Martes, 09 Marzo 2010 16:36

H. Institucionalización del Agonismo

Written by
Rate this item
(0 votes)

La segunda dimensión de la cultura es la socioestructural: las prácticas normativas que regulan el comportamiento individual y las instituciones que estructuran su vida colectiva, así como los sistemas económicos, políticos y judiciales de la sociedad, sus jerarquías de poder y autoridad, relaciones de producción y distribución de recursos, división del trabajo, y demás estructuras sociales, las cuales expresan y reproducen la dimensión psicocultural. En el presente artículo se postula que en su gran mayoría, las instituciones que estructuran la sociedad actual se han edificado sobre la base de supuestos agónicos, situación que no es natural ni inmutable, como comúnmente se cree. Se analizan críticamente algunas de las instituciones modernas que dan expresión a la actual cultura de violencia y conflicto, a la vez que la reproducen al servir de modelos en acción de sus principios fundacionales.

 

 

 

A. Del individuo a la sociedad

¿Cuál ha sido la trascendencia de este ejercicio para el análisis de las estructuras institucionales de la sociedad? Simplemente, que si estas teorías agónicas fueran ciertas, la naturaleza humana sería el mayor impedimento para la reestructuración social hacia una verdadera Cultura de Paz. En ese caso, nos quedarían únicamente dos opciones para superar este obstáculo. Por una parte, podríamos darnos por vencidos y desistir de todo intento de construir un mundo justo, unido y pacífico. En este caso habrían tres respuestas posibles: (1) retirarnos de la sociedad y encerrarnos en una 'burbuja' de paz y tranquilidad; (2) procurar que sea uno el que acabe ganando en esta 'guerra de todos contra todos'; o (3) atacar a las personas e instituciones que nos rodean, promoviendo así el colapso de todo lo malo que percibimos en el mundo. Todos hemos visto numerosos ejemplos de personas y grupos que han elegido estas tres opciones.

La otra opción sería estructurar la sociedad de tal manera que saque provecho de las tendencias agónicas supuestamente inherentes al ser humano. Si éste es motivado únicamente por intereses egoístas, si es agresivo y acaparador por naturaleza, entonces la mejor forma de organización social sería aquella de aproveche la energía inherente en estas tendencias. En palabras de Karlberg (2004:21-22), "Si el conflicto y la competencia fueran estados inevitables de toda interacción humana... tendría sentido estructurar nuestros asuntos colectivos como pugnas, a fin de aprovechar esas fuerzas competitivas y conflictivas, maximizando así el bienestar social."

Es justamente ésta la alternativa que ha escogido la gran mayoría de propuestas sociales, políticas o económicas modernas que han logrado aplicarse a gran escala. Tal es el caso de tanto del capitalismo como del comunismo, siendo sólo uno de los múltiples aspectos que tienen en común. Adam Smith postulaba que si cada uno fuera libre para competir por promover sus intereses personales, el resultado sería el mejoramiento del sistema como un todo. Karl Marx, por su parte, interpretaba la historia como una 'lucha de clases' en la cual se debía aprovechar la fuerza de los números para lograr un estado socialista y eventualmente una sociedad comunista, con igualdad para todos.

Asimismo, el sistema partidista, empleado por la mayoría de democracias modernas, divide a la sociedad en sectores por intereses y/o ideologías y promueve entre ellos una pugna por el poder político. El sistema jurídico coloca al demandante y el acusado en un litigio donde lo importante no es hallar la verdad del asunto sino derrotar al otro por medio de astucias legales. El sistema educativo promueve la competencia entre estudiantes con el supuesto de que esto mejorará su rendimiento. La medicina se observa como una lucha con la enfermedad por medios que invaden y agreden incluso los aspectos sanos del cuerpo. La agricultura, pesca y minería matan a los ecosistemas para poder extraer sus riquezas.

En suma, prácticamente todas las instituciones actualmente vigentes en el mundo han sido elaboradas en base a supuestos agónicos. El mundo se presenta como una gran lucha en la cual hay ganadores y perdedores, y donde el progreso tanto del individuo como de la colectividad depende de la participación exitosa en esta pugna. El problema es que estas instituciones no sólo reflejan el mito del agonismo ineludible, sino que lo refuerzan, lo hacen tangible, lo dan credibilidad y lo otorgan legitimidad.

Volviendo a nuestra pregunta original, sin embargo, supongamos por un momento que fueran erróneos los supuestos agónicos respecto a la naturaleza del ser humano y su sociedad, como se argumentó en la sección anterior sobre las teorías agónicas. En este caso, el mayor obstáculo para el logro de una sociedad a la vez pacífica y pujante, no sería alguna falencia inherente en nuestra naturaleza, sino más bien nuestra creencia en dicha falencia. Y es precisamente ésta la propuesta del presente estudio. Es una creencia paralizante, pues nos ha llevado a aceptar el mundo como está y considerar inútil y una pérdida de tiempo y energía el intentar los cambios necesarios para lograr una verdadera cultura de paz.

