Lunes, 26 Noviembre 2012 16:09

G. Lo bueno de la guerra

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En el presente ensayo se analizan dos de los argumentos más comunes empleados para aducir que la guerra trae algún beneficio a la sociedad. El primero es que la guerra promueve el crecimiento económico. Se cuestiona la manera como se realizan las mediciones macroeconómicas tradicionales y se demuestra que los índices más modernos revelan el verdadero impacto de la guerra en la economía.

El segundo argumento es que la guerra sea un medio para controlar la explosión demográfica, ante lo cual se realiza un sencillo análisis de costo-beneficio para comparar la guerra con algunos enfoques alternativos. Se concluye que la guerra posee un efecto negativo neto en la sociedad y que un paso importante hacia el logro de los objetivos en cuestión sería la erradicación de la guerra.

A.  La Guerra como Estímulo Económico

Un argumento a favor de la permanencia de la guerra es la noción de que ésta de alguna manera ha favorecido el crecimiento económico. Si un padre de familia tuviera que financiar un pleito de dimensiones bélicas con su vecino, lo más probable es que vería los desembolsos efectuados para ese propósito como un gasto improductivo e irrecuperable. Sin embargo, ya a nivel de las relaciones entre naciones, algunos han buscado la forma de argumentar que, históricamente hablando, la guerra ha servido de estímulo para la economía de ciertos países. Y no se trata meramente del botín extraído por la nación vencedora de la región conquistada, que fácilmente se puede comprender que no se trata de una verdadera ganancia sino del traslado de riquezas de un lugar a otro, restando los costos de dicha conquista en bienes y vidas humanas. Más bien se arguye que la guerra constituye un mecanismo de potenciación económica en su propio derecho. Veamos qué tan cierto es esto.

1.   EE.UU. y la II Guerra Mundial:

Un ejemplo citado es la Gran Depresión de los años 1930, de la cual finalmente emergió Estados Unidos a raíz de un enorme esfuerzo nacional por preparar su maquinaria bélica a fines de la Segunda Guerra Mundial. Numerosas fábricas que habían cerrado su producción por falta de financiación y consumo, fueron reacondicionadas para la manufactura de armamentos. La compraventa de materia prima, que prácticamente se había paralizado, experimento un gran auge. Mediante la inyección de capitales desde el gobierno, los demás sectores –alimentos, indumentaria, construcción, etc.– fueron recobrando su vitalidad. Y todo esto generó empleo en grandes cantidades para las diferentes profesiones y oficios. Casi de la noche a la mañana, un país abatido, cansado, sin esperanzas ni futuro, cobró nuevo dinamismo, esperanza e incluso entusiasmo, y todo –según se quiere que creamos– gracias a las bondades de la guerra.

2.   Producto Interno Bruto:

¿Cómo entender esta situación y qué responder ante este argumento tan contra-intuitivo? En primer lugar, es necesario saber en resumidas cuentas cómo se mide el dinamismo de la economía. La metodología más común hoy en día es el Producto Interno Bruto (PIB), una medida macroeconómica que cuantifica la suma de las actividades económicas en un país.[1] Un problema con el PIB es que procura medir toda actividad económica, aunque sea dañina. Si un solo millonario multiplica sus ingresos, sube el PIB, aunque el resto de la población se empobrezca. Cuando un país produce y consume tabaco y bebidas alcohólicas, aumenta el PIB por más que no agreguen calidad de vida a la población. Y cuando los fumadores y bebedores se enferman por causa de su vicio y ocupan los servicios de salud, o se mueren y deben ser enterrados, también sube el PIB por que han generado actividad económica. Si hay un desastre nacional que destruye un área del país, los esfuerzos invertidos en su recuperación y reconstrucción hacen aumentar el PIB. En suma, el PIB no mide el bienestar general de un país sino únicamente la producción y el consumo.

