Domingo, 19 Julio 2009 00:00

A. Introducción

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En esta sección se responde a la interrogante “¿En dónde se encuentra una sociedad basada en el mutualismo y la cooperación?” Esto se hace desde la perspectiva de algunas sociedades ‘sencillas’ o preindustriales, naciones industrializadas, comunidades intencionales, instituciones alternativas, movimientos sociales, subculturas paralelas, personajes arquetípicos y el heroísmo anónimo cotidiano. Se analiza en algún detalle ciertas muestras de estos diferentes tipos de referentes, se enfatiza que no necesitan ser perfectos para servir de modelos alternativos, y se termina preguntando si el conflicto y la competencia tendrían algún lugar apropiado en una cultura de paz.

 

En la primera sección se cuestionaron los principales supuestos, teorías y creencias que sustentan el mito del ser humano como inherentemente egoísta y agresivo y del conflicto como endémico en toda sociedad. En la segunda sección se analizó el agonismo como un constructo cultural y hegemónico, su estructuración y orígenes. La conclusión que se obliga es que, siendo un constructo cultural, es concebible que la cultura del agonismo pueda ser superado y reemplazado por una cultura de paz.

Sin embargo, casi siempre al llegar a este punto en el análisis, surge la pregunta, a menudo con tono de incredulidad: “¿Pero en dónde ha existido en el pasado o existe en el presente una cultura de paz?” Tanto nos hemos visto bombardeado con el mito del ser humano egoísta y agresivo, de la historia como una cadena interminable de guerras, del conflicto como inherente en toda estructura social, que se nos hace difícil a veces creer que pueda existir algo diferente a eso. Además, muchas personas simplemente no han tenido la oportunidad de experimentar una vida diferente o, si lo han hecho, no lo han reconocido como tal o se han convencido de que se trata de aberraciones aisladas. O quizás nuestros filtros mentales no nos han permitido ver algo que siempre estuvo allí, justo debajo de nuestras narices.

Y la pregunta es muy válida. Para que las ciencias sociales puedan considerar una tesis, requieren de ‘referentes’, ejemplos tangibles capaces de someterse al estudio empírico. Hasta el presente, la mayoría de estudios se ha basado en los muchos referentes del agonismo: luchas, contiendas, conflictos y guerras. Las bibliotecas de las facultades de ciencias sociales están repletas de análisis minuciosos de todo un abanico de conflictos sociales. Sin embargo, es harto difícil encontrar algún estudio sobre un caso de cooperación, de apoyo mutuo, de autoentrega al bien común.1

¿Por qué no son más estudiados? ¿Será por que el paradigma del agonismo nos ha cegado a sus evidencias, el conflicto es más fácil de estudiar que la cooperación, quienes financian los estudios tienen algún interés en la preservación del mito del agonismo, o simplemente tiene más acogida con un público convencido ya de ese mito? ¿O tal vez simplemente consideramos que es más importante o urgente resolver los conflictos que surgen en el corto plazo, que cultivar relaciones de cooperación y mutualismo que podrían prevenir futuros conflictos en el largo plazo. En palabras de Karlberg (2004:1-22):

Una vez naturalizadas las relaciones competitivas y conflictivas, nos volvemos relativamente ciegos ante el rol significativo que pueden y suelen desempeñar en los asuntos humanos las relaciones de cooperación y mutualismo. Como resultado, los modelos no adversarios de organización social permanecen sub-teorizados, sub-investigados y sub-prescritos. En su lugar, aceptamos y prescribimos modelos agonistas como norma social.

La presente sección constituye una invitación a abrir los ojos a la cooperación y el mutualismo que ya existe entre nosotros, y a darlos la atención seria se merecen en nuestros análisis. Esto se hace desde varias perspectivas. La primera es una visión histórica de los elementos mutualistas observados en las sociedades denominadas ‘preindustriales’ en diferentes partes del mundo. Los antropólogos describen numerosos culturas históricas que han evidenciado elementos mutualistas importantes. Éstas incluyen los Inuit del ártico canadiense, los Mbuti de los bosques pluviosos de Zaire en África central, los Zuni en los desiertos del sudoeste de Estados Unidos, los Arapesh de las montañas de Nueva Guinea, y los Lepcha en las aldeas montañeses de Nepal, por nombrar unos pocos. Las actitudes pacíficas de estas comunidades no se deben a una esencia o genética diferente al resto de la humanidad, sino a su decisión consciente y esfuerzo diario por cultivar una cultura de paz.

