Domingo, 19 Julio 2009 00:00

D. ¿La Paz es un Sueño Utópico?

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Hubo una vez una joven pareja que se daban un paseo romántico por una hermosa ribera del río en las afueras de su pueblo, cuando de repente oyeron un quejido lastimero. Escudriñando el agua, vieron con espanto que un niño iba siendo arrastrado por la corriente. Haciendo caso omiso a su propia comodidad y seguridad, zambulleron en el río y arrastraron al niño a la orilla. Mientras cobraban aliento, nuevamente escucharon un llamado desesperado de auxilio desde el río y vieron a una chiquilla luchando por no ahogarse. Y otra vez arriesgaron sus vidas para salir al nado y rescatar a la pequeña. La pareja se echó exhausta en la playa, comentando sobre tan horrible coincidencia, cuando oyeron los gritos de espanto de un tercer víctima desde el río. Haciendo de tripas corazón, enfrentaron la corriente para salvar a este chico.

“Esto es más que una mera coincidencia!” exclamaron al desplomarse, totalmente fatigados, en la orilla. Mirando con curiosidad aguas arriba, vieron a unos escolares cruzando el puente que llevaba a la aldea vecina, y un demente intentando empujarlos por el bordo. La atrocidad de la situación les inyectó de nuevo vigor y corrieron al puente, sometieron al loco y salvaron a los muchachos restantes.

Con frecuencia, como gestores de cambio social nos enfrentamos a un dilema similar. ¿Orientamos nuestras limitadas energías y recursos a la resolución de las numerosas crisis apremiantes de hoy? ¿O intentamos determinar las dinámicas sociales que causan estas crisis y trabajamos por corregirlas? Hemos visto que las actuales estructuras sociales e instituciones son construidas sobre el supuesto de relaciones de tipo ganar-perder, que con el tiempo decaen en relaciones de tipo perder-perder y un consecuente colapso. La resultante proliferación de dilemas sociales hace imperativo “resetear todos los viejos modelos, enfoques y estructuras de la sociedad, o arriesgar la parálisis o el colapso”.[1]

También hemos visto que las acciones por promover una cultura de paz procuran cubrir la brecha entre la carrera armamentista, en un extremo, y el logro de la paz interior, en el otro, tratando asuntos como educación para la paz, desarrollo sostenible, respeto por los derechos humanos, igualdad entre mujeres y hombres, participación democrática, tolerancia y solidaridad, libre flujo de información, y seguridad internacional. Vimos que todo esto exige profundas transformaciones, no sólo en la forma de pensar, actuar e interactuar de los individuos, sino también en las mismas estructuras de nuestra sociedad y organización internacional.

Sin embargo, vimos además que mucha gente todavía duda si es posible lograr esta cultura de paz, debido al supuesto de que el ser humano sea inherentemente competitivo y conflictivo, egoísta y mezquino, agresivo y violento por naturaleza. Finalmente, vimos un breve resumen de algunos de las investigaciones que sugieren que no existe nada en nuestra naturaleza esencial como seres humanos que podría impedir la posibilidad de una cultura de paz, sino todo lo contrario: que estamos perfectamente dotados con todas los talentos y facultades necesarios para alcanzar este noble objetivo.

Al hablar de los cambios sociales necesarios para construir una cultura de paz y las evidencias científicas de que somos humanamente capaces de alcanzarlos, nunca falta quien responda que son utopías, castillos en el aire, sueños imposibles. Estamos tan acostumbrados a la cosmovisión trágica y desesperada que nos transmiten los medios de comunicación todos los días, que tendemos a rechazar automáticamente toda insinuación de que la situación podría ser muy diferente. En el mejor de los casos, nos permitimos aceptar la aplicación de metodologías comprobadas a la resolución de problemas específicos, pero aún así dudamos que sean muy exitosas. A las propuestas de ir más allá de las respuestas inmediatas a situaciones presentes, para construir algo nuevo y diferente, se responde a menudo con incredulidad o incluso desprecio.

Esta tendencia es manejada en el mundo de los negocios trazando una distinción entre la gestión centrada en los problemas y la gestión centrada en los objetivos. Como sugiere el nombre, la gestión centrada en los problemas consiste en reaccionar ante problemas existentes. Su agenda se establece priorizando las problemáticas a ser abordadas, estudiando sus dinámicas subyacentes y diseñando medidas para resolverlas. Es un enfoque retrógrado, en el sentido de que se centra en eventos ya ocurridos en el pasado. Obviamente, se trata de una tarea necesaria que no puede ni debe ser descuidada. Sin embargo, ninguna empresa ha llegado a ser líder en el mercado meramente ‘apagando incendio’ (a menos que estuviera en ese negocio, desde luego). Aplicando este mismo principio al nivel internacional, es evidente que jamás podremos construir el mundo que esperamos mediante medidas reactivas, como la tan sonada resolución de conflictos, por más imperativas que sean. La marea creciente de conflictos que exigen resolución, bien podría ser resultado de no haber atendido los cambios de más largo alcance que podrían prevenir que se produzcan en primera instancia.

