Domingo, 20 Septiembre 2009 16:09

E. Función Social de la Ciencia

Written by
Rate this item
(0 votes)

La ciencia no se limita a buscar la verdad, sino que es creadora de realidades. En el presente artículo se analiza la manera como la ciencia puede servir para formar y justificar actitudes sociales, a fin de legitimar y perpetuar el estatus quo. Se plantea la necesidad de un cambio de paradigma en las ciencias sociales para el logro de una Cultura de Paz y el rescate del rol del científico social como activista o agente de cambio sociocultural.

La época moderna tiene una fe casi religiosa en la ciencia como panacea para los males del mundo. Su sacerdote es el científico y su templo es el laboratorio. En este contexto es fácil, incluso para los científicos, olvidarse de que la observación empírica no habla por sí sola, cual voz en el desierto revelando versos sagrados. Antes bien, depende de la interpretación humana, que es sujeto al error, la parcialidad y el prejuicio. Además, no siempre ha servido los intereses de una búsqueda desinteresada de la verdad, sino que a intereses políticos, económicos y sociales? Aunque en teoría debe seguir el primer camino, la historia demuestra que con demasiada frecuencia ha seguido el segundo. Esto representa una tergiversación de la función social de la ciencia, que Lewontin (1991:103-4) describe como sigue:

“La ciencia es más que una institución dedicada a la manipulación del mundo físico. También cumple una función en la formación de la conciencia respecto al mundo político y social. La ciencia en ese sentido es parte del proceso general de educación; y las aseveraciones de los científicos constituyen las bases para gran parte de la empresa de la formación de conciencias. El propósito de la educación en general y del entrenamiento científico en particular es no sólo tornarnos competentes en la manipulación del mundo, sino también moldear nuestras actitudes.”

 

A. La ciencia forma y justifica las actitudes sociales

Lewontin (1991:3) explica que la ciencia, como las demás actividades productivas, está integrada en -e influenciada por- la estructura de las demás instituciones sociales. Los científicos perciben el mundo a través de filtros originados en su experiencia social. Sus teorías no sólo reflejan estos filtros sino que además se constituyen en un refuerzo de esos sesgos sociales para otros. De este modo, existe un fenómeno de retroalimentación entre la ciencia y la filosofía popular de las masas. Lewontin [1991:10] dice:

“La mayoría de las influencias ideológicas de la sociedad que penetran en las ciencias… llegan en forma de supuestos básicos de los cuales a menudo los mismos científicos no están concientes, pero que surten un profundo efecto en sus explicaciones. Éstas a su vez sirven para reforzar las actitudes sociales que dieron lugar en primera instancia a esos supuestos”.

Un aspecto importante del trabajo justificatorio de las ciencias sociales, el cual ha involucrado además a otras ciencias naturales y humanas, ha sido el “Racismo Científico”. Durante fines del siglo 19 y hasta la II Guerra Mundial, llegó a estar muy de moda, con sus métodos refinados de antropometría y psicometría. A lo largo de ese tiempo, grandes sumas de dinero y enormes esfuerzos humanos se expendieron en comprobar que unas razas eran inferiores o superiores a otras.

Después de la II Guerra Mundial, cuando el mundo pudo palpar las horribles consecuencias de este pensamiento en acción (conjuntamente con su primo hermano el nacionalismo), mediante el genocidio judío y la casi total destrucción del continente europeo, el racismo científico dejó de estar de moda, a tal punto que nadie ha querido financiar, promover ni realizar estas investigaciones, al menos no abiertamente.

En la actualidad el racismo científico no se presenta bajo ese nombre, sino que ha asumido nuevas formas solapadas, como la sociobiología, el behaviorismo genético, la eugenesia, algunas investigaciones en torno al cociente de inteligencia, etc.

