Martes, 27 Julio 2010 19:24

A. Introducción

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En esta sección se consideran diferentes opciones de intervención disponibles para el gestor de cambio que desea trabajar por una cultura de paz. El mundo no siempre fue tan agónico como ahora y no siempre lo será. El logro del mundo deseado requerirá de transformaciones coordinadas a nivel psicocultural y socioestructural, por lo que se presentan alternativas de acción que toman en cuenta estas dos dimensiones. Se termina con un análisis del rol de la utopía en la construcción de un mundo nuevo.

 

“Para cada problema complejo existe una solución sencilla, y no es acertada”.

(Henry Luis Menkin)

 

1. Posibilidad del cambio sociocultural

Hemos visto que la pugna y violencia en el mundo de hoy no dependen de la naturaleza del ser humano, sino de ciertas configuraciones de la actual hegemonía cultural del agonismo, la cuale ha pasado su cúspide y ahora pierde su dominio sobre los pueblos. Conocimos que no son códigos genéticos inalterables los que determinan estos comportamientos, sino códigos culturales modificables, los cuales conforman los constructos discursivos que orientan nuestro quehacer diario.

Vimos también que toda cultura tiene dos dimensiones: la interna o psicocultural y la externa o socioestructural; ambas transformables. Nuestras actitudes y creencias se traducen en prácticas normativas y estructuras sociales que toleran, justifican e incluso alientan ciertos tipos de comportamiento, los cuales a su vez dan forma al mundo que nos rodea. Ya que nuestros códigos y discursos culturales no son estáticos sino fluidos, es posible y necesario cuestionar nuestras viejas representaciones del hombre y la sociedad y probar otras, para así dar nuevos sentidos y realidades al mundo. La Casa Universal de Justicia, en su “Promesa de Paz Mundial” [1985], expresó las siguientes palabras de aliento para todo aspirante a gestor de cambio sociocultural:

Examinada desapasionadamente, la evidencia revela que dicha conducta, lejos de reflejar la genuina naturaleza del hombre, representa una tergiversación de su espíritu. La rectificación de este punto de vista permitirá a todos poner en marcha las fuerzas sociales constructivas que, por ser acordes con la naturaleza humana, producirán concordia y cooperación en vez de guerras y conflictos.

La historia de la humanidad –pasada y presente– no determina ni predice su futuro. La ‘naturaleza humana’ tampoco nos obliga a seguir un rumbo determinado. Somos libres de escoger el camino hacia adelante. Lo único que nos limita en ese camino es la inercia del status quo, pues siempre es más fácil seguir en una misma dirección que cambiar de rumbo, por más que la situación actual no sea de nuestro agrado. Se dice que hay dos cosas que a la gente le desagrada: (1) las cosas como están; y (2) el cambio. Ante esta contradicción paralizante, muchos prefieren dejar que sus vidas sean regidas por el dicho popular: “Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. El tema de la presente sección, entonces, es pensar cómo superar esta inercia y lograr los cambios deseados.

Las culturas pueden y deben cambiar; de hecho, lo hacen constantemente, aunque no estemos conscientes de ello. No son piezas estáticas de museo a ser preservados tal cual para la posteridad, sino sistemas vivientes que se mudan y adaptan constantemente ante alteraciones tanto en el entorno exterior como en las aspiraciones y sueños de los pueblos. Surgen y se transforman por causas históricas, cada vez que se modifican los modelos mentales de sus miembros, cada vez que éstos aprenden y aplican nuevos comportamientos, y cada vez que se alteran las estructuras sociales e instituciones que rigen nuestra vida colectiva.

En esta sección consideramos diferentes opciones de intervención disponibles para el gestor de cambio sociocultural que desea trabajar hacia la transformación de las vetustas configuraciones socioculturales en una cultura de paz. Nuestro mundo no siempre fue tan agónico como ahora y no siempre lo será. Y es la función de un gestor de cambio sociocultural direccionar y acelerar esta transformación.

