Domingo, 14 Marzo 2010 09:10

B. Sociedades preindustriales

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Los antropólogos han estudiado varias culturas 'preindustriales' que evidencian elementos mutualistas importantes en la búsqueda de referentes de una cultura de paz. Se resumen algunas de los rasgos sobresalientes de cinco de ellas: los Inuit de la porción canadiense del ártico, los Mbuti de los bosques pluviosos en el noreste de Zaire en África central, los Zuni en los desiertos del sudoeste de Estados Unidos, los Arapesh de las montañas de Nueva Guinea, y los Lepcha en las aldeas montañeses de Nepal. Se concluye que las actitudes pacíficas de estas comunidades no se deben a una esencia o genética diferenciada del resto de la humanidad, sino a una decisión consciente y el esfuerzo diario por cultivar su cultura de paz.

 

Comenzaremos nuestra exploración de los elementos culturales del mutualismo con una mirada a las denominadas sociedades 'preindustriales', y en particular las de los pueblos de recolectores y cazadores. El hecho es que no todas las culturas han tenido tantos elementos agonistas como la cultura occidental de la actualidad. Incluso los exploradores europeos, en el tiempo de la conquista y colonización, se sorprendieron al ver lo pacíficos que parecían ser algunos de los pueblos con los que entraron en contacto.

También es cierto que en todas las regiones del mundo, algunos pueblos han mostrado más conflicto y agresión que otros, mientras que la mayoría evidencia una combinación de elementos mutualistas y agonistas. Muchos antropólogos hoy en día sostienen que son justamente aquellos elementos de cooperación los que han permitido la supervivencia de nuestra especie, siempre que hayan superado en número y significancia a los elementos de conflictividad.

Lo importante en el presente análisis es los aprendizajes que se pueden obtener de los elementos mutualistas de cualquier sociedad. Esto no siempre fue fácil para los antropólogos occidentales que las estudiaban a través de los filtros de su propia cultura, por lo que muchos estudios antropológicos se han centrado en los aspectos agónicos. Como dice Karlberg (2004:81): "Si eso es lo único que se busca en los registros arqueológicos, entonces eso es lo que se suele encontrar".

La antropóloga Riane Eisler se fue al extremo opuesto en su libro "El Cáliz y la Espada", en el que imagina una pretérita edad dorada de mutualismo y cooperación en neolíticas 'culturas solidarias' (partnership cultures). Quizás lo más rescatable de su análisis es que desmintió el supuesto tradicional de que las culturas 'primitivas' eran necesariamente hostiles y agresivas. Su reanálisis del acervo de datos arqueológicos sacó a la luz evidencias de paz y cooperación que otros investigadores habían pasado por alto. Y la vida de estos pueblos nos dice mucho más acerca del entorno en el cual ha evolucionado la raza humana que aquel de los pueblos modernos de occidente.

Antes de comenzar, algunas aclaraciones. El término 'preindustrial' no debe entenderse como 'primitivo', lo cual constituye más bien un juicio de valor. Tampoco significa 'extinto', pues aún existen varias culturas con estas características en la actualidad. Además, no cabría llamarlos 'autóctonos', pues algunos son relativamente recientes en su área, mientras que hay pueblos 'industrializados' que se consideran habitantes originarios de su región. Más bien 'preindustrial' se refiere a aquellos pueblos que se ubican en algún punto del continuo entre la casa-recolección nómada y la agricultura sedentaria como principal actividad económica, previa a una etapa supuestamente posterior de industrialización.

Otra aclaración ineludible es que no se está propugnando aquí la noción del ‘noble salvaje’. Este término nació con el poeta John Dryden en el año 1672, llegó a representar la creencia de que los pueblos ‘primitivos’ estaban más cercanos de un estado natural idealizado y fue utilizado hacia el siglo 18 como artefacto retórico para criticar la decadencia de la sociedad europea sin evocar la censura de los monarcas. Lo que se afirma aquí no es que estos pueblos tenían elementos de una cultura de paz por estar más cerca de la naturaleza, sino como resultado de haber logrado sus propias conquistas culturales, y que toda sociedad puede aprender de ellos y esforzarse por integrar dentro de su propia vida tales elementos culturales.

