Martes, 27 Julio 2010 21:07

C. Transformación socioestructural

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Hemos visto cómo modificar los modelos mentales, que corresponden a la dimensión psicocultural. Hay quienes han creído que esto sería suficiente para cambiar el mundo. No obstante, el cambio deseado no se logrará si simultáneamente no se transforman las estructuras de la sociedad. Si bien es cierto que no se puede construir una casa de oro con ladrillos de plomo, no es menos cierto que una pila de ladrillos de oro no constituye una casa. Ni siquiera si todos individuos del mundo mudasen sus modelos mentales, esto no tendría el efecto anhelado sin trocar las configuraciones socioestructurales.

 

“Cada individuo tiene la responsabilidad universal de formar instituciones que sirvan a los intereses de la humanidad”.

(El Dalai Lama)

 

Por otra parte, se habla mucho de la necesidad de traducir los pensamientos en acción. En realidad, esto sólo constituye un desafío al inicio, mientras se realizan esfuerzos por desechar viejos modelos mentales y formular nuevos marcos conceptuales. Pero una vez que éstos últimos hayan calado profundamente en nuestro inconsciente a través de su práctica, es difícil lograr que una persona NO actúe según como piensa, más aún si los nuevos marcos conceptuales se plasman en nuestras prácticas colectivas, normativas fijas, instituciones formales y demás estructuras sociales.

 

A. Análisis institucional

Un buen punto de partida para el gestor de cambio que busca efectuar transformaciones socioestructurales, es el de facilitar un proceso de análisis de las instituciones actuales y los supuestos sobre los cuales descansan, a fin de identificar sus elementos agónicos por un lado y rescatar sus aspectos mutualistas por otro. Entre los modelos mentales más fundamentales que habrá que analizar y modificar en el transcurso de estos análisis, están los conceptos del poder sobre y contra versus el poder para y con, que estudiamos en una anterior sección.

Algunas de las principales estructuras sociales cuyos elementos se podrían analizar son:

  • el sistema económico con sus relaciones de producción y consumo, la operación de sus mercados y la explotación de la tierra;
  • el sistema político con sus pugnas de poder, partidismo, gobierno / oposición y contiendas electorales;
  • el sistema legal con la formulación y aplicación de las leyes y la operación de la estructura judicial;
  • el rol y las operaciones del sistema de defensa y seguridad nacional;
  • las instituciones y enfoques de los sistemas educativo y de salud;
  • el papel de los medios de comunicación masiva y sus prácticas comunes;
  • las relaciones al interior de los movimientos sociales y con el status quo;
  • las configuraciones normativas de los juegos y deportes;
  • las relaciones sociales;
  • la discursividad colectiva; y
  • el sectarismo religioso.

Siguiendo un enfoque histórico, sería útil conocer el génesis, desarrollo y desenlace de estas prácticas y estructuras sociales. ¿Cómo evolucionaron sus elementos, en respuesta a qué necesidades y en base a qué modelos mentales? ¿Por qué y de qué manera son perpetuados hoy en día, qué ventajas y desventajas presentan en la actualidad y cómo sería la situación ideal o deseada? ¿Con qué elementos alternativos podrían ser reemplazados a corto, mediano y largo plazo, de qué maneras tendrían que cambiar nuestros modelos mentales para que funcionen dichas alternativas, y qué impacto tendría esta alteración en la vida institucional y la sociedad en general? Para responder a ésta última pregunta, el gestor de cambio sociocultural querrá investigar las experiencias habidas en otros lugares y los aprendizajes obtenidos.

 

B. Los laboratorios sociales

La transformación de las actuales instituciones agónicas en estructuras sociales basadas en la cooperación y el mutualismo, requiere del cultivo de una actitud de aprendizaje. Hemos sido acostumbrados a repetir las fórmulas heredadas del pasado como si fueran recetas que se pueden simplemente copiar y aplicar a distintas situaciones con un mínimo de ajustes. Sin embargo, la construcción de una cultura de paz requiere de la generación de nuevas configuraciones con poco o nada de comprobación en la práctica. Por tanto, no hay recetas a seguir, sino que nos vemos obligados a experimentar con nuevas opciones en forma de proyectos piloto y mediante métodos de ‘ensayo y error’.