 

2. La dinámica hombre–sociedad

La relación entre la naturaleza humana y la cultura es dinámica y compleja. Por una parte, la cultura tiene un profundo efecto formativo en el comportamiento, ya que los impulsos naturales son regulados por normas culturales. Por ejemplo, el impulso sexual es parte de la naturaleza humana, pero las normas culturales dictan cuáles de sus expresiones posibles son apropiadas y cuáles no.

A la vez, la forma cómo conceptualizamos la naturaleza humana también tiene un efecto muy significativo en la cultura, ya que tienden a generar resultados que los validan y dan lugar a estructuras sociales que confirman la visión predominante del hombre. Por eso, la interacción dinámica entre el individuo y la sociedad no puede ser separada en términos de causa y efecto. Más bien, cada uno continuamente influye en el otro y lo refuerza.

Asimismo, la cultura del conflicto refuerza aún más el modelo mental del ser humano, bien sea como animal racional, como víctima de fuerzas sociales fuera de su control, o el modelo divisionista y racista. Como resultado, los modelos actuales limitan a la sociedad a una competición en la que cada uno busca agresivamente su propio interés. A todo nivel de la sociedad, se perpetúan estos modelos mentales, extendiéndose a cada rincón del globo.

Si nos consideramos simplemente como un tipo superior de animal, la satisfacción de nuestros instintos seguramente será predominante en nuestro comportamiento, y nuestra cultura reflejará la búsqueda hedonista del placer y la ley de la selva erróneamente interpretada. La sociedad resultante, que pone énfasis en la diversión y nutre el espíritu competitivo de enfrentamiento, refuerza aún más el modelo de la naturaleza humana como animal racional. Si tenemos la creencia determinista de que el ser humano es víctima de fuerzas sobre las cuales carece de control, veremos esta creencia reflejada en una sociedad en la que nadie quiere asumir responsabilidad por sus actos y todos esperan pasivamente a que “otros” resuelvan sus problemas. Si creemos que algunos son inherentemente superiores a otros, aquéllos oprimirán y explotarán a éstos y, al grado que su poder les permita, los grupos discriminados promoverán la protesta, la rebelión, o la lucha para tomar el poder.

Sin embargo, si cambiamos estos modelos mentales por un marco conceptual centrado en la nobleza potencial del ser humano y que reconoce los aportes singulares que cada persona puede hacer al bienestar de todos, veremos una relación holística entre el individuo y la sociedad, una interacción recíproca entre el bienestar de cada uno y su impacto en el bienestar de todos.

 

3. Dos enfoques complementarios

Hemos visto que son nuestros modelos mentales los que determinan nuestra conducta, y ésta a su vez es lo que forma nuestro ‘mundo’. Por tanto, si hemos de alinear nuestra vida colectiva más con los principios propios de esta época, será necesario integrar dos procesos distintos. Por una parte, debemos cambiar nuestros modelos mentales acerca de las potencialidades del ser humano y modificar nuestro comportamiento individual como corresponde. Por otra, tenemos que cambiar nuestros modelos mentales acerca de las posibilidades del orden social, a fin de promover nuevas formas de organización social, política y económica.

En este sentido, se pueden agrupar bajo dos grandes enfoques las estrategias de cambio sociocultural: individuales y comunales. Las primeras se concentran en el rol de los aspectos psicoculturales y buscan modificar los valores, actitudes y formas de pensar de los miembros de la sociedad. En cambio, las propuestas comunales se centran en el papel de los elementos socioestructurales y procuran cambiar las prácticas, normativas, instituciones y demás aspectos de la vida colectiva de la sociedad.

Estos dos enfoques pueden llamarse transformación personal o psicocultural y transformación socioestructural. Corresponden a dos estrategias: de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. El método de arriba hacia abajo, que busca la transformación personal mediante cambios en las estructuras sociales, a menudo fracasa a largo plazo, por que suele ser percibido como imposición y toparse con resistencia. Por otra parte, el enfoque de abajo hacia arriba persigue la reforma organizacional mediante una transformación meramente personal. Esto suele resultar en frustración ya que, aunque genere un deseo de cambio, no establece la institucionalidad necesaria para canalizar esa nueva voluntad hacia la situación deseada.

