Miércoles, 28 Julio 2010 15:33

A. Introducción

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En la sección anterior analizamos algunos modelos mentales que pretenden describir al ser humano en un sentido ontológico, como un individuo o grupo de individuos. Existen otros modelos mentales que hacen referencia a la naturaleza del orden social como tal. A primera vista parecería que esta naturaleza debe reflejar la del ser humano como individuo. Sin embargo, una consideración más detenida revela que la sociedad es más que la suma de sus miembros individuales, por lo que requiere de un tratamiento aparte.

La relación entre la naturaleza del ser humano y del orden social es dinámica y compleja. Por ejemplo, el impulso sexual es parte de la naturaleza humana; sin embargo, las normas sociales dictan cuáles de sus posibles expresiones son apropiadas y cuáles no. De esta manera, la dimensión socio-cultural tiene un profundo efecto formativo en el comportamiento humano. A la vez, la manera como se conceptualiza la naturaleza humana también tiene un impacto en la cultura. Por eso, la interacción dinámica entre el individuo y la sociedad no puede ser separada en términos de causa y efecto. Más bien, cada uno continuamente influye en el otro y lo refuerza.

Como hemos visto, los modelos mentales sobre la naturaleza humana tienden a generar resultados que los validen y generan estructuras sociales que a la vez los confirman y refuerzan. Si nos consideramos simplemente como un tipo superior de animal, la satisfacción de nuestros instintos seguramente será predominante en nuestro comportamiento, y nuestra cultura reflejará este hecho la búsqueda hedonista del placer y la cruda competición. La sociedad resultante, con su énfasis en la diversión y su espíritu competitivo, reforzará el modelo mental del hombre como animal racional.

Si tenemos la creencia determinista de que el ser humano es víctima de fuerzas sobre las cuales carece de control, veremos esta creencia reflejada en una sociedad en que nadie quiere asumir responsabilidad por sus actos y todos esperan pasivamente a que “otros” resuelvan sus problemas. Si creemos que algunos son inherentemente superiores a otros, aquéllos oprimirán y explotarán a éstos y, al grado que su poder les permita, los grupos discriminados promoverán la protesta, rebelión, o lucha para tomar el poder.

A todo nivel de la sociedad, se perpetúan estos modelos mentales complementarios de la naturaleza humana y de la sociedad, extendiéndose a cada rincón del globo. Sin embargo, si cambiamos estos modelos mentales por un marco conceptual centrado en la nobleza potencial del ser humano, que reconoce los aportes singulares que cada persona puede hacer al bienestar de todos, veremos una relación holística entre el individuo y la sociedad, una interacción recíproca entre el bienestar de cada uno y su impacto en el bienestar de todos.

Un primer modelo mental respecto a la naturaleza del orden social dicta que el conflicto es inevitable en toda sociedad, e incluso causa de su progreso. Esto, aunado a los conceptos del ser humano como inherentemente violento y mezquino, se traduce en una sociedad donde predomina la constante pugna en todos sus ámbitos. En esta sección analizaremos algunos elementos de este modelo mental, relacionados con la ‘ley de la selva’, la competición, el poder, la identidad y la guerra.

Otro modelo mental tradicional de la sociedad humana es el divisionista. Está íntimamente relacionado con el concepto del hombre como naturalmente egoísta y competitivo, considerando a la humanidad como una colección de diversos grupos, cada uno con sus propios intereses, en constante pugna entre sí. Incluyen aspectos como proyección, satanización, racismo, uniformidad versus diversidad y el temor a perder nuestra identidad individual y/o colectiva. En esta sección veremos de qué manera se han formado estos modelos mentales y qué efectos han tenido en forjar el mundo tal y como lo conocemos.

Se realizará un análisis crítico de varios elementos de estos dos conjuntos de modelos mentales, según los cuales la sociedad humana es necesariamente divisiva y conflictiva, concluyendo que carecen de fundamento los argumentos en los cuales se basan. El decir esto no es sugerir que la sociedad sea necesariamente unida y cooperativa. Más bien significa que toda comunidad –grande o pequeña– es capaz de decidir qué desea para sí misma: una existencia plagada de competición y violencia, o un estilo de vida pacífica y mutualista.

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