Los cinco pueblos que analizaremos incluyen: (1) los Inuit de la porción canadiense del ártico; (2) los Mbuti de los bosques pluviosos en el noreste de Zaire en África central, (3) los Zuni en los desiertos del sudoeste de Estados Unidos; (4) los Arapesh de las montañas de Nueva Guinea; y (5) los Lepcha en las aldeas montañeses de Nepal.1 Al describir estos pueblos, Elise Boulding [2000:92-93] afirma que

...atribuyen un alto valor a la no agresión y no competencia, por lo que manejan el conflicto de varias maneras no violentas... Cada una posee una relación clara y sensible con su bioregión. Cada una tiene distintas maneras de criar a sus hijos, que producen comportamientos distintivos en los adultos, pero varían en el grado al cual tales habilidades suprimen o resuelven el conflicto, así como la medida en que estas destrezas se basan en una idiosincrasia fuertemente dicotómica entre propios y ajenos en su relación con los pueblos vecinos.

 

A. Los Inuit

Los Inuit habitan el norte circumpolar, distribuidos desde la Siberia oriental, pasando por Groenlandia y Canadá hasta Alaska. Sobreviven los rigores inclementes del frío invernal mediante la cooperación y el calor social, una calidez que se extiende hasta las crías de animales que llevan a casa los niños, sacándolos del frío de la intemperie para acurrucarlos. La violencia y agresión se encuentran bajo una fuerte prohibición social. Los valores sociales se centran en: (1) isuma, que supone la racionalidad, el control de los impulsos, el análisis calmado de los problemas, y la capacidad para predecir las consecuencias del comportamiento; y (2) nallik, que significa amor, cuidados, protección y preocupación por el bienestar de otros, así como la completa supresión de la hostilidad.

La crianza distintiva de los niños, que resulta en adultos racionales, compasivos y autocontrolados, gira en torno a lo que Briggs (1971) llama agresión benevolente. Esto consiste de una combinación inusual de cálido afecto por los infantes y una suerte de complejas bromas que genera temor en los niños y luego los enseña a reírse de sus miedos. El título de uno de los estudios de Briggs, "¿Por qué no le Matas a tu Hermano Menor?" (Sponsel 1994), sugiere los extremos a los cuales llegan estas bromas, desde una perspectiva occidental. El hecho es que funciona, en el sentido de que engendra personas con isuma y nallik, así como una sociedad extraordinariamente pacífica. Esto se podría atribuir a que los niños pequeños son mucho más socialmente perceptivos, mucho más sofisticados en su evaluación de las situaciones sociales, de lo que los adultos solemos reconocer y que muy pronto se dan cuenta de lo que está pasando y aprenden a responder de manera creativa.

Aunque se trata de un tipo de socialización delicado que posiblemente salga mal con algunos individuos, sí enseña a los niños a resolver problemas de manera independiente, a tener un sentido del humor bien desarrollado, a ser afectuosos y agudamente conscientes de los procesos disciplinados de control de la ira que se producen en ellos mismos y en otros. Las niñas y los niños reciben el mismo tipo de socialización y son igualmente recursivos los hombres y las mujeres inuit. También existe un intensivo proceso paralelo de acariciar a los infantes y a las crías de animales árticos, de compartir los alimentos y comerlos en comunidad, de reírse y ser juguetones juntos. Esta combinación descomunal de afecto y burla parece resultar en un elevado nivel de consciencia respecto al conflicto y un nivel igualmente alto de destreza en la resolución de problemas. La habilidad de manejar los conflictos a través del juego, como en el duelo del canto o la contienda de los tambores entre las partes afectadas y otros ritos similares, ocasiona eventos públicos placenteros en vez de batallas.

