Viernes, 02 Julio 2010 17:15

B. ¿Somos naturalmente agresivos?

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Dentro de la concepción del hombre como animal racional, hay implícito un modelo mental del ser humano como inherentemente agresivo y violento. En esta sección analizaremos críticamente dos argumentos que se suelen citar en defensa de este concepto: el que tengamos un ‘cerebro violento’ que nos obliga a reaccionar de esta manera ante las frustraciones de la vida, y la noción de la existencia de un ‘instinto asesino’ traído desde un pasado evolutivo muy lejano como predador. Ambas ideas se suelen emplear con frecuencia para justificar actos de agresión, tanto individual como colectiva, desde la violencia intra-familiar hasta la guerra internacional.

 

A. ¿Tenemos un ‘Instinto Asesino'?

Un biologismo empleado con frecuencia para justificar la guerra y otros actos de violencia, es que son determinados por un ‘instinto asesino’ en el ser humano. Algunos etólogos, científicos que estudian el comportamiento animal, han planteado la existencia de instintos para el territorialismo, la agresión y la guerra. Sugieren que podrían haberse heredado durante nuestra evolución a partir de otras especies animales.

Sin embargo, somos tan distantes de las demás especies en sentido evolutivo, que su comportamiento poco o nada tiene que ver con el nuestro. Aunque compartiéramos algún pariente común hace millones de años, cada especie ha tomado su propio rumbo desde ese entonces en respuesta a sus situaciones particulares de vida.

Cuando un animal carnívoro sale de cacería para alimentarse, este no es un acto más 'asesino' que cuando uno de nosotros va a la esquina a comprar carne. La guerra no es un acto natural, sino un invento cultural de los seres humanos. Ninguna otra especie hace la guerra, ya sea entre sí o con otras especies, aparte de los seres humanos. De hecho, varias de las especies simias que más se asemejan a los humanos evidencian un comportamiento notablemente pacífico.

¿Qué es un instinto? Tradicionalmente, se empleaba el término para referirse a cualquier respuesta 'automática', aunque fuera el resultado de la educación, socialización o culturización, como vemos en la siguiente cita de “Roads to Freedom” de Bertrand Russel: “Si se le ofrece a un hombre un hecho contrario a sus instintos, lo analizará con cuidado, pero a menos que sea abrumadora la evidencia, rehusará creerlo. Por otra parte, si se le ofrece algo que le da motivos para actuar de acuerdo con sus instintos, lo aceptará incluso con un mínimo de evidencia.

Sin embargo, con el avance de las ciencias, especialmente las biológicas, se han precisado muchos términos que antes eran confusos. Actualmente, el instinto se define científicamente como una pauta repetitiva de comportamientos específicos y a menudo complejos, comunes a toda una especie, automáticos, irresistibles, inmodificables y que no dependen del aprendizaje. De todas las conductas humanas estudiadas hasta ahora por la ciencia, ninguna cumple con esta definición, por lo que actualmente se sostiene que el ser humano carece por completo de instintos.

No hay que confundir los instintos con los reflejos, las predisposiciones biológicas y los impulsos. Un reflejo es una reacción simple y automática ante un estímulo, que no proviene del cerebro sino directamente de la médula espinal o nervios más locales, como la patada que se produce ante un golpe justo debajo de la rodilla. Una predisposición biológica es un comportamiento innato pero más complejo, que requiere del aprendizaje para expresarse, como caminar o hablar. Un impulso es originado por una necesidad biológica, como el hambre, que aumenta en intensidad hasta satisfacerse.

Las actitudes de agresión, competición y avaricia tan comunes en la sociedad actual, no se ajustan a ninguna de estas definiciones. Más bien reúnen una amplia gama de conductas alternativas y culturalmente establecidas. No son sino unas opciones entre muchas, una de múltiples maneras posibles de actuar ante determinada situación, siendo la ternura, la cooperación y la generosidad hacia otras, lo que a la larga satisfacen de mejor manera nuestras necesidades colectivas.