Este cambio de terminología se debe a que el nombre ‘racismo’ sonaba a una conclusión anticipada de que existían diferencias sustanciales entre las razas que no sólo otorgaban fortalezas y debilidades a cada una, sino que determinaba su superioridad e inferioridad relativas. Al agregar el calificativo ‘científico’, se dejaba por sentado que estas conclusiones se basaban en una autoridad superior y, por tanto, no podía cuestionarse sin caer en el ridículo. Ahora que el racismo científico como tal se ha vuelto políticamente incorrecto, algunos sectores han visto conveniente cambiarlo de nombre para evitar este tipo de escollos, sin necesidad de abandonar el proyecto por entero. Jared Diamond (1997:19) dice:

"Hoy en día, segmentos de la sociedad occidental repudian públicamente al racismo, pero muchos (¡la mayoría!) continúan aceptando, privada o subconscientemente, las explicaciones racistas. En Japón y muchos otros países, los supuestos racistas siguen motivando propuestas explícitas… La objeción contra tales explicaciones racistas no es únicamente que resultan repugnantes, sino también que son erróneas. No existen evidencias sólidas de la existencia de diferencias humanas en la inteligencia que coincidan con las diferencias humanas en el desarrollo tecnológico".

¿Por qué había cobrado tanta popularidad una ciencia que pudo desaparecer de la noche a la mañana por motivos políticos, viéndose en necesidad de practicarse en forma solapada? Las primeras teorías sociales europeas surgieron en un intento – consciente o inconsciente – por justificar la conquista, colonización y explotación del resto del mundo. Si se podía demostrar que el orden natural de las cosas dicta que los más fuertes dominen a los más débiles, entonces la dominación europea sería inevitable, necesario y acorde con la “realidad objetiva” o la “creación divina”, según sea el caso, haciendo que este argumento sea aceptable tanto para la religión como la ciencia.

Estas teorías también sirvieron para poder sustentar la afirmación de que la cultura europea, en la que predominaba ciertas actitudes como la competencia desleal, la pugna de poderes y la lucha por superar al otro, era la “norma” o la “cima” de la “civilización”, quedando las demás culturas en las que no predominaban estos factores como “primitivas” o “retrasadas”. De este modo, la admiración inicial que sintieron los europeos por la paz que reinaba en otras culturas pronto fue asimilada en conceptos como el “buen salvaje” que, como un niño, no ha desarrollado aún la malicia del adulto o ser civilizado. En esta vena Rousseau decía que “el nombre nace bueno; la sociedad le corrompe”.

Durante las décadas de los ‘70 y ‘80, la UNESCO convocó una serie de reuniones internacionales con la participación de la comunidad científica mundial, a quienes les planteó estas interrogantes: ¿Es la guerra imposible de detener? ¿Existe un condicionamiento genético hacia la violencia en el ser humano? En respuesta a estas preguntas, el día 16 de mayo del año 1986, una veintena de receptores de premios Nobel, incluyendo antropólogos, siquiatras, economistas, biólogos, etnólogos y otros científicos de diferentes países, redactaron y suscribieron unánimemente las cinco proposiciones de la famosa “Declaración de Sevilla sobre la Violencia”, que posteriormente ha sido ratificada y diseminada por más de 75 organizaciones en todo el mundo.

En su declaración, estos científicos comienzan con un llamado a la comunidad científica a reconocer que “la ciencia es un producto cultural humano que no puede ser definitivo ni abarcarlo todo” y a asumir su responsabilidad de “abordar, desde nuestras disciplinas particulares, las actividades más peligrosas y destructivas de nuestra especie, la violencia y la guerra”. Afirman categóricamente que “varios presuntos hallazgos biológicos… han sido empleados, incluso por algunos de nuestros colegas, como justificación de la violencia y la guerra” y que “han ahondado el ambiente de pesimismo en nuestro tiempo”, por lo que consideran que “el rechazo abierto de estas tergiversaciones podrá constituir un aporte significativo”.

Aclaran que “el mal uso de las teorías y los datos científicos para justificar la violencia y la guerra, no es nuevo sino que ha sido el caso desde el advenimiento de la ciencia moderna. Por ejemplo, la teoría de la evolución ha sido empleada para justificar no sólo la guerra, sino también el genocidio, el colonialismo y la supresión de los débiles”. De las muchas “problemáticas relativas a la violencia y la guerra que podrían ser abordadas con provecho desde la perspectiva de nuestras disciplinas” escogieron como “primero paso importantísimo” las cinco proposiciones que se encuentran citadas donde corresponde a lo largo del presente trabajo.