La segunda son algunas naciones industrializadas cuya cultura de paz ha llegado a ser objeto de estudio y que pueden arrojar aprendizajes valiosos respecto al proceso de organización y desarrollo de una sociedad diferente. Por ejemplo, Noruega es una nación cuya cultura de paz ha atraído mucha atención en los últimos tiempos. Varias naciones modernas de Asia poseen culturas milenarias, largamente reconocidas y estudiadas por su excepcional armonía y sinergia. Son el resultado de decisiones conjuntas de lograr una sociedad pacífica, plasmarla en prácticas y formas tangibles, y transmitir esta convicción y sus expresiones desde la temprana niñez.

La tercera son varias comunidades intencionales contemporáneas que se esfuerzan por ejemplificar para el mundo un modo de vida diferente, en un intento deliberado por crear una sociedad distinta. Son prueba de su posibilidad y fuente de aprendizajes para la construcción de una cultura la paz. Por ejemplo, comunas pacíficas como el Brüderhof practican la austeridad voluntaria y la ausencia de propiedad privada, y dedican sus excedentes a obras de beneficencia. La comunidad mundial bahá'í, más bien integrada en la sociedad, se destaca por su unidad de propósito, pensamiento y acción en servicio a la humanidad. En ambos casos, su cultura de paz no es heredada sino producto de decisiones concientes y esfuerzos diarios por edificar una sociedad más humana y pacífica.

La cuarta son aquellas instituciones alternativas que buscan cambiar ciertos elementos socioculturales en respuesta a la inoperancia de las instituciones oficiales, con las cuales coexisten mientras procuran suplirlas. Debido a esto, no suelen ser promovidas por los estados, sino por organizaciones no gubernamentales (ONGs) y otros elementos de la sociedad civil, a menudo en forma de ‘laboratorios’ sociopolíticos, económicos y culturales. También pueden formar parte de movimientos sociales más grandes que buscan corregir algunos de los trastornos de la cultura de egoísmo y violencia.

La sexta son las subculturas de mutualismo, que constituyen otro referente importante, aunque invisibilizado, que existe en forma paralela, subyacente y a veces en contracorriente a la cultura dominante. Un clásico ejemplo de esto es la denominada “esfera privada”, ocupada tradicionalmente por la mujer, caracterizada por la cooperación, conciliación, preservación, ternura y compasión, la cual coexiste con la “esfera pública”, dominada habitualmente por el hombre, con sus pautas de competencia, conflicto, conquista, agresividad e insensibilidad. La esfera pública suele ser la cultura más visible y vociferante, pero la esfera privada es la que nos ha permitido sobrevivir a los estragos destructivos de la primera.

La séptima son los personajes arquetípicos, personas que trascienden los límites impuestos por la costumbre e inercia, y demuestran lo que somos capaces de ser. Pueden ser líderes morales cuya fama los ha hecho iconos de la virtud y superación humanas, tales como la Madre Teresa, Gandhi, Martín Luther King y Nelson Mandela. Ellos nos demuestran las alturas a las cuales pueden llegar los seres humanos. Sin embargo, a menudo no nos identificamos con ellos lo suficiente como para seguir su ejemplo, por considerarlos en una categoría aparte, casi sobrehumanos.

Quizás de mayor importancia sea el fenómeno masivo pero virtualmente invisibilizado del heroísmo anónimo cotidiano. Estos héroes silenciosos son personas que nos rodean a diario y que a veces damos por descontados, pero que ofrecen modelos palpables e ineludibles de amor y bondad: padre, madre, maestro, mentor, hermano, amigo. Pocos reconocen sus incesantes labores desinteresadas, grandes y pequeñas en servicio a sus semejantes. Sin embargo, constituyen las inmensas mayorías que mantienen viable a un mundo desgarrado por el conflicto y la avaricia de unas minorías.