No existe la clásica dicotomía de nosotros/ellos, allegados/fuereños, por lo que en teoría las destrezas para la gestión de conflictos se podrían extender hacia quienes no son Inuits. Sus conflictos con entidades menos conscientes, como el gobierno canadiense, sugieren límites a esto. En años recientes, los Inuit han sufrido mucho de los proyectos gubernamentales de reasentamiento obligatorio y actualmente tienen su parte de los problemas de desempleo y sus correspondientes comportamientos disfuncionales. No obstante, también es digno de notarse que fue una mujer Inuit, Mary Simon, la seleccionada como la primera Embajadora Circumpolar de Canadá. Con sus colegas en el Consejo de Pueblos Árticos, ha evidenciado las fortalezas ocultas y la recursividad de la cultura tradicional Inuit, aplicándolas a la protección del frágil medioambiente ártico y a la creación de nuevos espacios de reconstrucción de estilos de vida para que los puedan Inuits mantener una sociedad viable.

 

B. Los Mbuti

Los Mbuti son Pigmeos cazadores/recolectores que habitan el bosque pluvial de la región nordeste de Zaire (actualmente el Congo), quienes durante mucho tiempo han tenido contacto con los aldeanos Bantu. Han sido descritos en términos conmovedores por Turnbull en su libro The Forest People (1961). El fundamento para su vida pacífica es su relación con la selva tropical: su madre, padre, maestro y útero metafórico. La choza familiar también simboliza un vientre materno. Los niños se crían escuchando a los árboles, aprendiendo a treparlos a temprana edad para poder sentarse en las alturas escuchando al viento y a las ramas que se mecen. Los Mbuti son una cultura que escucha, pero también que canta y baila, ya que los adultos y niños les cantan a los árboles y danzan con ellos. Se valora mucho ekimi, la quietud, a diferencia de akami, el alboroto.

Esta preferencia por la tranquilidad y la armonía es reforzada en cada etapa de la vida, aunque no impide los juegos bruscos entre los niños y bastantes discusiones por nimiedades entre los adultos, lo cual suele ser intervenido por la burla. Aunque los niños reciben cachetadas para controlar las actividades prohibidas y el comportamiento molestoso, también se les enseña interdependencia y cooperación. Los adultos parecen disfrutar de los juegos bruscos y las controversias ruidosas. Las 'guerras de los sexos' semi-humorísticos, donde hombres y mujeres forman equipos por sexo para jugar a tirar y aflojar la cuerda, sirven para disipar las tensiones y terminan en carcajadas. También constituyen un indicio de la igualdad cordial entre mujeres y hombres. La mayoría de grupos tiene su "payazo", una persona cuyas gracias también ayudan a evitar que los conflictos salgan fuera de control. A pesar de toda la discusión, rara vez se tornan serios los desacuerdos.

Es interesante el contraste entre el bosque como matriz y el amor por los silencias de la selva, por un lado, frente a las frecuentes discusiones y el uso de burlas y risas para mantenerlo bajo control, por el otro. Los Mbuti prefieren decir lo que piensan francamente y sin tapujos en vez de permitir que los conflictos se enconen y degeneren en resentimientos. Parecen tener un equilibrio social centrado en la naturaleza y basado en la escucha, el canto, la danza y las riñas, que no es de fácil comprensión para un occidental.

Los Mbuti, al igual que los Inuit, se han visto enfrentados con la modernización del gobierno nacional que destruye su hábitat y requiere de la adaptación hasta los límites de su capacidad. Lo que es peor, su hogar selvático está siendo invadido por solados y guerrilleros. No obstante, el 'nosotros' de los Mbuti es incluyente. Esto sugiere el potencial para cierta supervivencia cultural al vincularse con otros pueblos selváticos en las nuevas redes transnacionales de nacionalidades indígenas. Sin embargo, constituye una grave amenaza la destrucción de su estilo de vida como subproducto de las guerras civiles generalizadas en la región de los Grandes Lagos de África.