Por ejemplo, en la lucha contra la corrupción, a menudo se toman acciones orientadas a imponer desde arriba otra cultura organizacional, instituyendo nuevas normas, leyes y políticas para la transparencia, las denuncias y las sanciones. Luego se socializan estos códigos de conducta en un intento de diseminar dicha nueva cultura. Los resultados dejan mucho por desear, pues por muy necesarias que sean estas medidas, por sí solas no son suficientes. Deben haber cambios en las maneras como piensan y actúan las personas que ayuden a sostener una cultura de confianza y transparencia.

Un ejemplo del enfoque de abajo hacia arriba es pretender alcanzar la paz mundial cambiando la forma de pensar y actuar de los individuos, sin modificar las estructuras que mantienen una situación de conflicto en cada país y entre ellos. Esto tampoco funciona, pues aunque las grandes masas de la humanidad puedan ser personas básicamente apacibles y deseosas de la paz, sin embargo permanecen los esquemas que promueven la pugna política y económica en los ámbitos intranacional e internacional, así como los paradigmas institucionales en los cuales se fundamentan tales luchas.

La complementariedad entre estos dos enfoques se observa en el hecho de que la aculturación ha sido necesaria para que se pudiese implantar las propuestas socioeconómicas de occidente, tanto capitalista como comunista. En el caso del capitalismo, el sistema no ha funcionado al tratar de introducirlo en lugares donde la cultura local se base en la cooperación, el mutualismo, la preocupación por el bienestar de la colectividad y la reducción de los deseos a fin de aumentar el contento. Han sido necesarios años y a veces décadas de intensa propaganda para que la gente comience a pensar y actuar en base a supuestos culturales como la ambición egocéntrica, la avaricia por cosas materiales, el consumismo y la competición con los demás, para que finalmente funcione el sistema capitalista en ese lugar.

Igualmente, desde el Marxismo se ha intentado cultivar la ‘conciencia de clase' y fomentar una reacción ante la ‘opresión’ entre pueblos carentes de envidia ante el éxito del otro, con un profundo sentido de dignidad en el trabajo útil sin necesidad del motivador externo de un buen salario para sentirse realizados, y con un gran respeto por la autoridad. En estos casos, ha sido necesario adoctrinarles mediante la ‘concientización’, buscando cultivar en ellos un sentido de injusticia ante la inequidad, de descontento con un trabajo mal remunerado y del afán de lucha contra un ‘otro’, para lograr que se levanten a ‘reclamar sus derechos’.

En ambos casos, el aspecto socioestructural de la propuesta socioeconómica no se logra implantar mientras no se haya modificado la dimensión psicocultural. Por tanto, el cambio buscado no vendrá solamente de arriba hacia abajo. Se requiere además de un profundo cambio desde abajo hacia arriba, con iniciativas desde las bases de la sociedad. Es evidente, por tanto, que ninguno de estos dos enfoques es suficiente sin el otro. Todo intento de cambio requiere trabajar en las dos frentes simultáneamente: la transformación psicocultural y la transformación socioestructural. Aquellas intervenciones que se circunscriben exclusivamente a lo uno o lo otro son limitadas en su eficacia para alcanzar los objetivos. Debido a la naturaleza interdependiente de estas dos dimensiones, todo cambio profundo y duradero debe necesariamente abordarlas ambas simultáneamente.

El logro del mundo que deseamos requerirá de “gestores de cambio” que trabajen en ambos niveles. A continuación veremos algunas sugerencias para el gestor de cambio sociocultural, que toman en cuenta estas dos dimensiones. Se explorarán algunas maneras como se puede trabajar primero por la transformación personal o psicocultural y segundo por la transformación socioestructural. Terminaremos con un análisis del rol de la utopía en la construcción de un mundo nuevo.

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