Viernes, 02 Julio 2010 17:38

D. Crítica de la competición

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Una cultura de paz se caracteriza por el predominio de las relaciones de cooperación, mutualismo y trabajo mancomunado, en vez de competición, conflicto e individualismo. No obstante, aún persiste la creencia generalizada de que la competición no sólo es inevitable en vista de la naturaleza del ser humano y su sociedad, sino que incluso es beneficiosa, por considerar que aumenta en el rendimiento, intensifica el interés y disfrute, y forma el carácter.

Estos supuestos se fundamentan en parte en ciertas propuestas de las ciencias sociales y analogías prestadas de las ciencias naturales. Han llegado a plasmarse en la mayoría de las prácticas e instituciones de la sociedad actual, incluidas las económicas, políticas, judiciales, educativas, religiosas y deportivas, entre otras. Sin embargo, al observar los efectos corrosivos de la competición en estos diversos ámbitos, numerosos pensadores e investigadores han llegado a cuestionar estos conceptos y a ponerlos a prueba. Los resultados, recopilados y analizados por Alfie Kohn en su libro “No Contest – The Case Against Competition” [1992], contradicen muchas de las creencias populares respecto a la competición. El propósito del presente artículo es resumir algunos de los principales elementos del estudio de Kohn y otros autores al respecto.

 

A. Antecedentes: definiciones

Antes de comenzar, es importante aclarar la definición de los términos ‘competir’ y ‘cooperar’. La palabra 'competencia’ resulta ambigua, pues se relaciona con dos conceptos – ser competente y competir – que, aunque distintos, nacen de la misma raíz latina competentĭa. El ser competente significa poseer la pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo, mientras que el competir implica una disputa o contienda entre dos o más personas o entidades.

Bajo la influencia de la cultura predominante del agonismo, estos dos términos se han fundido en un mismo concepto de competitividad, pues se suele suponer que el más competente es el mejor competidor y viceversa. No obstante, como veremos a continuación, es posible llegar a ser igual de competente – o incluso más – dentro de un contexto de cooperación. A fin de obviar la confusión entre estos dos conceptos, por tanto, se ha optado aquí por evitar el uso del término competencia para referirnos al hecho de competir. En su lugar emplearemos el vocablo más preciso competición que, aunque podría parecer un anglicismo, en realidad ingresó al castellano desde el latín competitĭo y competiōnis.

La competición, según se emplea el término en el presente análisis, consiste en una relación de oposición o rivalidad en la cual dos o más personas intentan alcanzar un mismo objetivo de tal manera que cada acercamiento a dicho objetivo por una de las partes implica necesariamente el alejamiento del mismo por las demás. Es decir, el éxito o la ganancia de una parte supone siempre el fracaso o la pérdida de otra. Por ejemplo, cuando varios atletas contienden por la medalla de oro, el éxito de uno de ellos supone el fracaso del resto, e igual cosa se aplica a las de plata y bronce. Bajo el sistema de calificación competitiva, cada vez que un estudiante gana un punto, el inmediato superior automáticamente pierde un punto. Según la teoría de juegos, la competición por definición genera situaciones de “suma cero” o “ganar–perder”, pues cuando mi ganancia (+1) se suma a tú pérdida (–1), los dos se anulan y el resultado es cero. De hecho, varios autores proponen que la competición en realidad lleva hacia situaciones destructivas de “suma negativa” o “perder–perder” para la sociedad en su conjunto, por motivos que analizaremos más adelante.

Ahora bien, es posible que dos o más personas busquen un mismo objetivo sin necesidad de competir, bajo uno de dos esquemas. El primero es el trabajo independiente o individual, en el cual el éxito o fracaso de una de las partes no es causa del éxito o fracaso de ninguna otra, como cuando varios estudiantes intentan aprender la misma lección, pero sin ayudarse entre sí. El segundo es la cooperación, que supone un trabajo en equipo, donde dos o más personas colaboran para aumentar las probabilidades de éxito de todos en el logro un objetivo común. Un ejemplo sería que el grupo de estudiantes se apoyaran entre sí en el dominio de la materia. En ambos casos el resultado es una situación de “suma positiva” o “ganar–ganar”, pues cuando mi éxito (+1) se suma a tú éxito (+1), el resultado es más que cero. Incluso algunos plantean que la colaboración genera sinergias cuyo producto es más que la suma de los aportes individuales, por lo que sus beneficios para la sociedad en su conjunto podrían ser incalculables.

Antes de continuar con nuestro análisis, es importante aclarar a qué NO nos estamos refiriendo al hablar de competición. Existen términos genéricos que tienen definiciones muy distintas en diferentes disciplinas; y su uso descuidado como si siempre significaran lo mismo, tiende a generar malos entendidos. Por ejemplo, al decir ‘árbol’ solemos pensar en una planta perenne de tronco leñoso con ramas. Sin embargo, en la mecánica es una barra que soporta piezas rotativas o transmite fuerza motriz de unos órganos a otros; en la explotación hidrocarburífera es el conjunto de válvulas de demás accesorios instalados sobre el cabezal de un pozo; en la arquitectura es la columna que soporta las gradas de una escalera de caracol; en la corte y confección es el cuerpo de la camisa sin las mangas; en la música es el eje que hace que suene o deje de sonar el registro que se desea en un órgano; en la relojería es un punzón con cabo de madera y punta de acero que se usa para horadar el metal; en la imprenta es a la vez una pieza en la parte superior del husillo y la altura de la letra desde la base hasta el hombro; en la geneaología es un cuadro descriptivo de los parentescos en una familia; en la otorrinolaringología es el sistema orgánico formado por los bronquios a partir de la laringe y tráquea; en la navegación marítima es el madero que sostiene la vela; etc. Si alguien dijera que es importante poner agua regularmente en los árboles, suscitaría mucha oposición en la mayoría de estas disciplinas.

La palabra “competición” es otro buen ejemplo de esta clase de confusión lingüística. En el presente estudio, se arguye que la competición es relativamente contraproducente, según su definición como pugna por lograr un objetivo excluyente. Sin embargo, hablar en contra de la competición o “competencia” en su sentido económico o biológico, por ejemplo, sería cuestionar los fundamentos de estas dos ciencias. Por tanto, es importante diferenciar nuestra definición de estas otras acepciones del mismo término. Para mayor claridad, veamos brevemente qué significa la competición o competencia en esas disciplinas.

En la economía, “competencia” hace referencia a una situación beneficiosa en la cual ninguno de los actores en un mercado acumula suficiente poder como para influir significativamente en la fijación de los precios para un mismo tipo de producto, y puede operar correctamente las dinámicas de oferta y demanda. Para que esto ocurra, es necesario que exista un número relativamente grande de ofertantes y demandantes para cada tipo de producto. En contraste, si la competencia se definiera en la economía igual que en el deporte, como una pugna por vencer y eliminar de la contienda al contrincante, entonces el resultado sería una reducción en el número de actores en el mercado, llevando a tales configuraciones anticompetitivas como los oligopolios y monopolios por el lado de la oferta y los oligopsonios y monopsonios por lado de la demanda.