 

C. Los Zuni

Los Zuni habitan el terreno árido de los cañones montañosos del oeste de Nuevo México en los Estados Unidos, viviendo muchos en una reserva indígena. Es una sociedad matrilineal, célebre por su estilo de vida pacífica, sus artes y artesanías, y su antipatía contra la violencia explícita, conocida principalmente a través de los escritos de Ruth Benedict. Al igual que los Mbuti, su amor por la armonía se basa en el sentirse uno con la naturaleza y una conciencia de lugar, aunque no excluye los hábitos de chismorreo y discusión.

Los dioses de la batalla que anteriormente aseguraban la supervivencia de la tribu en un período de guerra, ahora son visualizados canalizando su energía sagrada hacia el bienestar pacífico de los Zuni. Ya no se destacan las viejas actitudes de propios / extraños que mantenían vigente el combate. La cultura desvaloriza la autoridad, el liderazgo y el éxito individual. Nadie desea destacarse por encima de los demás. Existen ritos para compartir, para sanar y para la resolución de conflictos, los cuales ayudan a la niñez a aprender comportamientos grupales apropiados. Las destrezas de solución de problemas son altamente desarrollados, pero sin el contrapunto del individualismo. Existe una permanente transmisión de habilidades de entre el extraordinario conocimiento ambiental que ha permitido en el florecimiento de una rica cultura Zuni en un entorno más bien árido, incluyendo la agricultura industrial y prácticas de irrigación que recién comienzan a ser comprendidas por los occidentales como muestras de una tecnología altamente sofisticada.

Luego de una infancia bastante permisiva y atenta, los niños son disciplinados por demonios enmascarados que aparecen y los regañan por pelear. El retiro repentino de dulces por parte de los adultos, prepara a los niños para la obediencia social y el comportamiento no agresivo. Los jóvenes Zuni por tanto, no responden bien ante las instigaciones al logro individual y la competencia que emplean los educadores anglos en las escuelas Zuni, aunque son altos sus niveles de desempeño grupal. Las influencias económicas, sociales y políticas a las cuales han estado expuestos los Zuni en el último medio ciclo han colocado bajo mucha tensión el sistema de valores Zuni, aumentando los niveles de conflicto local. Sin embargo, su habilidad tradicional para la cooperación se está reafirmando en adelantos tribales muy interesantes, incluyendo el lanzamiento de un Plan de Desarrollo Sostenible muy completo, elaborado en base a una combinación de conocimientos tradicionales del entorno desértico y nuevos conocimientos científicos. Esto, se espera, iniciará un renacimiento del modo de vida de los Zuni.

 

D. Los Arapesh

El pueblo montañés de los Arapesh constituye una de las muchas tribus que habitan el archipiélago sumamente diverso de Nueva Guinea, al norte de Australia. Es un área dividida por sucesivas ocupaciones coloniales que consiste actualmente del país independiente de Papúa Nueva Guinea y dos provincias incorporadas a Indonesia, llamadas Papúa y, más recientemente, Papúa Occidental. Mucho ha cambiado desde que Margaret Mead los estudió en el año 1930, por lo que debe señalarse que son los Arapesh de los 1930 los que se describen aquí. Este pueblo compartía con los Zuni de Norteamérica su negativa a destacarse, su preferencia por la conformidad y su rechazo de la violencia en la comunidad. Sin embargo, junto a esto tenían una verdadera hostilidad hacia los fuereños, y poco énfasis en el manejo de conflictos de una manera que resuelve los problemas.

Los niños Arapesh crecen experimentando la cooperación como la clave de su modo de vida. Toda tarea es grupal. Cada familia siembra varios huertos de camote o "ñame", cada uno con un grupo diferente de familias.2 Para la niñez, cada individuo en la aldea se considera un pariente. Se confía en todos, se comparte con todos, se quiere a todos; incluso los niños son prestados de hogar en hogar, en un mundo repleto de padres y madres. Se les enseña a los pequeños a expresar su enfado sin lastimar a nadie y jamás se les permite golpear a otra persona. Esto significa que el conflicto no es tratado y resuelto.

