Lunes, 12 Julio 2010 23:11

F. Subculturas paralelas

Written by
Rate this item
(0 votes)

Otro referente importante pero invisibilizado es las “subculturas” de paz que coexisten en forma paralela, subyacente, o a veces como contracorriente a la cultura dominante. Un buen ejemplo de esto es la denominada “esfera privada”, ocupada tradicionalmente por la mujer, con sus valores de cooperación, conciliación, preservación, ternura y compasión, que coexiste con la “esfera pública”, dominada usualmente por el hombre, con sus pautas normativas de competencia, conflicto, conquista, agresividad e insensibilidad. La esfera pública puede ser la cultura más visible y vociferante, pero la esfera privada representa la cultura que en gran parte nos ha permitido superar los estragos destructivos de la primera.

{slideshare}[slideshare id=8648176&doc=porqualhombrehadeinteresarle-110720183958-phpapp01]{/slideshare}

Las culturas no son monolíticas, sino que consisten de varias ‘subculturas’ y las redes complejas de relaciones entre ellas. El término subcultura no es peyorativo, sino que hace referencia un subconjunto de la cultura total de un pueblo. Por ejemplo, se considera que la juventud a menudo tiene una subcultura distinta a la de los adultos, que cada institución tiene su “cultura organizacional”, e incluso cada familia puede tener su propia subcultura.

Cuando un pueblo parece tener una sola forma cultural, es por que una de las subculturas suele tener una posición dominante y claramente visible, mientras que las demás tienden a quedar solapadas o en segundo plano. Estas otras subculturas a menudo existen en forma paralela, subyacente, o a veces incluso en contracorriente a la cultura dominante.

En muchas sociedades contemporáneas, la subcultura predominante es la del agonismo, tan imponente y vociferante que opaca o invisibiliza a las que la rodean, algunas de ellas quizás más pacíficas.

En la búsqueda de referentes o modelos de cultura de paz, por tanto, es útil rescatar aquellos elementos de paz existentes en estas subculturas. Veremos a continuación una subcultura numéricamente mayoritaria y las lecciones que nos puede brindar para la construcción de una cultura de paz.

 

A. La subcultura femenina

Los antropólogos y sociólogos han identificado la existencia, en casi todas las sociedades, de una subcultura masculina y otra femenina. Estos contrastes se reflejan no sólo en su forma de vestir, sino también en su manera de actuar, de pensar y sus valores y principios fundamentales. En algunas sociedades, el hombre tradicionalmente practica una religión y la mujer otra. ¡Incluso en unas pocas los dos géneros hablan diferentes idiomas!1

Se cree que estas diferencias culturales de género tienen sus raíces, al menos en parte, en la especialización de labores y subsecuente diferencia ción de roles entre hombres y mujeres. La capacidad de la mujer para dar a luz y amamantar determinó en muchos casos que permanezca más cerca al hogar, ocupándose de las tareas propias de ese ámbito, quedando el hombre a cargo de la mayoría de actividades que requerían alejarse del núcleo familiar durante períodos más o menos prolongados.

A medida que aumentaba en tamaño y complejidad la sociedad, las subculturas masculina y femenina fueron polarizándose paulatinamente en dos ‘esferas’ distintas: una privada y otra pública. La esfera privada fue administrada convencionalmente por la mujer, cuyas principales actividades consistían en la crianza de los hijos y la organización del hogar. En cambio, la esfera pública, dominada tradicionalmente por el hombre, llegó a abarcar actividades más de índole comercial, política, militar, etc.2

Con el tiempo, esta diferenciación de labores, roles y esferas por motivos de género, pasó de ser un mero arreglo expedito a considerarse una norma sociocultural, o lo que los científicos sociales llaman la “hetero-normatividad”. El hombre comenzó a definir su identidad como tal por unas actividades y actitudes, y la mujer por otras. Se comenzó a enseñar a los niños desde muy tierna edad cuales actitudes, valores y comportamientos eran propios e impropios para cada género. Mediante este proceso, fueron diferenciándose dos subculturas distintas: una masculina, cuyo espacio de acción era la esfera pública; y otra femenina, que se ocupaba de la esfera privada.