Podemos considerar a estos proyectos como ‘laboratorios sociales’ de los cuales aprender, algunos ya en proceso y otros a ser iniciados desde cero. La gente suele resistirse a la idea de ‘experimentar’ cuando se trata de la vida sociopolítica y económica de los pueblos. No obstante, cada una de las prácticas e instituciones vigentes hoy en día fue en algún momento un experimento que, habiendo dado los resultados deseados, fue replicado y perfeccionado de pueblo en pueblo y de una generación a otra. Lo único que cambia es los supuestos compartidos que subyacen en los unos y los otros, supuestos que –como profecías que imponen su propio cumplimiento– determinan la factibilidad o improbabilidad de una u otra propuesta, lo cual dificulta su estudio científico. Dice Karlberg (2004:185):

…es difícil verificar empíricamente cuál de estas perspectivas es la más válida. Más bien nos encontramos ante dos conjuntos supuestos contradictorios respecto a la naturaleza humana y la cultura, ambos de difícil comprobación… [S]in embargo, …como mínimo serviría a nuestros intereses colectivos más amplios el reexaminar críticamente los supuestos prevalecientes y comenzar a ensayar de modo más sistemático con estructuras y prácticas sociales no agónicas.

A fin de que un ‘laboratorio social’ sea aceptable y de utilidad para el aprendizaje, debe cumplir con tres requisitos. En primer lugar, debe ser voluntaria la participación en la experiencia. No se puede obligar a las personas a participar en un experimento con el cual no están de acuerdo. En segundo lugar, debe ser respetada por todos como oportunidad de aprendizaje. Si existen fuerzas internas o externas que buscan obstaculizar el proceso, nunca se sabrá si su fracaso se debió a ese entorpecimiento, o por no que no era buena idea desde un inicio. En tercer lugar, debe ser estudiado objetivamente por investigadores imparciales que buscan aprender, tanto de sus errores como de sus aciertos, sin caer en la tentación de satanizar sus defectos ni exagerar sus virtudes por motivos ideológicos. De nada sirve la clase de crítica indiscriminada que ha caracterizado a algunos abordamientos agónicos, si no ayudan a aprender lecciones valiosas sobre lo que funciona, lo que no funciona y por qué.

Antes de diseñar nuevas experiencias, se recomienda investigar los referentes existentes, conocer los enfoques ensayados, los supuestos subyacentes y sus resultados y aprendizajes. Algunos de los referentes disponibles actualmente para su análisis son:

  • aquellas culturas preindustriales que más se caracterizan por una cultura de paz;
  • los aspectos mutualistas de algunas de las naciones modernas;
  • las comunidades intencionales creadas con el propósito de ensayar nuevas alternativas sociales;
  • los mecanismos novedosos que ofrecen alternativas al agonismo institucionalizado;
  • aquellos movimientos sociales que enfatizan el vivir la alternativa hoy;
  • las subculturas de paz que coexisten con la cultura dominante;
  • los grandes personajes icónicos que revelan el verdadero potencial de la raza humana; y
  • el fenómeno masivo del heroísmo anónimo cotidiano, entre otros.

Después de haber analizado los aprendizajes resultantes de estos diferentes tipos de referentes ya existentes, el gestor de cambio sociocultural estará en capacidad de generar nuevas experiencias de aprendizaje o ‘laboratorios sociales’. Se recomienda resistir la tentación a comenzar con algo grande y complejo al principio, pues el riesgo del fracaso sería mucho mayor que cuando se empieza con algo pequeño y sencillo que podrá crecer poco a poco en base a la experiencia y el aprendizaje. Es importante garantizar el éxito para mantener los ánimos y el entusiasmo, especialmente durante las etapas iniciales.

