción de monumentos para su propia glorificación, muchas veces a costo del bienestar popular.

La interpretación de la historia como una cadena interminable de guerras y conflictos, también es reforzada por el hecho de que la humanidad se encuentra actualmente envuelta en uno de los períodos más críticos y convulsionados en su historia. Esta situación ha sido exacerbada por los medios masivos, particularmente los noticieros y la industria cinematográfica. Los servicios noticiosos, al centrarse en los acontecimientos más dramáticos del día, suelen sobre-enfatizar las guerras y los conflictos, desenfatizando la verdadera substancia de la vida que consiste del trabajo cotidiano de miles de millones de seres humanos –amantes de la paz– por construir un mundo mejor para ellos y sus familias. Las películas de cierta época incluso glorificaban a la guerra y, aunque últimamente se ha visto una tendencia hacia su desglorificación y encrudecimiento, todavía suelen mostrar al mundo como un lugar agonista, peligroso y temible.

 

C.  La Evolución Sociopolítica

El concepto de la evolución sociopolítica es un historicismo que ofrece una interpretación alternativa a lo que ha motivado los conflictos y las guerras y cómo han sido superados. En esencia, la humanidad ha pasado por diversas etapas en su evolución sociopolítica, caracterizadas por la configuración de unidades cada vez más grandes y complejas. La mayoría de conflictivos y guerras ha ocurrido durante los períodos de cambio (o resistencia al cambio) de una etapa sociopolítica a la siguiente. Mientras más imperativo ha llegado a ser el cambio, más crítica se ha vuelto la situación y más frecuentes y graves han sido los conflictos y las guerras.

¿En qué consisten estas etapas? Según Diamond (1997:281), “A lo largo de los últimos 13.000 años, la tendencia predominante en la sociedad ha sido el reemplazo de unidades más pequeñas y menos complejas por otras más grandes y complejas.” Los historiadores suelen agrupar estas etapas en varias categorías, como por ejemplo: (1) bandas o clanes familiares; (2) tribus; (3) cacicazgos o ciudades-estado; y (4) naciones-estado o países independientes.[4] Al proyectar esta tendencia hacia el futuro, se encuentra que la etapa actual se caracterizaría por la unificación de las actuales naciones independientes en nuevas estructuras de interdependencia internacional, que augura su apogeo en alguna especie de sistema legal supranacional de alcance mundial.

1.   Bandas y clanes familiares

Una banda o un clan constituyen varias docenas de miembros de una misma familia extendida, cazadores-recolectores nómadas, sin especialización y estratificación económica ni estructuras sociopolíticas formales. Puede vivir en paz indefinidamente mientras haya suficiente territorio para apoyar este modo de vida expansivo. Esta era la situación de la mayoría de la población mundial al terminarse la última Edad de Hielo hace unos 13.000 años. Sin embargo, conforme crecía el tamaño y número de estas bandas y se volvían hacinados sus territorios, los conflictos resultantes se intensificaron y decayeron en agresión, hasta que la situación se volvió intolerable. Finalmente su necesidad de sobrevivir y avanzar les obliga a hallar una nueva forma de percibir y estructurar su vida conjunta.

Los Fayu de Nueva Guinea constituían cuatro bandas pequeñas que habitaban un vasto territorio de cientos de kilómetros cuadrados donde cada una se mantenía en relativo aislamiento. Sin embargo, al aumentar su población conjunta hasta un total de unos 2000, comenzaron a surgir conflictos cada vez más frecuentes y graves entre ellos. Faltando los mecanismos sociopolíticos esenciales para la resolución de estas controversias, cayeron en un nivel de violencia que ha reducido su población a unos 400 miembros. Actualmente han renunciado a la agresión y se encuentran adquiriendo las perspectivas psicoculturales y arreglos socioestructurales necesarios para su pacífica convivencia. En otros casos las bandas han sido exterminadas o asimiladas por otras poblaciones que ya habían alcanzado un nivel de organización sociopolítica superior.