 

B. La ciencia legitima y perpetúa el estatus quo

Según el teorema de W. I. Thomas, también conocido como ‘la definición de la situación’, si las personas creen que una situación es real, entonces es real en cuanto a sus consecuencias. En otras palabras, las personas actuamos de acuerdo con el significado que damos al mundo y, al actuar, creamos al mundo para que refleje ese significado. En un sentido muy real, entonces, el ser humano crea al mundo exterior a imagen y semejanza de su mundo interior. Como dijo Rousseau en su segundo Discours, las características que comúnmente se atribuyen a la naturaleza humana bien podrían ser un efecto –no la causa– de los fenómenos sociopolíticos.

Por ejemplo, Douglas McGregor [1977:20], en su tratado sobre la “Teoría X y Teoría Y”, afirma que los supuestos de gerente sobre naturaleza humana influyen fuertemente en la manera cómo maneja sus recursos humanos. Según la Teoría X, “el trabajador debe ser motivado y controlado mediante la presión directa de la gerencia, pues es perezoso, carece de ambición, le disgustan las responsabilidades, prefiere que se le indique qué hacer y se resiste pasivamente al logro de los objetivos organizacionales. La remuneración monetaria es lo único que lo motiva”. Según la Teoría Y:

“…dada la oportunidad, el personal es automotivado para lograr los objetivos organizacionales mediante el crecimiento y desarrollo personal. Sus rasgos naturales son lo opuesto a la Teoría X. Si la gente parece proceder según la Teoría X, es por que la organización exige que lo haga. La tarea del gerente es adecuar el entorno para que puedan satisfacer sus necesidades de autorrealización mientras cumple los objetivos organizacionales”.

En otro ejemplo, se realizó un ensayo con tres paralelos de un mismo grado en una escuela. El rendimiento promedio de las tres aulas era el mismo. Sin embargo, al contratarse nuevos maestros, se les dijo que el paralelo A era menos inteligente, que el paralelo B tenía una inteligencia normal y que el paralelo C poseía una inteligencia superior. No obstante, se les pidió a los maestros tratarles por igual a los tres grupos. Al final del año, al evaluarse los tres paralelo, los alumnos del grupo A obtuvieron las notas más bajas, los del grupo B fueron regulares, y los del grupo C sacaron puntajes sobresalientes. Los investigadores concluyeron que los estudiantes rendían según la expectativa de sus maestros.

Del mismo modo, las ciencias sociales no sólo describen sino que generan las realidades socioculturales. Las ciencias en general –y las sociales en particular– emiten profecías que se auto-cumplen. Sus conclusiones generan una especie de convicción ontológica (definición de la naturaleza del mundo y del ser humano), ya no meramente especulativa, sino basado en un supuesto respaldo científico. De ahí el gran poder de una ciencia para interprete y llene de significado al mundo social, pues es capaz de hacer que la sociedad llegue a ser un fiel reflejo de sus propias teorías.

De esta manera, la ciencia no sólo nos proporciona nuevas maneras de manipular al mundo material, sino que cambia la manera cómo lo percibimos, a través de sus interpretaciones de ese mundo. Según Lewontin [1991:4-8], la principal función de sus explicaciones no es la de aumentar nuestro control sobre el mundo, pues la mayor parte de lo que hacemos –incluso en la agronomía y la medicina– sigue el proceso empírico de replicar lo que ya funciona. Más bien su propósito es el de legitimar el estatus quo y, en particular, la posición dominante de las élites.

Una manera de lograr esto es el control de la ‘agenda científica’. Lejos de centrarse en el desarrollo de nuevas teorías, dicha agenda es dominada por un conjunto de teorías existentes que determinen la agenda de investigación. Una vez establecida la ‘verdad’ sobre un asunto, se procede a dedicar el tiempo y los recursos de la ciencia a examinar sus detalles, acumulándose un gran acervo de análisis centrado en un mismo punto de partida. Cualquier propuesta que se salga fuera de ese campo de ‘lo aceptado’ no recibe atención.