Aunque estas situaciones parecerían favorecer a unos pocos en el corto plazo, sus efectos perniciosos perjudican a todos en el largo plazo mediante la desestabilización y volatilización del sistema económico como un todo, como ha quedado tan claramente evidenciado por la reciente serie de crisis financieras mundiales. Por tanto, en un mercado “competitivo” (en sentido económico), lejos de participar en una pugna de tipo “ganar–perder”, todos los actores al buscar la innovación y eficiencia contribuyen al logro de un objetivo común: el de asegurar la mayor calidad posible al menor costo posible. Es una pena que no hayan dos términos distintos para estos dos conceptos tan radicalmente diferentes, hecho que posiblemente ha contribuido a la creciente proliferación de prácticas anticompetitivas.

En la biología, en cambio, la “competencia” se refiere en realidad a una forma de “relación simbiótica” entre seres vivos, cuyo fin es lograr una óptima distribución de los recursos en un ecosistema, como son espacio, alimento, cobijo, reproducción y otros. “Simbiótica” es una relación en la que todos ganan, no de ganar–perder como en nuestra definición de competición. Por ejemplo, cuando un animal “defiende” su territorio contra la “invasión” de otros (generalmente de la misma especie), su agresión suele ser más simbólica que bélica y tiene como resultado asegurar el espaciado necesario para el óptimo desarrollo de todos. Este espaciado es tan importante, que cuando no se logra pueden llegar a producirse suicidios o suspenderse la reproducción con tal de asegurar el bienestar del conjunto. Otras estrategias tienen el propósito opuesto de reducir los espacios. En la supuesta “competencia” por los rayos solares entre árboles en un bosque, los más pequeños constituyen la “reserva” del sistema para rápidamente tomar su lugar cuando un árbol grande cae dejando un hueco en el dosel.

La competencia se considera uno de los principales mecanismos de la selección natural, la manera como las especies se adaptan a cambios en su entorno (no se han comprobado casos de la generación de nuevas especies mediante la selección natural). Cuando una variante de la especie resulta la mejor adaptada a un entorno en particular, aumenta su incidencia y disminuye la de las demás variantes. En el mejor de los casos, éstas no desaparecen por completo, sino que quedan de reserva genética para cuando las condiciones cambian nuevamente. La extinción completa de las otras variantes pondría en peligro a la especie; y la desaparición de ésta sería dañina para las demás especies y el ecosistema como un todo, que dependen de los valiosos “servicios ecológicos” que presta cada una de las especies.

Cuando la competencia inter- o intra-especie pasa la frontera de ganar–ganar a ganar–perder, todos los participantes corren el riesgo de ser afectados negativamente (perder–perder) debido al desgaste de recursos que supone la pugna, tanto en términos del ‘costo de oportunidad’ de su tiempo y energía, como de la posibilidad de infligir heridas e incluso la muerte. Por tanto, se han desarrollado numerosas estrategias de supervivencia basadas en la cooperación, como el comensalismo, la diferenciación de nichos, la partición de nichos, el desplazamiento de rasgos, etc. De hecho, la “nueva biología” está encontrando cada vez más sinergias en lo que antes se interpretaba como competencia, pugna, conflicto, defensa, ataques, etc. por motivo de los filtros culturales occidentales y agónicos de otras generaciones de biólogos.

No obstante todo ello, no es el propósito del presente análisis objetar la competición existente en la naturaleza. Más bien se argumenta que el ser humano no está condenado a competir, debido a una supuesta ‘herencia animal’ o una pretendida ley sociológica, sino que nos incumbe hallar maneras más constructivas de alcanzar nuestros objetivos mutuos de desarrollo y bienestar para todos. Entremos, entonces, en materia.

 

B. ¿La naturaleza del ser humano o de la sociedad nos condena a competir?

El primer argumento que analizaremos a favor de la competición, es que forma parte íntegra de la naturaleza del ser humano y/o de su sociedad y que, por tanto, no se puede erradicar. En realidad son pocos los autores que se han dado el trabajo de sustentar este supuesto en forma razonada, limitándose la mayoría a afirmarlo como hecho evidente en sí y aceptado por todos. A continuación conoceremos algunos de los principales argumentos que plantean los pocos pensadores que ofrecen explicaciones en defensa de esta posición.

1. Aspectos inherentes al individuo

Algunos afirman que la competición ha sido necesaria para la supervivencia a lo largo de la evolución humana, pues ante la escasez de recursos, sólo los más aptos en competir por obtenerlos lograron sobrevivir y reproducirse. Sin embargo, numerosos estudios antropológicos han demostrado que es la cooperación la que ha permitido la continuación de la vida humana, pues sólo por medio de la ayuda mutua ha sido posible superar los embates del hambre y los desafíos de la naturaleza. Explica Ashley Montagu [en Johnson 1982:1]: “Sin cooperación entre sus miembros, ningún colectivo puede sobrevivir. La sociedad humana ha perdurado debido a la capacidad cooperativa de sus miembros, que ha hecho posible tal supervivencia”.

De hecho, en la mayoría de sociedades estudiadas, los poseedores de las mayores cualidades de conciliación son quienes han ascendido a puestos de autoridad, mediante un proceso parecido al de la ‘selección artificial’. Los más conflictivos, en cambio, suelen ser proscritos e incluso aislados de la sociedad, a fin de prevenir sus efectos divisivos y perjudiciales. Donde éstos han logrado apropiarse del poder, el resultado ha sido la ruina y el decaimiento de la sociedad. Por tanto, si un acaso la ‘selección natural’ se aplicara a la sociedad humana, cosa que ha sido fuertemente cuestionado, habría favorecido a los mejores colaboradores.

Quienes defienden la tesis de la supervivencia del mejor competidor concluyen que por este medio la competición habría sido programado en nuestros genes. A la inversa, si se acepta el planteamiento del valor adaptivo de la ayuda mutua, se podría postular lo contrario, que el ADN humano favorecería a la cooperación. Sin embargo, tanto lo uno como lo otro resulta ser mera especulación, pues no existe evidencia alguna de un código genético que determine tales actitudes, pese a toda la investigación genética de las últimas décadas. Stephen Jay Gould [1978:349] lo dijo muy bien:

“¿Por qué imaginar que tendrían importancia unos genes específicos para la agresión, la dominación o el rencor, cuando se sabe que la enorme flexibilidad del cerebro nos permite ser agresivos o pacíficos, dominantes o sumisos, avaros o generosos? La violencia, el sexismo y la maldad en general sí son biológicos, ya que representan un subconjunto del abanico de posibles comportamientos. No obstante, el fomento de la paz, igualdad y bondad son igualmente biológicos; y se vería crecer su influencia en caso de crearse estructuras sociales que los permitieran prosperar”.

Ante la noción de una herencia genética a favor de la competición, algunos han planteado la existencia de un instinto o impulso competitivo, innato o inherente en el ser humano. El instinto se define como una serie de comportamientos complejos y específicos que repiten de la misma manera todos los miembros de una especie, sin que dependa del aprendizaje. El concepto de la competición, sin embargo, es una abstracción humana, una categoría de análisis que reúne una amplia gama de conductas alternativas que reflejan patrones culturalmente establecidos.