2.   Formación de tribus

Una tribu consiste en uno o más clanes que comparten un mismo idioma y cultura. Suelen habitar áreas con una alta concentración de recursos, con una agricultura y tecnología incipiente, asentamientos relativamente más fijos y un territorio definido que se divide por clanes. Su economía se basa en el trueque o intercambio recíproco entre sus miembros, con poca especialización. Su organización sociopolítica sigue siendo relativamente informal e igualitaria, aunque a menudo se considera al miembro más influyente como una especie de autoridad o líder moral. La mayoría de tribus no pasa de varios centenares de miembros, lo cual permite que todos se conozcan entre sí, e incluso suele ser el caso que la mayoría son parientes directos o por matrimonio. Esto facilita la resolución de cualquier conflicto entre conocidos y familiares mediante la aplicación de la presión social, sin la intervención de agencias formales para el mantenimiento del orden.

Sin embargo, al crecer su numero a varios miles, casi nadie puede conocerse con todos los demás y los lazos familiares son menos comunes, lo cual dificulta la resolución de conflictos por vía de la presión social. Jared Diamond (1997:272) reporta que tradicionalmente en Nueva Guinea, cuando dos desconocidos se encontraban, recontaban largamente entre ellos los miembros de sus familias extendidas, en búsqueda de algún lazo de parentesco que les diera una razón para no pelear. Nuevamente, al aumentarse el número y la gravedad de conflictos irresueltos, la situación se torna intolerable y exige el desarrollo de nuevas estructuras mentales y sociopolíticas con el poder centralizado necesario para la convivencia de desconocidos sin caer en la violencia. Es así como la organización tribal da lugar al cacicazgo y la ciudad-estado.

3.   Cacicazgos y ciudades–estado

Los cacicazgos constituyeron la estructura social preponderante a nivel mundial en el año 1500, pero hasta el Siglo XX habían sido reemplazados por los estados independientes. Tenían poblaciones de varios miles a decenas de miles de habitantes, a menudo agrupados por clan o tribu, muchos de los cuales carecían de vínculos de parentesco y amistad. Su economía se basaba en la caza-recolección en las áreas más ricamente dotadas y en la agricultura en las demás zonas, con una mayor especialización del trabajo y diferenciación de clases sociales. Esto a la vez favoreció un mayor desarrollo tecnológico.

A fin de mantener el orden entre los miles de desconocidos, un cacique ejercía un monopolio sobre el derecho a emplear la fuerza, a cierta información privilegiada y a emitir un fallo obligatorio en casos de controversias. Su puesto conllevaba una autoridad centralizada y formalmente reconocida, que por lo general era hereditario, dando lugar a la jerarquización de los linajes. Con el propósito de fomentar el respeto por su posición exclusiva en la sociedad, solía distinguirse visualmente por su indumentaria, enseres y arquitectura. Sus decisiones eran ejecutadas por varios representantes, a modo de una burocracia incipiente. Cobró mayor importancia el rol de la religión como factor vinculante entre desconocidos, al brindarles una cosmovisión unificadora y un motivo para acoger al prójimo que no dependiera de los lazos afectivos del parentesco sanguíneo.

Esta estructura sociopolítica hizo necesario el desarrollo de sistemas de redistribución y tributación, tanto en trabajo como en bienes, sobre los cuales los caciques ejercían un control indisputable. La creciente centralización resultó en la formación de ciudades como ejes del poder político y de la economía, dando lugar al concepto de ciudad-estado. Desafortunadamente, esto favoreció el que surgiesen disputas al interior del cacicazgo por reclamar un derecho hereditario en la jerarquía de linajes, o por rebelarse contra los abusos del cacique en el poder. Hacia fuera de ese centro, dio lugar a guerras con los cacicazgos vecinos por expandir los territorios, pues mientras más grande el territorio y la población del cacicazgo, mayor era su poderío económico y político.

4.   Las naciones–estado

Como resultado de siglos de constante fluctuación de las fronteras de los cacicazgos entre conquistas y reconquistas, paulatinamente se fueron fijando las fronteras en torno a una identidad como nación independiente, regida por un estado representativo de dicha identidad.[5] Los estados-nación modernos agrupan un millón o más de habitantes (en la China más de mil millones) y suelen abarcar varias ciudades aparte de la capital. La población suele ser compuesto por una diversidad de grupos étnicos, lingüísticos y religiosos, pese a lo cual mantienen una misma identidad nacional. Diamond (1997:266) observa que hasta el año 1500 d.C., menos del 20 por ciento del territorio global estaba dividido en naciones–estado, mientras que hoy es casi el 100 por ciento, exceptuando la Antártica.

