Domingo, 19 Julio 2009 00:00

A. Introducción

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Sería difícil hallar una persona que piense que este mundo es tan perfecto que no pueda mejorarse. La mayoría de personas quisiéramos un mundo mejor, una sociedad de justicia, unidad y paz. Sin embargo, al plantearse cualquier propuesta tendiente a la construcción de una sociedad tal, muchas personas opinan que es imposible. Al preguntar por qué, los argumentos más comunes presentados tienen que ver con la naturaleza del ser humano y de su sociedad.

Con respecto a la naturaleza humana, se dice que es inherentemente egoísta y codicioso, agresivo y competitivo, hambriento del poder y la dominación, dispuesto a luchar por satisfacer sus necesidades básicas y sobrevivir. En cuanto a la naturaleza de la sociedad, se habla de la inevitabilidad de las relaciones de poder basadas en estructuras de dominación y sumisión, de una inescapable divergencia de intereses que resultan necesariamente en conflictos, del carácter ineludible e incluso beneficioso de la guerra, etc. Se afirma además que la diversidad es causa de división social, mientras que la unidad requeriría de imponer la uniformidad.

Al indagar las causas generadoras de estas características, la mayoría las atribuyen, o bien a nuestros supuestos instintos animales, programados genéticamente a lo largo de millones de años de evolución biológica como mecanismo de supervivencia, o bien a la noción de que somos ‘seres caídos de la gracia divina’ por causa de un ‘pecado original’ cometido por nuestros padres comunes hace unos 13 mil años. Es notable que estas dos fuentes –científica y religiosa– hacen referencia a factores incontrolables e inalterables, mientras que muy pocos mencionan la incidencia de aspectos que sí podemos cambiar, como los códigos culturales, la crianza y formación y la experiencia. Los problemas inherentes a la sociedad, a su vez, suelen imputarse simplemente a la naturaleza humana: la sociedad es como es por que sus miembros individuales somos como somos.

Al preguntar en qué teorías se basan dichas fuentes científicas, se habla de la ‘ley de la selva’ y la ‘supervivencia del más fuerte’ , la selección natural, la competencia por recursos limitados. Se citan autores según los cuales el hombre es el lobo del hombre, que siempre ha habido guerras y siempre las habrá. Se hace referencia a teorías económicas de que el ser humano es motivado únicamente por intereses egoístas, que haría cualquier cosa por sobrepasarle al otro y que la competencia es favorable para el individuo y la sociedad. Se aducen teorías biológicas sobre una supuesta programación genética que favorece la agresividad y territorialidad instintivas, y la existencia de un ‘cerebro violento’. Se traen a colación teorías sociológicas sobre la ‘entropía social’ y la inevitabilidad e incluso necesidad del conflicto para el buen funcionamiento de cualquier sociedad.

En un enunciado titulado “La Promesa de Paz Mundial”, dirigido a "los pueblos del mundo" con ocasión del Año Internacional de la Paz (1986), la Casa Universal de Justicia describió el resultado en términos de una ‘contradicción paralizante’ en los asuntos humanos’:

…la agresión y conflicto han llegado a caracterizar de tal forma los sistemas sociales, económicos y religiosos, que muchas personas han sucumbido a la creencia de que dicha conducta es intrínseca a la naturaleza humana y que, por lo tanto, no se puede erradicar. Con el afianzamiento de este punto de vista, se ha producido una contradicción paralizante en los asuntos humanos. Por una parte, gentes de todas las naciones proclaman no sólo su buena disposición, sino también su anhelo de paz y concordia, a fin de que desaparezcan los acuciantes temores que atormentan su vida diaria. Por otra parte, se acepta con conformidad la tesis de que los seres humanos son incorregiblemente egoístas y agresivos y, por lo tanto, incapaces de construir un sistema social a la vez progresista y pacífico, dinámico y armónico, un sistema que permita el libre juego de la creatividad e iniciativa individuales, pero basado en la cooperación y reciprocidad. A medida que la necesidad de la paz se vuelve más apremiante, esta contradicción fundamental, que impide su realización, exige una reevaluación de los supuestos sobre los cuales se basa esta perspectiva común respecto al destino de la humanidad.1