 

B. División de valores por género

Esta especialización de trabajos, roles y esferas por género, ha exigido respuestas distintas al hombre que a la mujer, no sólo en términos de actividades, labores y roles, sino también y especialmente en su desarrollo de actitudes, valores, principios e incluso cualidades de carácter diferenciadas entre los dos sexos. Al respecto dice Fellman [1998:14]:

“…con el tiempo, ciertas cualidades que poseemos todos los seres humanos, fueron asignándose de manera diferencial entre los géneros. El hombre se tornó más exteriorizado, fuerte, duro, decidido, agresivo, público, competitivo, belicoso y dominante. La mujer se volvió más interiorizada, débil, suave, vacilante, pasiva, privada, cooperativa, pacífica y sumisa… más interesada que el hombre en la ternura, el empoderamiento y la sinceridad emocional; en el respeto por la vulnerabilidad, el dolor y la complejidad emocional; amando la nueva vida y ayudándola a pasar de su frágil infancia a una madurez competente…”.

Un análisis comparativo de diversos autores que han analizado este fenómeno desde sus respectivas disciplinas, arroja el siguiente compendio de los resultantes valores diferenciados por género:

Valores ‘masculinos’

Valores ‘femeninos’

Conflicto, confrontación, competencia

Concordia, conciliación, colaboración

Impulsivo, agresividad, fuer­za física, dominación por las armas

Reflexiva, ternura, fortaleza moral, predominio de la palabra

Invasión, conquista, dominio de nuevos territorios

Consolidación, preservación y cultivo de lo conquistado

Pensamiento lógico, lineal, análisis, pre­do­mina el intelecto, saber datos

Pensamiento intuitivo, creativa, pre­do­mi­nio del afecto, comprender el todo

Dureza, insensibilidad, represión de los sentimientos

Suavidad, sensibilidad, expresión de los sentimientos

Justicia, rigidez, avaricia, acaparamiento

Misericordia, compasión, generosidad, distribución equitativa

Acumulación de riquezas y posesiones materiales

Relaciones interpersonales y calidad de vida

Ahora el lector se estará preguntando, y con justa razón, ¿qué hay de las excepciones? Se debe precisar que no se pretende que la columna izquierda describa a todos los hombres, ni que la columna derecha caracterice a todas las mujeres. Fellman [1998:14] aclara que: “Jamás fue absoluta esta división del carácter y la personalidad. La historia nos revela a mujeres fuertes y dominantes, a hombres débiles y pasivos, así como sus opuestos. Sin embargo, éstos durante mucho tiempo definieron lo propio de cada género en todas menos un puñado de culturas indígenas y premodernas…”

Estudios entre muy diversas sociedades han concluido que más hombres poseen los valores masculinos y más mujeres tienen los valores femeninos. Este no es un esencialismo basado en el género, pues según el pensamiento esencialista, estos atributos diferenciales tendrían causas biológicas e inalterables, mientras que aquí se está hablando de causas culturales y, por tanto, modificables. Elise Boulding, en su libro “Cultures of Peace” [2000:109], explica esta diferencia:

“Mi argumento no es esencialista… Los mundos cognitivos y experienciales de la mujer la han equipado para funcionar de manera creativa como resolvedora de problemas y constructora de la paz de maneras que al hombre no le han equipado sus mundos cognitivos y experienciales. Esto, obviamente, puede cambiar. Un mayor compartir de mundos experienciales entre mujeres y hombres constituirá un importante paso hacia delante en el desarrollo humano.”

Por lo general, los valores masculinos predominan más en la esfera pública, mientras que los valores femeninos son más preponderantes en la esfera privada. Algunos autores incluso califican a sociedades enteras como en una escala que va de más masculinas a más femeninas, sin considerar el sexo de sus miembros. Lo notable para los fines del actual análisis es que los valores masculinos tienden hacia una cultura de conflicto, mientras que los valores femeninos son más propios de una cultura de paz. Veamos a continuación de qué manera se ha consolidado la expresión de estas dos culturas en la sociedad actual.