3.   Cambio de prioridades:

Es lógico, entonces, suponer que si un país entra en guerra, produce, compra o vende armamentos, contrata a personal para trabajar en las fábricas, poblar el aparataje militar y luchar en el frente, todo esto aumenta el PIB. Sin embargo, existen maneras más productivas de hacer crecer esta medida macroeconómica, que no requiere de tanta pérdida de bienes materiales y vidas humanas. Por ejemplo, alrededor de los años 1970, la economía de los Estados Unidos entró nuevamente en crisis, pero esta vez no hubo ninguna guerra importante que la salvara. Inspirándose en el éxito de la industria bélica durante la II Guerra Mundial, el país decidió potenciar su economía mediante el impulso de otra industria, en este caso la de la construcción, obteniéndose resultados similares. El quid del asunto no había sido la actividad en particular, sino el hecho de estimular de alguna forma la producción.

4.   El Desarrollo Humano:

Este hecho desató toda una búsqueda de campos alternativos en los cuales se podría inyectar fondos para estimular la economía. Se llegó a la conclusión de que mientras más se acercaban sus objetivos a las necesidades fundamentales de la humanidad, mayores efectos surtirían las inversiones a largo plazo. A raíz de esta realización se perfeccionaron nuevas medidas del bienestar económico de un país. El Índice de Desarrollo Humano (IDH), por ejemplo, procura medir las opciones de las personas mediante el acceso a oportunidades de educación, salud, ingresos, empleo, etc. Calcula positivamente la expectativa de vida o salud, la alfabetización y el avance educativo, y un nivel de vida digna medido en PIB per cápita. Calcula negativamente las actividades contrarias al desarrollo humano, como es el gasto militar.

Otras metodologías menos conocidas incluyen: el Índice de Libertad Humana (ILH); el Índice de Pobreza de Capacidad (IPC); el Índice de Pobreza Humana (IPH), cambiado después por el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM); el Índice de Desarrollo de la Mujer (IDM), cambiado después por el Índice de Desarrollo Humano Relativo al Género (IDG); y el Índice de Potenciación de la Mujer (IPM), cambiado después por el Índice de Potenciación de Género (IPG).

Las dificultades enfrentadas a la hora de fortalecer las actividades económicas medidas por estos medios, no son de índole técnica. Tampoco radican en que éstas no aumenten el PIB, pues sí lo hacen y con efectos mucho más profundos y duraderos que otros negocios como el de la guerra. Más bien el problema radica en generar la voluntad política necesaria para priorizarlas por encima de aquellas actividades que menos le favorece a largo plazo a la ciudadanía en general y más llenan los bolsillos de quienes ostentan el poder decisorio en el corto plazo. Es precisamente por ello que éstos se encuentran entre quienes más promueven el mito hegemónico en el cual se cimienta la cultura del agonismo, a fin de perpetuar así sus privilegios desmedidos.

 

B.  La Guerra como Control Demográfico

Un tercer argumento historicista a favor de la guerra ha sido su función en el control del crecimiento poblacional. Como lo resumen Korotayev et al. [2006:87], un aumento en la densidad demográfica resulta en un incremento en la frecuencia de guerras, y ésta lleva a su vez hacia una disminución en la densidad de la población. Es verdad que muchas personas suelen mencionar este argumento casi en broma, pero su empleo en conjunto con los demás argumentos contemplados en esta sección, tiene el efecto de reforzarlos. Por tanto, amerita analizarlo con la misma atención y seriedad que los otros, a fin de restarle aunque sea el pequeño apoyo que se le presta.

1.   Una preocupación reciente

En realidad, este es un argumento relativamente reciente. Pues en la antigüedad, incluso hace apenas un siglo, no se consideraba necesario el control demográfico. La población no crecía tan fácilmente como ahora, debido a la falta de una buena alimentación, higiene, medicina, salud pública y medidas de seguridad, como existen hoy en día. En aquel entonces, más bien se percibía como un servicio valioso el ayudar con su prole a aumentar la población, como medio para enriquecer y engrandecer al colectivo al cual se pertenecía. La pérdida de (principalmente) varones en una guerra se veía como un retroceso para la nación, un elevado precio a pagar por el fin propuesto, no un beneficio demográfico adicional.

