Jueves, 17 Septiembre 2009 20:31

E. Poder y agonismo

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El concepto del poder es uno de los temas más álgidos al tratarse de la naturaleza de la sociedad y las relaciones entre los individuos y grupos que la componen. Por lo general, cuando se habla de “poder” se lo piensa automáticamente como una potestad o un dominio que se ejerce sobre o contra alguien, en relaciones de pugna y dominación, de competición y conflicto. El poder se percibe como un bien escaso por lo que su acumulación exige entrar en pugna con otros que también quisieran poseerlo. Es la inevitabilidad de este concepto del poder que se pretende cuestionar en el presente artículo en búsqueda de otras alternativas.

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Este modelo mental está tan arraigado en la sociedad actual que las mayorías definen la política como una “pugna por el poder”. Esta es una muestra de hasta dónde hemos asimilado la cultura o cosmovisión de la división y el conflicto. Karlberg (2004:23) dice: “En una cultura de conflicto, la gente tiende no sólo a preocuparse por las relaciones de poder, sino que suele pensar y hablar del poder como si su ejercicio fuese inherentemente competitivo y conflictivo”. Debido a esto, muchos han llegado a dudar de la posibilidad de un orden social armonioso.

Actualmente este modelo de poder ha dejado de satisfacer las necesidades de la humanidad (si alguna vez lo hizo). Más bien es fuente de división, conflicto y discordia, los cuales tienden a frenar el avance hacia los objetivos comunes. Por ejemplo, en la mayoría de estados democráticos actuales, se suele dividir el escenario político en partidos que pugnan por el poder mediante el logro de una mayoría de votos, con frecuencia por medios poco éticos. Aquellos que predominan en esta contienda electoral llegan a conformar el ‘gobierno’ e intenta adelantar ciertos programas, mientras que el resto se constituye en la ‘oposición’ y hace lo posible por frustrar dichos esfuerzos, nuevamente recurriendo a mecanismos que no siempre son los más correctos. El resultado es que los unos empujan al país en una dirección mientras que otros lo empujan en otra, lo cual frena grandemente su avance.

Este fracaso del modelo mental tradicional del poder, ha motivado una búsqueda de concepciones alternativas. Nuevas tendencias sociales como la cultura de paz y el desarrollo sostenible, también han nutrido este proceso. En una propuesta presentada ante la Cumbre Mundial de Desarrollo Social en Copenhagen en 1995, la Comunidad Internacional bahá'í plantea:

“Los hábitos y actitudes relacionados con los usos del poder surgidos durante las largas épocas de infancia y adolescencia de la humanidad, han rozado ya los límites de su eficacia. Hoy día, en una era cuyos problemas más apremiantes son en su mayoría globales, persistir en la idea de que el poder significa una ventaja para determinados segmentos de la familia humana constituye un profundo error teórico y carece de utilidad práctica para el desarrollo económico y social del planeta.

“Quienes todavía se adhieren a él – quienes en épocas anteriores podían sentirse confiados en ello – ven a sus planes en una maraña de frustraciones y obstáculos inexplicables. En su expresión tradicional y competitiva, el poder es tan ajeno a las necesidades del futuro de la humanidad como podrían serlo la tecnología de la locomoción ferroviaria a la tarea de poner satélites espaciales en órbita”.

En el presente ensayo, por tanto, se pretende explorar algunos nuevos conceptos de poder que puedan ser más apropiados para el tiempo actual.

 

A. Poder como Capacidad

El término “poder” se puede diferenciar en por lo menos dos conceptos y prácticas. En castellano la misma palabra se emplea como sustantivo o verbo, pero en otros idiomas no existe esta confusión. En francés, por ejemplo, se tiene el sujeto “puissance” y el predicado “pouvoir” (Trias 1988:29-30). El poder como sustantivo enfatiza su aspecto excluyente, como algo que sólo puede ejercer una persona a la vez. El elemento de escasez inherente en esta concepción implica que su acumulación necesariamente exige un conflicto o competencia. Por otra parte, cuando el poder es empleado como verbo, sugiere la capacidad de lograr algún propósito, lo cual no sólo admite sino que requiere la colaboración, pues los logros importantes en la vida exigen a menudo grandes esfuerzos, más allá del alcance de cualquier individuo. Cómo dice el viejo adagio, “la unión hace la fuerza”.