Se suele representar al soldado como una máquina de guerra, motivado por una fuerza interna que le impulsa a matar fríamente sin ninguna consideración por su propia vida. Sin embargo, bajo condiciones normales, los jóvenes no suelen tener estos sentimientos y comportamientos asesinos y suicidas. De hecho, Dave Grossman, un teniente coronel en el ejército estadounidense, especializado en enseñar a jóvenes soldados a matar, afirma que esto no es tan fácil como uno creería. En el año 1995, Grossman publicó los resultados de una investigación que señala que la mayoría de soldados se niega a matar y jamás llegan a disparar sus rifles en combate.1 Cita del libro “War – the Lethal Custom”, por Gwynne Dyer, profesor de estudios militares, quien ha encontrado que:

Existe lo que se conoce como un ‘soldado natural’, del tipo que obtiene su mayor satisfacción del compañerismo masculino, de armar un alboroto y de superar obstáculos físicos. No necesariamente desea matar a otras personas, pero tampoco lo opone objeción si ocurre dentro de un marco moral que lo justifique – como es la guerra – y si representa el precio a pagar para ganar cabida en el tipo de ambiente que él ansía. No sé si tales hombres nacen o se hacen, pero la mayoría de ellos acaba enlistándose en las fuerzas armadas (y muchos pasan después a ser mercenarios, porque la vida del ejército en tiempos de paz les resulta demasiada rutinaria y aburrida).

Sin embargo, las fuerzas armadas no se encuentran repletas de tales hombres. Son tan poco comunes que forman sólo una pequeña fracción incluso de los pequeños ejércitos profesionales, quienes suelen gravitar hacia las fuerzas especiales de tipo comando. En los grandes ejércitos de conscripción obligatoria, prácticamente pasan por desapercibidos ante la preponderancia hombres más normales. Y es a estos hombres comunes y corrientes, aquellos que no disfrutan en absoluto del combate, a quienes el ejército debe persuadir a que maten. Hace apenas una generación, éste ni siquiera se percataba de lo mal que lo hacía.2

La mayoría de reclutas llega al entrenamiento militar con los sentimientos pacíficos comunes a las grandes masas de la humanidad, y deben Deben ser reprogramados psicológicamente a través de un condicionamiento y adiestramiento que cambia troca la racionalidad sensata por la obediencia ciega, la solidaridad humana por el fanatismo nacionalista, y la prudencia reflexiva por el fervor suicida.3 Grossman describe en algún detalle los sofisticados métodos modernos de lavado de cerebro y desensibilización que se utilizan para destruir la resistencia natural a matar para poder formar una nueva generación de soldados. Si existierase un ‘instinto asesino’ en el hombre, dicha esta reprogramación no sería necesaria.

Howard Zinn es historiador, activista para la paz, profesor de Ciencia Política en Boston University y autor de más de 20 libros. En una entrevista grabada en video y ampliamente difundidadiseminada, él comparte su propia experiencia con el servicio militar en las siguientes palabras:

Siempre me ha parecido que, en cualquier conversación sobre la guerra, que inevitable llega un punto en el diálogo cuando alguien dice: ‘Bueno, es la naturaleza humana’. Aún existen personas que hablan del deseo de los jóvenes por acudir a la guerra, disparar sus rifles y matar.

Pensé en mi propia experiencia en la fuerza aérea y me pareció claro, observando a mis compañeros que soltaban bombas y mataban a gente, que no surgía desde adentro, no pensaban ‘Dios, cómo quisiera matar a algunas personas hoy’. No sentían ganas de matar, aunque se trataba del ‘enemigo’. Simplemente, habíamos sido entrenados, y se nos había dicho que era una ‘guerra justa’. Nosotros éramos los ‘buenos’, ellos los ‘malos’, y sería bueno si ganáramos y malo si perdiéramos. Así que lo hacíamos, pero no hubo ningún impulso asesino espontáneo. Esta experiencia desmiente la idea de que los soldados jóvenes tengan alguna especie de instinto asesino.