En este proceso, bien se podría aprovechar el ciclo del aprendizaje, tomando los siguientes pasos conjuntamente con todos los participantes:

  1. reflexión sobre las vivencias habidas con el viejo sistema agónico y experiencias tenidas con alguna alternativa, para abstraer aprendizajes;
  2. formulación del marco conceptual para el nuevo mecanismo y elaboración de un plan de acción;
  3. aplicación del marco y plan en un ensayo inicial;
  4. generación por este medio de una nueva experiencia de la cual aprender;
  5. repetición del proceso hasta perfeccionar el mecanismo;
  6. inicio de un nuevo ciclo de aprendizaje, agregando un elemento adicional al primer mecanismo desarrollado;
  7. y así sucesivamente.
Ciclo de Aprendizaje

 

C. Importancia de organizarse

En todos estos empeños, se recomienda formar un grupo de apoyo o equipo de trabajo. De este modo se aprovecha la diversidad de ideas, experiencias y habilidades, generando así una sinergia de equipo. También el trabajo conjunto ayuda a mantener un elevado nivel de compromiso y motivación, aún cuando la cosa se pone difícil. Finalmente, la construcción de una cultura de paz implica necesariamente el poder trabajar juntos en un ambiente de confianza, apoyo mutuo, cooperación y amistad. ¿De qué cultura hablo si lo hago solo?

El historiador Toynbee, después de analizar más de una veintena de civilizaciones en todo el mundo, concluyó que un elemento común al surgimiento de todas ellas fue la existencia de una “minoría creativa” caracterizada por la claridad y unidad de visión, propósito y acción. No hay que subestimar su poder para cambiar el mundo. Como ha dicho Margaret Mead: “Nunca duden que un grupo pequeño de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, es la única cosa que lo haya logrado”.

Existe una tendencia generalizada a pensar enseguida en formar una nueva organización cada vez que alguien decide que desea hacer algo nuevo. Como resultado, proliferan las ‘fundaciones’ con uno o dos proyectos, muchos de los cuales se traslapan y duplican esfuerzos. Se aconseja al gestor de cambio sociocultural, al menos en un principio, unirse a una organización ya existente para fortalecer sus líneas de acción actuales o proponer otras nuevas. De este modo se ahorra tiempo, esfuerzo y energías que estarían mejor expendidos en el trabajo mismo del cambio sociocultural. Una vez agotado este recurso, si la experiencia dicta la necesidad de una nueva organización, será más acertada su formación.

 

D. Problema con la protesta social

El Problema: Es cierto que debemos tener la mente abierta, ¡pero no tan abierta que se nos caigan los sesos! Si las alternativas elegidas no son las apropiadas, podríamos acabar perpetuando la cultura del agonismo sin darnos cuenta siquiera de ello. Al hablar del cambio sociocultural, mucha gente piensa en métodos de protesta social como manifestaciones, paros, lucha política, litigios, desobediencia civil, etc. Sin embargo, estos métodos corresponden a la misma cultura agónica que generó los problemas desde un inicio. Se atribuye a Albert Einstein la frase: "No se puede corregir un problema con la misma mentalidad que lo creó". Al respecto, Karlberg (2004:68) dice:

Las estrategias de cambio social basadas en la oposición generan una paradoja para estos movimientos. Por una parte, tales estrategias pueden aparentar ser los únicos medios disponibles para el logro de la reforma social. ¿De qué otra manera puede un activista efectuar el cambio social si no es mediante la organización partidista, el litigio, o 'salir a las calles'? Por otra parte, a menudo estas mismas estrategias adversarias resultan ser auto-limitantes...

Esta paradoja nace a raíz del mito del agonismo, el cual dicta que la lucha es necesaria para el funcionamiento de toda institución social y que la mejor o única forma de corregir los males es mediante la protesta. En base a esta concepción, se ha organizado la administración de los asuntos colectivos de tal manera que aquellos que ostentan el poder intenten gobernar según sus propios intereses, mientras que los demás sectores se opongan a dichos esfuerzos por todos los medios posibles, incluyendo la protesta social.