Históricamente se han propuesto varios tipos cooperativos de poder, particularmente desde una perspectiva feminista. Por ejemplo, en fechas tan tempranas como el año 1942, Mary Parker Follet [1942] sugiría cambiar el concepto del poder sobre o contra por el poder para o con, fomentado de manera conjunta un poder ‘coactivo’, no ‘coercitivo’, como base para unas nuevas relaciones sociopolíticas [Follet 1942]. Once años después comenzó a cobrar fuerza el concepto cuando Dorothy Emmet presentó una ponencia ante la Aristotelian Society de Londres que desarrollaba esta idea [Emmet 1953].

A fines de los años sesenta, Hanna Arendt definió el poder como “la capacidad humana no sólo de actuar, sino de hacerlo de manera concertada”. Advirtió que el equiparar el poder con la dominación resulta en una “especie de ceguera” frente a la “realidad social humana” y que “únicamente cuando se deja de reducir los asuntos públicos al negocio de la dominación… aparecerán o, mejor dicho, reaparecerán en su auténtica diversidad” (Arendt 1969:43-44).

Jean Baker Miller [1976/1982] escribe que la palabra ‘poder’ ha “adquirido connotaciones que implican ciertos modos de comportamiento más típicos del hombre que de la mujer”, lo cual la distorsionó para “mantener una dominación irracional”. Opina que un análisis del poder desde una perspectiva femenina podría ayudar en su redefinición, pues “las mujeres han ejercido enorme poder en su rol tradicional de fomentar el crecimiento de otros”. Este poder consiste en la “capacidad de producir un cambio” mediante “el mutuo aumento – no la disminución – del poder de otros.”

Kramarae y Treichler [1992] afirman que el término ‘poder’ ha sido “conceptualizado por el hombre como auto-afirmación [assertion] y agresión, y por la mujer como potenciación [nurturance].” Nancy Hartsock [1983:253], en su análisis de la “teoría feminista del poder”, descubre un “énfasis… en el poder, no como dominación, sino como habilidad, como una capacidad que comparte toda una comunidad.”

La mayoría del trabajo por reconceptualizar el poder ha sido realizado por autores feministas, que no dejan de ser marginales a las teorías de poder sociopolítico. No obstante, no está sin sus defensores masculinos. Anthony Giddens, por ejemplo, define el poder como “capacidad transformativa” o la “capacidad para lograr resultados”, que “no necesariamente se relaciona con el conflicto” ni es “inherentemente opresivo” [1984:15,257].

Dos tipos de poder:

Poder sobre o contra)

Poder para o con

Sin embargo, el empoderamiento “no ha sido tomado en cuenta en la mayoría de estudios sobre el poder”, pues “no se ajusta a las definiciones aceptadas”. Muchos teóricos, aunque reconocen la existencia del poder como capacidad y lo distinguen del poder como pugna, lo hacen solamente para descartar el primero como irrelevante a los análisis sociopolíticos serios. Opinado que el poder sobre y contra es el único que sirve para fines de la política, definida como una ‘pugna por el poder’, quedando relegado el poder para y con al ámbito familiar, humanitario y de la sociedad civil.

Karlberg [2004:27-34] responde a esto clasificando el ‘poder sobre’ como un caso particular o subconjunto del ‘poder para’ o el poder como capacidad, que no es más que “poder para ejercer control sobre otros”. Así, lo que interesa es lo que se busca con el poder, si dominar a otros o ayudarlos.

Otra instancia del ‘poder para’ sería la capacidad de decidir y trabajar juntos, que Karlberg denomina ‘poder con’. De este modo, todo poder sería “poder para” –la capacidad de realizar algo–, que se divide en dos categorías: (1) el “poder contra”, que consiste en la capacidad de ejercer control o dominio sobre otros; y (2) el “poder con”, que existe cuando un grupo de personas decide lograr algo en conjunto, trabajando en cooperación para alcanzar objetivos comunes.