Por ejemplo, en el año 1902 Petr Kropotkin publicó su importante obra “Mutual Aid: A Factor of Evolution” (la ayuda mutua como factor en la evolución), en el cual describe amplias muestras de cooperación observadas entre diversas especies de animales. A pesar su sólida investigación, su estudio no atrajo mayor atención, según Aronson [1976:153] por que “no encajaba con la moda de su época ni con las necesidades de quienes se beneficiaban de la revolución industrial”. Hofstadter [1955:201] explica el contexto histórico de este hecho:

“La sociedad norteamericana vio reflejada su propia imagen en la versión más sangrienta de la selección natural, por medio de la cual… los grupos dominantes pudieron dramatizar esta visión de la competición como algo de por sí beneficioso. La rivalidad empresarial inmisericorde y la política carente de principios, parecían haber sido justificadas por la filosofía de la supervivencia”.

Este fenómeno no es meramente casual, pues la mayor parte de la actividad científica es controlada por intereses que orientan la inversión de su tiempo y dinero. Como dice Lewontin [1991:3],

“Las fuerzas sociales y económicas dominantes en la sociedad determinan en gran medida lo que hace la ciencia y cómo lo hace. Más aún, estas fuerzas poseen el poder de apropiar de la ciencia ideas particularmente adecuadas para mantener las estructuras sociales de las cuales forman parte y perpetuar su prosperidad”.

Toda ideología humana debe contar con alguna justificación para legitimarla. El estatus quo se mantiene en el poder y previene la oposición de las masas mediante “instituciones de legitimación social”, las cuales utilizan la ideología en vez de las armas para controlar al pueblo. Para ganar legitimidad, estas instituciones deben aparentar ser inmunes a las pugnas del mundo humano, representar la verdad absoluta, poseer un aura de misterio y ser intermediarias de un poder superior.

Hasta el siglo 17, este papel fue desempeñado por la iglesia, con su autoridad divina, su verdad incuestionable, sus prácticas veladas y su representación divina. El hombre era un ser condenado por un pecado original que se heredaba de una generación a otra, y su destino se encontraba en el puño de su Creador. A partir del siglo 17, su sustento pasó bajo el techo legitimador de la ‘ciencia’, con su imagen de ser apolítica, de descubrir verdades universales, su jerga esotérica y su rol de intérpretes del mundo. No cambió en lo esencial el concepto del ser humano, sino que ahora era un ser condenado a un comportamiento animal que se heredaba genéticamente, y su destino era determinado por las cadenas de causa y efecto. De este modo se pudo evitar la ‘disonancia cognitiva’ de este elemento de la cultura del agonismo con el resto de sus elementos y mantener prácticamente intacta su estructura fundacional.

Entre los científicos, se considera que hay plantadores (planters) y desyerbadores (weeders). Los primeros suscriben al crecimiento lineal del conocimiento científico bajo el supuesto de que toda exploración científica lleva a la verdad, la cual siempre será positiva y de beneficio social. Los segundos se preocupan por las consecuencias negativas que pueda tener la ‘mala ciencia’ en la sociedad, por lo que recomiendan sacar las malas hierbas antes de que surtan algún daño social.

 

C. Reduccionismos y préstamos epistemológicos

En la mayoría de las ciencias, el hombre estudia algo externo a sí mismo. El caso de las ciencias sociales es sui géneris, por que su objeto de estudio –la sociedad– no es algo dado por la naturaleza, sino creado por el hombre mismo. Por tanto, no se puede decir que el funcionamiento de una sociedad dada se puede o debe aplicar a toda sociedad. Ni siquiera si todas las sociedades del mundo compartieran la misma característica, podría decirse que ésta fuese esencial a toda sociedad. No obstante, este es uno de los errores históricos que cometieron las ciencias sociales desde sus inicios.

El supuesto básico al introducir asuntos ontológicos en las Ciencias Sociales es reduccionista, pues asume que la sociedad constituye la suma de sus miembros constituyentes. Es decir que comienza con algún concepto del individuo humano y lo transfiere a la sociedad humana. En este sentido, Lewontin dice: “Toda filosofía política debe comenzar con una teoría de la naturaleza humana. De seguro, si no se puede definir lo que significa ser verdaderamente humano, no se puede argumentar a favor de una u otra forma de organización social.” Incluso en el caso del Marxismo, dice:

“Los revolucionarios sociales, en especial, deben tener una noción de lo que significa ser verdaderamente humano, pues llamar a la revolución es incitar al derrame de sangre y a la completa reorganización del mundo. No se puede convocar al derrote violento de lo que es, sin aseverar que lo que será está más acorde con la verdadera naturaleza de la existencia humana. Así, incluso Karl Marx, cuya perspectiva de la sociedad era histórica, no obstante creyó que había una verdadera naturaleza humana y que los seres humanos se realizan en su esencia mediante una manipulación social planificada de la naturaleza para el bienestar humano.” [1991:87]