Por ejemplo, un estudio en la Universidad de Sevilla determinó que "el mito de que la guerra sea intrínseca a la naturaleza humana, desalienta el activismo por la paz entre los jóvenes" (Adams 1987). En otras palabras, es nuestra falta de fe en la humanidad - en nosotros mismos - nuestro mayor impedimento. Como dijera Walt Kelly en 1971 a través de su personaje Pogo: "Hemos conocido al enemigo y él somos nosotros".

 

B. Institucionalización del agonismo

¿Si el agonismo no es inherente ni necesario al ser humano, entonces cómo llegaron nuestras instituciones y prácticas sociales a tener sus actuales configuraciones agónicas? Esta interrogante nos trae a la segunda dimensión de nuestro análisis, que se puede resumir en tres palabras: ACTUAMOS COMO PENSAMOS. Es decir, la dimensión socioestructural es un reflejo de la dimensión psicocultural. Nuestros actos, sin no son meros reflejos neurológicos, son el resultado de una decisión, por automática, subconsciente o poco pensada que parezca. Y esta decisión se basa en nuestra forma de ver al mundo, a nosotros mismos y a nuestra relación con él. Surge de nuestras expectativas, esperanzas y temores, nuestros principios y valores, nuestras creencias y modelos mentales.

Nuestro mundo no 'es como es', sino que está como está; y no por que tiene que estar así, sino por que nosotros lo hemos forjado mediante nuestras acciones, tanto individuales como colectivas, grandes como pequeñas, trascendentes como cotidianas. Cada vez que actuamos o dejamos de actuar, de cualquier modo que tratamos a los demás o los pasamos por alto, cada artículo o servicio que compramos o dejamos pasar, cada esfuerzo, sonrisa, decisión, omisión, a cada paso de la vida, estamos forjando el mundo. Estos comportamientos por lo general no se dan en aislamiento, sino que se van estructurando en prácticas comunes, normas sociales, instituciones educativas, religiosas y de otra índole, organizaciones benéficas, sistemas judiciales, políticos y administrativos, arreglos económicos de producción y distribución de bienes y servicios, jerarquías de poder y autoridad, y un sinnúmero de otras estructuras sociales.

De este modo, las estructuras de la sociedad occidental constituyen la institucionalización de la cosmovisión agónica y de las actitudes, principios o valores que se desprenden de ella. Se puede decir, por ejemplo, que el sistema capitalista constituye la encarnación de la avaricia; el sistema partidista, de la pugna; el sistema electoral, de la ambición; los movimientos políticos, del conflicto; el sistema jurídico, del litigio; el sistema de defensa, del temor; los medios masivos, del pleito; el sistema educativo, de la competencia; el deporte profesional, de la contienda; el sectarismo religioso, de la rivalidad; la medicina y agricultura tradicionales, de la invasión, etc. Incluso nuestras relaciones sociales cotidianas constituyen con frecuencia la expresión tangible de la lucha y disputa. El agonismo resulta ser como un cáncer que se ha tomado todos los órganos y sistemas del cuerpo político.

Esta institucionalización de la pugna, el conflicto, la competencia y la lucha produce lo que Karlberg (2004:36-8,50-2) llama el 'agonismo normativo' (normative adversarialism), profundamente arraigado en las culturas occidentales liberales. Se basa en el supuesto de que la contienda constituye un modelo normal y necesario de organización social, así como la prescripción de que debe ser así. Esto no implica que tales configuraciones socioestructurales sean completamente agónicas, carentes de aspectos mutualistas, sino que, como dice Karlberg (2004:38), "el adversarialismo se ha constituido en ideal normativo al interior de cada una de ellas; y aquellos elementos de mutualismo - donde existen - ocurren dentro de estructuras adversarias mayores que los distorsionan y restringen".

Karlberg identifica un núcleo de tres tipos de instituciones agónicas - las económicas, políticas y jurídicas - a las cuales denomina el "sistema tripartito integrado de la contienda". Alrededor de este eje gira toda una constelación de instituciones y prácticas que lo refuerzan, como son los medios de comunicación masiva, el sector educativo e incluso algunas formas de activismo social basadas en supuestos de contienda, pugna y antagonismo. Otros autores han agregado configuraciones institucionales como el sistema de defensa, el deporte, el sectarismo religioso, la medicina y salud, la relación con la tierra y una serie de prácticas aceptadas en las relaciones sociales cotidianas.

