Viernes, 02 Julio 2010 17:27

F. ¿Somos egoístas por naturaleza?

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Uno de los modelos mentales que aún permanecen como rezagos de una etapa primitiva de la ciencia social, es el mito de que los humanos seamos egoístas, mezquinos y competidores por naturaleza. Sobre este supuesto se construyeron en su momento aquellas teorías económicas que actualmente llevan al mundo a la ruina. En la presente sección se analiza la forma como este mito ha sido propagado, las evidencias científicas que lo desmienten, los intentos por forzar estos hechos a que se conformen con el mito del hombre egoísta, y algunas reflexiones sobre los peligros de apoyar este tipo de enfoque anticientífico.

 

A. Propagación del mito

Según el mito del hombre egoísta, los seres humanos sólo buscamos satisfacer nuestras propias necesidades, motivados únicamente por intereses personales. Aunque muchos reconozcan a estos rasgos como indeseables, creen que son inevitables debido a la naturaleza humana, no porque tengan pruebas científicas de ello, sino en base a la amplia popularidad que goza este supuesto. Además, muchas de las actuales instituciones sociales están organizadas en base al mito del hombre egoísta, lo cual ha servido para reforzar este imaginario.

En la economía este modelo mental incluso tiene nombre – el homo economicus – que define al hombre como un ser que produce y consume motivado únicamente por sus propios intereses materiales. Sobre esta base se elaboró la teoría de la 'elección racional': que una persona 'racional' siempre elegirá lo que le beneficia, aunque sea a expensas de otros. Sin embargo, aquello que hace aparentemente natural esta elección en ciertas culturas no es su racionalidad, sino el hecho que el proceso de aculturación y socialización desde la infancia lo hace la primera reacción. Una persona criada dentro de otra cultura no necesariamente tendrá la misma inclinación.

 

B. Evidencias al contrario

Tan amplia ha sido la aceptación del mito del hombre egoísta, que no fue sino a partir de los años 1960 que los científicos comenzaron a analizar seriamente sus supuestos. Y se sorprendieron al encontrar que son mucho más frecuentes de lo que antes se creía tales cualidades como la empatía (poder sentir lo que siente el otro), el 'altruismo' (ayudar a una persona necesitada sin esperar recompensa) y toda una gama de comportamientos 'prosociales' (compartir, ayudar, consolar, cooperar).

Por ejemplo, mediante el estudio de la Orientación de los Valores Sociales, se ha modificado el postulado de la racionalidad del interés propio, habiendo mostrado que los individuos nos diferenciamos sistemáticamente en nuestras preferencias personales a favor de ciertas pautas de decisión, desde el egocentrismo (self-regarding) hasta el altruismo (other-regarding). Éstos últimos procuran optimizar los resultados compartidos y equitativos (una orientación prosocial), mientras que los primeros buscan la ventaja personal, ya sea en sentido absoluto (una orientación individualista o “pro-self”) o comparativo (una orientación competitiva).1

Quienes tienen una orientación prosocial, tienden a enfatizar más las implicaciones morales de sus decisiones, prefieren la cooperación y la abnegación, optan por extraer menos de un recurso común, protegen el medioambiente, o hacen donaciones caritativas. Las orientaciones de valor social parecen ser influenciadas por factores tales como la familia (los prosociales tienen más hermanas), la edad (los mayores son más prosociales), la cultura (las occidentales son más individualistas), el género (las mujeres son más prosociales), y la profesión (los economistas tienden a ser menos prosociales).

Incluso, varias investigaciones psicológicas han demostrado que el desarrollo de tales actitudes constituye una parte natural de la formación del carácter de la persona normal. El recién nacido no distingue claramente entre él y otros, pero llora más intensamente cuando oye el llanto de otro bebé, evidenciando una tendencia innata a responder ante las necesidades de los demás como si fueran propias. Al año, se muestra preocupado cuando alguien se lastima o muestra tristeza. A los 18 meses, el infante ya puede distinguir entre el 'yo' y el 'otro', pero sigue suponiendo que los sentimientos del otro son similares a los suyos.

Ya a los dos años de edad, distingue entre sus propios sentimientos y los de otros, pero aún así busca consolar a quien muestra señales de dolor, y sus emociones empáticas son más complejas. A los tres o cuatro años es común observar toda una gama de comportamientos prosociales. Los niños más grandes son capaces de comprender las condiciones de vida de otras personas y diferenciar si sus problemas son agudos o crónicos, o si se deben a su pertenencia a un grupo oprimido. Un entrevistado de 8 años explicó de esta manera la empatía con el otro: “Te olvidas de lo que está en tu propia cabeza y haces que tu mente sea su mente. Entonces sabes cómo se siente y cómo ayudarle”.2

Concluyen estos estudios que la tendencia a preocuparse por otros es tan propia de la naturaleza humana como lo es el preocuparse por uno mismo. Esto no significa que el ser humano no es capaz de actitudes egoístas, mezquinas e incluso antisociales. Las personas evidenciamos toda una gama de comportamientos, desde los más mezquinos hasta los más altruistas, lo cual demuestra la naturaleza cultural de estos rasgos.

De hecho, hay varios factores que pueden aportar a la formación de tales características en una persona. El ejemplo de vida y los comentarios del padre, la madre y otros seres queridos, tienen una influencia muy poderosa, como también lo tienen, aunque en menor grado, los medios de comunicación masiva. Al enseñar a un hijo o estudiante a competir con sus compañeros y tratar de superarlos, se extinguen paulatinamente sus inclinaciones altruistas. Además, el hecho de elogiar los comportamientos prosociales tiene más efecto que el limitarse a castigar las conductas conflictivas.