En cuanto a su estructura sociopolítica, los caciques del nivel anterior, en el caso de la nación–estado, se convierten en los reyes de las monarquías, en los dictadores de las autocracias y en los presidentes y primeros ministros de los estados democráticos, siendo la preferencia por éstos últimos una clara tendencia actual. Se centraliza en ellos mucho mayor derecho exclusivo a la información privativa, a la toma de decisiones que rijan sobre la nación como un todo y al control centralizado de la tributación y redistribución. Además se forman viarios niveles administrativos y una compleja burocracia profesional para manejar los asuntos del estado. La resolución de conflictos internos se formaliza mediante legislaturas, sistemas judiciales y fuerzas policíacas. Su administración eficaz hizo necesario el desarrollo de la lectoescritura, la numeración y la alfabetización al menos de las élites en la mayoría de casos.

Con el tiempo la nación–estado ha entrado en crisis. Sus economías, ricamente diversas en producción, especialización del trabajo y desarrollo tecnológico, han favorecido la acumulación de capital y hecho necesario el establecimiento de una moneda que flexibilice el intercambio de bienes y servicios. Como resultado, la interdependencia económica ha sido tal que ni siquiera los agricultores han podido ser autosuficientes. Conforme aumenta la producción y diversificación económica, ha sido no sólo posible sino necesario acrecentar el comercio e intercambio con otras naciones. La profundización de estos vínculos comerciales a nivel mundial ha llevado a la globalización de los mercados, sin que exista una autoridad política supranacional que regule dichos mercados. El resultado ha sido un aumento de las tensiones y los conflictos entre países, llegando en muchos casos a la ‘guerra económica’ e incluso militar para su resolución.

5.   Un estado supranacional

La actual transición de la nación soberana como la máxima unidad sociopolítica, a su unificación en nuevas formas de organización supranacional, ha sido un proceso desgarrador en muchos sentidos. Es ‘natural’ para una persona que haya nacido y crecido dentro de semejante período, que llegue a suponer que el mundo siempre ha sido y siempre será así. Haría falta que amplíe su visión histórica para que abarque no sólo sus pocas décadas de vida, ni tampoco apenas los últimos siglos de formación de naciones-estado, sino con la amplitud de varios milenios, hasta poner en su verdadera perspectiva los acontecimientos actuales. El historiador Shoghi Effendi expresa como sigue su percepción de esa visión histórica:

"La unificación de la humanidad es el sello distintivo de la etapa a la que ahora se acerca la sociedad. La unidad de la familia, de la tribu, de la ciudad-estado y de la nación han sido acometidas sucesivamente hasta ser del todo logradas. Y ahora es la unidad mundial la meta por la que brega una humanidad hostigada. El proceso de construcción de naciones ha tocado a su fin. La anarquía inherente a la soberanía del estado roza ya su apogeo. Un mundo en pos de su mayoría de edad debe abandonar ese fetiche, reconocer la unidad e integridad de las relaciones humanas, y establecer de una vez por todas la maquinaria que mejor encarne este principio fundamental de su vida". [1991:202]

6.   Impulsores de la evolución sociopolítica

El logro sucesivo de estas etapas ha supuesto verdaderas revoluciones, tanto en la forma popular de pensar, sentir e identificarse, como en la estructuración y organización de la sociedad y sus instituciones. No han sido un proceso fácil; más bien ha significado en la mayoría de casos choques fuertes entre elementos que, con el tiempo, llegaron a fusionarse en nuevas formas de organización sociopolítica. Una vez superada la crisis, disminuían el tamaño y número de eventos dramáticos y cobraba fuerza el proceso paulatino y casi desapercibido de consolidación de la nueva unidad alcanzada. Es irónico que la historia reconozca a las grandes civilizaciones por sus logros artísticos y tecnológicos, pero dedica muy poca tinta a los siglos y milenios de estabilidad y prosperidad que sirvieron de base para su logro.

