Miércoles, 30 Enero 2013 14:08

F. Función social de la religión

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La siguiente ponencia fue preparada originalmente como aporte bahá'í para un panel interreligioso realizado con ocasión del Día Mundial de la Religión, sobre el tema “Religión como Fuente de Cambio Social”, organizado en la Biblioteca de Religiones Mundiales en la región UUtopia del mundo virtual ‘Second Life’. Trata la naturaleza esencial de la religión como facultad de la naturaleza humana y la manera como promueve el cambio tanto individual o psicocultural y colectivo o socioestructural. Aborda la dinámica histórica de la religión como fuerza unificadora de sociedades y constructora de civilizaciones, y el modo como ese poder puede emplearse para edificar o destruir. Termina con un llamado a las autoridades y los seguidores de toda religión a redirigirla hcaia el logro de su verdadero propósito como fuente de cambio social positivo.

 

1. ¿Qué es la religión?

Antes de hablar de la religión como fuente de cambio social, debemos aclarar algunos términos. Los bahá'ís definen la religión, en su esencia, no como una estructura eclesiástica, tampoco como una comunidad de fe, ni siquiera como un sistema de creencias, sino más bien como una relación de amor entre el ser humano y Dios (comprendida y practicada de diversas maneras en diferentes tiempos y lugares), y el consecuente amor hacia las criaturas de Dios. Dice ‘Abdu'l-Bahá: “En resumen, por religión queremos decir aquellos lazos necesarios que tienen el poder de unir. Siempre ha sido esta la esencia de la religión de Dios”.[1]

Este vínculo místico es formalizado a través de una Alianza Eterna, en el cual Dios promete nunca dejarnos sin guía y nosotros convenimos en aceptar esa guía cuando llega. Dios no es el abuelo antropomórfico de la pintura cistina de Miguel Ángel, sino la Esencia de Esencias, Incognoscible pero Omnisapiente, No Abarcado sino El que Todo lo Abarca, No Creado sino Creador de Todo.

Ya que no puede haber un vínculo directo entre Dios y la humanidad, en cada edad Él ha enviado sus Mensajeros divinos, conocidos en diversas religiones como Avatares, Iluminados, Profetas o ‘Manifestaciones’, para educar a la humanidad en un proceso civilizador continuo que los Bahá'ís llaman la ‘Revelación Progresiva’. La religión, por tanto, es la consumación de esta Alianza Eterna: la confluencia de la revelación periódica de Dios a los pueblos mediante sus Escogidos, y la repetida aceptación y acatamiento de esa guía por parte de la gente.

En cuanto cada sociedad ha reconocido al Mensajero Divino de su tiempo y ha obedecido sus Enseñanzas, ha avanzado tanto en sentido tanto espiritual como material, y ha alcanzado la felicidad y prosperidad. Sin embargo, en cuanto el pueblo ha rechazado a estas Manifestaciones de la suprema voluntad de Dios y ha dado la espalda a sus Enseñanzas––aun reconociéndoles de la boca para afuera––, la sociedad se ha sumido en degradación, injusticia, desunión, conflicto, sufrimiento y pérdida. “Si la humanidad hubiera visto a los Educadores de su infancia colectiva en su verdadera dimensión, como agentes de un proceso civilizador, no hay duda que hubiera cosechado beneficios mucho mayores por el efecto acumulado de las misiones sucesivas de tales Educadores. Esto, lastimosamente, no ha sucedido así.”[2]

 

2. Una Facultad de la Naturaleza Humana

En vista de esta definición, no me estaré refiriendo a ‘religiones’ en el plural, sino de ‘religión’ en el singular. Dios es uno solo y, más allá de toda la diversidad de expresión cultural e interpretación humana, la religión también es una sola. Es un fenómeno universal que, aunque aparece en diversas formas, lugares y momentos es, como lo llamara el historiador Arnold Toynbee, “una facultad intrínseca de la naturaleza humana”. “No se puede negar que la perversión de esta facultad ha contribuido a crear confusión en la sociedad y conflictos entre los individuos.” –se afirma en una declaración bahá'í– “Pero tampoco puede ningún observador sensato descartar la influencia preponderante que ha ejercido la religión sobre las expresiones vitales de la civilización. Más aún, su carácter indispensable para el orden social ha sido demostrado repetidamente por su efecto directo sobre la ley y la moral.”[3]

Escribiendo de la religión como fuerza social, Bahá'u'lláh dijo: "La religión es el mayor de todos los medios para el establecimiento del orden en el mundo y para la pacífica satisfacción de todos los que lo habitan" “Es fuente de significado y esperanza para la vasta mayoría de los habitantes del planeta” –se afirma en un documento bahá'í– “y posee potencial ilimitado para inspirar sacrificios, cambios y compromisos a largo plazo en sus seguidores”.[4]

