Sábado, 02 Marzo 2013 11:40

F. El Agonismo Intelectual

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Juanito1 era un niño muy inteligente, cuya escuela decidió introducir el debate como enfoque educativo. Se escogió el tema del ‘racismo’, pero ninguno de los estudiantes quiso tomar la posición a favor del mismo. Finalmente, Juanito aceptó hacerlo aunque, habiéndose criado en el seno de una familia bahá'í, con su creencia fundamental en la unidad de la raza humana, iba contra todo lo que había sido enseñado. Después de todo, sólo se trataba de otro ejercicio académico más, como tantas otras actividades escolares… ¿o no?

Siendo buen estudiante, Juanito estudió el tema y preparó sus argumentos con esmero, y el día del debate partió para la escuela con seguridad y confianza. No obstante, a su retorno a casa esa tarde, era evidente su congojo. Sus padres supusieron que había perdido el debate, pero les aseguró que había ganado. ¿Por qué estaba tan alterado, entonces? Con lágrimas brotando de sus ojos inocentes, les confió su dilema: “¿Cómo es posible que una mentira gane un debate?” preguntó entre sollozos. No sólo había traicionado sus propias creencias y causado el bochorno de su mejor amigo en un concurso abierto, sino que además le había sumido en una crisis existencial el ver de primera mano cómo una falsedad puede prevalecer sobre la verdad mediante la retórica hábil.

 

¿Por qué tanto alboroto?

Para una persona formada con la actitud occidental de que “ganar no lo es todo; es lo único”,2 el desasosiego de Juanito podría parecer infantil, ingenuo y tonto. Sin embargo, desde la perspectiva de la cultura no occidental en la que fue criado, sus preocupaciones transmiten una profundidad de percepción que sólo podría revelar el ver al mundo de nuevo a través de los ojos de un niño: el centrarse en principios, poner primero a la gente, atender a los sentimientos de los demás, compromiso con la verdad y otras cualidades maravillosas.

Nos hemos acostumbrado tanto a lo que Deborah Tannen llama “The Argument Culture” (la cultura de la polémica)3 que hemos llegado a esperarla, a verla como algo natural. Después de todo, ¿no siempre ha sido así el mundo? ¿Acaso no es inherente a la naturaleza misma del ser humano? Esta creencia se fundamenta en el hecho de que, en algunas culturas – especialmente en occidente – una propensión a entrar en discusiones reñidas se percibe como algo positivo. Se ha tornado elemento esencial de nuestra política y economía, nuestros tribunales y medios masivos, e incluso nuestras relaciones de género y religiosidad.

No obstante, la antropología señala que numerosas culturas consideran a la confrontación como inaceptable y la reemplazan con la escucha atenta y pensativa, respuestas corteses y respetuosas, y el diálogo en vez del debate, lo cual mejora la verdadera comunicación, cultiva relaciones más positivas y logra una mayor cohesión social.4

Entonces si no se trata de un rasgo natural sino cultural, ¿qué la llevado a algunas culturas occidentales a tornarse tan polémicas y pendencieras? Algunos culpan a los medios masivos, ansiosos por aumentar sus índices de audiencia, y especialmente los programas de entrevistas, que simplifican el abordamiento de asuntos realmente muy complejos, que suelen polarizar opiniones públicas altamente matizadas y generar falsas dicotomías, en los que ‘negadores’ profanos en una materia se hacen pasar por ‘la perspectiva opuesta’ a la par con los expertos en la materia en debates fingidos, organizados para generar una apariencia de ‘objetividad periodística’.

Otros señalan el sistema político de hoy, basado en la polarización de intereses entre partidos con sus profundas rivalidades, campañas difamatorias y contiendas electorales. Aún otros inculpan al sistema judicial acusatorio de confrontación entre demandantes y demandados, cuyo propósito no es descubrir la verdad de la materia bajo litigación, sino sólo ganar el caso a toda costa, aún si eso significa ocultar, tergiversar o mentir descaradamente acerca de los hechos y su interpretación.