Sin embargo, la construcción de una cultura de paz exige que vivamos hoy el cambio que queremos lograr para mañana, que nuestras acciones actuales reflejen esa nueva cultura. Esto no significa negar el rol que pueda desempeñar la lucha en casos excepcionales. Sin embargo, hoy en día la protesta social constituye una estrategia normal y rutinaria, la cual sólo sirve para profundizar la cultura agónica. Como acota Karlberg (2004:69), "…la normalización de las estrategias adversarias suponen un elevado precio que a menudo se pasa por alto; y la dependencia rutinaria en tales estrategias puede no constituir el enfoque más eficaz para lograr el cambio social en el largo plazo". ¿Cuáles son algunos de estos costos?

En primer lugar cuando se percibe al mundo desde una perspectiva divisionista y conflictiva, no hay nada que impida que lo sigamos dividiendo en particularidades cada vez más pequeñas. Por ejemplo, paralelamente con la lucha entre derecha e izquierda, ésta última ha venido atomizándose cada vez más a lo largo de los últimos 100 años.

Al respecto Karlberg (2004:69) aclara que: "En la pauta de luchas interinas y el divisionismo, subyace la tendencia a interpretar cualquier diferencia –de clase, raza, género, perspectiva o enfoque político– como fuente de antagonismo y conflicto". Cita al analista Todd Gitlin, quien afirma que "la política de la diferencia se construye sobre un profundo error filosófico: la insistencia en que las personas son y necesariamente seguirán siendo mutuamente incomprensibles y que aquello que divide a la gente debe acabar con aquello que la une". Tal división interna no serviría bien al movimiento por una cultura de paz, el cual debe buscar precisamente la unidad, no sólo al interior del movimiento, sino en la sociedad como un todo.

En segundo lugar, los movimientos de protesta social suelen ser cooptados por medios de comunicación masiva, los cuales se alimentan de la cultura del agonismo. Con demasiada frecuencia perciben a las luchas sociales como meros espectáculos que sirven para engordar sus ‘ratings’. Para ello tienden a simplificar y trivializar el mensaje original, aumentando así la dicotomización de los problemas tratados, alienando a quienes de otro modo podrían tener simpatía por la causa del movimiento, y legitimando a las estructuras agónicas de los medios comerciales, en las cuales lo alternativo siempre estará en desventaja. Como dice Karlberg (2004:73),

...en su mayoría, los grupos de incidencia se ven obligados a participar de tácticas extremas y confrontacionales si han de tener una voz en los medios masivos comerciales. Al convertirse en materia prima para la fabricación de espectáculos adversariales, estos grupos acaban simplificando y distorsionando sus mensajes, lo cual a su vez simplifica y distorsiona la percepción del público ante los problemas que pretenden resolver. El empaquetado de la abogacía social como espectáculo adversario, por ende, socava la capacidad de tales grupos para tratar los problemas más complejos y sutiles.

En tercer lugar, aunque se suele promover la protesta social como antihegemónica, en realidad es seguirle el mismo juego hegemónico de la pugna en el que siempre dominarán los ganadores tradicionales. El pretender entrar en competencia directa con las fuerzas del status quo implica participar como jugador minoritario en la misma cancha que los grandes poderes político, legal y económico, y seguir sus mismas reglas de juego. Como advierte Karlberg (2004:70), "...cuando el activista social emplea métodos agónicos, ...legitima los códigos de agonismo que subyacen en las mismas estructuras sociales injustas e insostenibles a las cuales pretende reformar".

El aceptar sus reglas del juego no sólo traiciona los principios fundacionales de una cultura de paz, sino que además significa estar en permanente desventaja. Se podrán ganar algunas batallas, pero se seguirá perdiendo la guerra en sí mientras se ciñe a la lógica del sistema agónico. Y esto es justamente lo que exige la hegemonía del agonismo: que todos entremos al mismo juego, para que los jugadores más fuertes puedan seguir ganando de acuerdo con sus propias reglas. Un gestor de cambio sociocultural más bien busca cambiar esas reglas de tal manera que todos puedan ganar.