Un impulso, en cambio, nace de una condición fisiológica como hambre o sed, frío o calor, aburrimiento o excitación, etc., que nos motiva a responder de alguna forma, pero no de una manera específica o predeterminada. El competir no es sino una opción entre varias, una de múltiples maneras posibles de actuar ante una situación determinada, siendo la cooperación otra, y que a la larga satisface de mejor manera nuestras necesidades. Incluso, Gorney [1972:140] observa que la mayoría de investigadores de la biología social y evolución humana, sostiene que los seres humanos somos predispuestos a comportarnos, no de manera individualista y competitiva, sino de modo sociable y cooperativo.

Otros argumentan que si todos los demás animales compiten entre sí por sobrevivir; ¿por qué suponer que el ser humano sea distinto?, pues compartimos esa herencia de competición en cuanto animales y productos de la misma naturaleza. Sin embargo, evolutivamente somos tan distantes de esos ‘otros animales’ que su comportamiento poco o nada tiene que ver con el nuestro. No somos descendientes de ninguna de las especies existentes. Según ciertas versiones de la teoría evolutiva, podríamos haber compartido parientes comunes hace muchos millones de años, pero desde ese entonces cada especie ha tomado su propio rumbo. De hecho, la capacidad singular del ser humano para crear y cambiar culturas, mundos simbólicos y de significado, formular y cuestionar abstracciones, construir y reformar instituciones, nos coloca en una categoría muy aparte de las demás especies.

Además, aquellas especies de simios que se consideran más afines a los humanos evidencian una notable cooperación y falta de agresividad. Incluso las demás especies tampoco son tan sanguinarias como la TV popular nos haría creer. Particularmente entre varias de las especies más parecidas al ser humano, existe poca pugna y más bien un notable nivel de organización social y colaboración. Durante un siglo, desde que Peter Kropotkin publicara su libro “Mutual Aid: a Factor of Evolution” en 1902, los zoólogos y etólogos han estado insistiendo que en el reino animal hay mucha cooperación invisible e invisibilizada tras las imágenes populares de rivalidad y depredación. Por ejemplo, el zoólogo Marvin Bates [en Montagu 1952:58] afirma:

“Esta competencia, esta ‘lucha’, es un aspecto superficial, sobrepuesto en una mutua dependencia fundamental. El tema esencial de la naturaleza es la cooperación más bien que la competición – una cooperación que se muestra tan generalizada, tan ampliamente integrada, que es difícil desenmarañar las distintas hebras para poder seguir su curso”.

Por otra parte, algunos sostienen que aún entre los niños pequeños se observa ya un comportamiento competitivo, sin que nadie les haya enseñado y que se mantiene incluso en contra de las insistencias de sus mentores. Esto es cierto, pero no es indicio de una supuesta naturaleza competitiva, pues también se observa en los infantes actos desinteresados de cooperación. Esto sólo confirma el hecho de que el ser humano es capaz, desde su temprana niñez, de evidenciar toda una gama de actitudes. Es la socialización, formación y educación la que aumenta las probabilidades de consolidarse y normalizarse lo uno o lo otro. Según Yarrow y Waxler [1977:78–79], “La capacidad para ser compasivos y extender la mano a otros de varias maneras para dar, aparece en comportamientos viables y efectivos desde muy temprano en la vida…” Dicen además, “A menudo niños, a muy temprana edad, se han mostrado supremamente hábiles en distinguir y responder ante las necesidades de los demás”. Tras un amplio análisis de las investigaciones al respecto, Kohn [1992:19] concluye:

“Esta tendencia a cooperar, a trabajar con otros y no contra ellos, ha sido observada entre preescolares e incluso infantes. Los denominados ‘comportamientos prosociales’ – el cooperar, ayudar, compartir, consolar, etc. – se presentan en casi todos los niños… Los repetidos casos de niños menores a tres años que regalan sus juguetes a sus compañeros de juego, que toman turnos espontáneamente en los juegos y otros por el estilo, deben ser motivo de reflexión para todo aquel que supone a la competición como el estado natural del ser humano”.

 

2. Aspectos inherentes a la sociedad

Otro argumento común es que sin la competición no funcionaría la sociedad, pues constituye uno de los principios fundacionales de todas nuestras instituciones. Es la práctica normativa entre actores en el mercado, entre partidos en la política, entre contendientes en el deporte y entre denominaciones religiosas en el sectarismo, por mencionar solamente algunos ejemplos. Sin embargo, el mayor error que cometen los defensores de esta tesis es confundir aquello que ES o ESTÁ con aquello que DEBE SER, confundir UNA sociedad con TODA sociedad. Es decir, el hecho de que nuestra sociedad haya sido construida sobre cimientos agónicos, no significa que toda cultura debe necesariamente seguir la misma pauta. Leemos en Kohn [1992:38]:

“…la competición es cuestión de estructuras sociales y no de naturaleza humana. Puede ser que forme parte integral de determinadas instituciones en la sociedad occidental contemporánea, como por ejemplo el capitalismo, pero claramente no es consecuencia ineludible de la vida como tal”.

En este punto del análisis, suele plantearse el argumento de que no se puede encontrar sociedad alguna en la que no exista la competición. Semejante universalidad – se aduce – seguramente se debe a que forma parte integral de la naturaleza humana y/o del orden social. Sin embargo, si esta tesis fuese válida, con la misma moneda se podría afirmar que la omnipresencia de la cooperación es prueba de que su carácter esencial en el ser humano. Pues es igualmente cierto que en toda sociedad existen numerosos elementos de cooperación, de hecho más que de pugna, aunque nuestros filtros culturales nos hayan impedido verlos. En palabras de David y Roger Johnson [1974:218], “La verdad es que la vasta mayoría de interacciones humanas, tanto en nuestra sociedad como en las demás, no es competitiva sino cooperativa”. Esto encuentra eco en las palabras del psiquiatra Roderic Gorney [1972:101-2], quien afirma: “Toda evaluación objetiva del hombre moderno revela que en la abrumadora preponderancia de interacciones humanas, la cooperación eclipsa por completo a la competición”. Por citarle nuevamente a Kohn [1992:18-19],

“Podría decirse que la omnipresencia de las interacciones cooperativas, incluso en una sociedad relativamente competitiva, constituye una poderosa evidencia contra la generalización de que los seres humanos sean naturalmente competitivos. Nuestras vidas son ‘promotivamente interdependientes’… por el mero hecho de vivir y trabajar juntos. Esto se aplica a toda sociedad; es inherente a la idea misma de sociedad. Por ende, la afirmación de que seamos inevitablemente competitivos, si no totalmente falsa, es tan parcial que resulta completamente desorientadora”.

De hecho, donde los aspectos competitivos de una sociedad han predominado sobre los cooperativos, esa sociedad ha entrado en un proceso paulatino de dispersión y autodestrucción desde su interior. Pues como ya hemos visto en el apartado anterior, la cooperación es el sine qua non de toda sociedad. Históricamente, han prosperado más y por más tiempo aquellas sociedades en las que el apoyo mutuo ha sido la norma, que aquellas donde han predominado la atomización y la pugna.