Un aspecto importante en la superación de esta parálisis de voluntad, es el análisis crítico de las teorías y filosofías en las cuales se basa. Por fortuna, nuevos descubrimiento en diversas disciplinas científicas invitan al mundo a cuestionar fuertemente la versión popular de la naturaleza humana. La ecología ha aclarado que la verdadera ‘ley de la selva’ es el mutualismo, pues cada especie apoya y es apoyado por los demás participantes en un ecosistema. Prueba de ello es el detrimento que sufre un ecosistema al perderse cualquiera de sus especies. La genética no ha encontrado nada en nuestro ADN que favorezca el que nos comportemos de una manera u otra, sino que nos provee los medios necesarios para poder elegir diversos tipos de conductas. Se ha visto que el mismo cerebro que nos faculta para el odio y la agresión también nos capacita para el amor y la ternura, e incluso en mucha mayor medida. Estudios psicológicos han concluido que el ser humano es motivado mucho más por el relacionamiento y el aprecio mutuo que por la ganancia material inmediata.

Asimismo, en la sociología se viene poniendo un renovado énfasis en la posibilidad de prevenir los conflictos y no sólo de resolverlos cuando surjan. En la política, se está redefiniendo el poder en términos de empoderamiento, como algo que se ejerce para y hacia, ya no sólo sobre y contra los demás. Historiadores están hallando que la guerra no ha sido tan generalizada como nos la pintan los textos de historia, sino que han surgido principalmente durante momentos críticos en el desarrollo sociopolítico de la sociedad, entre los cuales han predominado períodos relativamente largos de paz y prosperidad. Hay antropólogos que afirman que si hubiese una “selección natural” para algún tipo de comportamiento social, no sería a favor de la pugna sino la cooperación, que ha sido esencial a lo largo de la evolución humana para su supervivencia bajo condiciones adversas. Marc Ross concluye que:

...las fuerzas culturales son particularmente poderosas en la generación de los conflictos. Aunque como seres humanos poseemos la capacidad para la agresión y la violencia, la existencia de comunidades y sociedades no violentas demuestra que la violencia de ningún modo constituye un aspecto esencial de la naturaleza humana.2

Es importante poder deconstruir las teorías de las ciencias sociales que tradicionalmente han prestado su apoyo a la cultura del agonismo. Esto permitirá además responder a ciertas propuestas sociales, políticas y económicas que se han planteado en base a tales teorías y que constituyen la perpetuación de las mismas tendencias agónicas. Es el propósito del presente análisis contribuir a esta labor, con miras a limpiar y allanar el terreno, y así dejar espacio para la construcción de una cultura de paz.

 

A. El Rol de los Modelos Mentales

Es necesario analizar y cuestionar nuestros modelos mentales, para que éstos no nos cieguen al paradigma emergente que caracteriza nuestra época. Entre los modelos mentales en mayor necesidad de cuestionamiento se encuentran aquellos que afianzan los conceptos del ser humano como agresivo y egoísta por naturaleza, los cuales han sido ampliamente refutados por los avances científicos de las últimas décadas. Paralelamente, se encuentran modelos mentales de una sociedad en que aceptamos la agresión, el egocentrismo y la competición como norma, dejando de lado las múltiples evidencias que demuestran que los avances de la civilización a lo largo de la historia han sido basados en la cooperación.

Estos modelos mentales anticuados acerca de la naturaleza del ser humano y la sociedad, han dado lugar a actitudes y comportamientos que ya no son útiles en la comunidad global interdependiente de hoy. Por ello, conviene reflexionar sobre el poder de estos modelos mentales, para que tomemos lo suficientemente en serio la necesidad de cuestionarlos profundamente y lograr su transformación.