Cabe aclarar que no se pretende sugerir la posibilidad de describir una estructura social como si fuese un mismo fenómeno que se manifiesta de la misma manera en todo lugar. Al hablar de LA política, LA economía, etc., se reconoce que cada país es muy diferente, e incluso dentro de un mismo país se observa una gran diversidad de estructuras y supuestos. Sin embargo, existen ciertas similitudes que nos permiten generalizar la presencia de elementos agónicos en cada una de estas estructuras. Karlberg (2004:37) atribuye estas similitudes entre los países de occidente a "las influencias culturales comunes de la tradición judeocristiana, el legado del pensamiento predominante del Renacimiento y la Ilustración, y diversos vínculos sociales, económicas e intelectuales entre las sociedades occidentales". Añade que al margen del 'occidente',

"Muchas de estas estructuras y prácticas agónicas están claramente presentes en otras partes del mundo. Esto se debe, por una parte, a las tradiciones paralelas de militarismo, masculinidad y otras más en muchas de las culturas no occidentales. Por otra parte, también se puede atribuir a la poderosa influencia internacional que han ejercido algunos de los países occidentales a lo largo de los últimos siglos. Al momento, esta influencia puede verse de manera más conspicua en la dominación global del contenido mediático de los Estados Unidos, país que exporta expresiones culturales de violencia, conflicto, partidismo y litigios, no sólo hacia otros países de occidente, sino hacia prácticamente todas las regiones del planeta".

Las teorías, principios, supuestos e ideales hallan expresión concreta en forma de las instituciones y prácticas de una sociedad. Estas estructuras sociales pueden ser tan formales como el sistema de salud pública, o tan informales como la costumbre de preguntar '¿como estás?' al saludar con alguien, tan impactantes como el aparataje de la guerra o tan sutiles como el uso de metáforas militares en la conversación cotidiana. El principio de la caridad se materializa en formas que van desde la mendicidad hasta las organizaciones de beneficencia, el de la solidaridad desde la visita al enfermo hasta las compañías de seguros. De estas maneras construimos el andamiaje de la sociedad a imagen y semejanza de nuestras propias estructuras internas.

En esta sección se analizan algunas de estas instituciones y prácticas en sus formas agónicas actuales - la manera como los supuestos agónicos mencionados en la sección anterior han sido encarnados en instituciones y prácticas que los dan expresión y a la vez los reproducen y consolidan en la sociedad. Se comienza por una descripción de la manera como su configuración actual encarna la cultura del agonismo. Acto seguido se conocen brevemente los supuestos y mitos en los cuales se basan estas estructuras para justificarlas, naturalizarlas y esencializarlas, seguido de una comparación de los costos y beneficios del sistema. Luego se propone una visión de cómo se vería el sistema en una cultura de paz, seguida de un resumen de algunas alternativas concretas que han sido planteadas para su logro.

 

C. Desnaturalización del agonismo institucionalizado

Los modelos mentales no se quedan en la mente de la gente, sino que encuentran expresión en sus formas de actuar, prácticas normativas y estructuras políticas, económicas y sociales. Cuando se cree que la naturaleza humana es incorregiblemente agresiva y egoísta, parecería ser necesario dominar y explotar tales impulsos mediante la estructuración de las interacciones sociales a modo de pugnas de poder en defensa de intereses limitados, como se observa en muchas de las sociedades liberales de occidente.

Por ejemplo, la ciudad de Nueva York, donde la ciudadanía cree que la ira no puede ni debe ser controlada, es mucho más violenta que Tokio, donde la cosmovisión predominante prescribe no sólo la posibilidad sino el imperativo de evitar la agresión. De este modo, nuestras creencias acerca de la naturaleza del ser humano y del orden social se vuelven profecías que acarrean su propio cumplimiento. El suponer que la agresividad y el egoísmo son inevitables, nos motiva a comportarnos de manera violenta y mezquina, en un círculo vicioso alimentado por creencias que no sólo son erróneas sino potencialmente mortíferas.

En la sección anterior vimos como algunas teorías supuestamente 'científicas' tienden a esencializar al ser humano. Su desesencialización requiere de la modificación de varios aspectos de la dimensión psicocultural de la cultura. De modo similar, los sistemas agónicos analizados en esta sección se han normalizado en la mente del público mediante un proceso de naturalización. Es decir que las instituciones, prácticas y demás configuraciones existentes en la sociedad son interiorizadas al punto de parecernos naturales, inevitables y, por tanto, imposibles de cambiar. En palabras de Karlberg (2004:1-22),

...aún si el conflicto y la competencia fueran las principales fuerzas motrices de la historia - un supuesto cuestionable en sí - es fácil confundir los asuntos humanos tal y como han sido o tal y como son con los mismos asuntos humanos como podrían ser o como deberían ser. Este es el problema de la naturalización.