Ambos tipos constituyen un “poder para”, pero la manera como la persona utiliza su poder depende de cómo lo conceptualiza y qué desea lograr. En una cultura de conflicto, el poder se aprovecha para dominar y controlar a otros, generalmente para fines egoístas. En cambio, en una cultura de paz, el poder se emplea para empoderar a otros, generar sinergias y efectuar cambios positivos en beneficio de todos. En el primer caso, la suma suele ser de cero o negativo, pues los más poderosos ganan y los demás pierden. En el segundo caso, sin embargo, el resultado siempre es positivo, pues se basa en acuerdos de los cuales todos salen ganando y nadie pierde.

Desde una perspectiva relacional, Karlberg distingue dos categorías amplias de “relaciones adversarias de poder” (poder contra) y “relaciones mutuas de poder” (poder con), como sigue:

El poder como capacidad

(poder para)

Relaciones adversarias de poder

(poder contra)

Relaciones mutuas de poder

(poder con)

 

B. Distribución del Poder

En la tarea de redefinir el poder, otro enfoque considera su distribución, que en la concepción popular siempre es desigual. Sin embargo, la mayoría de analistas toma en cuenta el hecho de que no siempre el poder se ejerce en una situación que permita a una parte dominar a otra (poder sobre) y el establecimiento de una jerarquía vertical. Véase, por ejemplo, Blau [1964:118], Gamson [1968] y Reismann et al. [1951).

Crecientemente se observa un balance o equilibrio de poder, denominado por algunos como ‘poder incursivo’, en el cual ninguna de las partes somete a la otra, sino que las dos mantienen una relación de pugna relativamente equitativa u horizontal. Bajo una relación de adversarios, la desigualdad de poder puede resultar en opresión, mientras que la igualdad de poder puede llevar al estancamiento, lo cual es muy común en la democracia multipartidista.

En este sentido, Karberg [2004:29] propone subdividir las relaciones adversarias de poder en ‘poder sobre’ y ‘equilibrio de poder’, como sigue:

Relaciones adversarias
(poder contra)

Desigualdad de poder

(poder sobre)

Igualdad de poder

(equilibrio de poder)

En el caso de las relaciones mutuas de poder, también puede darse una distribución diferencial. La igualdad de poder permite un empoderamiento mutuo (p.ej.: la participación en una cooperativa), mientras que la desigualdad de poder lleva al empoderamiento unilateral (p.ej.: la crianza de un hijo o la educación de un estudiante).

Sin embargo, aclara Karlberg que “la inequidad de poder puede considerarse una característica necesaria aunque temporal de estas relaciones. Cuando son saludables, su objetivo último es potenciar y educar a las partes desiguales hasta que alcancen un estado de relativa igualdad”. [2004:30] Así, Karlberg plantea el siguiente esquema:

Relaciones mutuas de poder
(poder con)

Igualdad de poder

(empoderamiento mutuo)

Desigualdad de poder

(empoderamiento unilateral)

 

C. Rango y Jerarquía

Los seres humanos por lo general nos diferenciamos en cuanto a nuestras posesiones, capacidades, formación, prestigio, profesión, autoridad, antecedentes familiares, etc. En prácticamente toda sociedad, esto conlleva la formación de diversos niveles o rangos. La resultante asimetría en las relaciones sociales, a su vez, suele producir la estructuración de jerarquías más o menos fijas.

En una cultura adversaria, las grandes asimetrías pueden conllevar privilegios indebidos para los miembros de más alto rango, mientras que los demás sufren la carencia de acceso a lo necesario para una vida digna. Los primeros ejercen poder sobre y contra los de menor rango, logrando su acuerdo mediante la coerción en vez de incluirlos en la toma conjunta de decisiones, y manteniendo de esta manera el estatus quo que los otorga esos privilegios. Se generan además abusos de poder, como la inmunidad frente a las normativas legales, las sanciones jurídicas y el orden sociopolítico. Finalmente, tiende a gestarse un sentido de superioridad y arrogancia en los unos y una devaluación y falta de reconocimiento en los otros, lo cual exacerba las diferencias y corroe las relaciones sociales.