2.   Una estrategia ineficaz

Durante los últimos 100 años ha habido más y mayores guerras, y con más muertos que en épocas anteriores de la historia humana. Sin embargo, durante ese mismo período se ha observado una creciente explosión demográfica. Evidentemente la guerra no está controlando el aumento poblacional, contrario a lo que propone el argumento en cuestión. ¿Por qué? Uno de los motivos es que quienes se mueren en batalla suelen pertenecer al “sexo dispensable” o “prescindible”, pues en teoría, un solo hombre podría tener miles de hijos, lo que no es el caso de una mujer. Según Guinness, el record mundial de hijos por madre es 69, atribuido a la primera esposa de Feodor Vassilyev de Rusia, aunque ella hizo trampa y tuvo 32 gemelos, 21 trillizos y 16 cuatrillizos. Sin embargo, esto se contrasta fuertemente con la actual tasa de fertilidad promedia mundial, de 2,36 hijos por madre. El record mundial de hijos por padre, en cambio, fue para Moulay Ismail, el Emperador Sharifiano, 525 varones y 342 mujeres, para un total de 1703 hijos, ¡25 veces más que la Sra. Vassilyev y más de 721 veces el promedio mundial! Ong [1981:53] explica esto desde una perspectiva de selección natural:

“La selección evolutiva torna ventajoso el hecho de que los machos y no las hembras desarrollan el tamaño, la fuerza y la agresividad necesarios para ser exitosos en combate. Uno de los motivos es que son los combatientes quienes más probablemente pierdan la vida, y una especie puede sobreponerse más fácilmente a la pérdida de sus machos que a la de las hembras. Una colonia en la que sobreviven un solo macho y veinte hembras puede, en la mayoría de especies, reproducirse con mucho más facilidad que otra colonia en la que quedan una sola hembra y veinte machos”.

Por tanto, de haber sido seria la propuesta de la guerra como método de exterminio del excedente poblacional, se habría enviado a las mujeres como carne de cañón, no a los hombres. Sin embargo, la legislación internacional humanitaria protege a la mujer en tiempos de guerra. Véase, por ejemplo, las Convenciones de la Haya de 1899 y 1907 sobre las Leyes y Costumbres de la Guerra Terrestre, la Convención de Ginebra de 1929 relativa al Tratamiento de los Prisioneros de Guerra, la Tercera y Cuarta Convención de Ginebra de 1949 sobre el tratamiento de prisioneros de guerra y la protección de civiles en tiempos de guerra, respectivamente, y los Protocolos Adicionales I y II de 1977.

Además, la edad mínima para la conscripción, según la misma legislación internacional, suele ser de 18 años o más. En consecuencia, muchos de los hombres que mueren en batalla ya tuvieron la oportunidad de procrear, por lo que su muerte surte un efecto mínimo en la reducción de la población. Si fuera seria la política de organizar guerras para podar el excedente poblacional, sería más eficaz mandar a los pre-pubes para que sirvan de carne de cañón, antes de que sean capaces de reproducirse. Mejor aún, tomando en cuenta que el varón pertenece al “sexo dispensable”, se tendría que haber enviado a las niñas pre-menstruantes. Pero nuevamente, la legislación internacional las protege.

3.   Llegar al absurdo

Por llevar la misma lógica hasta los límites de lo absurdo, hay maneras más económicas de matar a grandes números de niños. Por ejemplo, por qué no convertir en política de estado la realidad actual de dejar que se mueran millones de niños por año de inanición y de enfermedades prevenibles. Esto ya se hace en la práctica y ha resultado mucho más eficiente que la guerra. Cada año, casi 11 millions de niños mueren antes de cumplir los cinco años. La desnutrición se asocia con el 53% de estas muertes. Además, carece de sentido económico gastar millones de millones de dólares en la crianza, educación, especialización y equipamiento de soldados, si de todas maneras su destino final es el matadero. ¿O acaso semejante gasto se considera el precio a pagar para generar ante el público la ilusión de que ese no era en realidad el propósito que se tenía en mente?