El trabajo de Douglas McGregor en el campo de la administración, demuestra el poder de nuestros modelos mentales y cómo tienden a crear la realidad que predicen.3 McGregor afirma que los supuestos (o modelos mentales) de un gerente con respecto a la naturaleza humana influencian su enfoque en la administración de los recursos humanos en el lugar de trabajo. McGregor sostiene que todo gerente posee tales supuestos, aunque no se dé cuenta de ellos. Identifica dos grupos de supuestos a los que llama Teoría X y Teoría Y.

El punto de vista convencional de la administración, la Teoría X, afirma que “los trabajadores deben ser motivados y controlados a través de la presión directa de la administración porque son perezosos, carecen de ambición, les disgusta la responsabilidad, prefieren que se les indique lo que deben hacer y se resisten pasivamente a lograr los objetivos de la organización. El dinero es el único medio para motivarlos”.

La Teoría Y defiende a otro grupo de supuestos administrativos respecto a los trabajadores. Propone que “si se les da la oportunidad, las personas serán automotivadas a lograr los objetivos de la organización a la vez que se esfuerzan por el crecimiento y desarrollo personales”. Sus características son lo opuesto a aquellas que supone la Teoría X. La Teoría Y sostiene además que si las personas parecen estar comportándose de acuerdo a las características propuestas en la Teoría X, es sólo porque la organización en que trabajan les ha exigido hacerlo. Según este punto de vista, la tarea del gerente es la de arreglar los asuntos para que las personas puedan satisfacer sus necesidades jerárquicamente superiores de autorrealización y logro en el proceso de cumplir con las metas de la organización.

El punto de McGregor que queremos recalcar aquí es que nuestros supuestos acerca de la naturaleza humana influyen grandemente en las maneras cómo percibimos y tratamos a los demás. Aun más, nuestros supuestos tienden a crear la realidad que predicen. En el caso de los trabajadores, éstos responden a los supuestos de sus respectivos gerentes, evidenciando las características esperadas de ellos.

Por eso, no resulta útil recurrir a la evidencia del comportamiento en la vida para ‘comprobar’ la validez de un modelo mental respecto a la naturaleza humana, porque cada modelo tiende a generar los mismos resultados que parecen validarlo. Más bien, podemos: (1) reflexionar sobre las consecuencias de cada modelo y las maneras en que éste influye positiva o negativamente en la sociedad. De este modo, podremos comprender cómo ciertos modelos mentales de la naturaleza humana han estado generando la cultura a nuestro alrededor; y (2) examinar las evidencias científicas para ver hasta qué grado el modelo concuerda con la realidad. Luego, podremos transformar conscientemente nuestros modelos mentales defectuosos, reemplazándolos con un nuevo marco conceptual que generará el tipo de sociedad que deseamos.

En esta sección haremos un análisis crítico de algunos modelos mentales de la naturaleza humana que han influido en nuestra forma de pensar y actuar, creando la sociedad en que vivimos. Se incluirán dos enfoques paralelos: el ser humano como animal racional y como ser espiritual. El primero constituye un modelo mental que prevalece en la mayoría de las sociedades occidentales, con variantes que van desde el recalcar aquello que compartimos con los animales hasta enfatizar el raciocinio como característica distintiva que nos diferencia. El segundo enfoque es la del hombre como ser espiritual, que a su vez incluye tres perspectivas generales: su maldad innata, su bondad inherente, y su doble naturaleza.

Antes de comenzar con dicho análisis, sin embargo, sería útil considerar algunos de los principales errores en que han caído estas ciencias, y que las permitieron sostener las principales teorías agónicas.

 

B. Los Préstamos Epistemológicos

Muchas de las ‘pruebas' empleadas para apoyar las conclusiones agónicas de las ciencias sociales, en realidad no son más que analogías basadas en teorías que se toman prestadas de otras disciplinas y se aplican a la sociedad humana. Así se tienen aberraciones pseudo-científicas como la 'Física Social', el 'Darwinismo Social', etc. Según los principios epistemológicos, esta práctica se considera poco solvente y mala ciencia, pese a lo cual es harto frecuente.