¿Qué factores motivan la complejización sociopolítica? El filósofo francés Jean-Jacques Rousseau pensaba que las unidades sociopolíticas más grandes se formaban cuando los miembros de unidades menores decidían libre y voluntariamente celebrar un “contrato social”, al darse cuenta de que serviría mejor a sus intereses colectivos el hacerlo. Sin embargo, como señala Diamond (1997:283), “no se ha descubierto un solo caso, ya sea por observación directa o en los registros históricos, de la formación de un estado en semejante atmósfera etérea de clarividencia desapasionada”.

Otra teoría supone que pueblos en las etapas menores se unen en torno a un proyecto de mutuo beneficio que sólo podrían lograr mediante una estrecha colaboración y coordinación. En realidad resulta ser una variación de la teoría del “contrato social”, con la única diferencia de señalar un motivo particular para la unificación. El típico ejemplo de tales proyectos era el sistema de riego a gran escala, por lo que llegó a conocerse como la “teoría hidráulica”. Sin embargo, estudios arqueológicos han revelado que tales sistemas a escala grande aparecieron sólo después de haberse unido los cacicazgos en estados por otros motivos.

Una tercera explicación es que las unidades menores se han asociado en estructuras más complejas en respuesta a alguna amenaza de origen interno o externo, natural o humano. Las amenazas internas suelen surgir como consecuencia tanto del crecimiento poblacional como de la complejidad de sus interrelaciones. Esto aumenta la frecuencia y gravedad de conflictos, los cuales sólo podrán ser resueltos o prevenidos mediante el logro del siguiente nivel de sofisticación sociopolítica. Las amenazas externas pueden ser naturales, como en el caso de una hambruna, o de origen humano, como un conflicto con otro pueblo poderoso.

Una última explicación, que también ha sido observada en la práctica, es que algunas unidades menores han sido destruidas o absorbidas por unidades mayores mediante la conquista. Esta conquista se ha visto facilitada no sólo por que sus ejércitos sean más numerosos (que no siempre ha sido el caso), sino por que la mayor centralización de sus recursos, diversificación de sus funciones y desarrollo tecnológico permiten superar las defensas de las estructuras sociales más primitivas. Donde la exterminación de éstas ha sido total, simplemente han desaparecido; caso contrario los sobrevivientes han pasado a formar parte de la estructura mayor. Incluso se han visto casos donde pueblos más simples se han unido voluntariamente a los más avanzados, debido a las ventajas que éstos les ofrecen y/o para evitar una eventual conquista violenta.

La principal diferencia entre estas cuatro teorías, es que las primeras dos requieren de una decisión voluntaria y proactiva, mientras que las segundas dos logran el cambio de manera forzosa y reactiva. Éstas últimas han sido observadas con frecuencia en la práctica, mientras que rara vez se han comprobado las dos primeras. ¿Por qué somos tan renuentes los seres humanos a tomar el paso evolutivo de un nivel de organización sociopolítica inferior a otro superior, pese al creciente sufrimiento causado al ahondarse la crisis y las grandes ventajas por obtener una vez logrado? Puede ser que aún no hayamos visto dichas ventajas, o por la simple inercia del “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Otros motivos más profundos van desde la cuestión de la identidad colectiva de un pueblo, hasta la renuencia de sus líderes a renunciar sus privilegios. Diamond (1997:289) sugiere que “Los líderes de las sociedades pequeñas, como de las grandes, son celosos de su independencia y prerrogativas”. Es justamente uno de los campos de acción de un gestor de cambio sociocultural el ayudar a disminuir la resistencia y aumentar la aceptación del cambio a realizarse.