Refiriéndose al eclipse o corrupción de la religión, Bahá'u'lláh escribió: "Si la lámpara de la religión se apagara, el caos y la confusión sobrevendrían, y las luces de la equidad, de la justicia, de la tranquilidad y de la paz dejarían de brillar".[5] En una enumeración de tales consecuencias, los escritos bahá'ís señalan que la "perversión de la naturaleza humana, la degradación de la conducta humana, la corrupción y la disolución de las instituciones humanas, se revelan ellas mismas, bajo tales circunstancias, en sus peores y más repugnantes aspectos. Se envilece el carácter humano, la confianza vacila, los nervios de la disciplina se relajan, la decencia y la vergüenza se oscurecen, las concepciones del deber, de la solidaridad, de la reciprocidad y de la lealtad se distorsionan, y hasta el sentimiento de paz, de alegría y de esperanza se extingue gradualmente".[6]

Por tanto, “la religión debe ser fuente de hermandad, la causa de unidad y la cercanía de Dios al hombre” –dice ‘Abdu’l-Bahá– ya que “si despertara odio y conflicto, es evidente que la ausencia de la religión sería preferible y que un hombre irreligioso sería mejor que quien la profesa.”[7]

 

3. El individuo y el cambio estructural

Muchos suponen que el rol de la religión en la promoción del cambio social se limita a la transformación de corazones y vidas individuales. Sin embargo, la historia muestra a las religiones mundiales creando nuevos sistemas legales, formas más justas de gobierno, normas económicas más solventes y otros impactos socioestructurales. El centrar la atención únicamente en la transformación personal, con la esperanza de que su efecto cumulativo cambie la sociedad, no ha logrado el resultado deseado, como tampoco lo ha obtenido el concentrarse solamente en las estructuras de la sociedad, con el supuesto de que esto transforme a sus miembros individuales. La falsa dicotomía entre el determinismo social y el determinismo individual, debe dar paso al reconocimiento de la dinámica inextricable entre las dos.

Como ha explicado Shoghi Effendi, Guardián de la Fe Bahá'í: “No se puede segregar el corazón humano del ambiente que le rodea, diciendo que cuando uno se reforma todo mejorará. El hombre es parte orgánica del mundo. Su vida interior moldea el ambiente y es profundamente influenciada por el mundo. El uno actúa sobre el otro y todo cambio duradero es el resultado de estas interacciones mutuas”.[8] Más allá de toda tendencia a promover una salvación netamente personal, la religión debe enfatizar que el desarrollo y bienestar espiritual del individuo está íntimamente relacionado con el progreso colectivo de toda la comunidad mundial. A través del servicio y un compromiso activo con la justicia y unidad, la religión puede ejercer un enorme efecto positivo en la problemática del desarrollo social.[9]

 

4. Una influencia civilizatoria

Esta manera de percibir el rol social de la religión es apoyada mediante la investigación. En los doce volúmenes de su “Estudio de la Historia”,[10] Arnold Toynbee analiza 21 civilizaciones en búsqueda de las causas comunes de su surgimiento y caída. Encontró que la religión constituía una fuerza regenerativa, con un rol claro y constante en el nacimiento y desarrollo de todas ellas. Conforme decae una vieja civilización, las dificultades resultantes motivan a las personas a buscar nuevas alternativas. Es en el “campo fértil” de estas “almas devastadas” que se siembra la semilla de una nueva religión que inspira una visión distinta para la sociedad, un modo de vida radicalmente diferente, renueva la esperanza en el futuro y revitaliza los principios espirituales universales de tolerancia, compasión, amor, justicia, humildad, sacrificio, confiabilidad, dedicación al bienestar de otros y unidad, que yacen en el corazón de toda religión y forman los cimientos de toda civilización progresiva.[11]

Inicialmente, esta fe naciente atrae a un pequeño grupo que Toynbee llama la “minoría creativa”, que se levanta a difundir este nuevo ‘ethos’ entre las masas. Durante la ‘edad heroica’ inicial, esto suele hacerse con grandes sacrificios personales, incluso de la vida misma, ya que al comienzo encuentran una fuerte oposición y persecución por parte del estatus quo. Sin embargo, con la creciente evidencia del descalabro de la vieja civilización e intensidad del sufrimiento que éste conlleva, la gente se torna cada vez más desilusionada con las viejas fórmulas, menos sumisa a quienes les obligarían a conformarse ciegamente, y más receptiva e inspirada ante el nuevo mensaje.