Algunos han intentado explicar esto recurriendo a la noción enrevesada de que inclusive los comportamientos aparentemente mutualistas no son otra cosa que distintas maneras de competir, es decir, que la cooperación no es más que una estrategia competitiva. Este es un caso clásico de la costumbre positivista de forzar los hechos a que conformen con una teoría prefijada, en vez de conformar nuestras teorías a los hechos. En el contexto de la cultura del agonismo que se oculta tras semejantes ardides pseudo-científicos, es apta la observación de Raush [1965:489], de que la tendencia a interpretar como hostiles los actos aparentemente amigables constituye uno de los principales rasgos del trastorno psicológico.

Cuando los demás argumentos fallan, siempre habrá quien recurra a la acusación de que el proponer una futura sociedad cooperativa es “utópico”, entendido como un sueño imposible. Este argumento, aún si lo tomáramos en serio, es fallido en dos aspectos importantes. Por una parte, ya se han identificado numerosas culturas – tanto históricas como actuales – en los cuales la cooperación constituye la norma y la competición no sólo es la excepción sino que es tratada como un problema a ser superado y erradicado.

Por otra parte, en las sociedades occidentales, donde la competición ha llegado a niveles endémicos, la “utopía” de un futuro más mutualista podría resultar ser lo único que ofrezca la inspiración necesaria para tornarla posible. El buen arquitecto diseña modelos de sus proyectos antes de construirlos; y el empresario exitoso invierte mucho tiempo y dinero en elaborar una visión que inspire y oriente el accionar de sus empleados. Los pueblos originarios de las Américas decían que para alcanzar algo nuevo, primero es necesario soñarlo, y el Rey Salomón proclama en sus Salmos que “Donde no hay visión, la gente perece”.

3. La cooperación y competición se aprenden

Como hemos visto, entonces, no sólo que no hay nada en la naturaleza del ser humano y de su vida colectiva que nos obligue a la competición, sino que la cooperación ha sido responsable de la supervivencia y el progreso de la especie humana a lo largo de su historia. Si el ser humano es tan capaz de cooperar como de competir, ambas actitudes pueden ser reforzadas y refinadas mediante la socialización y la educación. Desde muy temprana edad, aprendemos de quienes nos rodean cómo competir, cómo cooperar y cuándo hacer lo uno y lo otro.

Gran parte de esta formación se da sin pensarlo, sin intención. Frases aparentemente inocentes como “¿Quién es la niña más hermosa del mundo?” o “¿Cuál es tu tía favorita?" establecen la tónica de una vida de competición por ser número uno. Los dibujos animados ‘para niños’ muestran a caracteres en una constante lucha por destruirle al otro. En los juegos infantiles suelen haber ganadores y perdedores, así como en los deportes. En la escuela los alumnos son premiados o castigados según su rendimiento diferenciado. Cuando tienen problemas con sus compañeritos, se les enseña a “no dejarse”, a “defenderse”, o por último a “no llevarse con esa chusma”. Incluso la cooperación ha llegado a significar el obedecer sumisamente a la autoridad o el soplarle la respuesta a un compañero de clase en el examen. Al crecer, los niños aprenden maneras más sofisticadas de competir con sus congéneres – usar ropa de marca, ostentar símbolos de prosperidad, y asumir actitudes como el más ‘cool’, ‘malo’, audaz, popular, etc.

Si la competición fuera natural en el ser humano, no sería necesario enseñar estas actitudes; no obstante, padres, maestros y los medios masivos (publicistas, noticieros y la industria cinematográfica) se coadyuvan en promoverlo como modo de vida normal. Tampoco sería posible siquiera enseñar la cooperación, pues algo que no existe en potencia no puede cultivarse en la práctica. Si una semilla es de zarza, ninguna cantidad de cuidados puede hacer que de ella broten manzanas. “Estrictamente hablando, cualquier ejemplo de comportamiento humano no competitivo, debería bastar para refutar el argumento de la naturaleza humana”. El hecho es que donde ha sido intentado, se ha obtenido mucho éxito en enseñar a los niños a cooperar desde temprana edad, como lo demuestra el creciente movimiento a favor de los juegos cooperativos y el aprendizaje cooperativo, por ejemplo.

Otro hecho que comprueba el carácter adquirido de tanto la cooperación como la competición es que diferentes culturas poseen distintos niveles de cooperación. La mayoría de sociedades liberales de occidente han sido clasificadas como ‘sumamente competitivas’ mientras que, de las demás, la mayoría oscila entre los rangos de ‘medianamente cooperativas’ a ‘muy cooperativas’. Karlberg [2004:1-22] propone la desnaturalización tanto de la competición como de la cooperación, como aspectos culturalmente contingentes que coexisten en distintas proporciones en toda sociedad [Para mayores informes sobre ejemplos de culturas predominantemente cooperativas, véase la sección en el presente estudio que trata sobre los Referentes de una Cultura de Paz.]

 

C. ¿La competición aumenta el rendimiento?

Una vez establecido el hecho de que la competición no es inevitable, volveremos nuestra atención ahora hacia aquellos planteamientos según los cuales sería de alguna manera buena para nosotros como individuos y como sociedad. Comenzaremos con el argumento bien conocido de que el competir nos vuelve más productivos, es decir, que aumenta nuestro rendimiento. Un problema inicial con esta fórmula es que no está claro en comparación con qué se supone que se daría esa mejora. Si se trata de competir versus no hacer nada, resultan obvias sus ventajas, pero en el caso de competir versus el trabajo independiente o la colaboración con otros, es necesario acudir a la investigación científica para determinar su valor relativo. Numerosos estudiosos han intentado determinar, en diversos campos del quehacer humano, si las personas rinden mejor cuando intenta vencer a otros, cuando trabajan solos, o cuando colaboran con otros. En su meta-análisis de estos estudios, Alfie Kohn [1992:27] concluye que “El rendimiento superior no sólo que no requiere de la competición, sino que por lo general parecería requerir su ausencia". Veamos por qué.

1. En la educación y el empleo

En la educación, la competición resulta motivante únicamente para el 5% de los estudiantes – quienes ya eran los más aventajados – mientras que desmotiva al otro 95%, justamente el grupo que más necesita de la motivación. No mejora ni el rendimiento ni la retención de ninguno de estos dos grupos, pues incluso aquel 5% suele rendir mejor, por sentirse más relajado y centrado en el objetivo, en ausencia de la presión por competir y vencer a sus compañeros. Según numerosas investigaciones, la cooperación es significativamente más productiva que el trabajo independiente, y éste mucho más productiva que la competición. Este efecto es mayor en grupos pequeños con tareas complejas, que se benefician del trabajo interdependiente, sin que se haya evidenciado mejora alguna cuando los equipos compiten entre sí.

