Miércoles, 10 Marzo 2010 15:03

E. Génesis del Agonismo

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Se arguye que en gran parte, el predominio de la actual cultura del agonismo en todo el planeta se debió a la conquista, colonización y culturización del resto del mundo por parte de la cultura agónica europea. Se analizan las semillas griegas y romanas de esta cultura, su germinación durante la edad media, su expansión global mediante la conquista y colonización, su consolidación mediante la creación de configuraciones socioestructurales que la dieron mayor expresión, y la transferencia de su sede principal a los Estados Unidos de Norteamérica. Acto seguido se hace un repaso de algunos de los argumentos empleados para justificar y legitimar, desde la religión, la legislación y la ciencia, los excesos y abusos cometidos por los representantes de esta cultura agónica a lo largo de esa historia, así como la forma como esta sapiencia fue diseminada y anclada en el mundo entero.

 

 

 

 

 

¿Cómo llegó nuestro mundo a caracterizarse por la presente cultura de conflicto, competencia, agresión y violencia? ¿Surgió espontáneamente, o hubo alguna causa más profunda? De todas las culturas del mundo, muchas de las cuales se caracterizan más bien por relaciones de cooperación, mutualismo y paz, ¿por qué ésta en particular se ha establecido como la norma en prácticamente todo el mundo?

 

A. Génesis de la Cultura del Agonismo

En esta sección se arguye que en gran parte, las raíces de la actual cultura mundial de agonismo se encuentran en el hecho de que, durante el período comprendido entre los Siglos XVI y XIX, un conjunto cultural en particular, de origen europeo, logró diseminarse e imponer sus configuraciones psicoculturales y socioestructurales en la mayoría de pueblos del mundo mediante su conquista, colonización y culturización. O'Gorman afirma que la conquista europea abrió "la posibilidad efectiva de la universalización de la Cultura de Occidente como único programa de vida histórica capaz de incluir y ligar a todos los pueblos." Como resultado, dicha cultura tomó "el paso de la particularidad a la universalidad" que en realidad es "sólo la particularidad europea con pretensión de universalidad" [1958:98]. La consecuencia, en palabras de Karlberg [2004:190], ha sido que "miembros de virtualmente todas las sociedades modernas han interiorizado diversas normas y comportamientos agónicos debido a la influencia global de la cultura de contienda occidental".

Esto no es decir que no ha habido otras culturas en el mundo en las que ha primado la conflictividad y agresividad, notablemente los Buganda, Comanche, Jíbaro, Lepcha, Mae Enga y Yanomamo. Sin embargo, debido a circunstancias históricas, no fueron éstos los pueblos que imprimieron su particular cultura en los demás.

El politólogo Marc Ross, autor del muy citado estudio "The Cultures of Conflict", aclara que "aunque históricamente muchas sociedades no-europeas han sido violentas... el colonialismo europeo y su imperio aportaron grandemente al nivel de conflictividad global y de diversas maneras" [2009]. Y como nos recuerda Diamond [1997:25], "...no fue el caso que el 51% de las Américas, Australia y África haya sido conquistado por los europeos, mientras que el 49 por ciento de Europa haya sido conquistada por los Indígenas Americanos, Aborígenes Australianos o Africanos. La totalidad del mundo moderno ha sido forjado por resultados asimétricos".

No se puede hablar de LA cultura europea como algo monolítico, pues ese continente nunca ha tenido - ni tiene ahora - una sola cultura. A lo largo de la historia se ha caracterizado más bien por su atomización en unidades más o menos pequeñas y en constante conflicto entre sí. Incluso bajo el Imperio Romano, las 'provincias' más cercanas cuidaban celosamente a sus propias culturas y cierta autonomía política, y las más lejanas se resistían abiertamente al dominio de Roma. Hasta hace poco, el hablar de 'Europa' como algo más que la denominación geográfica de un continente no tenía mucho sentido, pues no hubo una conciencia de unidad europea.

Sin embargo, algo se puede afirmar acerca de algunas de las formas predominantes de pensar y actuar de los pueblos que habitaban esa región a inicios de la Conquista durante los Siglos XVI y XVIII, período de la Conquista y Colonización, y su posterior evolución hasta perder el control político de las últimas colonias recién en el Siglo XX. Por ahora afirmaremos que ya en el siglo XVI, aquellos países europeos que participaron en la conquista y colonización de la mayor parte del resto del mundo, se caracterizaban por tener una cultura predominantemente agónica.

Ya que le cupo a Europea desempeñar este rol, nos interesará conocer algo de sus orígenes y rasgos generales, a fin de poder comprender de qué maneras se impuso en el mundo y en qué formas persiste aún en la actualidad. Este breve análisis servirá para poder responder de mejor manera las objeciones en el sentido de que "así es, siempre ha sido y siempre será el mundo".

Quedaría fuera del alcance del presente estudio presentar un análisis detallado de las diversas características de la Cultura Agónica de los pueblos europeos durante este período. Esta historia ha sido escrita una y otra vez por muchos autores y está al alcance de cualquier lector interesado. Más bien nos limitaremos aquí a resaltar lo que consideramos ser algunos de sus puntos clave, como orientación para futuros estudios.

1. Raíces Históricas Profundas

En esta tarea es útil la acepción de la historia como "forma particular de pensamiento que interroga el pasado desde las coyunturas del presente", pues desde la óptica de la actual cultura del agonismo es posible identificar más claramente sus semillas en la Europa medieval e incluso más atrás en la historia, así como seguir su desarrollo en los mitos y estructuras que sirven el doble propósito de sustentar dicha cultura y de obstaculizar el avance de una cultura de paz.

¿Cómo y por qué surgió la cultura del agonismo en Europa? Varias teorías han sido propuestas por diversos autores, pero recordemos con Diamond [1997:418] que:

"Un rasgo cultural menor puede surgir por motivos locales y temporales, tornarse fijo, y entonces predisponer a una sociedad hacia elecciones culturales más importantes, como sugiere la aplicación de la teoría del caos en otros campos de la ciencia. Tales procesos culturales se encuentran entre los imponderables de la historia que tienden a hacerla impredecible".

Algunos estudiosos hallan las raíces del agonismo, como principio fundacional de la cultura occidental, en la antigua Grecia y su cosmovisión. Mientras que otras culturas pensaban en términos de círculos de realimentación complementaria, por ejemplo, la griega se basaba en los opuestos polares o binarios.1 Cada aspecto de su vida, desde el deporte y la guerra hasta la política y economía, era caracterizada por la contraposición de fuerzas antagónicas. No había el concepto de ganar-ganar, sino que la victoria de una parte significaba necesariamente la derrota de la otra. Es interesante acotar que el centro de la vida política y económica de la polis o ciudad griega era el ágora - una combinación de foro político, mercado público y sitio de congregación, donde los ciudadanos se reunían para debatir política, regatear precios y discutir filosofía. El mismo nombre ágora significa contienda o pugna, lo cual dice mucho acerca de su intencionalidad y la percepción de los griegos.