 

C. Institucionalización de valores

Los valores culturales no sólo orientan el comportamiento individual, sino que tienden a manifestarse en las prácticas normativas y estructuras sociales de un pueblo. Es decir, se convierten en ‘instituciones’ de esa sociedad. El hecho de vivir en comunidad es la institucionalización del valor moral la solidaridad, así como el sistema de recolección de la basura es la institucionalización de la máxima de la higiene, el régimen judicial lo es del principio de la justicia, y así sucesivamente.

Mediante este proceso, los valores masculinos fueron ‘institucionalizándose’ en las estructuras sociales de la esfera pública: lo económico comenzó a reflejar la competencia y el acaparamiento, lo político la pugna de poderes, lo social el divisionismo, la relaciones estructuradas con el medioambiente la explotación indiscriminada, etc. La esfera pública se imbuyó de la cultura masculina por la simple razón de que era el hombre quien tradicionalmente ocupó los cargos de dicha esfera. Karlberg [2004:36-7] explica:

“Desde el campo de batalla hasta el campo de fútbol y el campo profesional, los ideales de la competencia y la agresión contra los adversarios han sido centrales en la construcción de las identidades masculinas occidentales. Ya que los hombres continúan dominando los asuntos públicos en la mayoría de sociedades occidentales, estos ideales masculinos de índole adversaria siguen contaminando casi toda esfera de la vida pública, desde el mercado hasta la legislatura y desde los tribunales hasta la palestra de las relaciones internacionales”.

Aunque la institucionalización de los ideales ‘masculinos’ tal vez tuvo su utilidad en el pasado, es cada vez más evidente que actualmente hacen más daño que bien. Pues son estas características las que ocasionan y reproducen la mayoría de los problemas que padece el mundo actual. En cambio, la institucionalización de los valores femeninos ha dado lugar a aquellas organizaciones humanitarias, movimientos por la paz y otros elementos que históricamente han posibilitado resistir los efectos corrosivos de la cultura del agonismo. Eran las mujeres las que formaban las primeras brigadas de salud tras una batalla sangrienta, quienes daban de comer a los rechazos del mercado laboral, las que primero educaban a la niñez antes de que se asignaran recursos públicos para escuelas formales, etc.

A pesar del gran valor de estos aportes para el mantenimiento y construcción de la paz, han sido menospreciados por el sector público tanto como lo han sido los atributos y valores femeninos que los dieron vida. Como explica Karlberg [2004:87]:

"La devaluación de estas relaciones y cualidades [tradicionalmente ‘femeninas’] tiene dos consecuencias. Por una parte, al delegar en la mujer la mayoría de roles que requieren de tales atributos, se discrimina contra la mujer mediante su asociación con dichos roles subvalorados. Por otra parte, la devaluación de estas características genera a la vez un desincentivo para que el hombre las adquiera. Consecuentemente, la mitad de la población que aún controla mayoritariamente las riendas de los asuntos públicos, trae a sus posiciones de poder social un déficit de las destrezas necesarias para la potenciación, el apoyo mutuo y la cooperación”.

 

D. ¿Una esfera pública más femenina?

Para algunos, hasta ahora la igualdad de género ha implicado una lucha por parte de la mujer por sus derechos, por una parte, y la no resistencia del hombre frente a estas reivindicaciones, por otra. Los ‘sectores masculino y femenino’ han sido percibidos apenas como dos elementos más en un mundo cada vez más dividido en la lucha por la supervivencia. Al preguntar en diferentes foros mixtos por qué se debe promover el adelanto de la mujer”, se ha recibido respuestas como estas:

• Apoyo para el esposo: “Detrás de cada gran hombre hay una gran mujer”

• Es la mejor educadora de los hijos y administradora del hogar

• Prepararle para la contingencia de quedar como jefa del hogar

• Empleo remunerado: aporte económico adicional para el hogar

• Mejor compañía: “Una mujer realizada es una mujer feliz”

• Trabajar en equipo con una diversidad de perspectivas/talentos

Es interesante notar que cada una estas respuestas hace referencia a los roles tradicionales de la mujer dentro del ámbito de la esfera privada. Sin embargo, la construcción de una cultura de paz requiere que los ideales femeninos lleguen a influir cada vez más en la esfera pública: en lo económico, la cooperación y equidad para superar la actual injusticia y volatilidad; en lo político, el empoderamiento de las masas para asegurar la gobernabilidad; en lo social, la unidad en diversidad para evitar los crecientes conflictos; en la relación con el medioambiente, una relación simbiótica para evitar la destrucción de los ecosistemas de los cuales depende nuestra vida. Este logro requerirá que la humanidad como un todo, hombres y mujeres, cultivemos una cultura más basada en los valores femeninos. Fellman [1998:14] dice:

“Yo posito que estas cualidades, históricamente asignadas a la mujer y sin embargo al alcance de cada persona – el patrimonio común de todos – o lograrán penetrar plenamente en la conciencia y conducta mayoritaria de la sociedad, o moriremos de miopía y confusión… Ya no se puede circunscribir la compasión y ternura al hogar y la guardería. Si estas cualidades no se convierten en virtudes públicas, la humanidad sufrirá una muerte prematura... [E]l comportamiento de adversarios nos ha traído al borde de la destrucción. En cambio, una mayor expresión de mutualidad… podría no sólo salvarnos, sino además ofrecernos una situación mucho más gratificante de lo que la mayoría de personas ha conocido durante los últimos milenios”.

En este punto cabe una aclaración. No se está diciendo que los atributos tradicionalmente asignados al hombre sean inherentemente “malos”, ni que aquellas las cualidades culturalmente reservadas para la mujer sean mejores. Los primeros pueden haber sido necesarios durante un período en la evolución sociopolítica de la sociedad humana. Sin embargo, aquello que requiere la época actual es un mayor arraigamiento de aquellas cualidades que, por razones históricas, han predominado en la cultura femenina. ‘Abdu’l-Bahá [1987] comparte una visión positiva de cómo será esta nueva edad:

“El mundo del pasado ha sido gobernado por la fuerza, y el hombre ha dominado a la mujer debido a sus cualidades más potentes y agresivas, tanto físicas como mentales. Pero el equilibrio está variando, la fuerza está perdiendo su dominio y la viveza mental, la intuición y las cualidades espirituales de amor y servicio, en las que la mujer es fuerte, están ganando en poder. En adelante tendremos una época menos masculina y más influenciada por los ideales femeninos o, para explicarnos más exactamente, será una época en la que los elementos masculinos y femeninos de la civilización estarán más equilibrados.”

 

E. El hombre y la esfera privada

Muchos hombres se resisten a la idea de que los ideales femeninos, que por tantos siglos se han limitado al ámbito privado, comiencen a penetrar en la esfera pública, mucho menos que los hombres deben asumirlos. Piensan que tales actitudes y comportamientos no son dignos del sexo masculino. Esto es resultado de una larga historia de fomento de unas características y desaprobación de otras, como explica Karlberg [2004:85-86]:

“En nuestra economía, instituciones políticas, sistemas judiciales y educativos, y demás, las estructuras sociales de premio y castigo tienden a privilegiar los rasgos ancestralmente ‘masculinos’ por encima de las características tradicionalmente ‘femeninas’ como la ternura y la cooperación. Dada la asociación histórica de la agresión y competencia con la masculinidad, estos sistemas de retribución suelen convertirse en estructuras de privilegio masculino… [M]ientras se premie la agresión y competencia, los hombres seguirán aventajados y las mujeres quedarán en desventaja…”

Es decir que el machismo consiste no sólo en creer que el hombre sea mejor o más importante que la mujer, sino –lo que es más pernicioso–, considerar a los valores ‘masculinos’ como superiores y preferibles a los ‘femeninos’. Esto explica por qué los hombres con cualidades femeninas de ternura y sensibilidad suelen ser objeto de burla y rechazo, mientras que una mujer con atributos masculinos puede llegar a ser presidenta de una empresa… o de un país. Por ejemplo, Wilson [1975a:552] cree que una supuesta “superioridad masculina” es inherente a la naturaleza humana y que “entre los rasgos sociales generales de los seres humanos están los sistemas de dominancia agresiva, en los cuales el hombre domina a la mujer”. Al esto Karlberg [2004:86-87] responde:

“Más allá de las relativas desventajas que históricamente ha sufrido la mujer… muchos feministas también expresan preocupación por la dominación en nuestras sociedades de las cualidades masculinas (no sólo de los hombres como tales) sobre las cualidades femeninas (no únicamente sobre las mujeres en sí), sin importar si estas cualidades se evidencian en una mujer o en un hombre.