Esta tendencia a confundir lo individual y lo social tiene profundas raíces históricos. En sus inicios positivistas, las ciencias sociales buscaban salir de sus filosofías matrices y proyectarse como disciplinas empíricas en su propio derecho. La premura de esta labor, sin contar con un corpus teórico propio, significó que a veces se tomaran ciertos atajos. Se tomaban prestadas teorías que estaban de moda en otras ramas del saber –ellas mismas recién en pañales– en las cuales fundamentar sus propios análisis. De este modo se echó mano a varias teorías, principalmente de las ciencias naturales, para aplicarlas al ser humano y su sociedad, mediante los denominados ‘préstamos epistemológicos’.

Hoy en día se sabe que el préstamo epistemológico constituye una falacia y carece de validez en la ciencia. No se puede esperar que todos los fenómenos, desde los átomos hasta las estructuras sociales, se comportan de la misma forma o estén sujetas a idénticas leyes. Hacerlo sería reduccionista, suponer que las mismas leyes que explican los fenómenos de orden inferior basten para dilucidar fenómenos de orden superior.

Sin embargo, esta falacia lógica era muy común en los inicios de las ciencias sociales, las cuales tomaron prestadas teorías de la física clásica de Isaac Newton, del origen de las especies de Charles Darwin, y otros. La mayoría de estos préstamos apoya, de manera supuestamente científica, el mito justificatorio de que el ser humano es egoísta, agresivo y violento por naturaleza, y que el conflicto y la pugna son inherentes a la sociedad.

Con el transcurrir del tiempo sufrieron profundas modificaciones las teorías de origen de estos préstamos. Incluso a inicios y mediados del S. XX se presenció toda una revolución paradigmática con el nacimiento de la ‘nueva física, seguida por la ‘nueva biología’. Sin embargo, para ese entonces, las ciencias sociales ya habían reunido un gran cúmulo de teorías propias, construidas en base a supuestos abstraídos de teorías que ya no se consideraban válidos en sus ciencias de origen. Cambiaron las ciencias naturales prestatarias, pero no las ciencias sociales prestamistas. Como resultado, en la actualidad éstas cargan un gran bagaje de teorización social que requiere de una profunda revisión.

Hace falta, entonces, cuestionar los supuestos más fundamentales sobre los cuales se han asentado los pilares de disciplinas como economía, politología, psicología, sociología, antropología, historia, etc. Es el propósito del presente ensayo explorar algunos de los préstamos epistemológicos realizados hacia las ciencias sociales, especialmente desde el denominado fisicalismo y biologismo, así como sus aportes a la conformación del mito del agonismo como inherente en el ser humano y su sociedad. Además se examinan algunos de los cambios ocurridos en dichas ciencias prestamistas y sus implicaciones para la construcción de nuevos fundamentos teóricos en apoyo de una cultura de mutualismo, cooperación y paz.

 

D. Necesidad de un cambio de paradigma

Según Thomas S. Kuhn (1975), el avance de las ciencias depende de la estructuración y reestructuración de “paradigmas” (del griego paradeigma: modelo, patrón, ejemplo). Define los paradigmas como “ejemplos aceptados de la práctica científica actual, que combinan ley, teoría, aplicación e instrumentación, y proporcionan modelos a partir de los cuales se manifiestan las tradiciones coherentes particulares de la investigación científica”.

Otros autores han adaptado y refinado aún más el concepto. Por ejemplo, Marilyn Ferguson (1980:26) define el paradigma simplemente como “un armazón del pensamiento... un esquema para comprender y explicar ciertos aspectos de la realidad”. Joel Barker (1995:35) agrega otros elementos, definiendo el paradigma como “un conjunto de reglas y disposiciones (escritas o no) que hace dos cosas: 1) establece o define límites, y 2) indica cómo comportarse dentro de los límites para tener éxito”. La mayor parte del último libro citado se dedica a cómo cambian los paradigmas.