Dentro de este marco, los Sofistas fueron los maestros de la técnica persuasiva y el argumento retórico. De sus empeños, en tanto la filosofía como la política, surgió un método de lógica formal basado en modelos oposicionales para la generación del conocimiento, sistematizado y publicado por primera vez por Aristóteles. Se establecieron academias masculinas donde estos métodos fueron enseñados y utilizados como los instrumentos esenciales del trabajo intelectual. Aquí se formaron los varones que llegarían a ser los forjadores de los sistemas políticos, económicos y militares del imperio griego, reproduciendo y fortaleciendo de este modo de una generación a otra los fundamentos de una cultura de oposición, disputa y pugna.

Fue esta la cultura que más tarde sería legada a Europa a través de la civilización romana. Durante cinco siglos, desde el año 27 A.c. hasta 476 D.c., gran parte de la actual Europa fue dominada por el Imperio Romano, el cual basaba su predominio en el poder político, económico y militar. Al debilitarse el poderío imperial, los pueblos del sur de Europa fueron invadidos y saqueados repetidas veces por los godos, visigodos y otros pueblos bárbaros del norte de Europa que no habían sido doblegados por los romanos. En suma, hubo harta materia prima en la historia que pudo haberla predispuesto al agonismo como tónica cultural predominante.

2. Europa en la Edad Media

Ya para el año 1500 d.C., el agonismo es un rasgo psicocultural y socioestructural predominante en Europa. Una cultura agónica o de conflicto se caracteriza por una jerarquía vertical, por una estricta estratificación de la sociedad, por la prevalencia de relaciones de dominación-sumisión, por la imposición de voluntades a la fuerza, por el control social mediante el temor, la satanización del 'otro' mediante la proyección en él de los defectos propios. Y esto describe bastante bien la cultura de los futuros conquistadores y colonizadores.

El ideal de un hombre era fuerte, decidido, violento e incluso brutal, ideales que eran reflejados en los sobrenombres que se les solía dar a los grandes señores, como "el Fuerte", "el Sin Miedo", "el Malo", "el Temerario", "el Cruel", etc. Aún cuando sufría bajo su tiranía, el pueblo los admiraba por estas cualidades y los condonaba, pues su fuerza despiadada les hacía merecedores de sus puestos de autoridad. El infierno de Dante en su "Divina Comedia" ha sido descrito como reflejo fiel de la cosmovisión convulsionada de esos pueblos.

En cuanto a sus estructuras políticas, lejos de poseer un gobierno centralizado, el continente se encontraba dividido en 1000 pequeños estados en el Siglo XIV y 'sólo' 500 en el año 1500 d.C., los cuales disputaban constantemente entre sí sus territorios y el control político. Incluso al interior de estas unidades territoriales hubo constantes luchas por el poder. Estas son descritas en detalle por Maquiavelo en su famoso manual "El Príncipe", que es más un comentario sobre la situación existente que una propuesta de cambio. En el sistema feudal, los señores feudales tenían el derecho a explotar a su antojo al pueblo, e incluso tomar sus vidas a voluntad, pues eran dueños absolutos no sólo de sus territorios sino también de todo lo que contenían, incluyendo las personas.

La vida académica de la Europa medieval tomó como modelo a las academias griegas, primero en los monasterios, luego en forma de la "escuela-catedral" a partir del siglo IX, después como la universidad eclesiástica desde el siglo XII y finalmente la universidad secular con auspicio aristocrático comenzando en el Siglo XVII. Karlberg [2004:58-62] ofrece un excelente resumen de autores como Noble [1992], Moulton [1983] y Ong [1974, 1981], quienes han estudiado estas tres instituciones sucesivas a profundidad, encontrándolas altamente agónicas en varios sentidos hasta fines del Siglo XIX.

Estos autores los describen como masculinas y misóginas, considerando a la mujer como mundana y pecaminosa, a ser rehuida para preservar la pureza de cuerpo y espíritu. Poseían una cultura altamente militarista, con una disciplina rígida y regímenes de tipo castrense. Se percibían a sí mismos como 'guerreros' en formación para librar batallas tanto espirituales (como misioneros) y físicas (cruzadas e inquisiciones). En algunas universidades, los estudiantes se dividían en 'naciones' y participaban en luchas armadas ritualizadas entre sí. A veces estos 'soldados' salían a las comunidades vecinas de noche para aterrorizar a la población local, especialmente las mujeres. Existía una enemistad ritual entre docentes y alumnos, métodos adversarios de enseñanza y evaluación, y frecuentes castigos físicos. El principal método de formación e investigación consistía en la disputa académica y contienda intelectual, por lo que se favorecían materias que se prestaba para ello por sobre aquellas que no.

Fue en estos semilleros de agonismo donde durante casi 2000 años se formaron los líderes de cada generación que escribieron la historia universal, idearon las instituciones y prácticas que llegarían a ser las estructuras agónicas de hoy, y gestaron las diversas disciplinas científicas occidentales que por tanto coinciden en mirar al mundo a través de las oscuras gafas del agonismo. Es de este modo se pudo fomentar y reproducir la cultura del agonismo, no sólo en Europa sino en todas partes de mundo donde se llegó a establecer este tipo de institución educativa.

La religión predominante era el Catolicismo Romano, nacido como iglesia oficial del Estado romano en el Siglo IV. Sus inicios habían sido de proselitismo agresivo e incluso violento, habiendo sido impuesta por espada y fuego en todo el imperio. Posteriormente, cuando el gobierno romano perdió su poder político sobre las provincias, la Iglesia Católica había asumido el gobierno, siendo la principal estructura social que permaneció. Ya en el Siglo XVI, seguía ejerciendo una gran influencia política sobre los señores feudales.

Las Cruzadas habían sido instigadas por sus sumos sacerdotes para sacar al Islam de Palestina, pero se lanzaron contra todo aquel que tuviera la tez relativamente oscura, ya fuera musulmán, judío, o incluso cristiano. En 1492, el mismo año en que Cristóbal Colón realizó su famoso viaje, se había consumado un genocidio contra los musulmanes y judíos en España en nombre de la Iglesia. Mediante la 'Santa Inquisición', los supuestos 'herejes' eran torturados y ejecutados de las maneras más crueles. Finalmente, sus sacerdotes habían encabezado las Conquistas y bendecido a las armas, so pretexto de 'evangelizar' a los pueblos paganos.

Durante la Edad Media, los pueblos de Europa habían desarrollado poca ciencia y tecnología de importancia trascendental para el mundo. Esto se debió principalmente a que sus idiosincrasias religiosas e ideológicas eran "conservadores, insulares y hostiles al cambio" [Diamond 1997:241-2] y la innovación, y por tanto mayormente incompatibles con el avance científico. En su mayor parte, las tecnologías que aprovechó España para la exploración y conquista de las Américas habían sido adquiridas de la civilización islámica, que había llegado a su cénit mientras Europa se sumía en el Oscurantismo, y que se encontraba ya en pleno descenso a fines del Siglo XV.2 Estas incluían espadas de acero fino, armas de fuego, grandes naves y artes de navegación. Incluso después de la 'Reconquista', España había tolerado la presencia de los 'moriscos' (musulmanes obligados a convertirse al catolicismo) solamente por que eran los únicos artesanos que sabían cómo producir con calidad estos artefactos. Como dice Diamond [1997:253,409-10],

"Solemos pensar en la Europa occidental y sus derivaciones norteamericanas como líderes de la innovación tecnológica en el mundo moderno, pero la tecnología era menos avanzada en Europa occidental que en ninguna otra área 'civilizada' del Viejo Mundo hasta fines de la Edad Media... Aun desde el año 1000 d.C. hasta 1450, el flujo preponderante de la ciencia y tecnología fue hacia Europa desde las sociedades islámicas que se extendían desde la India hasta el norte de África, y no al revés".