Cuando terminó esa experiencia y comencé mi estudio de la historia de la guerra, algo más se me aclaró. Las guerras no ocurrieron por que las masas de la población exigían una guerra. Son los líderes quienes demandan la guerra y preparan a la población para luchar. ¡Si existiese el impulso asesino, no necesitaríamos la conscripción!4

Este fervor nacionalista, que incitan los líderes en la ciudadanía para avivar la llama de la guerra, es un fenómeno relativamente nuevo. Diamond indica que la voluntad de pelear por la patria,

...es tan profundamente programado en nosotros, como ciudadanos de estados mo¬dernos, por nuestras escuelas, iglesias y gobiernos, que nos olvidamos qué tan radical es su rotura con el resto de la historia humana… Tales sentimientos eran impensables en las bandas y tribus… Naturalmente, lo que hace de los fanáticos patrióticos… oponentes tan temibles… es su aceptación de la muerte de una parte de su membresía si esto permite aniquilar o aplastar al enemigo… El fanatismo en la guerra… probablemente era desconocido en la tierra hasta el surgimiento de los cacicazgos y especialmente de los estados, dentro de los últimos 6.000 años.5

Para que surja la guerra como institución socioestructural del estado moderno, ha sido necesario más bien ir más allá del instinto y desarrollar una inteligencia capaz de lograr una alteración tan profunda de las tendencias naturales hacia la paz que caracterizan a las personas normales. En la Declaración de Sevilla sobre la Violencia leemos que:

Es científicamente incorrecto decir que la guerra es una consecuencia del ‘instinto’ u otra motivación única. La aparición de la guerra moderna ha seguido un derrotero que va desde la primacía de los factores emocionales y motivacionales, a veces llamados ‘instintos’, hasta el predominio de los factores cognoscitivos. La guerra moderna involucra la explotación institucional de rasgos personales como la obediencia, la sugestionabilidad y el idealismo; de destrezas sociales como el lenguaje; y de consideraciones racionales como el cálculo de costos, la planificación y el procesamiento de datos.

La tecnología militar moderna ha exagerado ciertos rasgos asociados con la violencia, tanto en el entrenamiento de los combatientes en sí, como en la preparación de la población general a fin de lograr su apoyo para la guerra. Como resultado de esta exageración, con frecuencia estos rasgos se perciben erróneamente como las causas del proceso en vez de las consecuencias del mismo.6

 

B. El Cerebro Violento

Otro argumento que apoya el modelo mental de una naturaleza humana agresiva, es la idea de que poseemos un 'cerebro violento'. Específicamente se señala el 'cerebro primitivo' y el hecho de que éste la posibilita a la persona volverse extremadamente violenta. Es cierto que el cerebro animal y humano cuenta con un 'centro límbico' que nos permite experimentar el temor y la ira, entre otos sentimientos importantes para la supervivencia. Sin embargo, en una persona normal, el cerebro no genera estas emociones por sí solo, sino en respuesta a estímulos externos y su interpretación como una amenaza, de modo similar a como el centro auditivo sano no produce los sonidos que oímos, sino que únicamente nos permite percibirlos.

El centro límbico está rodeado por secciones del cerebro que sirven para moderar, controlar, canalizar y frenar la expresión de los impulsos de temor e ira. Permiten a la persona interpretar el nivel de amenaza que presenta la situación y decidir cómo responder ante ella para protegerse del peligro. Aprovechando estas funciones, una persona puede intencionalmente estimular el centro límbico para amplificar su sensación de temor o ira y así alistarse para responder, o puede utilizar las mismas funciones para voluntariamente tranquilizarse y calmar la agitación de su cuerpo. La educación y el entrenamiento influyen poderosamente en la forma como se maneja esto.