La predominancia de instituciones agónicas ha resultado incluso en la naturalización de este tipo de configuración socioestructural a tal punto que las propuestas alternativas que no sean de este tipo son rechazadas de plano sin mayor consideración. Ante esta situación se requiere de la desnaturalización de estas configuraciones para poder modificar esta dimensión de la cultura del agonismo [Ross 1993]. Por ejemplo, la desnaturalización de instituciones como la esclavitud y el machismo ha permitido demostrar que no son esenciales sino culturales. Esto ha hecho posible promover una cultura donde las personas de color y las mujeres poseen los mismos derechos que los blancos y los hombres. Hace poco fue desnaturalizada la monarquía, actualmente es la guerra la que pierde su naturalidad, y pronto el capitalismo desenfrenado y el partidismo político han de desnaturalizarse. Como explicara Geoff Mulgan en “After Capitalism” (Después del capitalismo),

En las primeras décadas del siglo 19… los monarcas y emperadores dominaban al mundo… Al igual que los actuales defensores del capitalismo, en aquel entonces se podía argumentar plausiblemente que la monarquía estaba arraigada en la misma naturaleza. Entonces lo natural era la jerarquía; hoy es la codicia personal… Nos separan apenas unas pocas generaciones de aquellas sociedades donde las fuerzas militares tenían el mayor estatus y respeto. La guerra formaba parte del orden natural, la manera inevitable de resolver las controversias. Sin embargo, contra todas las probabilidades, en gran parte del mundo los ejércitos han sido domados y civilizados, y de amos crueles se han convertido en servidores profesionales.1

La “naturalización” del entorno sociocultural es un proceso normal en nuestra formación. Desde la cuna, cada niño recibe de su entorno sociocultural no sólo los modelos mentales imperantes, sino ejemplos palpables de cómo estos son llevados a la práctica. Al crecer, aprende teorías que refuerzan esos modelos mentales, los ve modelado en las prácticas e instituciones de la sociedad, y es expuesto constantemente a sus manifestaciones en los medios masivos. Estos mensajes afirman, reafirman y confirman una manera particular de percibir el mundo y actuar en él, hasta que llega a creer que esta no es sólo UNA manera de ver y proceder en el mundo sino la ÚNICA. Hasta le pueden parecer fijas, como si fueran biológicamente determinadas. Más aún, se convence de que ES el mundo, no sólo una representación del mismo, sino la realidad misma.

De este modo, las configuraciones sociales son interiorizadas al punto de parecernos naturales, de “sentido común”, inevitables y, por tanto, imposibles de cambiar. Incluso, hay quienes afirman que existe un esfuerzo consciente por reforzar entre las masas de la humanidad esta percepción de la “naturalidad” de las instituciones actuales, a fin de legitimar el estatus quo y asegurar su preservación. Y si alguien cuestiona por qué las cosas son así, se le responda que “el mundo ES como ES; no puedes cambiarlo”.

Sin embargo, sabemos ahora que el “mundo” es producto de nuestras acciones y que éstas son consecuencia directa de nuestros supuestos y creencias. La historia da cuenta de que el mundo no siempre ha estado como está hoy; de hecho en los últimos 100 años ha cambiado más que en todo el resto de la historia humana. Aún dentro de las sociedades más divididas, conflictivas y egocéntricas, existen numerosos ejemplos de lo contrario, lo cual comprueba que los seres humanos también somos capaces del mutualismo y la cooperación. Por tanto, una respuesta más acorde con la realidad sería: “El mundo ESTÁ como ESTÁ por que nosotros lo hicimos así y podemos cambiarlo si queremos”.

Para cambiar las prácticas culturales disfuncionales, hay que examinarlas cuidadosamente, a fin de poder desasociarnos de ellas en cierto grado. Debemos darnos cuenta de que hemos aprendido aquella práctica, la que es apenas una entre toda una gama de posibles formas de actuar en una determinada situación y que otras culturas tienen otras prácticas. Sólo cuando logramos el grado de objetividad que nos permita ver a determinadas prácticas sociales como contingentes y variables, podremos decir que han sido “desnaturalizadas”. Entonces estaremos abiertos a investigar y ensayar prácticas alternativas.

 

 


Notes:

 

1. Mulgan, Geoff. “After Capitalism”, Prospect, Issue 157, April 26, 2009. (URL: http://www.prospectmagazine.co.uk/2009/04/aftercapitalism/)

Read 9648 times Last modified on Lunes, 14 Julio 2014 15:11
More in this category: « G. Factores Psicoculturales
Login to post comments

Acceso y Registro