Este crecimiento y consolidación de una comunidad naciente en torno a una nueva fe, da origen a una nueva civilización en su ‘edad formativa’, dando crédito a las palabras de antropóloga Margaret Mead: “Nunca duden que un grupo pequeño de ciudadanos pensantes y comprometidos pueden cambiar el mundo. De hecho, es lo único que lo ha logrado”.[12] Esto confirma el por qué ‘Abdu’l-Bahá describe a la religión como “fuente de iluminación, causa del desarrollo e impulso animador de todo progreso humano” que “ha sido la base de toda civilización y avance en la historia de la humanidad”.[13]

“La religión… conecta con las raíces de la motivación de la persona” –escribió la Casa Universal de Justicia a las autoridades religiosas del mundo– “Cuando ha sido fiel al espíritu y al ejemplo de las Figuras trascendentales que dieron al mundo los grandes sistemas de creencias, ha despertado en pueblos enteros las capacidades de amar, de perdonar y de crear al tiempo que los ha impulsado a mostrar arrojo, a superar los prejuicios, a sacrificarse por el bien común… Es incuestionable que la fuerza seminal en la civilización del ser humano la ha aportado la sucesión de estas Manifestaciones de lo Divino y que esta fuerza se remonta al alba de la historia”.[14]

 

5. Un proceso doble

Shoghi Effendi describe esta revolución espiritual como “un doble proceso”: por una parte “constructivo” y “esencialmente integrador” y por otra “fundamentalmente trastornador” o “destructivo”. El primero evoluciona constantemente hacia la pauta de una nueva sociedad, mientras que el segundo, “al ahondar su influencia desintegradora, tiende a derribar… las antiguas barreras que intentan bloquear el progreso de la humanidad…”. Como “resultado de estas tendencias opuestas”, se libera “una lucha espiritual de dimensiones titánicas” en la “edad de transición” por la cual pasa la nueva religión y sociedad como un todo.[15] Los bahá'ís consideran que es este el proceso que experimenta la humanidad hoy en día.

Al ceder la vieja civilización su lugar a la nueva, nace una ‘edad de oro’ durante la cual se alcanzan sus mayores logros. Prevalecen la paz y el orden, florecen las artes y las ciencias, y la gente saborea el fruto de los sacrificios realizados durante la edad heroica y formativa. No obstante, con esta nueva prosperidad y desahogo, las masas de la humanidad suelen olvidar la esencia de su religión, abandonar la disciplina que ésta inculcaba y se suman en la complacencia y negligencia envanecida. Toynbee concluye que, una vez que la “minoría creativa” se solidifica en sus tradiciones y se enamora de su “posición de privilegio heredado”, pierde su capacidad para innovar e inspirar, y decae en tan solo una “minoría dominante” que impone un estatus quo obsoleto. Esto resulta en una “merma en la lealtad y pérdida de la capacidad imitativa de la mayoría” y el consecuente “decaimiento en la unidad de la sociedad como un todo”. Así comienza la decadencia de la civilización, ocasionado por la quiebra moral y el decaimiento de la religión, lo cual despoja a la existencia externa y material de la sociedad de su espíritu íntimo y esencial. Sólo entonces se expone plenamente una sociedad en declive a los estragos de las fuerzas externas. Como concluye Toynbee: "las civilizaciones no mueren de asesinado, sino de suicidio".[16]

 

6. Una herramienta para construir o destruir

Un martillo puede ser utilizado en la construcción de una vivienda para una familia sin hogar, o para matar a su proveedor(a) y dejar a la familia entera en la calle. Asimismo, la religión –el instrumento más poderoso para el cambio social– puede servir para construir una civilización o para destruirla. Puede fomentar la solidaridad humana o intensificar la fragmentación social; puede alentar el pensamiento colectivo en servicio a la humanidad, o sofocar la vida de la mente por medio de la superstición ciega, robándola de este modo de su capacidad para ayudar a forjar los asuntos mundiales. La representación bahá'í ante la ONU afirma: “Tradicionalmente, la religión ha constituido una de las mayores fuentes de visión y valores. Cada religión, particularmente en sus primeras etapas, ha despertado una nueva visión en la sociedad, ha expresado valores congruentes con esa visión y ha inspirado la transformación tanto personal como institucional. Al mismo tiempo… la religión también ha sido fuente de división y fragmentación social”.[17]

Confundida por este doble potencial, mucha gente no ha comprendido “el rol constructivo que puede desempeñar la religión en la creación de un orden mundial pacífico y próspero”. Perciben a la religión únicamente desde la óptica de su capacidad para dividir, generar conflictos y sofocar el pensamiento, por lo que han negado el papel histórico de la religión en la unificación de sociedades y construcción de civilizaciones, a pesar de los estudios que lo confirman. No obstante, los bahá'ís creen que esto es “menos una crítica de la religión organizada que un recordatorio del poder singular que ésta representa”, y que la mayoría de usos negativos de dicho poder se han debido a la “corrupción y el mal uso de la autoridad religiosa”.[18]