La fuente de este problema parece ser el hecho de que resulta difícil hallar un referente o 'datum' común a todas las sociedades, sobre el cual cimentar una teoría social amplia pero sólida. Por tanto, muchas científicos sociales prestan referentes o 'data' de otras disciplinas como punto de partida de lo que en la mayoría de casos constituyen especulaciones respecto a la manera como los mismos podrían aplicarse al funcionamiento de la sociedad. Esto ocurrió mientras aquellas ciencias aún laboraban bajo supuestos filosóficos derivados de la física newtoniana o clásica: el determinismo, reduccionismo, mecanicismo, materialismo, etc.

El resultado de tomar prestados principios de la física como fundamentos para la construcción de teorías sociales y humanas podría considerarse un 'fisicalismo'. Encuentra entre sus raíces a la propuesta de una “física social” planteada por Thomas Hobbes en su clásico “Leviatán”. Mediante la aplicación de dicho método, ese autor concluye que el mejor sistema social es la monarquía absoluta, teoría con la que seguramente se ganó el beneplácito del rey. Autores subsecuentes han elaborado toda una gama de conceptos sociales y humanos, consciente o inconscientemente fundamentados en las teorías de la física clásica de Isaac Newton.

Un 'biologismo' es un tipo particular de préstamo epistemológico que toma teorías de algunas de las “ciencias de la vida” y las convierte en teorías respecto al comportamiento humano y las dinámicas de la sociedad humana. Las ciencias de la vida suelen agruparse bajo el nombre genérico de 'biología', pero en realidad incluyen campos tan diversos como la zoología, biología molecular, bioquímica, genética molecular, biología celular, fisiología, anatomía, histología, biología del desarrollo, genética, etología, genética de poblaciones, genética sistemática, ecología, biología evolutiva, entre otras.

Asimismo, los biologismos abarcan varias corrientes, que incluyen el Darwinismo Social, el Determinismo Genético y la Sociobiología, entre las principales y mejor conocidas. Incluso, una de las subdivisiones del biologismo puede considerarse el geneticismo, es decir, la aplicación de las teorías de la genética a la sociedad por extensión, la cual constituye asimismo un error epistemológico.

Los 'sociologismos', para los fines del presente estudio, serán definidos como aquellas teorías en las cuales se fundamenta una naturalización y/o esencialización del ser humano y/o de su sociedad, como veremos a continuación. Los 'economicismos' no son préstamos epistemológicos per se, aunque pueden basarse en teorías tomadas de éstos. Constituyen más bien supuestos básicos respecto a la naturaleza del ser humano y de la sociedad, necesarios para poder fundamentar sus teorías más positivistas que posibilitan a los económicos llamarle a su ciencia ‘exacta’. Un aspecto esencial que hace de la economía una ciencia más bien inexacta es las grandes falencias que aquejan sus conceptos respecto a lo que motiva al ser humana a actuar, cuáles son sus necesidades, como las satisface, etc.

Incluso se podría hablar de 'teologismos', las implicaciones sociales de ciertas conclusiones de aquella rama de la filosofía que aborda la cuestión de la naturaleza de Dios y su relación con el mundo humano. Estas esencializaciones teológicas del ser humano hacen referencia principalmente a su relación fatalista con Dios y su relativa bondad o maldad.

Desde la fundación de las ciencias prestamistas, muchas de sus teorías originales han sido abandonadas tras profundos cambios paradigmáticos, plasmados en lo que se ha llegado a llamar la ‘nueva física’, la ‘nueva biología’, la 'teoría de sistemas', etc. Para ser consecuentes, las derivaciones sociales basadas en las viejas teorías tendrían que haberse modificado a la par con dichos cambios paradigmáticos. Este, lamentablemente, no ha sido el caso. El resultado actual es un conjunto de falsas analogías basadas en teorías erróneas de otros campos que ya se han alejado del punto en que se encontraban al momento de tomarse dichas analogías, dejando detrás de sí un conjunto de teorías sociales deterministas, reduccionistas, mecanicistas y materialistas en una época que ya no considera defendible este tipo de cosmovisión.