Lo que se necesita para abrir nuevos caminos en cualquier campo de empeño es la gestión centrada en objetivos, un enfoque proactivo, orientada hacia el futuro. Su agenda se fija trazando una visión compartida de un futuro deseado, diseñando estrategias para el logro de esa visión y realizando gestiones eficaces para convertirla en realidad. No es una idea nueva, sino que en realidad es mucho más común de lo que uno podría imaginar. Antes de construir, un arquitecto prepara dibujos y modelos para mostrar a un cliente o ingeniero lo que tiene en mente. Los actores repasan mentalmente su actuación antes de subir al escenario. Los atletas visualizan sus movimientos antes de entrar a la cancha. La empresa exitosa forja una visión compartida con el que todo su personal pueda comprometerse.

Como gestores de cambio sociocultural, debemos tener una clara imagen mental del tipo de mundo que intentamos construir, para que guíe nuestras intervenciones. Con frecuencia, este cuadro mental ha tomado la forma de una Utopía, definida no como una situación imposible, sino más bien como una representación literaria o gráfica de un mundo ideal. Tradicionalmente, este recurso ha sido utilizado no sólo como catarsis o escape temporal, sino también para fomentar un sentido de identidad, propósito e inspiración, para criticar la sociedad contemporánea o ilustrar propuestas de cambio social, como método de capacitación mediante el uso de ‘laboratorios’ sociales, e incluso para explorar hipótesis filosóficas.

Hasta fines del Siglo XIX, en el mundo occidental se creía en el valor de las Utopías, en la posibilidad de un futuro mejor, en la tendencia ascendente inexorable de la evolución sociopolítica, y en la perfectibilidad del ser humano. Después llegó el Siglo XX, con las atrocidades de dos guerras mundiales y otros conflictos armados, los excesos de crueles dictaduras, varios holocaustos, genocidios y muertes masivas debido a faltas de acción y omisión, series de crisis, recesiones y depresiones económicas, y demás horrores, muchos de los cuales originaron y/o golpearon en el corazón mismo de un continente que antes se había considerado a si mismo el arquetipo de la civilización y evolución.

Repentinamente, la utopofilia – nuestro amorío con las visiones de un mundo mejor – se convirtió en utopofobia: un rechazo categórico a toda propuesta de justicia, unidad y paz mundiales, y un escepticismo total respecto al potencial humano para lograr tales objetivos. Las ‘Utopías’ ya no constituían visiones inspiradoras y motivantes, sino más bien sueños imposibles, castillos en el aire, delirios de optimismo. La nueva visión del futuro era la tenebrosa distopía, la entropía social, el descalabro en todo asunto humano: el colapso económico, el desastre ecológico, el holocausto nuclear, en suma el Apocalipsis, el fin del mundo.

Esto constituyó un grave revés en nuestra capacidad para formar una visión positiva del mundo y trabajar hacia esa visión. Es uno de los mayores obstáculos que actualmente nos impiden responder a las necesidades apremiantes de la época. Es significativo que algunos pueblos indígenas de Norteamérica decían que antes de lograr cualquier propósito, era necesario primero soñarlo, mientras que se atribuyen al sabio Rey Salomón las palabras “Donde no hay visión, la gente perece” (Proverbios 29:18). Un requisito básico para el logro de las transformaciones sociales necesarias, por tanto, es tener una visión positiva del futuro, el punto de partida de la gestión proactiva, centrada en los objetivos. Para que sea eficaz, empero, esta visión debe basarse en principios, ideales y valores compartidos, ser factible pero desafiante, y constituir una fuente de inspiración que incite nuestra esencia noble.

Una de nuestras miras como gestores de cambio sociocultural, por tanto, podría ser la de ayudar a la gente a recuperar su capacidad de “Utopía responsable”. Necesitamos recuperar la capacidad de soñar y de crear una visión colectiva para el futuro del mundo. Debemos alentar los unos a los otros en la aventura de imaginar los procesos por los cuales podrá alcanzarse un mundo de justicia, unidad y paz. Necesitamos difundir el mensaje liberador de que la ciencia moderna no ha encontrado nada en nuestra conformación inherente que pudiera condenarnos a una vida de avaricia y conflicto, agresión y violencia. A la vez, hay que fomentar la búsqueda y aplicación de medidas concretas y realizables para hollar ese camino, por más largo, accidentado y difícil que pudiera resultar. En cuanto hacemos esto, la historia recordará a nuestra generación como la que posibilitó a la gente recuperar su fe en la humanidad y trabajar hacia su revitalización.