Ante esta situación observada, muchos científicos sociales afirman que la desigualdad de rango constituye necesariamente una fuente de conflicto y de división social. Algunas ideologías, por tanto, proponen la eliminación total de tales diferencias. Tanto es así que muchos suponen automáticamente que el mutualismo es sinónimo de anarquismo. Otros, en cambio, mantienen que esto es imposible. Señalan como ilustración a la naturaleza, donde todos los seres vivos se diferencian en cuanto a sus diferentes capacidades y poderes. Dicen la absoluta igualdad de rango constituye una quimera; y que aún fuese posible lograr, sería artificial e impuesta y, por tanto, no sostenible. Se cita como ejemplo la relativa igualdad de ingresos impuesta por el socialismo, que con el tiempo ha resultado en una parálisis de la economía. Proponen diseñar medios para preservar los beneficios de la diferenciación, rescatando su rol como promotora de unidad y progreso social, a la vez que se evitan sus problemas de injusticia y división.

Bajo una perspectiva mutualista, sin embargo, la existencia de rangos y jerarquías asume otras características que pueden aprovecharse en beneficio de todos. Una buena organización de la sociedad necesariamente requiere de la diferenciación de funciones, algunas de las cuales conllevarán cierta medida de ‘autoridad normativa’, entendida como el poder de tomar decisiones que otros deberán acatar. La jerarquía resultante de esta desigualdad de autoridad existe en las relaciones de dependencia estructural – como en la delegación de funciones en personas que por lo demás son iguales – puede posibilitar a un grupo alcanzar logros que de otro modo le serían irrealizables. Además, cuando el aumento de rango se obtiene mediante el esfuerzo y los logros, suele motivar a las personas de capacidad para desarrollar sus talentos en servicio al bien común. La posición que les otorga la sociedad incrementa su ‘autoridad moral’, es decir el peso de sus opiniones al interior de su campo, lo cual aumenta sus posibilidades de ejercer una influencia positiva en el mundo.

En una cultura mutualista, por tanto, la gente no envidia a las personas de rango, sino que las otorga el respeta que se merecen por sus logros y se siente inspirada para seguir su ejemplo de empeño y dedicación al bien común. Las personas de todo rango perciben su rol como de servicio al bien común; y una posición más elevada significa nuevas posibilidades de servir. Todo intento por surgir por medios menos dignos es mal visto, desalentado e incluso sancionado, pues sería fuente de división y contienda, de opresión e injusticias.

Es la inversión de la famosa pirámide del poder: quienes están en la punta han llegado allí por su capacidad para soportar el peso del resto de la estructura. Por lo demás, se consideran de igual dignidad y valía que el resto de seres humanos, incluso los servidores de ellos. Una persona verdaderamente sabia posee la sencillez que nace del darse cuenta de lo poco que sabe y de lo mucho que tiene que aprender de quienes le rodean, incluso de los niños y analfabetos. En consecuencia, consulta ampliamente con todos, incluyéndolos en el proceso de la toma de decisiones. El poseedor de verdadera virtud es la persona capaz de ver la virtud en los demás, no sus faltas, y de concentrarse en corregir sus propias falencias.

 

D. Superando la Dominación

Una de las razones por la que se concentra en el ‘poder sobre’ y no el ‘poder para’ es el supuesto de relaciones de dominación. Eloy Anello (1983:131-3) explica los razonamientos utilizados para justificar estas relaciones de dominación. Los recursos disponibles son escasos, por lo que es inevitable el conflicto por su distribución. A la vez, existen diferencias irreconciliables entre distintos grupos, por lo que siempre habrán conflictos de intereses entre ellos. La resolución de estos conflictos siempre terminará con unos dominando a otros. Por tanto, es aceptable emplear el poder para imponer la propia voluntad sobre otra persona o grupo. Sin importar quien gana o pierde, siempre se seguirá perpetuando el ciclo vicioso de la pugna por el poder. Quienes trabajan por la justicia social tienden a perpetuar esta lucha por creer que es la única alternativa.

Ante esta situación, Anello y sus colaboradores vienen trabajando durante varias décadas con diversos sectores sociales por establecer relaciones duraderas basadas en un enfoque sistémico de aprecio por la unidad en diversidad de funciones, aportes e identidades, basado en principios compartidos. Cultiva estructuras de interconexión e interdependencia entre iguales, donde “el bienestar de cada parte beneficia a la totalidad, así como el bienestar de la totalidad beneficia a cada una de sus partes”. Fomenta una ética de servicio mutuo y reciprocidad como una expresión de potencia y fuente de realización y crecimiento para el que sirve. Promueve un uso legítimo del poder en beneficio de todos, otorgado a través de estructuras legales, aceptadas y apoyadas por la sociedad, en vez del poder coercitivo en el que una persona o grupo impone su voluntad arbitrariamente en los demás. Al respecto, Anello dice:

En términos prácticos, esto significa que diferentes personas o grupos ejercerán mayor poder o influencia en diferentes partes de cada proceso, de acuerdo con sus conocimientos y habilidades en relación con las necesidades de la totalidad. Siempre es necesario buscar el equilibrio; rara vez es recomendable que una sola persona domine todo.