 

C. ¿Una Nueva Ciencia Social?

Los vicios del metaparadigma tradicional de las ciencias sociales han determinado su incapacidad para responder a los problemas actuales. En respuesta, autores como Foucault han cuestionado seriamente la capacidad inherente de tales ciencias para tratar adecuadamente la problemática humana y social. Se ha reconocido ampliamente la esterilidad del viejo metaparadigma, pero, no teniendo otro que lo reemplace, se ha quedado en una especie de “limbo paradigmático” llamado Postmodernismo.

En vez de lanzarse a la búsqueda un nuevo paradigma capaz de contestar las preguntas acuciantes de hoy, los autores postmodernistas parecen haberse dejado vencer, afirmando que los problemas de hoy son intratables. Es como el niño que ha crecido tanto que sus zapatos viejos aprietan y lastiman sus pies, pero que no puede conseguir otro par más grande, así que opta por andar descalzo. Parecemos haber llegado a una situación similar a la de la oficina de patentes estadounidense, que a mediados del Siglo 19 estaba por cerrar sus puertas, ¡so pretexto de que todo lo que podía ser inventado ya se había patentado!

Se requiere, por tanto, de una nueva variedad de científico social que reconozca la manera como otras ciencias han evolucionado desde que se tomaron prestadas sus teorías, sugerir analogías más acordes con sus nuevos hallazgos, y plantear una nueva cosmovisión que supere el determinismo, reduccionismo, mecanicismo y materialismo de ayer. Con esto no se pretendería producir 'pruebas' científicas, sino que constituiría un medio para fortalecer la deconstrucción de las viejas teorías sociales y abrir las mentes hacia nuevas posibilidades.

El siguiente paso será el de construir nuevas teorías sociales que reemplacen a las viejas. Esto no es tan fácil como podría parecer, ya que las teorías no son establecidas mediante la deducción, para la cual existen procedimientos ampliamente aceptados, sino por medio de la inducción, para la cual no existen reglas fijas. De hecho, a lo largo de la historia de la ciencia, las teorías en su mayoría fueron sugeridas inicialmente por procesos intuitivos (el “Principio ¡Eureka!”) y desarrolladas metódicamente después. El tipo de teoría que se llega a establecer tiene más que ver con los filtros y prejuicios del teórico, que con la clase de objetividad asociada por lo general con la ciencia. Esto significa que, si se ha de renovar las ciencias sociales, será necesario adquirir la capacidad para percibir a la sociedad a través de nuevos filtros, muy distintos a los que adquirimos al estudiar las ciencias sociales.

 

D. Esencialización

Un aspecto de dicho trabajo es la desesencialización del ser humano y de su sociedad. Tradicionalmente existen dos tendencias opuestas: el esencialismo y el existencialismo. El esencialismo en general afirma que ciertas características se aplican a todos los miembros de un conjunto, independiente de su contexto. Estos rasgos son permanentes, inalterables y eternos, aunque no se hayan manifestado aún por falta de desarrollo o de oportunidad para expresarse. La esencialización del hombre le atribuye un conjunto de características o propiedades que todo ser humano debe necesariamente poseer. Explica su comportamiento refiriéndose a una ‘esencia’ o ‘naturaleza’ humana y su conformación biológica, psicológica, social o histórica. Tal podría considerarse el caso del humanismo, el ambientalismo o culturalismo, el determinismo genético y la sociobiología, por ejemplo.

El existencialismo, en cambio, sostiene que los seres humanos somos capaces de elegir, que somos responsables de nuestros actos, y que el culpar una ‘esencia’ o ‘naturaleza’ por nuestros errores es un pretexto utilizado para evadir sentimientos de culpa y la necesidad de cambiar. Pensadores existencialistas modernos como Marx, Nietzsche y Sartre critican el esencialismo, diciendo que limita sus posibilidades de decisión y cambio. Proponen la desesencialización del hombre, y el reconocimiento de que es capaz de escoger entre diferentes respuestas conductuales. Esta libertad para decidir como actuar, también abre la posibilidad de generar el mundo que deseamos.