Los bahá'ís apelan a autoridades y seguidores religiosos a que demuestren ser dignos aliados en la misión de construir una civilización mundial sostenible, mediante el trabajo concienzudo e infatigable por conjurar el prejuicio religioso y la superstición de su medio, abrazando la libertad de conciencia para todos y renunciando a toda pretensión de poseer un carácter exclusivo o definitivo, pues mientras no lo hacen, la paz y prosperidad resultarán ser una quimera. Deben elevar sus voces para dar fin al odio, la exclusividad, la represión de la conciencia, la violación de derechos humanos, la negación de la igualdad, la oposición a la ciencia y la glorificación del materialismo y la violencia, perpetrados en nombre de la verdad religiosa. Deben transformar sus propias vidas y colocarse el manto del sacrificio y servicio en aras del bienestar de otros, contribuyendo de este modo a la realización del largamente esperado reinado de paz y justicia sobre la tierra.[19]

 

7. Un llamado a la acción

Finalmente, los bahá'ís mantienen que la reorganización del planeta como un mismo hogar para toda la familia humana, no puede ser lograda en un vacío espiritual. Es inconcebible que pueda alcanzarse una sociedad pacífica, próspera y diversa sin que se involucren las grandes religiones del mundo en su diseño y apoyo. Mientras más tiempo se aplace el involucramiento significativo de la religión en las acciones por el cambio social, más tiempo sufrirá la humanidad los estragos de la injusticia y la desunión. Ya no podemos darnos el lujo de hacer caso omiso al incalculable efecto positivo que ha tenido y sigue teniendo la religión, o los aportes edificantes y de largo alcance que pueden realizar hacia la creación de un mundo pacífico, próspero y sostenible. Sólo se tendrá éxito en establecer tal sociedad mundial en cuanto se aprovecha el poder y la visión de la religión. Ante las necesidades apremiantes de la familia humana, es inaceptable seguir demorando el abordamiento del rol de la religión como fuente de cambio social.[20]

 

Referencias:

[1] Abdu'l-Bahá, Divine Philosophy, p. 161. Boston: The Tudor Press, 1918, p. 160. URL: http://bahai-library.org/books/div.phil/divine.philosophy.09.html.

[2] The Universal House of Justice, “The Promise of World Peace,” 1985.

[3] Ibid.

[4] “Religion and Development at the Crossroads: Convergence or Divergence?” A statement to the World Summit on Sustainable Development by the Baha'i International Community, 26 August 2002, Johannesburg, South Africa.

[5] Shoghi Effendi, The World Order of Bahá'u'lláh. Wilmette, IL: US Bahá’í Publishing Trust, 1991, p. 186-7.

[6] The Universal House of Justice, “The Promise of World Peace,” 1985.

[7] ‘Abdu’l-Bahá, “Bahá’í World Faith. Wilmette, IL: US Bahá’í Publishing Trust, 1976 edition, pp. 239-240.

[8] Shoghi Effendi, from a letter to an individual dated February 17, 1933, cited in “Compilation of Compilations”, Vol. I, p. 84.

[9] Bahá'í International Community, “The Role of Religion in Social Development,” Comments presented at the second session of the Preparatory Committee for the World Summit for Social Development, 24 August 1994, New York.

[10] Arnold J. Toynbee, “A Study of History” in twelve volumes published from 1934 to 1961.

[11] Op. cit.

[12] For a discussion of the probable original source for this famous quote, please see: http://au.answers.yahoo.com/question/index?qid=20071122082636AA50JA9.

[13] 'Abdu'l-Bahá, Promulgation of Universal Peace, Baha'i Publishing Trust, Wilmette, IL, 1982, p. 361.

[14] Universal House of Justice, “Statement to the World’s Religious Leaders”, April 2002.

[15] World Order of Bahá'u'lláh. p. 170.

[16] “A Study of History”.

[17] “The Role of Religion in Promoting the Advancement of Women,” a statement to the UN Fourth World Conference on Women, 13 September 1995, Beijing, China.

[18] Universal House of Justice, “Statement to the World’s Religious Leaders”, April 2002.

[19] “Religion and Development at the Crossroads: Convergence or Divergence?” A statement to the World Summit on Sustainable Development by the Baha'i International Community, 26 August 2002, Johannesburg, South Africa.

[20] Baha'i International Community, 2002.

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