Si no lo hacemos, estaremos contados por siempre entre aquellos que dieron la espalda a la creciente marea de sufrimiento humano y dejaron que otros se ocuparan de nuestra tarea. Tal vez lo que se percibe como imposible no es sólo la Utopía en sí, sino también las estrategias propuestas para su implantación. Por tanto, sería bueno identificar algunos principios generales que puedan guiar nuestros esfuerzos por diseñar una visión común. Por ejemplo, la cultura de paz deseada no podría limitarse a una comunidad aislada, una isla de tranquilidad en un mar de tribulación, como lo han imaginado algunos autores y actores utópicos. Más bien ha de gestarse dentro de la sociedad contemporánea, transformando sus estructuras y prácticas de corazón a corazón, de ciudad a ciudad, de un país tras otro. Como lo dijera Wells, “No bastará nada menos que un planeta para servir los propósitos de una Utopía moderna”.[2]

En una utopía posible, la unidad buscada no podría tomar la forma de una uniformidad impuesta, así como nuestra atesorada diversidad no debe llevar al divisionismo. Estos dos aspectos comunes en la cultura de conflicto – la uniformidad y el divisionismo – deben dar lugar a una unidad en diversidad que preserve y cultive la riqueza inherente en la pluralidad a la vez que integre y coordine los diversos elementos en el concierto de la humanidad. El cuerpo humano ilustra esta posibilidad perfectamente. A pesar de constituir un organismo biológico complejo, no obstante preserva una armonía absoluta entre cada una sus células, órganos y sistemas especializados, sin lo cual no serían posibles sus grandes hazañas en los campos de las ciencias y tecnologías, las artes y los deportes.

Asimismo, las propuestas centradas únicamente en la transformación del individuo, con la esperanza de que su efecto cumulativo transforme a la sociedad, no han arrojado los resultados deseados. Tampoco han alcanzado el éxito aquellos movimientos que se han limitado a la modificación de las estructuras de la sociedad, bajo el supuesto de que ésta efectúe un cambio en sus miembros. Esta falsa dicotomía entre el determinismo social y el determinismo individual, debe dar paso al reconocimiento de la dinámica inextricable entre las dos. Como ha explicado el historiador Shoghi Effendi,

“No se puede segregar el corazón humano del ambiente que le rodea, diciendo que cuando uno se reforma todo mejorará. El hombre es parte orgánica del mundo. Su vida interior moldea el ambiente y es profundamente influenciada por el mundo. El uno actúa sobre el otro y todo cambio duradero es el resultado de estas interacciones mutuas”.[3]

La clase de mundo que deseamos no surgirá repentinamente de la nada, sino que necesariamente ha de seguir un proceso histórico más o menos largo, eso sí con sus períodos de larga gestación puntuados por abruptos puntos de inflexión. Aunque el concepto de la evolución sociopolítica pueda conllevar nociones de inevitabilidad, un utópico responsable sabe que el potencial de cualquier ser no puede realizarse sin un esfuerzo equiparable. Una pequeña semilla no llega a ser un árbol maduro y fructífero sin los cuidados constantes de un jardinero experto y comprometido. Precisamos paciencia con los procesos, conscientes de que si la vida de este planeta fuera igual a 24 horas, los seres humanos habrían aparecido en el último minuto del día, y que esta perspectiva histórica refuerce nuestro compromiso con el largo plazo. Finalmente, ninguna visión tendrá éxito si se limita a considerar el bienestar material de la población. Más bien, ha de tomarse en cuenta el desarrollo del ser humano íntegro, en sus aspectos físicos, intelectuales, sociales, emocionales y espirituales.

Tampoco la tan ansiada cultura de paz puede considerarse un producto acabado – el logro final de una sociedad ideal –, sino un permanente caminar en el que siempre habrá un nuevo problema que resolver, un horizonte más lejano por conquistar. Algunos objetarán que el logro de un mundo de justicia, unidad y paz sería indeseable, porque en una sociedad perfecta no habrá más problemas que resolver. Esto –aducen– restaría sentido a la vida humana, ya que necesitamos desafíos que superar para sentirnos realizados. Esto podría ser un problema bajo la gestión centrada en problemas, ya que una vez apagados todos los incendios, los bomberos van a casa a descansar. Pero con la una gestión centrada en objetivos, aún si se pudiera resolver todos los problemas contemporáneos del mundo – cosa poco probable –, siempre habrá una nueva visión que construir.