En cuanto a la manera como se premia el rendimiento, en el caso de la cooperación el enfoque más eficaz resulta ser la premiación equitativa, donde todos los miembros del equipo reciben la misma retribución por un resultado colectivo. El segundo en eficacia es el método proporcional, en el cual cada miembro es recompensado según su aporte diferenciado al producto final. El menos eficaz es el sistema por el cual sólo el que mejor se desempeña recibe el premio. En el caso del trabajo independiente, el método de distribución de los premios resulta indiferente. Esto se aplica no sólo a la velocidad con la que se resuelven los problemas, sino también a la calidad, complejidad y, especialmente, creatividad de los resultados.

También se ha observado que mientras más heterogéneo y diverso un grupo de trabajo, mejores son sus resultados, mayor aun al rendimiento de los miembros más expertos cuando trabajan solos. No sólo se benefician los miembros menos dotados del equipo, sino también los más aventajados, dando fe a la máxima de que “más aprende el que enseña que su estudiante”.

En cuanto al ambiente laboral, una cultura de cooperación también fomenta el que se comparta información, recursos y carga de trabajo, mientras que la competición lo reduce. La competición, como orientación hacia el trabajo, resulta dañina según diversas maneras de medir el éxito, desde la evaluación de desempeño del empleado hasta su categoría salarial, en todos los campos laborales y a todo nivel de especialización. Incluso el performance en campos tan diversos como el arte y el periodismo se ha visto perjudicado por la competición.

Se cree comúnmente que la competición económica regula al mercado y motiva a sus actores. Sin embargo, se ha observado que se produce el contrario. Cuando la motivación consiste en obtener beneficios a costo de otros, proliferan actitudes y comportamientos dañinos para las mayorías a corto plazo y para todos a largo plazo. También impide la innovación, pues el competidor suele sentirse obligado a limitarse a lo ya probado, a fin de garantizar al menos un éxito relativo.

2. Relaciones de causa – efecto

¿A qué se deben estos resultados científicos? Primero, como dice Kohn [1992:55-56], “el esfuerzo por desempeñarse bien no es lo mismo que tratar de vencerle a otro”, pues “la excelencia y la victoria” no sólo que “son conceptos distintos”, sino que “se vivencian de manera diferente”. Sólo se puede “prestar atención a la tarea en sí, o al empeño por triunfar sobre otra persona – este último a menudo a expensas de aquella”, pues “el atender a la búsqueda del triunfo, a la victoria como tal, a quien va ganando al momento, en realidad distrae a uno de concentrarse plenamente en lo que hace”. Este cambio de enfoque contamina toda ocupación a la que toca, ya sea la educación, los negocios, las artes, el periodismo, la investigación científica, la política, el deporte, los debates, el sistema jurídico, y las demás.

En segundo lugar, es bien sabido que el máximo rendimiento se logra mejor mediante la motivación intrínseca o de origen interno (como la vocación de servicio y el amor a la excelencia), la cual en realidad es disminuida por los motivadores extrínsecos o de origen externo (como el dinero, los galardones y el prestigio). La competición es un motivador extrínseco (el premio es ganar), por lo que es de limitada eficacia y acaba disminuyendo la motivación interna o intrínseca. En cambio, la cooperación genera varios motivadores intrínsecos, entre ellos el placer del éxito compartido, la satisfacción de cultivar relaciones positivas con otros y el sentido de responsabilidad hacia los demás miembros de un equipo interdependiente. Como concluye Eduard Deci, investigador motivacional [1981:82-83]:

“El intento de superarle al otro es de índole extrínseca y suele reducir la motivación intrínseca de las personas hacia una actividad determinada. Aparentemente, cuando se les pide competir, comienzan a percibir la actividad como medio para vencerles a otros, ya no como una oportunidad de autosuperación o una actividad satisfactoria de por sí. De este modo, la competición parece funcionar como tantos otros premios extrínsecos por cuanto, bajo ciertas circunstancias, suele percibirse como un acto de control externo que disminuye la motivación intrínseca”.

El tercer motivo de la superioridad de la cooperación es que ésta genera sinergias que aprovechan y potencian tanto los talentos y esfuerzos de los participantes como los recursos disponibles. Es mucho más eficiente que la competición, previene la duplicación de esfuerzos, permite reconocer los errores y aprender de ellos, fomenta las buenas relaciones de trabajo y alienta el intercambio de experiencias e ideas. Esto se explica por el concepto de las necesidades axiológicas de Manfred Max Neef et al. [1993]. Existe un número limitado de necesidades universales: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, libertad, identidad y trascendencia. Sin embargo, es ilimitado el número de posibles ‘satisfactores’ de estas necesidades, los cuales varían de una cultura o sociedad a otra. Estos satisfactores pueden clasificarse como positivos (singulares si llenan una sola necesidad y sinérgicos si satisfacen varias a la vez), o negativos (seudo-satisfactores si su acción es sólo aparente; inhibidores si su sobre-satisfacción impide cubrir otras necesidades; y violadores–destructores si deterioran la misma necesidad que pretenden llenar).

La competición, en este esquema, no es una necesidad humana sino un posible satisfactor, pero que resulta ser sumamente negativa, siendo bajo diferentes circunstancias pseudo-satisfactor, inhibidor o violador–destructor. Por ejemplo, es promovida como medio para satisfacer de la necesidad de libertad, pero en realidad aumenta la dependencia, como veremos a continuación, y su uso inhibe la satisfacción de otras necesidades como subsistencia, protección, afecto, participación y ocio [1993:62].

La cooperación, en cambio, es un satisfactor altamente positivo y sinérgico, pues permite la satisfacción de todas las necesidades humanas simultáneamente. El “principal atributo” de los satisfactores sinérgicos, según Max Neef et. al [1993:65], “es el de ser contra-hegemónicos en el sentido de que revierten racionalidades dominantes tales como las de competición y coacción”. La cooperación permite “rescatar todo el arsenal de creatividad social, de solidaridad y de iniciativas autogestionarias que el mundo invisible se ha forjado para sobrevivir en un medio excluyente, para oponerlos, a través de políticas globales, al imperio exclusivo de una lógica competitiva y dependiente” [1993:95].

Max Neef plantea tres potenciales versiones del mundo, siendo las primeras dos la extinción de la especie humana y la barbarización del mundo. Luego afirma que:

“La tercera versión presenta la posibilidad de una gran transición -el pasaje de una racionalidad dominante de competición económica ciega y de codicia, a una racionalidad basada en los principios de la solidaridad y el compartir. Podríamos llamarlo el pasaje de una Destrucción Mutuamente Asegurada a una Solidaridad Mutuamente Asegurada. La pregunta es si podemos hacerlo. ¿Tenemos las herramientas, la voluntad y el talento para construir una Solidaridad Mutuamente Asegurada? ¿Podremos vencer la estupidez que hace que posibilidades como esa queden fuera de nuestro alcance? Creo que sí podemos, y que tenemos la capacidad. Pero no nos queda mucho tiempo” [1993:147].