Únicamente se requiere de liderazgo para las festividades ceremoniales. La persona escogida como patrón de la fiesta (alguien ya reconocido por tener tendencias agresivas lamentables pero útiles) recibe de la comunidad una capacitación especial para su rol. Hay una contraparte en un clan vecino con quien intercambia fiestas. Esta es la única relación competitiva aceptada, que puede ser virulenta y agresiva entre los patrones de las fiestas de distintos clanes. Sin embargo, el patrón de la fiesta no disfruta de su rol (al menos se supone que no debería) y se le permite volver a la ternura una vez que llegue a la pubertad su hijo mayor. Aunque por lo general los patrones de las fiestas son hombres, existe un mínimo de diferenciación entre roles sexuales y pautas de dominación. No obstante, sí existen ciertas especialidades asignadas culturalmente. Por ejemplo, únicamente los hombres pueden pintar con colores.

El principal factor negativo en la sociedad es el temor a la brujería, que se considera proviene de enemigos externos quienes de alguna manera ha conseguido la "mugre" personal de un individuo. Aun las pérdidas agrícolas por causas naturales se perciben como inducidas por la hechicería. No existen gradientes en las relaciones sociales, sino únicamente amigos (allegados) y enemigos (fuereños). Los Arapesh por tanto se quedan sin pautas para la incorporación en su vida del otro, el diferente y el extraño, por lo que son sumamente vulnerables a las luchas turbulentas entre tribus, contra las autoridades actuales y las coloniales de antaño, y contra la destrucción de su entorno montañoso por parte de poderosas compañías mineras que aprovechan cobre y oro en minas de cielo abierto.

 

E. Los Lepcha

Las aldeas de los Lepcha, en Nepal, constituyen un modelo importante de una sociedad pacífica, con bajos índices de conflicto interno y externo, estudiada por Gorrer en 1938. Algunos viven y trabajan a grandes distancias entre sí, pese a lo cual se da una intensiva cooperación en determinadas tareas. Dependen de la colaboración con sus vecinos por la subsistencia diaria. Si un individuo se atrasa en el pago de sus impuestos, busca la ayuda de la comunidad para pagar la deuda. El robo y asesinato son prácticamente desconocidos y son infrecuentes las controversias sobre los límites de las propiedades agrícolas. Los conflictos abiertos son relativamente raros y nunca llegan a mayores. Incluso durante los siglos 18 y 19, cuando invadieron su región las tribus tibetanos y nepaleses, los Lepcha no se resistieron sino que se retiraron hacia zonas más remotas en las montañas.

Las primeras relaciones sociales entre los Lepcha suponen la satisfacción inmediata de todo deseo físico expresado por los infantes, quienes experimentan un mínimo de frustración que podría evocar la agresión. A la vez existe considerable restricción física en la forma de pasar la mayor parte su infancia amarrados a las espaldas de sus padres. Los mayores no alientan a los niños a realizar actividades de auto-maximización o esforzarse por adquirir el dominio corporal o la independencia física. En cambio, se premia constantemente la pasividad y conformidad. Esto tiende a extinguir desde la infancia la auto-aseveración, haciendo que de adultos se consideren como miembros de una sociedad y no como personalidades individuales. El no desarrollo del egoísmo permite la eliminación de la competencia y agresión en su vida cotidiana. Carecen de objetivos que puedan lograrse a expensas de los demás, o situaciones sociales que diferencien sus derechos de sus responsabilidades. Su rechazo de la agresión abarca incluso su dominio del medio ambiente, que incluye no sólo objetos sino también ideas.

También suprimen la agresión interna del grupo mediante la organización social de las relaciones sexuales, a fin de eliminar los celos. Su actitud hacia el sexo es explícita y desprovista de emociones fuertes como la envidia. Entre hermanos existe un vínculo muy estrecho y a veces se practica una forma de poliandria en la cual comparten la misma esposa. Con frecuencia los hermanos menores tienen sus primeras experiencias sexuales con la esposa de un hermano mayor, quien podría eventualmente llegar a ser su propia esposa en caso de la muerte de éste.