Tradicionalmente, la cultura del agonismo se ha basado en el esencialismo, pues ha definido la naturaleza humana en términos de falta de control sobre su propia vida, decisiones y conducta, por ser éstas determinadas ya sea por fuerzas sobrenaturales o por una supuesta herencia animal. Incluso, Carl Schmitt va al extremo de aseverar que “toda teoría genuinamente política presupone que la maldad del hombre”.4 No obstante, cuando algún autor ha sugerido que existen pueblos donde no predominan estos supuestos, se le ha acusado de la esencialización de ese grupo. Si hemos de ser consecuentes, no se puede esencializar en el hombre ni lo uno ni lo otro, sino aceptar que conviven en todos nosotros ambos aspectos.

El paradigma del mutualismo tampoco puede esencializar al hombre en términos de absoluto control sobre su vida o destino y de pura bondad. Más bien requiere ver al ser humano como capaz y responsable de decidir si comportarse de manera avaro o generoso, agresivo o tierno, conflictivo o colaborador en cada situación. Este concepto liberará a la humanidad de las cadenas del determinismo.

Simone de Beauvoir opinó que el ser humano es “l’etre dont l’etre est de n’etre pas”, el ser cuya esencia consiste en no tener ninguna esencia. Otra alternativa es el concepto de Bahá’u’lláh, según el cual el ser humano posee una doble naturaleza, una material y otra espiritual, capaz de gran avaricia y también de gran generosidad, de enorme odio pero también de enorme amor, etc. Podemos decidir a cada paso si responder y desarrollar lo uno o lo otro, en lo cual la educación que recibe la persona influye fuertemente.

Se espera que el lector se lleve de este estudio un entendimiento de las maneras como las teorías y creencias tratadas aquí detraen del trabajo a favor del cambio sociocultural que tan desesperadamente necesita el mundo, y que quede listo para explorar nuevos marcos conceptuales capaces de superar los efectos inhabilitantes de los viejos. Por citar a Elisabet Sahtouris,

Muchos creen que los problemas actuales de la humanidad jamás serán resueltos, que han crecido demasiado como para admitir alguna solución, o que aun si pudiéramos remediarlos temporalmente, la naturaleza humana en sí no puede cambiar, por lo que caeríamos en los mismos enredos de nuevo. Esta actitud pesimista respecto a nuestra especie refleja la manera como nos sentimos los individuos al estar deprimidos, cuando nuestros problemas parecen insuperables.

El pesimismo desesperanzado proviene a menudo de una falta de perspectiva. Cuando vemos los asuntos con una mira estrecha – desde adentro de un embrollo – puede parecernos irremediable. Pero si logramos ampliar nuestra visión de ese “pozo negro” y de nuestra situación dentro de él, podemos comenzar a visualizar una salida.

¿Qué podría ser más interesante, más emocionante, que vivir en aquella misma época en que nosotros como especie tenemos la posibilidad de madurar y de resolver los problemas de adolescente que hemos causado para nosotros mismos y los demás?5

 

Preguntas de Estudio:

Después de leer el texto, responder la siguientes preguntas en sus propias palabras:

• ¿Cómo se forman los modelos mentales?

• ¿De qué manera nos afectan?

• ¿Cómo se pueden cambiar?

• ¿Qué son los préstamos epistemológicos y por qué resultan problemáticos?

• ¿Qué significa la ‘esencialización’ y por qué constituye un problema?

 


Referencias:

1. Casa Universal de Justicia, “La Promesa de Paz Mundial”, Octubre 1985. Declaración dirigida “a los pueblos del mundo” con ocasión del Año Internacional de la Paz (1986).

2. Ross, Marc Howard. Comunicación personal con el autor del presente trabajo, el 25 de enero del 2009.

3. Douglas McGregor, citado por Fred Luthans en Organizational Behavior. Nueva York: McGraw Hill, 1977, p. 20.

4. Schmitt, Carl. The Concept of the Political. Chicago: Chicago University Press, 1996, p. 61.

5. Elisabet Sahtouris, Gaia: The Human Journey From Chaos to Cosmos. Nueva York: Pocket Books, 1989, pp. 207-208.

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