Incluso el cultivo de la tierra se realizaba en forma agónica, mediante el despeje de grandes extensiones para el monocultivo intensivo. Estos métodos ya habían resultado en la destrucción de algunas de las regiones agrícolas más ricas de la tierra, como la "Creciente Fértil", que abarcaba los territorios del antiguo Egipto, el Levante mediterráneo y la Mesopotamia, y que perdió gran parte de su capacidad productiva debido a la sobreexplotación y salinización mediante el riego excesivo. No obstante, se continuó el uso de estas prácticas dañinas, que incluso fueron expandidas hacia todos los territorios colonizados. Compárese esto con los sistemas de cultivos combinados, rotativos y poco intensivos que se empleaban en muchas zonas menos 'civilizadas' del mundo y que preservaban la capacidad productiva de la tierra a largo plazo.

3. La Conquista y Colonización

Vemos, entonces, que los elementos psicosociales y socioculturales de la Europa Occidental de esa época fueron predominantemente agónicas. Fue esta la cultura la que conquistó, colonizó y se arraigó en las Américas y el Pacífico, grandes extensiones de oriente y el continente africano. Sus tendencias agonistas determinaron que sus acciones se centraran más en matar y conquistar, robar y explotar, y tomar prisioneros o esclavos, que en establecer relaciones comerciales pacíficas con los demás pueblos.3 Esto se aprecia desde el mismo inicio del proceso. Se narra que en el cuarto viaje de Cristóbal Colón a las Américas en 1502, cuando éste se encontró con una gran canoa mercantil procedente de la actual Honduras, no vaciló en robar todo lo que quiso y tomar prisioneros. Quince años más tarde, una expedición atracó en la costa del Yucatán en búsqueda de esclavos, seguida por una fase de conquista de las civilizaciones locales e imposición de la religión católica. San Bartolomé de las Casas [1999:36] describe así una escena que él mismo atestiguó:

"Una vez, saliéndonos a recebir con mantenimientos y regalos diez leguas de un gran pueblo, y llegados allá, nos dieron gran cantidad de pescado y pan y comida con todo lo que más pudieron; súbitamente se les revistió el diablo a los cristianos e meten a cuchillo en mi presencia (sin motivo ni causa que tuviesen) más de tres mil ánimas que estaban sentados delante de nosotros, hombres y mujeres e niños. Allí vide tan grandes crueldades que nunca los vivos tal vieron ni pensaron ver".

¿Cómo veían los pueblos originarios a sus conquistadores? Es evidente que no comprendían su forma agónica de pensar y actuar. Se cuenta que el cacique Quilalebo los acusa como sigue:

"¿Por qué los españoles nos tienen por tan malos como dicen que somos? Pues en las acciones y en sus tratos se reconoce que son ellos de peores condiciones naturales y crueles, pues a los cautivos los tratan como a perros, los tienen con cormas, con cadenas y grillos, metidos en una mazmorra, y en un continuo trabajo, mal comidos y peor vestidos, y como a caballos los hierran en las caras quemándolos con fuego. Si acá hiciésemos eso con vosotros... No habemos querido imitaros en esto, por parecernos crueldad terrible y no digna de pechos generosos ni de valientes soldados... Y el quemarles las caras con hierros ardiendo y otros instrumentos, capitán, ¿por qué lo hacen?... Nosotros, ¿qué es lo que hacemos?... Defender nuestras tierras, nuestra amada libertad y nuestros hijos y mujeres". [Lipschutz 1962:124]

En los ojos de los indígenas, estos avaros de oro eran "engañosos como los monos, agresivos como los puercos hambrientos, cobardes como los bestezuelas". En los libros mayas de Chilam Balam se encuentra la siguiente descripción:

"Llegaron los extranjeros... los bárbaros, los hijos del sol... ¡Ay! ¡Entristeceos, porque llegaron!... Vienen los cobardes... los blancos hijos del cielo... ¡Ay! ¡Entristezcámonos porque vinieron!... los grandes amontonadores de piedras..., los falsos, los opresores de la tierra que estallan fuego al extremo de sus brazos, los embozazos... Será la muerte de los grandes linajes... Perdida será la ciencia, la sabiduría verdadera". [Rivera 1986]

Las barbaries cometidas en contra de los pueblos indígenas fueron justificadas so pretexto de que dichos pueblos eran infrahumanos. El mismo Charles Darwin, quien aborrecía estos crímenes de lesa humanidad y había denunciado en su "Origen del Hombre" la costumbre de "clasificar a las llamadas razas del hombre como especies diferentes", escribió respecto a las grandes masacres en la Patagonia: "Todo el mundo aquí está completamente convencido de que esta guerra es la más justa, puesto que es contra los bárbaros", agregando: "¿Quién podría creer en estos tiempos que podría cometer tales atrocidades un país cristiano y civilizado?" [1845:205, 207-208] Posteriormente, reflexionando sobre los eventos transcurridos, habían dicho: "No me podía figurar cuán grande era la diferencia entre el hombre salvaje y el civilizado: es mayor que la que hay entre un animal salvaje y uno domesticado, puesto que en el hombre hay una mayor capacidad de mejorar" [1871:214,232].

Incluso durante los siglos subsecuentes de colonización y aculturación, el agonismo cultural de Europa se fue ahondando y consolidándose. La avaricia crecía en respuesta al constante flujo de inmensos tesoros desde el Nuevo Mundo. Pirateaban entre ellos los botines cosechados de las colonias. Utilizaban el poderío militar para quitarles territorios a los reinos vecinos, como en el caso de la Guerra Franco-India de 1754-1763, cuando Canadá fue arrebatado de manos franceses por Gran Bretaña. Se despilfarraron enormes riquezas extraídas de las colonias para financiar guerras costosas e infructuosas entre países europeos y en defender a las colonias contra rivales de la misma Europa.

Fue así como dicha cultura se diseminó desde Europa hacia el resto del mundo. Por medio de la conversión religiosa, la educación académica, la producción literaria y el discurso en general, se impuso la cosmovisión, religión, filosofía, ciencia y los arreglos socioestructurales de Europa, fundamentados todos en el agonismo como factor esencial de la vida.

4. Se Forjan las Instituciones Agónicas

Durante los últimos siglos, en el mundo occidental ha venido modificando sus estructuras sociales, pero siempre apegado a los dictados de su cosmovisión agónica. Como ya hemos mencionado, la dimensión socioestructural de una cultura constituye la institucionalización de su cosmovisión.