Las investigaciones han determinado además que aquellas personas en quienes predominan las actitudes altruistas y una orientación prosocial, suelen compartir varias otras características. Se ven en control de sus propias vidas, sin necesidad de recibir aprobación de otros. Tienen un concepto positivo de la condición humana, les preocupa el bienestar de los demás y se consideran responsables de hacer lo que pueden por ellos. Se alegran cuando otros reciben ayuda, incluso cuando ellos mismos no hayan sido quienes la dieron. Su empatía les permite “ponerse en los zapatos del otro”, sentir el dolor ajeno como propio y ver el mundo a través de sus ojos. Experimentan una conexión fundamental con la humanidad y son motivadas por el afecto y la compasión, incluso hacia personas desconocidas.

 

C. ¿El altruismo es egoísta?

Al observar que una persona está dispuesta a aceptar inconvenientes por otros, hay al menos dos posibles explicaciones: (1) lo hace por amor; o (2) sus ‘genes egoístas’ de alguna forma misteriosa le impulsan a optar por poner en riesto su propia supervivencia a fin de garantizar la supervivencia del grupo y, por ende, de otros genes similares a los suyos. La fuerza de los modelos mentales es tal que algunos han optado por la segunda opción, intentando atribuir explicaciones egoístas a los actos prosociales.

Este concepto del altruismo como acto egoísta suele llamarse la 'adaptación incluyente' (inclusive fitness), elaborada por Hamilton en 1964, que consta de dos hipótesis.3 La primera es la 'selección de parientes', según la cual la cooperación con los parientes cercanos por parte de personas sin hijos, permite una mayor propagación de sus genes compartidos. La segunda es el “altruismo recíproco”, según la cual opera entre extraños una especie de intercambio de favores del tipo “hoy por ti, mañana por mí”.

En vez de aceptar la interpretación lógica de que lo hace por amor al prójimo, los defensores de este concepto argumentan que sus 'genes egoístas' le impulsan a sacrificarse para garantizar la supervivencia de la colectividad. Ahora bien, tanto el amor como el egoísmo involucran sentimientos que nos motivan a actuar de determinadas maneras. El amor nos impulsa a preferir el bienestar del otro sobre el propio, mientras que el egoísmo nos hace preferir el propio bienestar por encima del de los demás.

Obviamente la primera interpretación es la más simple, ya que establece una relación causal directa, mientras que la segunda es más enredada, por que pretende que por medio del egoísmo se logren los efectos propios del amor. La popularidad la segunda interpretación no se debe a motivos científicos, sino al hecho de que el admitir la existencia del amor no concuerda con los modelos mentales 'estándares' del ser humano, por lo que es rechazada a favor de una teoría mucho más complicada, poco probable y difícil de comprobar.

 

D. Torcerle el brazo a la ciencia

El hecho es que no existe ningún estudio empírico que compruebe tales supuestos del altruismo egoísta. Tampoco se ha demostrado la ventaja o desventaja comparativa de ningún comportamiento humano para la reproducción de éste. Tales nociones no son científicas, sino meras especulaciones. Lewontin (1991:98-103) aduce que es no es difícil inventar cuentos sobre cómo una característica dada podría conferir ventajas en la carrera por la selección natural, pero opina que esta práctica convertiría a la ciencia en un mero juego.4

Este debate es un claro ejemplo de la manera como las teorías científicas son ajustadas a los modelos mentales predominantes del mundo, en vez de lo contrario. A fin de mantener intacta a la versión tradicional de la Ley de la Selva, se han elaborado teorías complicadas para explicar aquellos hechos que la ponían en entredicho. En consecuencia, una explicación simple y directa es rechazada a favor de otra enmarañada, poco probable e imposible de comprobar.

Esto es contrario a un principio básico de la ciencia conocido como la 'Navaja de Ockham',5 según el cual, en la explicación de determinado fenómeno, la teoría más sencilla debe ser preferida antes que otra más enrevesada. En casos como estos, uno debe preguntarse si la teoría de aceptación general explica mejor los datos empíricos que la teoría alternativa, o si es sólo una forma más complicada y por tanto menos útil de interpretar las mismas evidencias.

* * * * *

En suma, no existe ninguna prueba científica que apoye el mito de que el ser humano sea naturalmente egoísta y mezquino. Más bien, las investigaciones al respecto concluyen que somos plenamente capaces de preocuparnos sincera y desinteresadamente por el bienestar de los demás. La diferencia depende en parte de la forma como somos criados y en parte de nuestra propia decisión.

 

 


Notas:

1. Messick, D.M.; McClintock, C.G. (1968). "Motivational Bases of Choice in Experimental Games". Journal of Experimental Social Psychology 4: 1–25.

2. Basado en un texto por Rollo May, citado por Alfie Kohn en “No Contest – The Case against Competition. Why we Lose in our Race to Win”. New York: Houghton Mifflin, 1992, pp. 232-233.

3. Hamilton, William D. (1964), "The Genetical Evolution of Social Behavior", Journal of Theoretical Biology 7: 1–52.

4. Lewontin, R.C: “Biology as Ideology - The Doctrine of DNA”. Nueva York: Harper-Collins Publishers, Inc., 1991, pp. 98-103.

5. Deriva su nombre del fraile franciscano inglés del siglo XIV, Guillermo de Ockham, a quién se atribuye. Es común verlo deletreado como “Occam”. También se conoce como el principio de parsimonia o de economía del pensamiento.

 

y, por ende, de otros genes similares a los suyos
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