Viernes, 02 Julio 2010 18:52

G. El hombre como ser espiritual

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En las secciones anteriores vimos varios conceptos de la naturaleza humana basados en el supuesto del hombre como animal racional, y por tanto limitado al mundo material. Comenzamos la presente sección analizando críticamente este supuesto. Después conoceremos brevemente algunas concepciones del ser humano como ser espiritual, las cuales se pueden agrupar bajo tres perspectivas generales del hombre: su maldad (o pecaminosidad) innata, su bondad inherente y su doble naturaleza.

 

A. El Hombre como Animal Racional

En la mayoría de sociedades occidentales, prevalece un modelo mental del ser humano como animal racional. Algunos de sus defensores recalcan aquello que compartimos con los animales, mientras que otros enfatizan la racionalidad como característica humana distintiva. Sin importar desde qué lado se le mira, sin embargo, son las implicaciones de este concepto para la interpretación del comportamiento humano lo que más interesa en el presente análisis.

Muchos suponen que, siendo el hombre un animal racional, las mismas explicaciones científicas del comportamiento animal podrían trasladarse sin más al entendimiento del comportamiento humano. Se trata de una suerte de “atajo epistemológico” que, de ser justificado, podría facilitarle grandemente el trabajo a las ciencias sociales. Sin embargo, si no resultara legítimo, como se espera demostrar en esta y las siguientes secciones, entonces podría llevar a graves errores con consecuencias perniciosas, tanto para la ciencia teórica como para su aplicación al ordenamiento de la sociedad.

1. Orígenes del concepto

El término ‘animal racional’ fue acuñado por Aristóteles para ilustrar la estructura de las definiciones y la manera como éstas revelan la 'naturaleza esencial' de los fenómenos. Su definición del ser humano lo ubicaba dentro del género de los animales, pero diferenciado por su capacidad de raciocinio. Posteriormente, Descartes considera la idea en su segunda “Meditación Metafísica” [1641 ] cuando pregunta “¿Qué soy?” y luego la rechaza diciendo: “¿Diré que soy un ‘animal racional’? No, pues entonces tendría que preguntar qué es un animal y qué es la racionalidad, y estas preguntas sencillas me conducirían hasta otras más difíciles”.1

Con la popularización del concepto del ser humano como animal racional, fueron justamente estas preguntas más difíciles las que lo convirtieron en uno de los modelos mentales que más ha sostenido el mito del agonismo como condición natural del hombre. Según una de las versiones de la teoría evolucionista, el ser humano desciende del mono y éste de otros animales inferiores. Se les asigna a los animales atributos como agresión, avaricia y lucha, motivado únicamente por fines inmediatos, egoístas y materiales. Por tanto, se concluye que el ser humano lleva en su sangre estas mismas características heredadas de sus antepasados animales. La única diferencia sería que, siendo ‘más inteligente’, el ser humano ha podido elevar su agonismo a un nuevo nivel de agresión organizada y sistemática, permitiéndole alcanzar la supremacía sobre los demás animales.

2. Por qué resulta problemático

Un efecto negativo de este concepto del hombre como animal racional, es que no solamente esencializa en el ser humano las características agónicas atribuidas comúnmente a los animales, sino que además las encarna en las estructuras de la sociedad y las eleva al rango de institución. Por tanto, a menudo esto se emplea como justificación para la guerra: ya que los animales pelean, es 'natural' que el animal racional también lo haga.

Además, esta concepción del hombre es problemática por que constituye un reduccionismo soslayado. Al llamarle ‘animal racional’, primero lo coloca en el nivel epistemológico inmediato inferior y después trata el rasgo esencial que lo diferencia de ese nivel como si fuera algo secundario, no más importante que cualquier rasgo corporal. Es como si se dijera que el animal es un vegetal con cinco sentidos, o que la planta es un mineral que se reproduce.

Esto en sí no sería del todo erróneo; el problema es su implicación reduccionista que minimiza la enorme importancia de ese rasgo fundamental y singular. Aquello que diferencia al ser humano del animal, a éste de la planta y a ésta del mineral, son aspectos cualitativos, no meramente cuantitativos. La vida de la planta, los sentidos del animal y el raciocinio del ser humano son fenómenos de orden totalmente distinto, infinitamente más importantes para su análisis diferenciado que aquello que cada uno tiene en común con los demás.

Sin embargo, por el momento suspenderemos el juicio respecto a la validez del análisis del hombre en cuanto animal racional y conoceremos algunas de las teorías desarrollas bajo este enfoque, los desaciertos a los cuales han llevado y algunas concepciones alternativas.