En lo económico, el feudalismo fue predominante en la Europa Occidental entre los siglos IX y XV, cediendo al capitalismo en el Siglo XVI. Los defensores de éste último pretendían crear un sistema económico que aprovechara la avaricia y competición natural o inherente en el ser humano para el bien de todos. Se creía que si todos los actores en un mercado libre compitieran por salir adelante, se sumarían los esfuerzos y la economía como un todo surgiría. También se creía que un sentido natural de decencia humana no permitiría que nadie caiga en la extrema pobreza. Por tanto, esta virtud no fue cultivada proactivamente; más bien se ha expendido enormes esfuerzos en convencer a la gente de las bondades del acaparamiento ilimitado, la avaricia desenfrenada, la cruda competición y la satisfacción de deseos materiales desmedidos. El resultado ha sido un rampante consumismo depredador del hombre y su entorno natural, una creciente brecha en los extremos de riqueza y pobreza, y la consecuente volatilidad e inestabilidad del sistema como un todo.

Los excesos y crisis a los cuales llevó este esquema no tardaron en levantar sus detractores, y ya a mediados del siglo XIX, Karl Marx proponía sus tesis comunistas y anticapitalistas. Aunque su crítica del capitalismo industrial de la época es acertada, y su visión final de un estado comunista parecería ser la antítesis de la cultura del agonismo, sin embargo su conceptualización de las dinámicas socioeconómicas y sus métodos para lograr ese fin son en extremo agónicos. Así como el capitalismo divide a la sociedad en actores del mercado y los hace competir entre ellos por los réditos, de modo similar Marx la divide en clases económicas y las hace luchar entre ellas por el poder. Ante los métodos de los capitalistas, cualquier medio es aceptable para lograr la revolución, incluso el robo y la matanza, pues 'el fin justifica los medios'.

En el aspecto político, varias formas de gobierno democráticas se fueron consolidando, especialmente durante los siglos 17, 18 y 19. Nuevamente, era loable su ideal de colocar los poderes legislativo, ejecutivo y judicial en manos del pueblo, restándolos de los monarcas y tiranos. Sin embargo en la práctica, desde el poder legislativo fueron formándose 'partidos' para defender los intereses circunscritos de sus integrantes. Al inicio el término 'partidismo' llevaba una connotación negativa, justamente por su orientación egoísta, pero con el tiempo fue ganando aceptación, hasta que en la actualidad constituyen instituciones legítimas y se cree comúnmente que "sin partidos no hay democracia".

No obstante, el sistema es en suma agónico, pues divide a la sociedad en partidos según sus intereses y luego les pone a luchar entre ellos por el poder. En la mayoría de casos son encabezados por cúpulas poderosas que toman las decisiones más importantes por si solas y en negociación con las cúpulas de los demás partidos, dando origen al término 'partidocracia'. Cuando uno o más de estos partidos llega al 'gobierno', el resto constituye la 'oposición' y hace lo posible por frustrar sus planes y proyectos, empleando medios tanto legítimos como fraudulentos. El resultado es la disipación de ingentes cantidades de recursos humanos y monetarios, que podrían invertirse mejor para fines más constructivos que financiar una pugna tenaz que no permite al país avanzar.

Estas y otras formas de institucionalizar el agonismo es lo que Karlberg [2004:177] llama 'agonismo normativo' ('normative adversarialism'):

"Las sociedades liberales de occidente suelen caracterizarse por una cultura de contienda, basada en la premisa del agonismo normativo (es decir, la prescripción de la pugna como modelo normal y necesario de organización social)... Aunque las prescripciones y prácticas agónicas no son esencialmente problemáticas en todas las circunstancias, su expresión generalizada e indiscriminada en cada aspecto de [dichas] sociedades ha resultado ser socialmente injusta y ecológicamente insostenible; como expresión cultural dominante, los códigos agónicos obran culturalmente contra la adaptación".

5. Cae Europa y Surge Estados Unidos

Finalmente, fue su misma cultura agónica la que determinó que Europa no pudiera mantener su dominio sobre las colonias, debido principalmente a los conflictos sostenidos entre sus propios reinados. Hasta el día de hoy, Europa continúa con unos 40 estados en constante pugna entre sí. Hablando de la "crónica desunión de Europa", Diamond [1997:413] dice, "Los desacuerdos que hoy continúan frustrando incluso los esfuerzos más modestos de unificación europea mediante la Comunidad Económica Europea (CEE), son sintomáticos del arraigado compromiso con la disociación en Europa".

Fue durante la primera mitad del Siglo XX que los países de Europa perdieron su preeminencia mundial como resultado de dos cruentas "guerras mundiales" que acabaron con la mayor parte de sus dominios externos y de las enormes riquezas extraídas de ellos. Ante esta coyuntura, a partir del año 1945 Estados Unidos logró asumir el papel de nueva potencia económica mundial mediante la compra directa de participaciones, el Plan Marshall y otras estrategias. Pese a la continuada independización política de las colonias, pudo mantener su preeminencia mediante el control indirecto del colonialismo económico o 'neocolonialismo' y el desarrollo de imperios económicos y culturales.

 

B. Construcción del Mito Agónico

Inicialmente no hubo para los europeos mayor necesidad de justificar su campaña de conquista. Se sostenía el denominado "Derecho de Conquista" de territorios extranjeros en caso de que se dispusiera del poderío militar necesario para lograrlo. Es decir, se creía simplemente que la fuerza otorgaba el derecho (might makes right). Esto se justificaba con la noción de que el hecho de poseer un poder superior al del pueblo conquistado - demostrado por el hecho de haber logrado exitosamente su conquista - le haría al conquistador más capaz de mantener la paz y estabilidad del pueblo conquistado que ese mismo pueblo. De hecho, el "Derecho de Conquista" se consideraba un principio de derecho internacional hasta inicios del Siglo XX.

1. Florecen las Incongruencias

Sin embargo, a medida que llegaban más europeos a las Américas y otros lugares del mundo, se sorprendieron sobremanera al ver como muchos de sus pueblos autóctonos convivían tranquilamente en paz y armonía entre sí y con su entorno natural. Esto contrastaba fuertemente con la cultura de división, intriga, lucha y destrucción que caracterizaba a la sociedad europea, por una parte, y con el trato despectivo y violento que les daban a los nativos, por otra.

Al llegar a Europa las noticias de estas cosas, surgieron en la conciencia de sus pueblos sentimientos encontrados. Si eran tan virtuosos estos pueblos, ¿no sería su cultura superior a la europea? Su desnuda inocencia, ¿no sería prueba de que ellos permanecían en el estado paradisíaco que habían perdido los cristianos supuestamente 'salvos'? ¿Cómo justificar el que un pueblo cuya religión enseña el amor, la compasión y la no violencia, sea responsable de semejante genocidio, tiranía, esclavitud y robo contra otros seres humanos? ¿Qué actitud tomar hacia los actos atroces cometidos en contra de pueblos tan pacíficos y bondadosos?

A fines del año 1511, el padre dominicano Fray Antonio de Montesinos desde el púlpito acusó fuertemente a los colonizadores del genocidio de los pueblos nativos, en palabras como las que siguen:

"Decidme, ¿por qué derecho de justicia mantenéis a estos indios en servidumbre tan cruel y horrible? ¿Con qué autoridad habéis hecho guerras tan detestables contra estos pueblos que vivían tranquila y pacíficamente en sus propias tierras? Guerras en las cuales habéis destruido un número tan infinito de ellos mediante homicidios y matanzas como jamás se habían oído hablar. ¿Por qué los mantenéis tan oprimidos y exhaustos, sin darles suficiente comida ni curarles las enfermedades que padecen a causa del trabajo excesivo que los imponéis, y mueren, o más bien los matáis, para poder extraer y adquirir oro cada día?"