Lo absurdo de las alternativas planteadas en lo anterior tiene como propósito subrayar lo incoherente del argumento de la guerra como medio de control demográfico. Por último, se podría proponer a quienes defiendan este argumento que demuestren su compromiso con él ofreciéndose ellos mismos, o a sus propios hijos, para inmolarse en el campo de batalla, en un acto de sacrificio personal para salvar al planeta. Pues puede sonar aceptable una idea cuando se trata de unos mugrosos sin rostro en otro continente, pero cuando nos toca en carne propia, el supuesto remedio se vuelve más difícil de tragar.

4.   Estrategias alternativas

Nos vemos obligados finalmente a buscar opciones más sensatas a la explosión demográfica. Es interesante en este sentido la experiencia de la China, donde se ha logrado no sólo estabilizar sino revertir el crecimiento del país más densamente poblado del mundo, cuyos aprendizajes se podrían trasladar a otras regiones del planeta. No es demasiado irrealista imaginar que el mismo esfuerzo propagandístico, coercitivo y de incentivación socio-económica, que actualmente se expende en convencer a los jóvenes a sacrificarse ignominiosamente en el campo de batalla, se podría invertir con mejores resultados en lograr que limiten el número de hijos que tienen.

Aún si estas estrategias no fueran aplicables en otros países, la experiencia de las últimas décadas ha demostrado que la manera más eficaz, económica y humanitaria de frenar el crecimiento poblacional es mediante la educación, la cual ha mostrado tener una clara relación con el número de hijos que tiene la persona, especialmente la madre.[2] En promedio, mientras mayor educación se recibe, menos hijos se tienen. Una de explicaciones es que las personas más preparadas tienden a preocuparse más por dar a sus hijos las mejores oportunidades posibles, frente a un sueldo que no avanza para más que unos pocos. Otra posibilidad es que la persona culta tiene aspiraciones profesionales y personales que van más allá de la crianza de un número ilimitado de hijos. Sea esto como fuere, lo cierto es que costaría $10 mil millones brindar una educación básica a todos (uno de los objetivos de milenio), apenas una pequeña fracción de los $1.7 millones de millones que se asignan anualmente al aparataje militar, para impartir una educación de alta calidad a la totalidad de la población mundial y así contener la actual explosión demográfica.

 

C.  Conclusión

En el presente ensayo se analizaron dos de los argumentos más comunes empleados para aducir que la guerra trae algún beneficio a la sociedad. El primero fue que la guerra promueve el crecimiento económico. Se cuestionó la manera como se realizan las mediciones macroeconómicas tradicionales y se demostró que los índices más modernos revelan el verdadero impacto de la guerra en la economía.

El segundo argumento fue que la guerra sería un medio para controlar la explosión demográfica, ante lo cual se realizó un sencillo análisis de costo-beneficio para comparar la guerra con algunos enfoques alternativos. En conclusión, se ha demostrado que la guerra posee un efecto negativo neto en la sociedad y que un paso importante hacia el logro de los objetivos en cuestión sería la erradicación de la guerra.

 

Notas:

[1] El PIB mide el producto dentro de las fronteras de un país, aunque sea por agentes extranjeros. Alternativamente, el Producto Nacional Bruto (PNB) mide la suma de actividades económicas realizadas por los nacionales de un país, aunque sea fuera de su territorio nacional. Sin embargo, el PIB es la medida citada más comúnmente.

[2] Véase “Birth and Fertility Rates by Educational Attainment”, T.J. Mathews and Stephanie J. Ventura, Division of Vital Statistics, National Center for Health Statistics. URL: http://www.cdc.gov/nchs/data/mvsr/supp/mv45_10s.pdf.

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