Para cambiar las relaciones de dominación-sumisión, se propone un enfoque sistémico que requiere del concurso de cada uno de los participantes en tales relaciones. Se recomienda distintas estrategias según desde qué rol se emprende la iniciativa, ya sea como facilitador de procesos, autoridad o dominado. Desde la posición del facilitador se recomienda primero trabajar sus propios modelos mentales a fin de poder después capacitar a los demás actores para hacer lo propio, en un ambiente de seguridad y aceptación. Desde la posición de autoridad, es necesario no sólo cambiar la propia forma de pensar y actuar, brindando más oportunidades a los demás, sino además “explicar las nuevas ‘reglas del juego’ a sus subordinados y guiarles en la adquisición de las capacidades necesarias para asumir paulatinamente mayores responsabilidades”.

Desde la posición del dominado es más difícil lograr el cambio deseado, debido a su falta de poder en el sentido tradicional de la palabra. Se recomienda utilizar cuatro procedimientos no violentos basados en la resolución alternativa de conflictos. El primero es basarse en principios, actuando y respondiendo como si existiera ya una relación de interconexión, reciprocidad y servicio mutuo, e insistiendo en su derecho a participar y a exponer sus propios puntos de vista con claridad. El segundo es separar la persona del problema, dirigiendo cualquier crítica hacia las conductas o actitudes de la persona y no hacia su valor como ser humano, sino más bien enfatizando sus cualidades y capacidad de cambiar. El tercero es identificar las necesidades y aspiraciones de ambas partes, en vez de encerrarse en posiciones. El cuarto es ser creativo en la búsqueda de soluciones alternativas.

 

E. Análisis Relacional del Poder

En base a las consideraciones que anteceden, se puede trazar un esquema con cuatro cuadrantes, que sirve para el análisis de las relaciones de poder y su reorganización, a fin de hacerlas más acordes con el principio de la mutualidad. Esto no significa que nunca se puede aceptar una relación adversaria. Dos partes en una disputa comercial deben gozar de igual poder para hacer valer sus argumentos durante la mediación. En cambio, un asesino en serie debe ser sometido por un poder superior a él para precautelar la seguridad de la sociedad.

Se invita al lector a realizar el ejercicio de colocar diversas relaciones en el esquema. Por ejemplo, en la educación, un profesor autoritario, impaciente y sabelotodo que avergüence y abuse a los estudiantes sin potenciar sus capacidades latentes, estaría en el cuadrante C.1, mientras que un educador amoroso, paciente y potenciador estaría en C.3.

Un tutor consciente toma el papel de facilitador de procesos (C.3) o de co-aprendiz (C.4), mientras que un instructor que asuma el papel de experto o sacerdote tendería más hacia unas relaciones verticales de tipo C.1.

El paternalismo consiste en 'ayudar' al dependiente desde una posición de ostentosa superioridad, en una forma que perpetúa su dependencia y se ubica en C.1. Debe ser reemplazado por una actitud de empoderamiento, desafiando al otro a desarrollar sus propias capacidades hasta lograr la independencia.

Incluso en educación física y el recreo, los juegos competitivos que ahondan la cultura del conflicto y pugna se encuentran en el cuadrante C.1, mientras que los juegos cooperativos que promueven una actitud de apoyo mutuo y trabajo en equipo están en C.4.

En la familia, se debe convertir el abuso físico, verbal y psicológico de los hijos (C.1) en una crianza firme pero amorosa (C.3). Sin embargo, la actual tendencia a eliminar por completo la autoridad paterna (C.4), convirtiendo a los padres en unos amigos más de sus hijos, sin la capacidad de exigir obediencia cuando es debida, debe revertirse a una sana jerarquía familiar de tipo C.3, donde los padres poseen autoridad pero no abusan de ella para sus fines egoístas (C.1).