Los ejemplos citados en la presente sección demuestran fehacientemente que ya existe y nos rodea una cultura de paz multifacética, aunque solapada por la cultura predominante de conflicto y violencia. Se atribuye a Kenneth Boulding, renombrado científico social y activista por la paz, el truismo “Todo lo que existe es posible”. De hecho, es gracias a estos elementos de mutualismo que la sociedad ha mantenido algún vestigio de cohesión y energía vital. Constituye en la actualidad una rica reserva de recursos y estrategias no agonistas para el cambio sociocultural, que yace oculto bajo la cultura de pugna y agresión. La naturaleza ‘subterránea’ de este gran depósito ha determinado que muchas personas no se hayan percatado de su existencia; y esto justamente constituye uno de los mayores obstáculos para su aplicación más generalizada. Karlberg (2004:183) explica:

El problema es que por lo general no son tomadas en cuenta como estrategias de cambio social. Rara vez se les encuentra en los textos de historia, quizás por que carecen de los elementos convencionales del drama narrativo. Casi nunca se escucha de ellas en los medios masivos comerciales, pues les falta el extremismo y la confrontación que requerirían para merecer considerarse ‘noticia’. Ni siquiera las hallamos en los escritos de académicos de vocación reformista, pues no se conforman con los modelos agonistas de cambio social que muchos investigadores han sido entrenados a ‘ver’.

Valga una aclaración antes de comenzar. Existe la tendencia a pensar en términos dicotómicos, que de por sí forma parte de la actual cultura del agonismo. Al mencionar estos referentes, a veces hay quienes buscan defender el agonismo señalando algún rasgo de conflicto, agresión o egoísmo en su interior. Si una sociedad evidencia aunque sea un mínimo elemento de conflicto o egoísmo entonces, de acuerdo con este pensamiento dicotómico, su cultura es agonista. Para que sea considerada mutualista, en cambio, tendría que haber perfeccionado la cooperación y la autoentrega hasta su máxima expresión. Ya que no sabemos de ninguna cultura que haya logrado esta hazaña, se concluye que las culturas mutualistas no existen.

Lo erróneo de esta forma de pensar se hace evidente al darle la vuelta a la ecuación. Supongamos que dijéramos que no se puede considerar a ninguna sociedad agonista si contiene algún elemento, por pequeño que sea, de cooperación, mutualismo y autoentrega. Puesto que no conocemos ninguna sociedad que cumpla con este requisito tan estricto, tendríamos que concluir que toda sociedad es mutualista. No es posible encontrar una cultura totalmente mutualista en el mundo, así como es imposible hallar una sociedad completamente agonista. Si las chispas de paz que se pueden encontrar en la sociedad actual no la hace menos agonista, tampoco los restos de agonismo que quedan en los referentes de paz los hace menos mutualistas.

No obstante, como ya se analizó en la primera sección, esta conclusión resulta tan intolerable para la ciencia y práctica agonistas, que se han inventado explicaciones complejas y abstrusas para convertir cualquier señal de mutualismo en meramente otro ejemplo más de agonismo. Lo más apropiado, empero, sería aceptar que toda sociedad contiene algunos elementos de agonismo y otros de mutualismo. Nuestro propósito al estudiar éstos últimos no será el de afirmar que una cultura determinada carece por completo de elementos conflictivos y egoístas, sino averiguar qué aprendizajes se pueden obtener de sus elementos mutualistas, por incipientes o frágiles que éstos sean. Se espera que el lector tenga presente este propósito al leer la presente sección.

 

 


Notas:

1. Para mayores informes sobre las sociedades ‘sencillas’ o preindustriales, se encuentra una excelente bibliografía de libros y artículos sobre sociedades de paz en el URL: http://www.peacefulsocieties.org.

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