En cuarto lugar, la competición es dañina por que su carácter desagradable afecta negativamente el desempeño. Genera sentimientos de ansiedad, temor a perder (que se cumple en la mayoría), anticipación del fracaso, agitación y nerviosismo, por que dirige la atención hacia las actitudes de agresión inherentes en la relación entre contrincantes. El competidor suele concentrarse en evitar el fracaso en vez de lograr el éxito, de modo semejante a la reacción de una rata de laboratorio ante los choques eléctricos. Lo sorprendente es que estos resultados se han observado tanto entre ‘ganadores’ como entre los que pierden. En una investigación realizada por Benedict [1974:153-154], por ejemplo, los sujetos

“…comenzaban a cometer errores y se volvían más lentos al introducirse la competición. Se desempeñaron mejor cuando medían sus avances contra su propio récord, no cuando se comparaban con otros… El hecho de competir lo sentían tan agudamente como agresión que volvían su atención hacia su relación con el agresor en vez de concentrarse en el trabajo que tenían a la mano”.

 

3. Efectos en la productividad colectiva

Aun en aquellas situaciones donde la competición parecería favorecerle al individuo a corto plazo, resulta perjudicial para la colectividad a largo plazo, lo cual acaba por dañar a su vez al mismo individuo. Por una parte, la pugna genera costos sociales corrosivos como “la pérdida de comunidad y sociabilidad, un aumento del egocentrismo, y otras consecuencias como la ansiedad, la hostilidad, la mentalidad obsesiva y la represión de la individualidad” [Kohn 1992:78), lo cual anulan cualquier efecto beneficioso que podría haber.

En segundo lugar, el competir genera una dinámica sistémica perversa en la estructura social, que a la larga resulta ‘irracional’, aun cuando cada individuo haga lo 'racional' según la lógica individualista de la competición. En una intersección concurrida sin señalización, por ejemplo, si cada motorista sigue la ‘lógica’ de adelantarse lo más pronto, el resultado es un atascamiento que impide a todos avanzar. Por dar un ejemplo un poco más drástico, si se incendia un lugar público atestado y cada individuo hace lo ‘correcto’ de intentar salir lo antes posible, se bloquea la salida y muchos pueden quedar atrapados. En estos casos y otros similares, una lógica colectivista o cooperativa eliminaría o, al menos, disminuiría el problema.

A mayor escala se pueden identificar varios ejemplos de la manera como la competición daña las mismas estructuras que pretende sostener. La economía mundial desreglamentada y de libre competencia genera extremos de riqueza y pobreza, lo cual produce colapsos periódicas que afectan tanto a ricos como pobres, sin mencionar los estragos ecológicos planetarios. La pugna por el poder internacional, basada en la lógica de la ‘seguridad nacional’ y la soberanía ilimitada de cada estado, conlleva costos inmensos en materia de 'seguridad colectiva'.

 

D. ¿La competición es más divertida?

Otro argumento que suele plantearse a favor de los supuestos beneficios de la competición, es que aumenta el interés o valor recreativo de las diversas actividades humanas. Esto a pesar de que muy pocas personas hallan divertida la competición que enfrentan a diario en su trabajo, sino que la ven como fuente de tensiones, preocupaciones y dolores de cabeza. La mayoría añora que llegue el feriado para poder escapar del estrés de la competición cotidiana del trabajo y dedicarse a actividades lúdicas. Éstas, por definición, consisten en actividades realizadas por el puro deleite de hacerlas, con un mínimo de reglas y competición. Su valor se halla más bien en el disfrute del proceso que en la búsqueda de algún producto final.

;1. Del juego al deporte

No obstante lo anterior, tanto ha llegado la cultura del agonismo a penetrar en todos los aspectos de nuestra sociedad, que a menudo se confunde el ‘juego’ con alguna forma de competición, ya sea de cancha, de patio o de mesa. Las actividades puramente lúdicas se relegan a la infancia, mientras que las competitivas se consideran más propias de la madurez. De este modo pasamos de la competición del trabajo a la del deporte, donde seguimos bajo la presión de rendir y mostrarnos no sólo tan competentes como los compañeros de nuestro equipo, sino más capaces que nuestros contrincantes. Repetidas investigaciones han demostrado que esta competición no resultan en el ‘desfogue’ de un supuesto ‘instinto’ competitivo, sino que al contrario, crea y refuerza una orientación mental hacia la competición que puede contaminar a otros ámbitos de la vida, desde el laboral hasta el familiar y la amistad.

Un argumento frecuente para justificar esta actitud es que los juegos competitivos son más divertidos y satisfactorios que el mero ‘jugar por jugar’. Se aduce, por ejemplo, que el deporte es fuente de ejercicio saludable –de por sí desestresante–, que el competir fomenta el trabajo en equipo y la socialización, que la pugna desafía a los jugadores a esforzarse al máximo –física y/o mentalmente–, que cultiva la disciplina de actuar dentro de los límites de unas reglas bien definidas, que involucra y absorbe más completamente a la persona, que le permite olvidarse de los problemas del trabajo cotidiano y, finalmente, que le permite saborear la dulzura de una victoria bien merecida. Se suele objetar que el juego no competitivo no brinda estos beneficios. Sin embargo, un análisis más detenido revela que no es necesario escoger entre los juegos competitivos versus el juego como un fin en sí mismo, como veremos a continuación.

2. Los juegos cooperativos

Otra alternativa es lo que se conoce como los juegos cooperativos. Consisten del trabajo en equipo por superar un obstáculo común, inherente en la naturaleza de la actividad en sí, en vez vencer a un contrincante. Incluyen por una parte los juegos de tipo fiesta infantil como ‘sillas musicales cooperativas’, donde cada vez que se elimina una de las sillas tienen que arreglárselas los jugadores para que quepan todos en los asientos que quedan. También abarcan un sinnúmero de juegos de mesas populares, e incluso los deportes más formales, como el voleibol cooperativo, donde cada jugador que logra pasar la bola sobre la red pasa al otro lado, con el propósito de cambiar todo el equipo con un mínimo de servidas.

Los deportes y juegos cooperativos han sido descritos por la mayoría de participantes encuestados como más divertidos y satisfactorios que los competitivos, pues ofrecen todas las ventajas de éstos y más, sin ninguna de sus desventajas. Por ejemplo, ofrecen el mismo nivel de ejercicio sin el estrés negativo, promueven el trabajo en equipo y la socialización con el doble de personas (ambos equipos), exigen el mismo nivel de esfuerzo físico y mental, son igualmente absorbentes sin la tensión por vencerle al otro, poseen reglas que exigen disciplina, y brindan a todos los participantes el gusto de la victoria en vez de permitir que sólo algunos ganen. Además – lo que es quizás lo más importante – los juegos cooperativos promueven una cultura de cooperación – elemento importante en la construcción de una cultura de paz – que puede transferirse con el tiempo a otros aspectos de la vida como el entorno laboral.

3. En otros ámbitos

Algunos dicen que la competición aumenta el deleite de otras actividades, aparte de los juegos. Por ejemplo, hay quienes dicen que disfrutan de la inyección de adrenalina que supone el competir en el campo laboral. Sin embargo, se han observado los mismos efectos en los equipos de trabajo que se esfuerzan por cumplir un plazo apretado o por superar su propio récord. No es necesario librar una pugna con un contrincante para sentir el placer de superar un reto difícil. Los desafíos se encuentran en todos los ámbitos de la vida de quienes luchan por ser mejores cada día y servir con excelencia en cualquier ámbito de trabajo.