“…la otra cara de una cultura que sobrevalora las características adversarias y de pugna por el poder, es una cultura que menosprecia las cualidades y relaciones de mutualidad. En la cultura del conflicto, las relaciones y cualidades de potenciación que constituyen los requisitos de la progenitura, la educación y las diversas profesiones humanitarias, suelen ser subvaloradas en su conjunto, amén de las relaciones de cooperación y reciprocidad que fundamentan los logros mutuos y la capacidad colectiva y las relaciones pacíficas de las cuales dependen la vida comunitaria y la seguridad”.

Sin embargo, los ideales propios de la esfera privada no le son totalmente extraños a los hombres, quienes por lo general se crían dentro del regazo de la cultura femenina y vuelve a su sosiego cada día después del trabajo. Además, un mismo hombre puede ser sumamente agresivo y competitivo mientras actúa dentro de la esfera pública, pero tierno y atento en el entorno familiar. Un ejemplo extremo son los encargados de los campos de concentración en la Alemania nazi, quienes mataban y torturaban a judíos por centenares durante el día, para luego volver a la casa y mostrarse como padres y esposos cariñosos.

En algunas sociedades se evidencia una diferenciación en el trato dado a quienes se consideran propios del grupo interno versus aquellos que se ven como extraños o externos al mismo. En estos casos, tanto hombres como mujeres suelen sentirse justificados en mostrar actitudes agresivas y excluyentes hacia los ajenos, a la vez que se exigen comportamientos cooperativos e incluyentes hacia los allegados de la propia comunidad. En cambio, en aquellas sociedades que cultivan actitudes más incluyentes hacia otros pueblos, este trato pacífico y mutualista es extendido también hacia los fuereños por parte de ambos géneros. Es otra prueba más de que ambos rasgos son de índole cultural y que no se limitan a uno u otro de los sexos. Fellman [1998:148] dice:

“En términos convencionales, la empatía se considera ‘femenina’ y [la competencia], ‘masculina’. Desde luego, en realidad muchos hombres tienen empatía y muchas mujeres carecen de ella. Los términos convencionales son útiles, sin embargo, para reconocer hasta qué punto cada género ha sido socializado para verse a sí mismo como inherentemente lo uno en vez de lo otro.

 

F. La niñez y la esfera privada

Otro segmento social íntimamente imbuida de la subcultura femenina que predomina en la esfera privada, es la niñez –de ambos sexos–, por lo que también pueden constituir referentes valiosos de una cultura de paz. Sin embargo, al igual que la mujer, los niños, niñas y adolescentes han sido invisibilizados en un mundo que enfatiza el valor del hombre adulto. A lo largo del siglo XX, la mujer fue tomando el lugar que le correspondía como socia del hombre en todos los aspectos de la vida, pero Boulding [2000:139] se pregunta:

“¿…en dónde se encuentran historias comparables de la creatividad, inventiva y acción decidida a favor del cambio por parte de los niños y jóvenes…? ¿Quién les toma en cuenta siquiera? Al igual que la mujer, ellos también tienen una historia oculta de logros admirables en los espacios privados. A diferencia de la mujer, su ingreso al ámbito público durante las últimas décadas no ha sido reconocido ni aclamado. La mano autoritaria del patriarcado aún pesa fuertemente sobre ellos. La ley les niega el voto y la costumbre les niega la voz”.

Las niñas y los niños, cuando tienen suerte, viven rodeados de la cultura femenina en la esfera privada. Crecen en un entorno familiar donde cada miembro se preocupa por el bienestar de los demás, donde los recursos se comparten de tal manera que ninguno sufra necesidad, el bienestar de cada uno es el bienestar de todos y la desventura de uno es la desventura del grupo. Son criados con visiones de un mundo donde las personas aprenden fácilmente a quererse, donde las divergencias se resuelven con amor, donde no hay gente mala sino sólo personas que necesitan ayuda para superar sus problemas, y donde la bondad siempre se sobrepone al mal.