También es cierto que existen daños cerebrales focalizados y otras enfermedades mentales que dificultan el control de los sentimientos de temor e ira, ya sea por que alteran su intensidad en el centro límbico, o por que impiden las funciones moderadoras de las otras partes del cerebro. A menudo se presentan en forma de ataques similares a ciertos tipos de epilepsia, durante los cuales la persona pierde no sólo el control sino también la memoria. Estas enfermedades pueden originarse en la extrema malnutrición, el uso de ciertos fármacos, golpes en el cráneo, etc. y se amplifican sus efectos mediante el uso del alcohol y otros estímulos externos.

Sin embargo, no se puede definir la naturaleza de la raza humana entera por las patologías de un pequeño porcentaje de la población. Así como no determinamos el estado normal del cuerpo humano por el pequeño porcentaje de huesos rotos, tampoco se puede definir la naturaleza humana por una reducida proporción de daños cerebrales y las enfermedades mentales.

Algunos estudios han sugerido más bien la existencia de un 'cerebro pacífico' en el ser humano. Por ejemplo, hay un centro que controla nuestra capacidad artística y holística, otro que genera sensaciones de paz y felicida d, e incluso se ha encontrado en el cerebelo frontal lo que parece ser el centro de la experiencia mística de la presencia de Dios.

¿A cuál de estos dos extremos debemos adherirnos? ¿El cerebro es violento o pacífico? Es como si un estudio afirmara que la cabeza gira a la izquierda y otro que gira a la derecha, por lo que debemos determinar cuál tiene la razón. ¡Pues ambos! El cerebro humano nos posibilita toda la gama de sensaciones, sentimientos y emociones que constituyen la amplitud de la experiencia humana. Somos nosotros quienes escogemos a cuáles dar importancia y cómo actuar ante ellos. En la Declaración de Sevilla sobre la Violencia se aclara este punto:

Es científicamente incorrecto decir que los seres humanos poseemos un ‘cerebro violento’. Aunque contamos con el aparataje nervioso necesario para actuar violentamente, no es activado automáticamente por estímulos internos o externos. Al igual que los primates de orden superior y a diferencia de los demás animales, nuestros procesos nerviosos superiores filtran tales estímulos antes de llegar a la acción. Nuestra manera de actuar se determina conforme hayamos sido condiciona¬dos y socializados. No existe nada en nuestra constitución neurofisiológica que nos obligue a reaccionar de modo violento.7

 

Preguntas de Estudio:

Después de leer el texto, responda a las siguientes preguntas en sus propias palabras:

• Mencione algunos de los argumentos a favor de la existencia de un ‘instinto asesino’ en los seres humanos, seguidos por las razones por las que no són válidos.

• ¿Cuál es la definición técnica del término ‘instinto’?

• ¿Qué dicen los biólogos modernos acerca de la existencia de instintos humanos?

• ¿Es científicamente correcto decir que los seres humanos tenemos un ‘cerebro violento’? ¿Por qué?

• Cuáles son algunas de las alternativas que propone el autor?

 


Referencias:

1. Grossman, Dave. "On Killing: The Psychological Cost of Learning to Kill in War and Society”. Boston: Little Brown and Co., 1995.

2. Dyer, Gwynne. “War – The Lethal Custom”. Nueva York: Carroll & Graf Publishers, edición revisada, 2006.

3. Véase la narración de “un soldado que nunca lo quiso ser” y las formas como se intentó sin éxito inculcarle una actitud guerrera, en http://educarueca.org/spip.php?article724.

4. Zinn, Howard. “On Human Nature and Aggression”. URL: http://www.youtube.com/watch?v=subwDAZtEN0.

5. Diamond, Jared. “Guns, Germs and Steel - The Fates of Human Societies”. Nueva York: W.W. Norton & Company, 1997, p. 281.

6. UNESCO, “Declaración de Sevilla sobre la Violencia”, redactada y suscrita por 20 premios Nobel con ocasión del Año Internacional de la Paz en Sevilla, España, el 16 de mayo del año 1986.

7. UNESCO, 1986.

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