En la relación entre esposos, se debe pasar de una situación de dominación masculina (C.1) a la igualdad del hombre y la mujer (C.4), quienes toman las decisiones que afectan a la familia en consulta mutua. Incluso en algunos casos, el hombre puede tomar el rol de fomentar la potenciación de la mujer (C.3) hasta que ella asuma su verdadero papel en la sociedad.

En la administración pública, una votación con candidaturas y propaganda electoral sería de C.1, pues uno siempre gana y los otros pierden. En cambio, unas elecciones verdaderamente abiertas, donde todos son candidatos y el puesto por ocupar se considera una oportunidad más para servir a la colectividad, sería de C.4.

La toma de decisiones en medio del afincamiento de posiciones estaría en C.1 o C.2, mientras que con la consulta mutua se daría en el Cuadrante C.4. La relación de una institución frente al grupo que delegó en ella tal autoridad, es de C.1 cuando se comporta de manera dominante y prepotente, de C.2 cuando recibe una resistencia activa o pasiva de la gente, de C.3 cuando toma su autoridad responsablemente como una función delegada en ella por el conjunto y de C.4 cuando consulta amplia y abiertamente con la comunidad antes y después de tomar una decisión.

El presidente de una junta cuya palabra no puede ser contradicha por el resto de miembros de la institución y que sustenta el voto dirimente, podría ubicarse en C.1, mientras que el que se considera sólo un coordinador o moderador de la consulta del grupo y aporta sus ideas y votos en igualdad de condiciones con el resto, sería de C.4.

 

Desigualdad

de Poder

Igualdad

de Poder

Relaciones
Mutuas
de Poder

Empoderamiento

Unilateral:

  • Educación
  • Crianza
  • Asistencia
  • Ganar/(ganar)
C.3 
Empoderamiento
Mutuo:
  • Sinergia
  • Colaboración
  • Coordinación
  • Ganar/ganar
C.4                         
Relaciones
Adversarias
de Poder

C.1 

Poder sobre:

  • Coerción
  • Dominación
  • Opresión
  • Ganar/perder

C.2

Equilibrio de poder:

  • Empate
  • Componenda
  • Frustración
  • Perder/perder

 

F. Conclusiones

Hemos visto que los conceptos del poder como capacidad, de su distribución diferencial y su análisis relacional constituyen aportes hacia una redefinición del poder dentro de un paradigma de colaboración y apoyo mutuo. Sin embargo, será necesario profundizar aún más el tema a futuro para alcanzar el tipo de sociedad que se quiere construir.

El verdadero poder no es el que quita, sino el que da; no es el que destruye, sino el que construye; no es el que explota, sino el que empodera; no es el que conquista, sino el que cultiva; no es el que odia, sino el que ama. Es un poder que no corrompe, sino que genera nueva vida en todo lo que toca. En este sentido, Farzám Arbab [2000:162] considera que la civilización occidental se ha olvidado de los “múltiples poderes del espíritu humano”, tales como el poder de la unidad, el poder del espíritu de servicio al bien común, el poder de los actos nobles, el poder del amor, y el poder de la verdad. En palabras de la Comunidad Internacional Bahá'í [1995]:

…la humanidad siempre ha acertado a concebir el poder de otras maneras mucho más congruentes con sus esperanzas. La historia suministra amplia evidencia de que personas de todos los orígenes a lo largo de las épocas que han aprovechado, por muy intermitente e inadecuadamente que sea, una amplia gama de recursos creativos internos. Quizá el ejemplo más obvio sea el poder mismo de la verdad, un gestor de cambio vinculado a algunos de los más grandes avances de la experiencia filosófica, religiosa, artística y científica de la especie. La fuerza de carácter representa otro resorte movilizador de inmensas capacidades humanas, y otro tanto cabe decir del influjo del ejemplo, ya sea en la vida de las personas o de las sociedades humanas. Y pasa casi totalmente desapercibida la fuerza impresionante que puede ejercer la unidad, fuerza cuyo influjo es ‘tan poderoso’ – en palabras de Bahá'u'lláh – ‘que puede iluminar la Tierra entera’.

 


Notas:

Véanse las referencias completas en la bibliografía anexa al presente estudio.

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