2. Justificarse y Legitimarse

Estos cuestionamientos generaron problemas de legitimidad a todo nivel de la sociedad europea, tanto para sus gobernantes como para la Iglesia. El pueblo sentía agredido en su sentido de identidad como civilización avanzada, justa, equitativa y benevolente. Los académicos se preguntaban cómo interpretar y racionalizar los hechos ocurridos. Los comerciantes tenían la necesidad que dar explicaciones a sus inversionistas y clientes. La iglesia se veía en apuros para justificar por qué apoyaba a semejantes agresiones. Los gobernantes buscaban legitimizar el poder que ostentaban sobre los pueblos extranjeros.

Ante esta necesidad, la sociedad europea comenzó a desarrollar toda una serie de argumentos para justificar y legitimar sus acciones, a la que Dussel [1994:9] llamaría "un 'mito' irracional de justificación de la violencia, que deberemos negar, superar". Los elementos de este mit o justificatorio iban desde la intervención divina y la superioridad europea hasta la ley de la selva y la selección natural, como veremos a continuación. Según Barona, la conquista y colonización, "requirió de una justificación ideológica" a dos niveles interrelacionados: primero, "en el terreno de lo jurídico-político" con un discurso de "superioridad política... sobre las organizaciones sociales del Nuevo Mundo"; y segundo, "en el espacio de las mentalidades y la cotidianidad" con un discurso de "superioridad del hombre europeo frente a los sujetos de dominación y sujeción", mediante los cuales "impuso una hegemonía cultural y por supuesto social" [Barona 1993:6].

Sin embargo, permanecía el hecho de que estos 'salvajes' habían desarrollado culturas y civilizaciones maravillosas que ponían en telón de duda los argumentos en torno a la superioridad del hombre blanco europeo y su civilización. Fue necesario, entonces, borrar las huellas de su civilización. Ciudades enteras fueron arrasadas y quemadas, magníficos monumentos fueron destruidos o enterrados, elaboradas piezas de arte en metal fueron fundidas, los representantes más brillantes y capaces de algunos pueblos fueron asesinados o esclavizados, se les prohibió el uso de sus lenguas maternas, se les obligó a dejar su religión autóctona y asumir el cristianismo, y algunos pueblos fueron totalmente borrados del mapa. A través de narraciones verbales y escritas, así como ilustraciones gráficas, se fue generando en el imaginario del europeo el cuadro de los pueblos conquistados como salvajes desnudos, ignorantes, caníbales, libertinos, idólatras, etc.

3. Alegatos Eclesiásticos y Jurídicos

La sociedad europea durante la conquista y colonización se guiaba por supersticiones y conceptos precientíficos, uno de los cuales era los denominados "juicios por ordalía". Cuando dos facciones disputaban la verdad, eran lanzados sus libros al fuego, pensando que si uno de los dos se salvaba de ser consumido por las llamas, sería una señal divina de que tenía la razón. A los acusados de herejía se les sometía a diversos tormentos, considerando que si eran inocentes, Dios les libraría. Se les hacía quemar en la hoguera, caminar sobre herrajes candentes, sumergir la mano en aceite hirviendo, lanzarse en un estanque amarrado a una piedra, sufrir la ordalía de la cruz, etc. Entonces, al observar que los pueblos nativos se morían masivamente del contagio con las enfermedades traídas por los europeos, mientras que éstos no eran afectados en absoluto, era natural suponer que se trataba de una intervención divina para comprobar que Dios aprobaba de sus actos.

Y es que los pueblos euroasiáticos eran portadores de enfermedades infecciosas como viruela, tifus, gripe o influenza, peste bubónica, paperas, fiebre amarilla, tos ferina, difteria y sarampión. Esto se debe a que habían convivido durante varios milenios con diversas especies de animales domesticados de los cuales originaron y evolucionaron estos padecimientos, y se habían vuelto resistentes a su influencia. Los pueblos originarios de otros continentes no habían tenido ocasión de desarrollar tales defensas, por lo que al entrar en contacto con los europeos, contraían fácilmente estos males. Como resultado se produjeron grandes epidemias que apagaron la vida de millones de los habitantes nativos - un 90% de la población - en muy poco tiempo. Como afirma Diamond [1997:197, 210]:

"Los ganadores de las guerras del pasado no siempre eran los ejércitos con los mejores generales y armas, sino que con frecuencia eran meramente aquellos que portaban los peores gérmenes para transmitir a sus enemigos... Muchísimos más indígenas americanos fallecieron en cama debido a los gérmenes eurasiáticos que en el campo de batalla a causa de las armas de fuego y espadas de los europeos".

La teoría según la cual las enfermedades se propagan por medio de gérmenes no fue elaborada sino hasta mediados del Siglo XIX. Tampoco se sabía que la resistencia a estos gérmenes dependía de detalles químicos del cuerpo como el tipo de sangre. Por tanto, ni los nativos ni sus conquistadores comprendían el verdadero origen de estos exterminios masivos, sino que los atribuyeron a la intervención divina. Los europeos supusieron que se trataba de una confirmación de lo alto por que Dios deseaba purgar a estos territorios de sus anteriores habitantes paganos e incivilizados, a fin de allanar el camino para el establecimiento de la civilización cristiana. Y esta creencia los envalentonaba aún más para matar y subyugar a los nativos sobrevivientes.

Además de los juicios por ordalía, en Europa se practicaban duelos como medio para resolver las disputas. No eran torneos que dependían de la habilidad de los contrincantes, sino "juicios por combate" en los cuales el ganador era el favorecido por el judicium Dei, mediante el cual Dios salvaba al inocente y/o castigaba al culpable mediante un milagro. Incluso en la guerra, cuando dos ejércitos se enfrentaban en el campo de batalla, se creía que era Dios quien determinaba la victoria o la derrota, no la calidad de sus armas o sus habilidades marciales. Por tanto, ante el éxito rotundo de los conquistadores en subyugar a los pueblos nativos, que con frecuencia les superaba grandemente en número, era lógico creer que su éxito se debía a que Dios había bendecido su campaña.

En la Europa de aquella época, se creía además que el hombre rico había sido bendecido por Dios con el éxito como premio por la calidad de su fe y elevada virtud, y que el fracaso y la pobreza constituían un castigo divino por la falta de religiosidad y moral. Las ecuaciones riqueza = virtud y pobreza = vicio se grabaron tan profundamente en la mentalidad occidental, que algunos rasgos de ello perduran hasta hoy.4 Los pueblos del continente europeo vieron estos contrastes entre su propia situación y la de los pueblos conquistados: su propia fe cristiana versus las religiones 'paganas'; el pudor de sus complicadas vestimentas versus la desvergonzada desnudez; sus propios tabúes sexuales versus la candidez y apertura sexual; su propia cultura y civilización versus lo que ellos percibían como la falta de ellas.