 

E. ¿La competición forma el carácter?

Finalmente, hay quienes defienden la competición bajo el supuesto de que forma el ‘carácter’. Esto por general se entiende como un estado psicológico saludable, la autoconfianza y autoestima, una personalidad estable y madura, y el cultivo de ciertas virtudes humanas. Quedó claro en el análisis anterior que el esfuerzo por desempeñarse bien en un empeño cooperativo tiene grandes ventajas personales y sociales. Pero, ¿posee alguna ventaja formativa adicional el hecho de competir, es decir, de alcanzar los objetivos propios de tal manera que se prive a otros de cumplir los suyos?

De entrada aclaremos que la única ventaja psicológica hallada para la competición corresponde a los beneficios limitados que se obtienen por el hecho de acatar las normas predominantes de una sociedad competitiva. Sin embargo, esto no es esencial sino contingente, pues los mismos efectos se observan en el caso de la cooperación al seguir las pautas de una cultura mutualista. En cambio, cuantiosos estudios científicos han revelado las numerosas desventajas de la competición, las cuales redundan en un desmedro de la autoestima, la estabilidad e incluso la virtud. Y aunque sus efectos negativos se presentan en todas las edades, se han mostrado particularmente susceptibles los niños, quienes más requieren de influencias formadoras que son justamente quienes más.

1. Autoestima y confianza en sí mismo

No hay factor más importante en la buena formación del carácter que una buena autoestima. La salud psicológica requiere de la convicción incondicional de valía propia, sin importar lo que suceda. Un argumento a favor de la competición es que fomenta una buena autoestima. Sin embargo, quienes han investigado este supuesto han concluido que el tratar de derrotarle a otro no disminuye la falta de autoconfianza, sino que la refuerza, en un ciclo vicioso. Una tendencia a competir puede nacer a raíz de una carencia de autoestima y mantenerse debido a la necesidad de reafirmar o revalidar constantemente la valía propia ante sí mismo y los demás.

Una persona psicológicamente estable y segura de sí misma no necesita participar en la competición – ni tampoco evadirla – para probarse a sí mismo y a los demás. A la inversa, mientras mayor la carencia de confianza en el propio valor como persona, mayor el énfasis en la competición – ya sea para participar en ella o para evitarla. En palabras de Kohn [1992:99], “competimos para superar dudas fundamentales respecto a nuestras capacidades y, finalmente, compensar por una baja autoestima”. La competición no corrige esta deformación del carácter, sino que lo empeora, como explica el psicoanalista Rollo May [1977:233-34]:

“El método culturalmente aceptado de aliviar la ansiedad es redoblar los esfuerzos por lograr el éxito… [por lo que] el individuo ansioso aumenta sus empeños competitivos. Pero mientras más agresiva es la batalla por competir, mayor el aislamiento, hostilidad y ansiedad. Este círculo vicioso puede graficarse como sigue: competición individual –> hostilidad intrasocial –> aislamiento –> ansiedad –> mayor lucha competitiva. De este modo, los métodos empleados más comúnmente para disipar la ansiedad en dicha constelación, en realidad la aumentan a la larga”. Círculo Vicioso de la Competición

Otro argumento es que el perder no es malo, pues enseña la humildad y sencillez, a no creerse más de lo que es, pues esto constituye otro elemento de una autoestima saludable. Sin embargo, este efecto no ha sido reportado en las investigaciones. Más bien, quienes pierden suelen sentirse humillados y avergonzados. Con frecuencia su fracaso es interiorizado a tal punto que se sienten defectuosos e indignos de ganar. Equiparan el hecho de perder con el ser perdedor. Socava la autoevaluación positiva y profundiza la autocrítica negativa. Predispone a las personas a esperar y anticipar el fracaso. Además, suele fomentar la envidia y la sed de venganza o reivindicación, lo cual carcome tanto a la personalidad como las relaciones sociales. Como resultado, los competidores suelen volverse temporalmente amargados, malhumorados, desagradables y antipáticos.

2. Independencia y autocontrol

Se aduce que la cooperación genera dependencia y que la competición promueve la independencia. Sin embargo, los estudios al respecto han concluido que la competición que genera una dependencia afectiva de la aprobación por parte de terceros; nos torna emocionalmente dependientes de la evaluación externa como medida de nuestra valía como personas. Según numerosas investigaciones, la cooperación, en cambio, genera una creciente independencia psicológica, a la vez que forja relaciones cada vez más robustas de interdependencia social.

Una de las peores formas de dependencia es la adicción. Entre los competidores no sólo se observa un aumento en la drogadicción, sino también una adicción al mismo hecho de competir. Pues el ganar no constituye un aliciente permanente sino temporal, pues ninguna victoria es definitiva. Aunque una victoria puede producir una sensación de satisfacción o incluso de euforia, es sólo temporal, pues siempre habrá alguien más a quien vencer. Cada triunfo ahonda un sentimiento de vacío de significado en la vida de quien depende de la constante competición para validarse como persona. Como un trago de agua salada, cada sorbo sólo incrementa la sed, en un ciclo vicioso. Sólo el agua dulce de las relaciones de cooperación la puede saciar.

Se argumenta que la competición aumenta el autocontrol de la persona. Sin embargo, las investigaciones demuestran que más bien puede producir sentimientos de impotencia y de no estar en control de lo que nos sucede. En parte, esto se debe a que exagera la percepción de la habilidad de los demás y de la impotencia propia. Sorprendentemente, estos efectos se observan más entre los mejores competidores. Según los estudios, tanto ganadores como perdedores padecen problemas como extremo estrés y ansiedad, una mayor incidencia de úlceras, ciclos alternados de euforia y depresión, e incluso el suicidio.

Algunos han propuesto que las dificultades inherentes en la competición preparan a los niños y jóvenes para las durezas de la vida adulta, cosa que no han confirmado los estudios psicológicos. Más bien la cooperación desarrolla aquellas destrezas sociales fundamentales – como el saber compartir, la tolerancia y el aprecio por las diferencias – que preparan a la persona para colaborar con otros en la vida familiar y laboral. Es verdad que el conocer algún fracaso puede ayudar a fortalecer la personalidad, pero no se necesita la crudeza de la competición para lograr esto, sino cualquier esfuerzo por alcanzar algún objetivo, especialmente dentro de un contexto de apoyo y cooperación. Es la aceptación incondicional que se brinda al niño lo que le imparte la seguridad necesaria para poder soportar sin desmedro los rechazos y fracasos que le depara la vida. Kohn [1992:120] explica esto con la siguiente analogía:

“La idea de que seamos mejor preparados para enfrentar las experiencias desagradables mediante el contacto con experiencias desagradables en la niñez, tiene tanto sentido como proponer que la mejor forma de ayudarle a una persona a sobrevivir a la exposición de sustancias carcinogénicas, sería exponerlo al mayor número posible de carcinógenos durante sus primeros años”.