¿Se puede hablar de paradigmas en las Ciencias Sociales? Algunos autores opinan que no, pues las diferentes tendencias son sólo eso: diversas formas de percibir un mismo fenómeno. Sin embargo, es posible que el fenómeno de la “ceguera paradigmática” les esté incapacitando para percibir el propio paradigma al cual pertenece el conjunto de esas tendencias, hasta contraponerlo con otro paradigma nuevo. Las ciencias sociales han estado al servicio de la hegemonía del agonismo durante siglos. Cambiar esto significaría una verdadera revolución paradigmática, no sólo para estas ciencias sino para la sociedad toda, revolución cuyo tiempo ya ha llegado.

Gordon Fellman, en “Rambo and the Dalai Lama” (parte II.4), plantea la existencia de un paradigma dominante de “adversarialism” y otro naciente de “mutualism”. Sea o no un cambio de paradigma en un sentido técnico, sí se trata de un cambio de cosmovisión, completo con sus mitos y cultura. Y es que el agonismo constituye toda una estructura de pensamiento reforzada por instituciones que la encarnan.

 

E. Las ciencias sociales como activismo

¿Deben las ciencias sociales considerarse una forma de activismo? Hay quienes consideran que el rol del científico social debe limitarse al desarrollo de modelos y la realización de análisis en base a los mismos. Arguyen que de notro modo se podría politizar la ciencia; y de hecho, en el viejo paradigma basado en las pugnas de poder, este ha sido el caso. Sin embargo, esta forma de hacer ciencia social nos coloca en la situación del chofer que maneja con la vista fija en el retrovisor, o del educador que trata al alumno según cómo era en el pasado y no en virtud de lo que puede llegar a ser en el futuro.

Y es que las ciencias sociales tienden a trabajar con un enfoque histórico que supone que nuestro futuro está limitado por su particular interpretación de lo que ha sido nuestro pasado. Esta esencialización del ser humano y de su sociedad restringe el campo de lo que se considera posible, en vez de buscar nuevas oportunidades insospechadas, pues niega la posibilidad de cambio – que la etapa entrante de la madurez colectiva de la humanidad pueda ser cualitativamente distinta a las de su niñez y adolescencia.

Lo que es peor, como se ha visto en lo anterior, ninguna ciencia tiene en realidad fines puramente descriptivos, pues quienes financian sus estudios esperan algún retorno sobre su inversión más allá del conocimiento. Por tanto, una ciencia social meramente descriptiva corre el peligro de ser utilizada por intereses limitados para la manipulación de las masas. Esto colocaría al científico social en la posición de los físicos nucleares que construyeron la bomba atómica. Ellos sólo les indicaron a los militares lo que era posible hacer y se lavaron las manos de toda responsabilidad en cuanto a su uso.

En cuanto a la preocupación por la politización de las Ciencias Sociales, aunque se aceptara como una posibilidad, es un mal menor en comparación con su cooptación en apoyo de la hegemonía del agonismo. Además, es evidente que sería contraria a los mismos postulados del nuevo paradigma. Por tanto, tendría que ser identificado y denunciado donde ocurra. Lewontin (1991:16) dice que es necesario “un escepticismo razonable sobre las afirmaciones amplísimas e infundadas de la ciencia moderna sobre su comprensión de la existencia humana. Existe una diferencia entre escepticismo y el cinismo, pues aquel puede llevar a la acción, mientras que éste resulta únicamente en la pasividad”.

Para evitar esto, la ciencia social debe ser crítica, propositiva y responsable. Un nuevo paradigma debe incluir en su enfoque no sólo la desconstrucción del viejo y construcción del nuevo, sino revertir los daños ocasionados por el mito del conflicto y aportar a la edificación de una nueva sociedad. (Entre los autores que ofrecen alternativas interesantes en este sentido, por ejemplo, Alain Touraine (1994:127-138) propone un “Método de la Sociología de la Acción” que él denomina la “Intervención Sociológica”.) Sólo de esta manera será posible poner a la ciencia al servicio de la construcción de una Cultura de Paz y evitar su cooptación por la hegemonía del agonismo.

 


Notas:

Véase las referencias en la bibliografía anexa al presente estudio.

Read 15139 times Last modified on Lunes, 14 Julio 2014 15:19
Login to post comments

Acceso y Registro