Sin embargo, a medida que crecen, se dan cuenta de la existencia de un mundo diferente al que habían experimentado en el seno del hogar. Van cobrando consciencia de la esfera pública, donde hay personas que compiten entre sí en vez de colaborar y parecen percibir el bienestar del otro como su propia desdicha, donde unos padecen hambre mientras que otros desperdician comida, donde a menudo gana la injusticia, donde el mal supera y subyuga al bien y donde con frecuencia los villanos acaban siendo héroes.

Este mundo desconocido a menudo les asusta y desconcierta. En el caso de las niñas, convencionalmente se les hace saber que ese no es su ámbito, por lo que no deben preocuparse por aprender a lidiar con ella. Sin embargo, en el caso de los jóvenes varones, tradicionalmente se intenta introducirles a la menor edad posible a los postulados y la cultura masculina propia de la esfera pública. Walter Ong [1981:130] describe cómo se logra esto en algunas sociedades:

“…en varias culturas…, los muchachos suelen ser separados de sus hogares y de todo contacto femenino, para ser inducidos en la vida masculina y extra-familiar de la tribu. Estos ritos de pubertad son rites de passage, ceremonias de iniciación… Incluyen penurias intencionales: con frecuencia los chicos son arrebatados de brazos de sus madres con violencia… e introducidos en un entorno exclusivamente masculino y extra-familiar, donde se les somete a diversas pruebas y a menudo torturas físicas”.

Al aproximarse a la edad adulta, entonces, los jóvenes tienen dos opciones: cambiar al mundo público para que se ajuste más a la subcultura de la esfera privada; o adecuarse ellos mismos al ámbito público existente. A menudo comienzan con la primera opción, pero al proponer cambios socioculturales, se les ridiculiza, respondiendo: “No sean tontos; el mundo es como es y no se puede cambiar”. Se les oponen argumentos basados en supuestos de realismo, naturaleza humana, que es utópico pretender un cambio substancial, etc. Como observa Boulding [2000:145], “Por lo general, los adultos oscilan entre acusar a los jóvenes de permanecer indiferentes ante su mundo, por una parte, y condenarlos por rabiar en contra de él con cualquier recurso a su disposición, por otra”.

A veces los jóvenes intentan de todos modos lograr un cambio, pero al darse cuenta de lo difícil que resulta, muchos desisten en el esfuerzo, o se vuelven violentos en su frustración. Todos menos un pequeño puñado caen finalmente en la segunda opción: adecuar su pensamiento al mundo “real”. Poco a poco se acomodan dentro de un estilo de vida centrado en la búsqueda del éxito y la felicidad personales mediante el acomodo personal al “estatus quo”.

 

G. Algunas propuestas

En base al análisis anterior, consideremos a continuación algunas propuestas concretas para lograr que los valores y cualidades propios de la cultura femenina lleguen a institucionalizarse cada vez más en la sociedad en aras de construir una nueva cultura de paz.

1. Educación de la mujer:

La mujer debe recibir la misma educación que el varón. Si no es posible educar a ambos, debe priorizarse la educación de la mujer por sobre la del hombre. Este principio es reconocido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Las niñas cuando crecen serán madres, y las madres son las primeras educadoras de la siguiente generación. Al educar a un varón se educa a un individuo; al educar a la mujer se educa a toda una comunidad. La educación también le posibilita a la mujer influir en todas las áreas del quehacer humano, lo cual según ‘Abdu’l-Bahá [1987] asegurará la paz:

“La guerra y su desolación han agotado al mundo. La educación de la mujer será un paso gigantesco hacia su abolición y fin, ya que la mujer ejercerá toda su influencia contra la guerra. La mujer cría al niño y educa al joven hasta la madurez. Ella rehusará ofrecer sus hijos en sacrificio sobre el campo de batalla. Ciertamente, ella será el factor más importante en el establecimiento de la paz universal y el arbitraje internacional. Es seguro que la mujer abolirá las guerras entre los seres humanos.”