Pese a todo lo que hemos visto aquí, aún habrán algunos incrédulos, aquellos que insistirán en creer que los seres humanos somos inherentemente egoístas, avaros, conflictivos, agresivos y violentos, quienes seguirán negando que alguien pueda hacer algo por motivos desinteresados, motivado por un sentido de justicia, de amor o de empatía, quienes persistirán en dudar que sea posible una transformación social positiva, quienes se llevarían de esta reunión sólo compasión por aquellos que nos atrevemos a creer en un mundo mejor y a trabajar por convertirlo en realidad.

Quisiera invitarles a echar una mirada larga y franca dentro de su propia corazón y preguntarse si posiblemente esta actitud nace de algún dolor sufrido, de la frustración o el cansancio. ¿Podría ser un mecanismo de defensa contra sentirse responsable de hacer algo más, de salir de su zona de confort, de ensuciarse las manos, de tomar el riesgo de equivocarse? ¿Podría ser una manera de justificar algún egoísmo, avaricia o agresión que encuentra dentro de sí mismo, y de legitimarlo como una falla inherente al ser humano y común a todos?

Es hora de aceptar el hecho de que el único sueño imposible y utópico, el único castillo en el aire, el único delirio de optimismo, es el de creer que de alguna manera la humanidad podrá continuar en la misma dirección durante mucho tiempo más, que la situación actual es de algún modo sostenible en el largo plazo, y que no estamos encaminados por rumbos de inimaginables horrores autoinfligidos. Como dijo Michael Karlberg en un “TED Talk” reciente,

“Es urgente que… echemos una mirada seria a las condiciones reales del mundo actual y cómo hemos llegado hasta aquí. Al hacerlo, creo que veremos que lo realmente ingenuo y poco realista es creer que la cultura de contienda pueda continuar indefinidamente. La cultura de contienda está liquidando el capital ecológico de la tierra que nos sustenta, mediante un frenesí de consumo y acumulación de capitales, a la vez que nos atrapa en ciclos perpetuos de conflicto, inestabilidad y crisis que nos impiden tratar los problemas crecientes y cada vez más complejos que enfrentamos en esta era interdependiente. ¡He ahí lo ingenuo y poco realista: pensar que podemos seguir haciéndolo indefinidamente!" [4]

Entonces, cómo terminó la historia de los niños y el río? La gente cambió su visión reactiva de “un río libre de niños ahogándose” a una visión proactiva de “un mundo en el cual los niños pueden cruzar el puente con seguridad”. Buscaron ayuda psicológica para el demente, colocaron rejas en el puente, y contrataron a un adulto confiable para escoltar a los estudiantes escolares hasta sus casas. La pareja fue premiada como héroes, se casaron y vivieron felices por siempre.

Quisiera cerrar este análisis de la necesidad de enfoques más proactivos de cambio social hacia una cultura de paz, con las siguientes palabras de aliento por parte de ‘Abdu’l-Bahá, quien pasó la mayor parte de su vida promoviendo una cultura de paz desde detrás de las rejas de la persecución ideológica y, una vez liberado como anciano debilitado, viajó al Occidente para hablar ante las más diversas audiencias hace 100 años:

“No penséis que la paz del mundo es un ideal imposible de alcanzar! Nada es imposible... ¡No desesperéis! Trabajad con tesón... ¡Cuántos hechos aparentemente imposibles llegarán a suceder en estos días! … ¡Sed Valerosos! … Haced que vuestros corazones se llenen con el intenso anhelo de que la tranquilidad y la armonía envuelvan a este mundo en guerra. Así, el éxito coronará vuestros esfuerzos...

“Muchas causas que edades pasadas han considerado puramente visionarias, se han convertido en fáciles y practicables en este día. ¿Por qué esta Causa, la más grande y exaltada – la estrella del firmamento de la verdadera civilización y la causa de la gloria, el avance, el bienestar y el éxito de toda la humanidad – se ha de considerar imposible de alcanzar? Sin duda llegará el día en que su bella luz iluminará a la asamblea de los hombres.” [5]

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Notas:

1. Don Tapscott y Anthony D. Williams. “Macrowikinomics: Rebooting Business and the World”. Nueva York: The Penguin Group, 2010.

2. H.G. Wells [1905], “Una Utopía Moderna”, Grupo Oceano, 2000.

3. Shoghi Effendi, de una carta a un individuo con fecha 17 de febrero de 1933.

4. TEDxInnsbruck - Michael Karlberg – “Beyond the Culture of Contest: A Critical Juncture of Human History”. URL: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=3nUvy21uJ2M.

5. 'Abdu’l-Bahá, Paris Talks. Londres: Bahá’í Publishing Trust, 11a edición, 1972, pp. 29-30.

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