 

B. Depravación Innata

Según una concepción que ha tenido especial acogida entre las sociedades occidentales, el ser humano es inherentemente depravado, o ‘malo’. Son varias las explicaciones que se suelen dar para apoyar esta perspectiva. Unos lo ven como un ángel caído, que debe esforzarse por volver a su condición original en el cielo. Otros consideran que ha heredado una transgresión cometida por los antepasados comunes de toda la humanidad.2 Otros más creen que por motivos históricos, Dios ha permitido a un ‘diablo’ reinar en el mundo humano durante cierto tiempo. Finalmente hay quienes, observando la situación del mundo, concluyen que hay alguna falencia en el alma humana que nos impulsa hacia la maldad.3 Por ejemplo, en Romanos 7:18-24 leemos:

"Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”

Estas nociones, aunque de diversa índole y origen, tienen algunos efectos positivos en común. Llevan al reconocimiento de que todo ser humano posee el potencial para cometer actos que obran en contra de su bienestar propio y el de los demás. Esto puede generar en las personas la humildad necesaria para admitir su propia debilidad, imperfección y necesidad del apoyo de otros, o de Dios. También puede dar lugar a una actitud saludable de tolerancia, comprensión y compasión ante las falencias de los demás.

Sin embargo, el considerar al espíritu humano como malo por naturaleza, también puede acarrear algunos resultados indeseables. Por ejemplo, ha hecho de que algunos esfuerzos por mejorar la condición humana se centren más en atacar lo malo que en cultivar lo bueno. Numerosas investigaciones han demostrado que este tipo de enfoque surte el efecto contrario, al reforzar más bien el mal que se busca erradicar. Por otra parte, se ha visto que a menudo la creencia en nuestra maldad inherente se emplea como justificación para no esforzarnos por mejorar, so pretexto de que somos ‘sólo humanos’, o que “el diablo me obligó a hacerlo”. Finalmente, esta forma de pensar no favorece el desarrollo de una autoimagen positiva, tan importante para el fortalecimiento de una personalidad sana.

Este modelo mental de la realidad humana, que comprende una versión secular y otra religiosa, enfatiza en el hombre sus defectos, limitaciones, tendencia a equivocarse y supuesta incorregibilidad. En la sociedad secular, “es sólo humano” es una frase empleada a menudo para disculpar las falencias de alguien, a la vez afirmando las limitaciones de la naturaleza humana. Esto puede resultar en la compasión ante los errores ajenos, pero no ofrece ninguna motivación para superar las debilidades y hacer un esfuerzo por mejorar.

 

C. La Bondad Inherente

Una segunda concepción, común entre las culturas orientales, es que el ser humano es esencialmente bueno. Dentro de esta categoría también existe una amplia gama de ideas. Algunos afirman simplemente que por definición Dios es bueno y que por tanto su creación debe necesariamente ser buena, por lo que el hombre no puede ser malo.4 Otros consideran al espíritu humano como bueno en potencia, pero en necesidad de desarrollo. Finalmente, hay quienes creen que el hombre puede evolucionar espiritualmente hasta llegar a ser Dios, o que ya es parte de Dios, entendido éste como la suma de todo lo existente. Para explicar la existencia del mal en el mundo humano, se suele responder que aunque somos creados buenos, la sociedad nos corrompe.5

Estas nociones también comparten ciertas implicaciones positivas. Llevan a la aceptación de que todo ser humano posee el potencial para actuar de manera moral, en una forma que beneficie a la totalidad. Tienen el efecto de promover una autoimagen positiva, lo cual favorece el desarrollo de un carácter saludable. También centran la atención de cada uno en la semilla de bondad que yace en los demás, lo cual fomenta el desarrollo de esas características deseables. Finalmente, tiende a aumentar la eficacia de los esfuerzos por mejorar la condición humana, concentrando los esfuerzos más en estimular las cualidades positivas que en atacar los defectos.

Sin embargo, la concepción de la bondad inherente del ser humano también puede inducir al error. Por ejemplo, algunos pedagogos convencidos de esta filosofía han creído que se debe dejar que la bondad inherente en los niños aflore ‘naturalmente’ sin la intervención de los adultos. Sin embargo, la mayoría de personas precisamos de ayuda para encausar y disciplinar nuestros talentos y cualidades, así como para desalentar cualquier actitud o comportamiento negativo. Además, pasando a una escala más amplia, estos supuestos pueden llevar a las personas a no oponer resistencia a los males de la sociedad, pensando que la bondad inherente en el hombre hará que se resuelvan por sí solos con el tiempo.