2. Consolidación en el ámbito público:

Hasta ahora, los femeninos han sido circunscritos principalmente al hogar y a la esfera privada, lo cual ha posibilitado su germinación sin mayor interferencia de un mundo masculinizado. Boulding [2000:107] desarrolla este tema como sigue:

“La perspectiva estereotipada de la paz como asunto de la mujer y, por tanto, carente de importancia en los asuntos públicos de la vida real, oculta de vista la extraordinaria creatividad que ha evidenciado la mujer a lo largo de la historia, al crear no sólo espacios públicos para una interacción pacífica en medio de la violencia, sino además nuevas maneras de pensar y actuar. Es precisamente por que la mujer está al margen de la toma de decisiones públicas en el orden social existente, que se encuentra más libre para desarrollar nuevos enfoques. Ha tenido pocos intereses creados que proteger”.

Sin embargo, es necesario ahora que estos valores iluminen cada rincón del ámbito público. La mujer debe tomar parte en todos los aspectos de la vida humana, especialmente en los roles decisores. Fellman [1998:26] explica:

“Históricamente, tanto la mujer como el hombre han operado en ambas modalidades, tanto adversaria como mutualista. Sin embargo, la amistad, potenciación y compasión constituyen el eje de la formación de más mujeres que hombres en la mayoría de sociedades. Las cualidades mutualistas se evidencian especialmente en la vida familiar, la amistad y el amor – la esfera denominada privada. Es lógico que mientras la mujer no incursione en las relaciones adversarias de la vida pública, estará más familiarizada con la mutualidad que el hombre promedio”.

3. Institucionalización de valores femeninos:

Al consolidar su presencia en la esfera pública, la mujer no debe perder las cualidades distintivas del ámbito privado para convertirse en una suerte de “hombre honorario”: una persona de sexo femenino que piensa y actúa según la subcultura masculina. Más bien, debe transformar ese espacio mediante la ‘institucionalización’ de los atributos de la subcultura femenina. Aung San Suu Kyi, líder del Movimiento Democrático de Birmania, en un discurso ante el IV Congreso Mundial de la Mujer de las Naciones Unidas en Beijín en 1995 (citado en Fellman [1998:14]), afirmó:

“Durante milenios, la mujer se ha dedicado casi exclusivamente a la tarea de criar, proteger y cuidar de jóvenes y viejos, luchando por las condiciones de paz que favorecen a la vida en su integridad. Es hora de aplicar en el paladín del mundo la sabiduría y experiencia [que ha logrado la mujer]”.

4. Rescate de la dimensión perdida en el varón:

La institucionalización del nuevo conjunto de valores en la esfera pública requiere además el cultivo en los varones –niños, jóvenes y adultos– de aquellos ideales que convencionalmente se consideraban ‘femeninos’, a fin de volverlos más aptos para vivir en el nuevo mundo que brega por nacer. Esto no significa que el hombre deba volverse ‘afeminado’, sino reconocer en su identidad masculina una gama más amplia de atributos y valores de lo que tradicionalmente se admitía. Fellman [1998:148] explica:

“Si todas las cualidades humanas pertenecen a cada persona, entonces ningún género debe sentirse más o menos capaz de evidenciar un conjunto de comportamientos que el otro. Al plantear la empatía como categoría política emergente, necesaria para… la supervivencia de la especie, se sugiere la apertura, tanto del comportamiento masculino como de la teoría política, ante cualidades y procesos que… le han sido negados por haber sido etiquetados como femeninos. Es un ejemplo de la manera como el pensamiento binario priva a la gente del acceso a lo que constituye parte de su patrimonio común como seres humanos”.

Tampoco se está sugiriendo eliminar toda distinción entre hombre y mujer, sino que ambos desarrollen aspectos de su vida que le han sido vedados por las reglas de la sociedad tradicional. Boulding [2000:132-33] explica como sigue:

“¿Se tornarán más semejantes la mujer y el hombre? Es más probable que se vuelvan más diferentes, por que al compartir la crianza de los hijos, será posible una mayor individuación de cada personalidad. Las potencialidades biológicas presentes en los individuos tendrán mayor libertad para actuar ante la madurez más plena que proviene del hecho de compartir entre hombres y mujeres los roles de crianza y servicio. Se habrá roto el vínculo entre los roles sociales definidos por el género y la ocupación.”