Llegaron a suponer que Dios les había favorecido con el éxito en la dominación de estos pueblos ateos e inmorales, en retribución por las grandes virtudes de los europeos. Además, se creían que Dios los había escogido para traer a estas ovejas perdidos dentro de su redil y civilizarlos. Incluso, algunos frailes opinaban que "quemar pólvora contra los paganos equivale a quemar incienso ante el Señor" [Todorov 1982:162].

También se hallaron justificaciones bíblicas para la captura y esclavización de los pueblos conquistados. Por ejemplo, en la Biblia hebrea se emplea la palabra ebed, que puede traducirse como esclavo, sirviente, o trabajador asalariado. En Génesis 9:25, Noé condena a eterna servidumbre a los descendientes de Ham, que algunos decían ser los negros de África. Varias formas de esclavitud son permitidas y reglamentadas en el Antiguo Testamento. No hay registros de que Jesús se haya pronunciado respecto a la esclavitud como institución social, ni tampoco se oponen a ella quienes redactaron los evangelios. Más bien los apóstoles Pedro y Pablo incitan a los esclavos obedecer a sus amos y a éstos tratarlos como hermanos. En Timoteo 1:10, Pablo reprocha a los "secuestradores" con fines de esclavitud, pero en la Epístola a Filemón (1:1-25), devuelve un esclavo fugado a su amo (ambos cristianos), y a éste le exhorta tratarlo como un "querido hermano en Cristo", no como un esclavo.

Por último se argüía que los pueblos originarios conquistados eran infrahumanos. Pues si pudiese considerarse que no fueran plenamente humanos, no había conflicto moral ni jurídico ante su esclavitud, robo o matanza. Se domesticaban los animales para el servicio al hombre, sin reparos. Al quitarle el producto de su trabajo, como la miel de la abeja, no era en realidad un robo sino un oficio necesario para el bienestar de la sociedad. Se sacrificaba todos los días a los animales, ya sea para quitarle algún recurso útil, por que constituían una amenaza para la sociedad, por que perjudicaban alguna inversión, por puro deporte, o simplemente por que ya no prestaban ninguna utilidad.

A medida que avanzaba el pensamiento modernista y positivista, se vio la necesidad de hallar argumentos menos teológicas y más basadas en los sólidos descubrimientos de la ciencia. Con la consolidación de la democracia, la autoridad de los reyes ya no era suficiente para asegurar una legislación que favoreciera los intereses financieros en juego en las colonias. Así es como se llegó a elaborar toda una cadena de teorías que no dependían de Dios ni del Rey para defender la corrección del dominio occidental sobre los demás pueblos.

4. Explicaciones Pseudocientíficas

Hoy en día nos reímos de la filosofía aristotélica según la cual la yerba crecía, el sol brillaba y el agua buscaba el punto más bajo por que era su naturaleza hacerlo. Sin embargo, aceptamos con total tranquilidad la afirmación de que el ser humano se comporta de manera egoísta, acaparadora, competitiva, agresiva y violenta por que es su naturaleza hacerlo. Esto se debe a varios siglos de esfuerzos por volver 'científica' esta explicación. Se hizo necesario comprobar científicamente que no se podía esperar algo del hombre que no concordaba con esa naturaleza, que siempre habían guerras y siempre las habrían, que Europa no había inventado esa forma de proceder. Y cuando las personas se comportaban con ternura, cooperación, mutualismo y abnegación, no podía ser por que era su naturaleza hacerlo, sino por alguna aberración para la que tendría que hallarse aluna explicación científica.

El conflicto tenía que ser una característica endémica en la sociedad; no podía eliminarse sólo deseándolo. El mundo era como una gran torta que la gente disputaba por dividir, cada uno buscando conseguir una tajada más grande que la de su prójimo. Lo limitado de los recursos, tanto materiales como aspectos más abstractos como el poder, significaba que si alguno dejaba de luchar por la supremacía, otros lo harían. Si siempre iba a haber ganadores y perdedores, opresores y oprimidos, por qué uno iba a dejar que otro le domine; por qué no hacerlo uno primero. Es más, la competencia era buena y necesaria, pues obligaba al individuo a esforzarse al máximo por lograr la excelencia, además de ser más interesante y divertida que la cooperación.

Se le atribuye a Vladimir Lenin el haber afirmado alguna vez que una mentira dicha con suficiente frecuencia se convierte en verdad. Sin duda esto se aplica al mito de que el ser humano sea egoísta, agresivo y conflictivo por naturaleza, creado para justificar los excesos y abusos de las sociedades liberales occidentales y legitimar su predominio. Como vimos en la sección sobre las Teorías Agónicas, la ciencia también fue reclutada para fortalecer este empeño.

La justificación de los excesos barbáricos de la conquista y colonización hizo necesario negar la verdadera identidad humana, inicialmente de los pueblos conquistados y posteriormente del mismo pueblo conquistador. En cuanto a los primeros, Enrique Dussel [1994:39-41] dice que en realidad la Europa conquistadora y colonizadora no 'descubrió' los demás pueblos sino que los 'encubrió', pues no logró reconocerlos en sus especificidades, sino que los 'inventó' en su imaginación:

"América fue inventada a imagen y semejanza de Europa... El 'ser-asiático' - y nada más - es un invento que sólo existió en el imaginario, en la fantasía estética y contemplativa de los grandes navegantes del Mediterráneo. Es el modo como 'desapareció' el Otro, el 'indio' no fue descubierto como Otro, sino como 'lo Mismo' ya conocido (el asiático) y sólo reconocido (negado entonces como Otro): 'en-cubierto'."

Según este mito que se iba tejiendo, estos pueblos eran poco mejor que animales y fueron conquistados debido a su inferioridad frente a los pueblos europeos. Sin embargo, para poder sostener este mito, fue necesario a la vez rebajar al europeo a una condición animal, en una despiadada lucha entre bestias en la selva humana. De ahí se comenzó a echar mano a explicaciones tomadas de la naturaleza. Según la "Ley de la Selva", cada especie (raza o nación) luchaba con los demás por los recursos y espacios de la selva para aumentar sus posibilidades de sobrevivir. En la cadena alimenticia de esta selva, los animales o comían o eran comidos, y no se podía culpar a ninguno por preferir lo primero sobre lo último. El ser humano era un eslabón más en esta cadena, pero ocupaba el extremo más elevado, por lo los únicos seres que se nutrían regularmente de él eran los de su misma especie, haciendo del "hombre el lobo del hombre" según Hobbes [1651]. Estos y otros argumentos justificaban tanto la lucha contra otros pueblos como su destrucción y la extracción de su mano de obra y bienes.

Para poder sobrevivir, era necesario ser más grande, más hábil, más fuerte, o más evolucionado que los demás. Mediante la "supervivencia del más fuerte", se mejoraban genéticamente las especies. Era una ley de la vida que los seres genéticamente rezagados en el proceso de la "selección natural" sean subyugados por los más fuertes o incluso eliminados por completo. El hombre había salido de la selva y era natural que su sociedad esté sujeta a las mismas leyes. Si una raza o civilización resultaba superior a otra era perfectamente justificable que domine a otros pueblos menos evolucionados. Después de todo, el mundo social se caracterizaba por una "guerra de todos contra todos" en palabras de Hobbes [1651]. Estas eran las leyes de la vida, el orden del universo, al cual estaba sujeto el ser humano al igual que el resto de los seres.