 

D. Un Enfoque Alternativo

Como en tantos aspectos de la vida, cuando existen dos planteamientos opuestos, a menudo la realidad no se encuentra en ninguno de los dos extremos, sino en el reconocimiento de su complementariedad. En el caso que nos ocupa, una tercera concepción del ser humano, que cobra cada vez más aceptación tanto en occidente como en oriente, es que el ser humano posee una ‘doble naturaleza’. Frente a las limitaciones implícitas en las concepciones respecto a la maldad innata del hombre versus su bondad inherente, este enfoque más equilibrado conserva los beneficios de ambos modelos a la vez que obvia sus efectos negativos.

Por una parte, se acepta que el alma humana posee en forma latente o potencial todas las hermosas cualidades que se atribuyen a Dios, como amor y sabiduría, justicia y misericordia, poder y ternura, etc. Este aspecto del ser humano – que podríamos llamar su naturaleza superior o esencia noble – explicaría la afirmación de que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Es como decir que Dios ha sembrado en el espíritu humano la semilla de todos sus maravillosos atributos.

Por otra parte, se reconoce que los humanos también poseemos un lado oscuro que nos induce hacia actitudes egoístas y comportamientos dañinos. Este aspecto de nuestro ser, que se podría denominar la naturaleza baja o inferior, es el que nos arrastra hacia el odio y divisionismo, la opresión e injusticia, la perversidad y corrupción. El alma, como un espejo, puede reflejar los vicios de una naturaleza inferior, o tornarse hacia arriba y llegar a ser un reflejo cada vez más fiel de las cualidades divinas.

Estos dos aspectos del ser humano se encuentran en constante lucha entre sí, tema de muchas obras escritas y dramáticas. Es como si nuestra naturaleza superior o nobleza esencial fuera la motivación y energía que nos impulsan a escalar una alta y empinada montaña, mientras que nuestra naturaleza inferior sería la gravedad y el cansancio que nos halan hacia abajo y frenan nuestro avance.

Decíamos que los conceptos de la maldad innata y bondad inherente del ser humano no suelen llevar al cultivo intencional de lo bueno, porque en respuesta al uno se ataca lo malo y bajo el otro se espera a que aflore naturalmente la bondad. La comprensión de la doble naturaleza del ser humano, en cambio, exige cultivar lo bueno, ya que sin luz sólo queda oscuridad. Así como se prende una lámpara para iluminar las tinieblas, el cultivo de la virtud suplanta el vicio.

Si poseemos en potencia todas las cualidades celestiales, entonces nuestro verdadero destino consiste en desarrollar aquellos atributos que yacen latentes en nuestro ser, así como el destino de una semilla es llegar a ser un árbol grande, lleno de hojas, flores y frutas. Sabemos que la semilla debe ser sembrada cuidadosamente y cultivada con paciencia si ha de manifestar todo su potencial y así cumplir con su destino inherente. De modo similar, hace falta esfuerzo para sacar a la luz aquellas cualidades que yacen ocultas en el alma humana.

El reconocer la existencia de estos atributos en el ser humano es un primer paso, pero si esperamos a que surjan por sí solas, lo más probable es que se sequen por falta de riego y sean reemplazadas por malezas. La elección es nuestra.

 

Preguntas de Estudio:

Después de leer el texto, responda a las siguientes preguntas en sus propias palabras:

  • Describir la creencia en que los seres humanos somos malos o pecadores por naturaleza.
  • ¿Cuáles son algunas de sus consecuencias positivas o negativas?
  • Describir la creencia en que los seres humanos somos inherentemente buenos.
  • ¿Cuáles son algunas de sus consecuencias positivas o negativas?
  • ¿Existe un enfoque alternativo? Favor describirlo.
  • ¿Cuáles podrían ser algunas de sus posibles consecuencias?

 


Notas:

1. Descartes, René, “Meditaciones Metafísicas en las que la existencia de Dios y la distinción real entre la mente y el cuerpo son demostradas”, 1641, Meditación segunda: sobre la naturaleza del alma humana y del hecho de que es más cognoscible que el cuerpo.

2. Véase la doctrina del pecado original: la naturaleza innatamente depravada de la humanidad debido a la caída primordial de Adán y Eva, lo cual requirió la gracia de Dios para la salvación.

3. Como ejemplo de la cristiandad, el Jansenismo de los siglos XVII-XVIII, constituía una concepción pesimista de la naturaleza humana y su libertad, la cual enfatizaba el daño causado a la naturaleza del hombre por el pecado original y el poder de la concupiscencia, y exaltaba la gracia redentora de Cristo como único medio para recuperar la libertad.

4. Para conocer un ejemplo de la cristiandad, véase el Pelagianismo del siglo V, el cual rechazó la doctrina del pecado original y enfatizó la bondad esencia de la naturaleza humana y la libertad de la voluntad humana para escoger entre el bien y el mal, y que el pecado es un acto voluntario cometido por una persona contra la voluntad de Dios.

5. Véase Rousseau y Pestalozzi.

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