5. Orientación del prejoven como agente de cambio:

Barker [1995:35] plantea que a menudo los nuevos paradigmas son descubiertos y construidos por foráneos, personas que no hayan sido completamente socializadas dentro del paradigma anterior y que, por tanto, no se han vuelto ciegas a otras posibilidades. Estos ‘fuereños’ son justamente los prejóvenes o ‘adolescentes’, muchos de los cuales aún se encuentran imbuidos con los valores de la esfera privada y no han asumido todavía los de la esfera pública.

Sin embargo, como se dijo anteriormente, por lo general la sociedad desaprovecha la oportunidad del gran recurso que posee en sus miembros menores, privándose de este modo de un ejército de potenciales agentes de cambio sociocultural y aplazando así el logro de los cambios necesarios para construir una nueva cultura de paz. A fin de contrarrestar esta tendencia, Boulding (citada en Brown [2010]) recomienda criar a los niños de tal manera que sean “suficientemente alienados de la sociedad que no aceptarán la situación tal y como está” y educarles para que luchen por la paz. Escribe que:

"Aún no sabemos mucho acerca de cómo formar a niños que soñarán de manera irreprimible acerca de una mejor sociedad que la que tenemos, y que trabajen obstinadamente por su realización… La mayoría de lo escrito en torno a la educación de la niñez para la paz se centra en ayudarles a ser pacíficos, no cómo estimularles a asumir la tarea difícil y a menudo solitaria de construir la paz”.

 

H. Conclusiones

La pregunta que motiva esta sección sobre referentes es, ¿En dónde se ha visto una cultura de paz? En el presente artículo se ha demostrado que debajo de la cultura ‘masculina’ de agonismo que ha caracterizado tradicionalmente a la esfera pública, existe otra cultura más ‘femenina’ de mutualismo que predomina en el ámbito privado y es compartido por una mayoría de mujeres, niños, niñas y adolescentes. Esto no sólo es una prueba fehaciente de la posibilidad de una cultura de paz, sino que constituye un inmenso reservorio de modelos, recursos y aprendizajes para su construcción.

Los cambios necesarios no vendrán fácilmente, ni siquiera a nivel individual, mucho menos en el ámbito institucional. Toda propuesta de reforma enfrenta enormes dificultades para hacerse realidad. Además, existen fuertes incentivos para que se preserve el estatus quo. Se requerirá del esfuerzo concentrado de ambos sexos y de todas las edades para alterar las actuales disposiciones psicoculturales y arreglos socioestructurales.

Lejos de mantenerse al margen de este proceso o limitarse a la mera no resistencia, el hombre tiene un supremo motivo para promover el avance de la mujer y la niñez: lograr que aquellas cualidades esenciales que tradicionalmente le fueron relegadas por la subcultura femenina de la esfera privada lleguen a convertirse en norma en todos los aspectos de la vida humana, particularmente el ámbito público, a fin de alcanzar el mundo que todos añoramos, tanto hombres como mujeres. Como dice 'Abdu'l-Bahá [1987]:

“Pronto llegará el día en que el hombre, dirigiéndose a la mujer, dirá: “¡Benditas seáis! ¡Benditas seáis! Verdaderamente, vosotras sois merecedoras de todos los dones. En verdad, merecéis adornar vuestras cabezas con la corona de gloria sempiterna, por que en ciencias y artes, en virtudes y perfecciones, vosotras sois iguales al hombre, y en cuanto a la ternura de corazón y abundancia de misericordia y simpatía, sois superiores.”

 

 


Referencias:

 

1. Un ejemplo, según la Fundação Nacional do Índio (FUNAI), son los “Kulina”, una tribu aislada de unos 2500 miembros, que habita la selva occidental del estado de Acre, Brazil, cerca de la frontera con Perú. Otro ejemplo es el uso del Latín en la Europa medieval como lengua privativa del hombre.

2. Esta diferencia ya había sido identificada en la antigua Grecia, como evidencia la máxima de Heráclito: "La guerra es padre de todas las cosas; y la paz su madre".

3. Un excelente ejemplo de tales análisis se encuentra en Hofstede [2000].

Read 5688 times Last modified on Lunes, 14 Julio 2014 15:13
Login to post comments

Acceso y Registro