La aparente virtud de los pueblos conquistados fue asemejada a lo prístino e ignorante de la naturaleza, con la inocencia infantil de los niños, con la frágil bondad del 'sexo débil', en fin, con la sencillez de un pueblo en pleno contacto con la tierra. Al igual que los animales domésticos, niños y mujeres, se consideraba que estos "nobles salvajes" no eran plenamente humanos o desarrollados sino, en el mejor de los casos, seres humanos en evolución. Su aparente virtud no era señal de superioridad y fortaleza, sino de inferioridad y vulnerabilidad. Vivían una fantasía idílica producto de su ignorancia del mundo real, por que requerían de la protección, los cuidados, la enseñanza y la dirección del hombre blanco, inteligente y civilizado. Tal era la "carga del hombre blanco", que éste debía asumir con la debida responsabilidad y sin reparos o escrúpulos.

Actualmente se considera que no habría sido posible la conquista española de las Américas de no haber sido por las enfermedades mencionadas anteriormente. Dice Diamond [1997:210] que los sobrevivientes "fueron desmoralizados por la enfermedad misteriosa que mataba a los indígenas y perdonaba a los Españoles, cual augurio de lo invencible de éstos". Sin embargo, varios informes del período omiten mencionar el factor epidémico, tal vez para sostener la noción europea de su propia superioridad cultural y racial. El historiador Francis Jennings [1993:83] explica que "la sapiencia académica sostuvo por mucho tiempo que los indígenas eran tan inferiores de mente y obra que les habría sido imposible crear o sostener a grandes poblaciones". Otros opinan de esta omisión se debió a que en muchos casos la enfermedad avanzaba más rápidamente que los conquistadores, pues éstos encontraban a las poblaciones ya diezmadas a su llegada, por lo que supusieron que siempre habían sido pequeños sus números. Sea esto como fuere, se reconoce actualmente que constituyó la mayor catástrofe demográfica en la historia de la humanidad, incluso mayor a la Peste Negra que mató a un tercio de la población europea de 1347 a 1351.

Con la aurora de la genética como ciencia, surge la teoría del determinismo genético, según la cual el comportamiento humano fue genéticamente programado a lo largo de su evolución, y por ende determina además la naturaleza de la sociedad. Tras desmentir esta propuesta, Lewontin [1991:87] plantea que la gran aceptación que ha gozado el determinismo genético, pese a sus múltiples falencias, se debe al rol justificatorio de la ciencia:

"La afirmación de que toda la existencia humana es controlada por nuestro ADN... tiene el efecto de legitimar las estructuras de la sociedad que habitamos, por que... asevera que las estructuras políticas de la sociedad -esa sociedad competitiva, empresarial y jerárquica en la que vivimos, que premia de modo diferenciado los distintos temperamentos, habilidades cognitivas y actitudes mentales - también son determinadas por nuestro ADN y que por tanto son incambiables... Para completar la ideología del determinismo biológico, se necesita teorizar una naturaleza humana invariable, una naturaleza humana codificada en nuestros genes".

En suma, existen numerosas teorías pseudo-científicas que sirven de apoyo a las creencias sobre la naturaleza del ser humano y su sociedad que subyacen en la cultura del agonismo. Estas teorías fueron elaboradas principalmente en base a la observación de diversos aspectos la cultura agónica de occidente. Pese a ello, fueron generalizadas injustificadamente a la condición humana como un todo, resultando en la esencialización de dicha cultura y la consecuente legitimación de hasta sus rasgos más brutales. Una vez definida de este modo la esencia humana, estas teorías sirvieron de sustento para el diseño y la implementación de aquellas instituciones y prácticas que perpetuaron y cristalizaron la cultura del agonismo. Posteriores análisis de la situación social generada por estas configuraciones socioestructurales sirvieron para confirmar y profundizar dichas teorías, estableciéndose de este modo un lazo de realimentación descendente o círculo vicioso. Karlberg [2004:188] explica:

"La cultura de la contienda define la naturaleza humana como esencialmente competitiva y egoísta, y estructura nuestro pensar, hablar y actuar principalmente en esos términos. Es por tanto propenso a cultivar o reforzar aquellos comportamientos públicos que supone ser universales e inevitables. En este sentido, es probable que la cultura de la contienda erija gran parte de la evidencia 'empírica' con la cual se legitima".

Por estos medios eficaces se había logrado aquietar la conciencia de los pueblos colonizadores. Se estaban desenvolviendo las leyes de la vida como era debido; se estaba respetando el buen orden del universo, divinamente decretado. El mundo estaba como debía estar y todo estaba bien. Diamond [1997:18-19] dice:

"Durante los siglos posteriores a 1500 d.C., al cobrar consciencia los exploradores europeos de las amplias diferencias entre los pueblos del mundo en términos de tecnología y organización política, supusieron que esa diversidad había aparecido a raíz de variaciones en su capacidad innata. Con la aparición de la teoría darwiniana, estas explicaciones fueron reescritos en términos de la selección natural y la ascendencia mediante la evolución. Los pueblos tecnológicamente primitivos fueron considerados vestigios evolutivos en el descenso humano de los simios. El desplazamiento de tales pueblos por colonos de sociedades industriales, ejemplificaba la supervivencia del más apto. Con el surgimiento posterior de la genética, estas explicaciones fueron revisadas una vez más en términos genéticos. Los europeos eran considerados genéticamente más inteligentes que los africanos y, especialmente, que los aborígenes australianos".

La 'atención selectiva' significa que muchas veces prestamos atención sólo a aquello que cumple con nuestras expectativas, concuerda con nuestras opiniones, o satisface nuestros deseos, pasando por alto al resto. Durante siglos el mundo ha escuchado algunos de sus más grandes pensadores lo que ha querido oír, desoyendo el resto. Escuchó cuando Adam Smith habló de la libre competencia en el mercado, pero no cuando dijo que "sin importar cuán egocéntrico sea un hombre, evidentemente existen algunos principios en su naturaleza que lo interesan por el bienestar de otros y hacen que su felicidad sea necesaria para él, aunque no obtenga nada a cambio que no sea el placer de verlo" [1976:9].

Más de un siglo después, oyó cuando Herbert Spencer [1978:233,241,278-285] habló de la "supervivencia del mejor adaptado", pero no cuando dijo que "el autosacrificio... no es menos primordial que la auto-preservación" y que la verdadera gratificación sólo podía alcanzarse por medio de una "benevolencia infatigable" que, aunque promueva el bienestar propio, no es motivado por él. Prestó atención cuando Freud dijo que "los niños son completamente egoístas: sienten sus necesidades intensamente y se esfuerzan implacablemente por satisfacerlas", pero no cuando explicó que jamás fue su "intención disputar los nobles empeños de la naturaleza humana" y que había enfatizado "lo malo en el hombre sólo por que otras personas lo negaban" [1966:146-77].

En el año 1986, veinte científicos del mundo, receptores de premios Nóbel, incluyendo antropólogos, siquiatras, economistas, biólogos, etnólogos y otros, suscribieron la denominada "Declaración de Sevilla" en la que denuncian "el mal uso de teorías y datos científicos para justificar la violencia y la guerra... desde el advenimiento de la ciencia moderna", que la teoría de la evolución "ha sido empleada para justificar no sólo la guerra, sino también el genocidio, el colonialismo y la supresión de los débiles", que "varios presuntos hallazgos biológicos... han sido empleados... como justificación de la violencia y la guerra", todo lo cual ha "ahondado el ambiente de pesimismo en nuestro tiempo".