El funcionamiento adecuado en la vida requiere no sólo de la confianza en nosotros mismos, sino también un sentido de seguridad respecto al mundo que nos rodea. La competición produce dudas y ansiedades, no sólo respecto a nuestras propias capacidades, sino también acerca de la estabilidad de nuestro lugar en la sociedad. El que menos siente aprehensión respecto a las probabilidades de perder, lo cual puede convertirse en una profecía que acarrea su propio cumplimiento. Pues como ya vimos anteriormente, la competición inhibe el libre desempeño de nuestras mayores destrezas. Pero además son frecuentes las ansias relacionadas con la posibilidad de ganar, motivadas por sentimientos de solidaridad para con los sentimientos de los demás, de culpa por hacer que otros pierdan a pesar de su gran anhelo y esfuerzo, y de temor de convertirse en objeto del odio y la hostilidad de sus contendientes. Kohn [1992:122] describe al que valora la amistad más que los laureles como sigue:

“Lo que le detiene es el temor de que aquellos a quienes derrota se resientan y le tomen antipatía. Puede dañarse la relación entre las personas, y el ganador se sentirá rechazado, desconectado, despreciado. Posiblemente los demás lo admiren por su victoria, pero posiblemente le nieguen el tipo sustancial de aprobación que más se asemeja al cariño y el afecto. Y es ésta clase de aceptación la que más importa… Por tanto, posee fuertes incentivos para no ganar”.

 

3. Otras afectaciones psicológicas

Otros trastornos del carácter que surgen a causa de la competición han sido identificados por Kohn en su meta-análisis titulado “No Contest” [1992:125-131]. La competición nos acostumbra a una “orientación hacia el producto” en casi todos los aspectos de la vida, lo cual obra en detrimento de la flexibilidad y espontaneidad necesarias para disfrutar plenamente de los procesos. Además, al reducir toda relación al hecho de ganar o perder, se fomenta el desarrollo de un pensamiento dicotómico que contamina los demás ámbitos con falsas antinomias incompatibles: bueno o malo, blanco o negro, un extremo o el otro y, en suma, nosotros versus ellos. Finalmente, promueve el individualismo alienante y solitario, la superficialidad inmediatista y egocéntrica, el conservadorismo conformista y predecible. Kohn enfatiza que,

“…el punto que debe ser subrayado aquí es que la competición perturba la personalidad. Al convertir la vida en una sucesión de concursos, nos hace personas circunspectas y dóciles. Al participar en la carrera por ganar, no logramos brillar como individuos ni aceptar la acción colectiva. Estamos menos dispuestos a aprovechar nuevas oportunidades al saber que éstas dividirán a sus participantes en ganadores y perdedores. En realidad, mientras más uno aprecia los valores que se contraponen a la conformidad, más escéptico se vuelve tocante a la competición”.

Y es que la competición en realidad afecta negativamente el carácter de la persona, debido a su elevado costo psicológico y relacional, pues fomenta el individualismo y la consecuente atomización de la sociedad, genera pugnas, rivalidades e incluso enemistades en las relaciones sociales, y compromete el sentido de valía propia al vincularlo con capacidad para derrotar al otro. La cooperación, en cambio, fortalece las relaciones sociales y robustece la autoestima, pues genera dinámicas de realimentación positiva en vez de negativa. Finalmente, el hecho de competir tiende a empujar a sus participantes hacia los trucos y engaños para ganar que, aunque suelen atribuirse a casos individuales y aislados, son propios de la dinámica misma de la competición, mientras que la cooperación obvia por completo este problema.

 

F. Consideraciones finales

Las raíces de la competición como normativa social, surgen de una serie males endémicos en la cultura del agonismo. Hay quienes arguyen que esto sólo se aplica a casos extremos de competidores neuróticos, por lo que prefieren hablar de un nivel ‘saludable’ de competición. Esto es como decir que estar un poco enfermo es igual a estar sano. Las diferencias de grado no connotan diferencias de estado. Lo saludable más bien sería dejar por completo las relaciones competitivas de ganar–perder a favor de relaciones cooperativas de ganar–ganar. Es probable que una cultura que prescribe la competición como norma, adolece del mal de una baja autoestima endémica. Cada generación nace enfrentando la duda respecto a su valía hasta que demuestre lo contrario mediante su capacidad para competir, o evite entrar en el ruedo por temor al fracaso. La competición no es más que un síntoma de un malestar psicológico tornado colectivo. Explica Kohn [1992:104–3]:

“Si se puede emplear el término malsano para describir un comportamiento motivado por carencias o que surge de una baja autoestima, entonces la conclusión alarmante debe ser que la ‘competición saludable’ es una contradicción de términos. No es el exceso lo problemático en el individuo implacable; es la necesidad misma de competir. El competidor incesante simplemente es más notorio, por lo que nos permite el lujo de expiarnos a nosotros mismos al condenarle a él. En realidad, sin embargo, él no es sino una versión exagerada o caricatura de nosotros mismos”.

La aceptación del hecho de vivir en una sociedad enferma y participar en sus dinámicas malsanas, podría suponer profundas crisis existenciales en sus miembros. A fin de evitar el dolor que esto conllevaría, se ha elaborado toda una red de falsos argumentos justificatorios, cuyo análisis crítico ha constituido el propósito del presente artículo: que es inherente a la naturaleza humana, que aumenta el rendimiento, que es más divertida, que forma el carácter, etc. Se nos ha convencido de que sólo el extremo de la competición es enfermizo. En consecuencia, solemos aconsejar a nuestros hijos a ser ‘buenos ganadores y perdedores’ (es decir, no dejar notar cuánto les afecta), que lo más importante es disfrutar del juego (aunque sea como premio de consuelo), etc. El resultado es una especie de esquizofrenia colectiva, pues se habla de boca para afuera de cooperación, mientras que se sigue actuando según las normas de la competición.

Al afirmar que la competición es contraproducente, no se pretende sugerir que el lector que se encuentra en una situación competitiva deje de competir sin más, pues gane o pierda, sigue siendo la misma dinámica de ganar–perder. Más bien, el presente análisis quiere ser un llamado a reconstruir nuestras estructuras sociales actuales para que ya no sea necesario entrar en pugnas en procura de nuestros objetivos comunes. Como mínimo, se esperaría que el lector se abstenga de reproducir las pautas competitivas en su vida familiar, lugar de trabajo y demás ámbitos de influencia cotidiana.

Ante la bancarrota de la competición como eje social, han surgido propuestas alternativas basadas en las relaciones de tipo “ganar–ganar”, en las que el logro de cada una de las partes no menoscaba las posibilidades de los demás, sino que más bien aumenta sus oportunidades de éxito. Estos sistemas incluyen innovadores enfoques económicos y políticos, formas de liderazgo más horizontales, el trabajo en equipo, el ecumenismo religioso, el aprendizaje cooperativo, los juegos cooperativos, y muchos más. Se urge al lector a tornar cada vez más cooperativas sus relaciones interpersonales y a buscar maneras de transformar en consecuencia las configuraciones socioestructurales de las cuales forma parte.

 

 


Notas:

 

Véanse las referencias completas en la bibliografía anexa al presente estudio.

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