Es interesante que en uno de los pocos casos de conflicto comunitario, un hombre de nombre Tempa, nombrado Muktair (gobernador) de la mitad de las aldeas, fue acusado de un uso injustificado de la violencia y de ser un fuereño que desconocía las costumbres de los Lepcha. Los Mandales (jefes de las aldeas) reunidos para resolver el asunto decidieron excluir a Tempa de toda festividad y encuentro público, y lograron que el gobierno lo destituya de su cargo. No se mostró una animadversión duradera hacia Tempa, pero todos conocen la historia y su moraleja: Tempa quedó enfadado pero no pudo hacer nada ante la total unanimidad. Sigue enojado con Takneum (un alto funcionario de aldea) y los dos jamás se visitan, aunque a veces comen juntos en sitios neutrales sin discutir.

Esta posibilidad de exclusión es la mayor sanción de los Lepcha. Si una persona es vedada de las festividades y no recibe visitas, tiene una existencia aburrida y solitaria. Peor aún, si no se le permite ayudar a otros, ellos no le ayudarán a él y es difícil realizar las labores agrícolas y domésticas sin apoyo. Se aplican presiones similares sobre cualquier persona con autoridad, sea ésta hereditaria o impuesta por el gobierno, que abusa de su posición. Es un medio de control muy eficaz que utiliza la falta de cooperación como castigo.

Se desaprueban tan enérgicamente las peleas que es responsabilidad de todos no escatimar esfuerzos por evitar las controversias o detenerlas una vez producidas. En una ceremonia anual se destruyen la trinidad de diablos que ocasionan las riñas. En la eventualidad de alguna discusión, un amigo mutuo prepara una fiesta para los disputantes en un intento por resolver el problema. Si persiste el desacuerdo, se supone que su causa es sobrenatural y se emplea el exorcismo.

Tan pronto sepan de alguna disputa, se involucran los funcionarios comunitarios. El Gyapon (un funcionario administrativo) visita las partes e intenta mediar sus diferencias. En caso de requerirse otra reunión, cada parte lleva chi (una bebida tradicional) y cierta suma de dinero. Estos intermediarios toman las deposiciones de las dos partes y los advierte que tendrán que pagar una fuerte multa en caso de no resolver sus diferencias. Cuando se llega a un acuerdo, los disputantes y los mediadores celebran un festín, se pronuncia un sermón sobre la obligación de convivir pacíficamente, se devuelven las multas y se pone fin al asunto. De este modo, se puede concluir que los Lepcha no perciben la paz como un estado natural, sino algo por la cual se debe luchar por conseguir y preservar.

 

F. Conclusiones

Hemos analizado apenas algunas características de una pequeña muestra de las culturas preindustriales de paz pasadas y presentes en el mundo. Sin embargo, es suficiente para demostrar que otra forma de vida sí es posible; y como ha dicho Kenneth Boulding, "Todo lo que existe es posible".

Es importante enfatizar, finalmente, que las actitudes pacíficas de estas comunidades no se deben a que tengan alguna esencia o código genético diferenciado del resto de la humanidad. Antes bien, un elemento que subyace en todos los casos analizados es que cada generación toma una decisión consciente y realiza un esfuerzo constante por cultivar, profundizar y fortalecer su cultura de paz. Como dice Elise Boulding, "Las culturas de paz nacen y se nutren de visiones de cómo podría ser el mundo, donde la cooperación y compasión forman parte integral del estilo de vida aceptado por todos".

 

 


Notas:

 

1. Las descripciones de las primeras cuatro sociedades son adaptadas de Boulding [2000:93-97] y la quinta de Ross [1993:89-92]. Para mayores informes, se sugiere visitar http://www.peacefulsocieties.org .

2. Actualmente se sabe que esta práctica también constituye una adaptación muy sofisticada a una región con gran diversidad de suelos y numerosos microclimas a distintas altitudes, en una variedad apabullante de micro-ecosistemas. Al distribuir el riesgo de baja producción entre gran número de huertos sembrados en diferentes sitios y en distintos períodos del año, se asegura la disponibilidad de alguna comida en todo momento.

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