5. Diseminación del Discurso

A lo largo de este gran empeño justificatorio, se fue generando todo un corpus de teorías en las ciencias sociales, todo un paradigma científico con el cual justificar y sobre el cual consolidar el dominio occidental. Mediante estas teorías se había logrado 'naturalizar' la cultura agonista y 'esencializar' sus estructuras sociales de dominación y opresión. Ahora las características agónicas del europeo no describían sólo una cultura más entre tantas otras, sino que constituían lo natural e ineludible en el ser humano en la plenitud de su desarrollo. Las instituciones políticas, económicas, religiosas y sociales de la civilización europea no eran para ellos meros inventos intencionales para reproducir y perpetuar el status quo, sino que reflejaban fielmente la estructura natural del universo mismo.

Al interior de Europa, numerosos libros fueron escritos sobre el tema, elaborando los puntos más finos de estas teorías, desde sus ángulos empíricos hasta los más filosóficos. Armados con estos textos, las universidades ofrecían cursos y títulos que aseguraban la asimilación de estas 'ciencias' por parte de sus alumnos, quienes procedían a profundizarla cada vez más, desde los tratados eurocéntricos de 'historia mundial' hasta la antropometría y el 'racismo científico'. Y para calar en lo más profundo del corazón del pueblo, los artistas comenzaron a representar imaginarios basados estas ideas en la pintura y escultura, la prosa y poesía, la música y el drama, mientras que los sacerdotes proclamaban sus principios desde los púlpitos.

La doctrina y práctica del agonismo no se detuvo en las fronteras de Europa, sino que comenzaron a imponerse también en las conciencias de los pueblos subyugados. Los rasgos agónicos de algunas de estas culturas encontraron resonancia en el mito agónico. Si ellos también eran agónicos, ¡debía ser cierto el mito! Mientras tanto, los elementos mutualistas fueron relegados al primitivismo y a la esfera privada. Dussel [1994:62] describe este proceso como:

"...el primer proceso europeo de modernización, de civilización, de 'subsumir' o alienar al Otro como 'lo Mismo'; pero ahora no ya como objeto de una praxis guerrera, de violencia pura, sino de una praxis erótica, pedagógica, cultural, política, económica, es decir del dominio de los cuerpos por el machismo sexual, de la cultura, de tipos de trabajos, de instituciones creadas por una nueva burocracia política, etc., dominación del Otro. Es el comienzo de la domesticación, estructuración, colonización del 'modo' como aquellas gentes vivían y reproducían su vida humana.

Se comienza a sembrar sistemáticamente los fundamentos de la cultura del agonismo, el respeto por la jerarquía y la aceptación del dominio impuestos, a través de las escuelas, en las iglesias y en el campo laboral. Al decir de Dussel [1994:46], "los europeos... se transformaron en los 'misioneros de la civilización en todo el mundo', y en especial con 'los pueblos bárbaros'." Sus lecciones se ejemplificaban de manera cotidiana en las relaciones sociales divisionistas y de dominación-sumisión. Sus principios se modelaban de maneras tangibles mediante las instituciones y demás estructuras sociales impuestas por el poder colonial (sistema político de pugna, sistema económico de competencia, sistema jurídico adversario, sistema agrícola de monocultivo masivo, etc.).

El mismo idioma del colonizador suplantó cientos de lenguas maternas, culturizando a la niñez mediante la programación neurolingüística, pues sus expresiones llevaban conceptos agónicos para los cuales otros idiomas no tenían siquiera el vocabulario. Como describe Quijano los "legados y lecciones" de la cultura occidental como

"...el reemplazo de la memoria colectiva por la memoria institucional, el sujeto colectivo por la individuación, la etnicidad y moralidad por la positivización de la conducta - el derecho -, los espacios de deliberación colectiva por una institucionalidad excluyente y violenta, la experiencia del diálogo por el establecimiento del rito de la eliminación-persecución de la oposición, la pluralidad del universo confesional... por la práctica de la demonización del otro, las prácticas económicas autárquicas por la económica del poder y... las asimetrías y, entre otros aspectos, la violencia como rasgo prototípico de las instituciones y de la vida cotidiana..."

Hoy en día, las anteriores colonias se han liberado del yugo europeo y han formado repúblicas independientes, pero no se han emancipado de las cadenas de la cultura del agonismo. Se enseña el mismo paradigma anquilosado en las ciencias sociales, se siembra la misma cosmovisión en el corazón de cada nueva generación desde podios y púlpitos, se practican las mismas relaciones de dominación-sumisión a todo nivel de la sociedad, y se perpetúa el status quo a través de las mismas instituciones políticas y económicas.

Se habla de labios por fuera de justicia social, de derechos humanos, de desarrollo con equidad, de Cultura de Paz, mientras que por dentro se duda si alguna vez será posible alcanzar estos objetivos, pues nos hemos dejado convencer de que la naturaleza del ser humano y de su sociedad no lo admite. Es decir, el paradigma o la cosmovisión que forma parte de la cultura del agonismo constituye un temible obstáculo para el logro de cambios socioculturales substanciales.

* * * * *

Se ha intentado en el presente artículo esbozar a grandes rasgos algunos de los eventos históricos que fueron protagonizados por la cultura del agonismo y permitieron su diseminación en todo el mundo, así como algunas de las explicaciones elaboradas desde la religión, la legislación y la ciencia para justificar y legitimar los excesos y abusos de esta cultura. Se espera que otros investigadores con mayor tiempo, paciencia y habilidad que el presente autor puedan completar este estudio preliminar, y así realizar una contribución decisiva a la deconstrucción de la cultura del agonismo y la construcción de una cultura de paz.

 

 


Notas:

 

1. Incluso se cree que la tendencia a pensar en términos de dualismos oposicionales tiene raíces más profundas en las cosmovisiones de las antiguas culturas semítica y zoroastriana.

2. Dice Diamond [1997:253]: "Durante la Edad Media, el flujo de la tecnología era abrumadoramente desde el Islam hacia Europa, no desde Europa hacia el Islam como es hoy en día. No fue sino después de aproximadamente 1500 d.C. que comenzó a invertirse la dirección neta del flujo". Efectivamente, el Islam pasó la batuta de la civilización a Italia a fines del Siglo XIV con el inicio del Renacimiento, el cual se esparció gradualmente por el resto de Europa durante los Siglos XV y XVI.

3. Existen evidencias de que musulmanes africanos ya habían transaban mercaderías con los pueblos del Caribe mucho antes de la llegada de Cristóbal Colón. Véase: Ahmed Zeki Pasha, "Una Segunda Tentativa de los Musulmanes para Descubrir America", 1920; y Leo Wiener, "Africa and the Discovery of America", citado por Jaime Cortasao en "Os Descobrimientos Portugueses", Livros Horizontes, Lisboa, 1984.

4. Véase, por ejemplo, el mito ampliamente difundido de que el pobre es pobre porque no trabaja y que el rico es rico por que trabaja más.

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