 

D. El desafío actual

Es necesario reescribir la historia humana para colocar a la guerra y paz en su verdadera dimensión y perspectiva. Esta ha sido la propuesta de varios autores. Elise Boulding, en su libro “Cultures of Peace - The Hidden Side of History”, describe numerosas culturas de paz que no se encuentran en los textos de historia. Arnold J. Toynbee, en los doce volúmenes de su “Estudio de la Historia”, analiza la dinámica humana del surgimiento y decaimiento de las civilizaciones, como veremos más adelante. John Huddleston, en “The Search for a Just Society”, relata la historia como la búsqueda de un orden social cada vez más justo. Shoghi Effendi, en su “Desenvolvimiento de la Civilización Mundial”, “Fundamentos de la Unidad Mundial” y “Meta de un Nuevo Orden Mundial”, presenta la historia como la evolución sociopolítica de la humanidad hacia la paz, proyecta ese trayecto hacia el futuro y plantea los requisitos del momento actual en el avance de ese proceso.

¿Cuáles podrían ser los factores motivantes para superar nuestro apego a la soberanía nacional ilimitada y lograr la unificación de las naciones independientes en una estructura supranacional? Éstas no muestran señales de hacerlo proactivamente por servir los mejores intereses de la población mundial, ni por ejecutar conjuntamente un proyecto grande y complejo. Tampoco han tenido éxito los pocos intentos por unir el mundo mediante la conquista.

Más bien los mayores avances hacia esta meta se han producido en reacción ante la amenaza de la guerra, habiéndose formado la Liga de Naciones tras la Primera Guerra Mundial, las Naciones Unidas al finalizar la Segunda Guerra Mundial y una nueva ONU reformada con el fin de la Guerra Fría. Una vez establecidas estas estructuras incipientes ha sido posible organizar los cientos de proyectos planetarios que se ejecutan mediante la estructura de la ONU, o con el aval o apoyo de la misma.

El tamaño de la población global, su interconexión y la complejidad de sus relaciones han llegado a tal punto que ya existe una integración mundial de facto. No obstante, sin un sistema legal internacional para coordinarla, la humanidad siempre será acosada por el espectro de la guerra internacional. Hay muchas otras amenazas que podrían motivarnos a tomar los últimos pasos para consumar esa unidad, como los crecientes descalabros económicos, desastres ecológicos y epidemias mundiales.

Sin embargo, sólo el futuro dirá de qué manera se logre al final este feliz desenlace y hasta qué punto dejaremos que se ahonden las crisis generadas por nuestra renuencia a pagar el pequeño precio de ceder una porción de nuestra soberanía nacional por alcanzarlo. Como agentes del cambio sociocultural, es nuestra tarea procurar que la transición se alcance de la manera más rápida posible, a fin de minimizar los traumas sufridos en su logro. Como advierte la Casa Universal de Justicia en la “Promesa de Paz Mundial” [1985]:

“La paz del mundo no sólo es posible, sino inevitable. Es la próxima etapa en la evolución de este planeta… Que la paz haya de alcanzarse sólo después de inimaginables horrores provocados por el empecinado apego de la humanidad a viejas normas de conducta, o que haya de abrazarse ahora, por medio de un acto voluntario resultado de una gran consulta, es lo que tienen que decidir todos los habitantes de la tierra. En esta encrucijada decisiva, cuando los arduos problemas que enfrentan a las naciones han sido fundidos en una sola preocupación para todo el mundo, el no frenar la corriente de conflicto y desorden sería un acto inconscientemente irresponsable”.

 

Notas:

[1] Popper, Karl R. “La Miseria del Historicismo”. Madrid: Alianza, 2002.

[2] Paige, Glenn D. “War - Part One: The Road to Total War” (6 of 6). URL: http://www.youtube.com/watch?v=qquflmrov1Q&NR=1.

[3] Morton Hunt, "Man and Beast", en Montagu, Ashley, ed. “Man and Aggression”. Nueva York: Oxford University Press, 2ª ed. 1973, pp. 19-38.

[4] Aunque esta clasificación puede parecernos un tanto arbitrario, constituye una herramienta útil en cuanto facilita el análisis de lo que de otro modo sería una confusión de magnitudes estructurales. Para mayores detalles sobre esta progresión, véase Diamond [1997], Cap. 14 “From Egalitarianism to Kleptocracy”, pp. 265-292.

[5] En la configuración de algunas naciones-estado se ha saltado este paso, como en gran parte de la África moderna, siendo delimitadas arbitrariamente por poderes extranjeros. Sin embargo, esto representa una desafortunada desviación del proceso normal que se describe aquí.

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