Finalmente, la lucha que subyace en la protesta social y los movimientos políticos suele consistir en una pugna por el poder, entendido éste como la posibilidad de gobernar, mandar, tomar decisiones que afectarán a otros, imponer la voluntad propia y servir los propios intereses. Es un poder sobre y contra,1 la clase de poder que corrompe. Karlberg (2004:74) observa que: "Tienden a corromperse las luchas agónicas por el poder como estrategia de cambio social o político. La historia ofrece un sinnúmero de ejemplos de movimientos agónicos que han derrocado a una clase o régimen opresivo sólo para reemplazarlo con otro". Como ya se ha dicho, el verdadero poder no es el que quita, sino el que da; no es el que destruye, sino el que construye; no es el que conquista, sino el que cultiva; no es el que odia, sino el que ama. Es un poder que no corrompe, sino que genera nueva vida en todo lo que toca.

En conclusión, el trabajo por el cambio social, entendido como protesta social y lucha política, no conlleva un verdadero cambio de cultura, sino que acaba sembrando más de lo mismo. Es gravemente limitada su eficacia, e incluso ahonda la raíz del problema, que es la actual cultura del agonismo. "Las estrategias agónicas de cambio social han rayado los límites de su eficacia” dice Karlberg (2004:73-74), quien continúa explicando:

Aun si considerásemos que las estrategias agónicas podrían haber sido necesarias y viables en el pasado, cuando las poblaciones humanas eran menos interdependientes en sentido social y ecológico, tales condiciones han dejado ya de existir. Ahora que nuestro éxito reproductivo y tecnológico como especie ha resultado en condiciones de interdependencia sin precedentes, no queda aislado ningún grupo social en el planeta. Bajo estas nuevas condiciones, se ha tornado no sólo posible sino imperativo el contar con nuevas estrategias.

Entonces el desafío que se le plantea al gestor de cambio sociocultural es hallar maneras de sanar los males producidos por la cultura del agonismo, sin emplear para ello los tradicionales métodos agónicos. Se requiere de enfoques alternativos para lograr el cambio social – ya no movimientos ‘en contra de’, sino ‘a favor de’. Se requiere de gran creatividad, para pensar y actuar ‘fuera de los marcos’. Diversos autores han propuesto una amplia gama de estrategias no agónicas, como la educación y concienciación, el cultivo de nuevos valores y actitudes, y el establecimiento de nuevos modelos de práctica social.

Estos enfoques pueden parecer muy débiles ante la aparente solidez del status quo agónico. Sin embargo, históricamente han sido los principales medios por los que se han logrado reformas sociales relevantes, mientras que los métodos agónicos han consumido ingentes recursos y atraído mucha atención, pero sin ejercer una influencia duradera. Por tanto, no se debe subestimar el poder dinámico de la transformación pacífica para alterar radicalmente los códigos culturales que cimientan las actuales estructuras. Como explica Karlberg (2004:179-80),

Lo único que perpetúa los viejos juegos… es el hecho de que las mayorías consienten a sus reglas. Cuando las alternativas comienzan a producir resultados reconocibles (mayor justicia social y sostenibilidad ecológica) se vuelven causa de atracción para crecientes números de personas (cuyos intereses y valores no son bien servidos por el antiguo juego). Y cuando suficiente gente deja de seguir las viejas reglas y comienza a actuar en base a otras nuevas, esos viejos juegos terminarán, no mediante guerras y protestas, sino por desgaste, defección y abandono. Por ende, la estrategia alternativa, de construcción, atracción y atrición, siendo libre de agonismo, reconcilia los medios del cambio social con sus fines… Pide que reconozcamos la naturaleza hegemónica de los viejos juegos competitivos y adversarios, retiremos nuestro tiempo y energía de ellos, e invirtamos dicho tiempo y energía en la construcción de otros nuevos.

 

 


Notas:

 

1. Se analiza en cierto detalle el concepto del poder sobre y contra, versus el poder para y hacia, en otra sección.

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