No obstante, quisiera sugerir que este amorío occidental con la controversia comenzó mucho tiempo antes de que los medios masivos, políticos y abogados comenzaran a explotarla con el fin de aumentar sus ‘ratings’, electorados y honorarios. Más bien, sus raíces se encuentran profundamente afianzadas en las primeras etapas formativas de las instituciones académicas, desde donde creció y se difundió hasta penetrar todos los ámbitos de la sociedad, dando lugar finalmente a la actual cultura de agonismo. Como señala Tannen en “The Argument Culture”:

“Nuestros colegios y universidades, nuestras maneras de hacer ciencia y de acercarnos al conocimiento, son profundamente agonistas. Todos pasamos por el sistema educativo de nuestro país, y es ahí donde se siembran las semillas de nuestra cultura de contienda. La clave para comprender la cultura de la polémica es saber de dónde provinieron y cómo se desarrollaron dichas semillas, como fundamento necesario para determinar qué cambios quisiéramos efectuar.”5

 

Una mirada a las raíces

Se puede seguir el rastro de las raíces del agonismo intelectual hasta sus orígenes en los dualismos oposicionales de la cultura semítica y la zoroastriana, y más recientemente hasta la antigua Grecia, donde se pensaba en términos binarios de polos opuestos. Cada aspecto de la vida, de los deportes a la guerra, de la política a la economía, era caracterizada por la lucha entre fuerzas opuestas. No hubo ninguna noción de ganar-ganar, sino que cada victoria requería necesariamente de la derrota de otro. El centro de la vida política y económica de la ‘polis’ o ciudad griega era el ‘ágora’ – a la vez foro político, mercado público y lugar de encuentro –, donde los ciudadanos se reunían a debatir de política, regatear precios y discutir filosofía. La raíz etimológica del nombre ‘ágora’ significa contienda o lucha, como en palabras como antagonismo, agonista y agonía, que dice mucho sobre su propósito y la cosmovisión griega.

Dentro de este contexto, los sofistas eran maestros de las técnicas de la persuasión y los argumentos retóricos. A raíz de sus esfuerzos en los campos de filosofía y política surgió un método de lógica formal basado en modelos oposicionales para la generación del conocimiento, sistematizado y publicado por vez primera por Aristóteles. Se establecieron academias masculinas en las que estos métodos fueron enseñados y aplicados como herramientas esenciales del trabajo intelectual. Aquí fueron entrenados los jóvenes como constructores de los sistemas políticos, económicos y militares de Grecia, reproduciendo y fortaleciendo de este modo, de una generación a la siguiente, los cimientos de la cultura de contienda, disputa y agonismo.

Esta es la cultura que con el tiempo le fue legada a la Europa cristiana por medio de la civilización romana, cuyo ascendiente se basó también en su poderío político, económico y militar. Conforme se debilitó el Imperio Romano, Europa del sur fue invadido y saqueado por los godos, visigodos y demás pueblos bárbaros del norte de Europa que no habían sido derrotados por los Romanos. Todo aquello proporcionó abundante material histórico para que se produjera la cosmovisión agónica que se convirtió en la influencia predominante en casi todos los aspectos de la sociedad y cultura occidental.

 

El agonismo académico

Contra este trasfondo, es fácil ver por qué el enfoque educativo de la Europa medieval tomó como modelo la academia griega, primero en los monasterios masculinos, después en las ‘escuelas catedrales’ a partir del siglo 9 A.D., luego en las escuelas eclesiásticas desde el siglo 12 A.D. y finalmente en las escuelas seculares auspiciadas estratégicamente por aristócratas del siglo 17 hasta la fecha.

En su descripción de la resultante “cultura de contienda”, Michael Karlberg ofrece un excelente resumen6 de las obras de investigadores como Noble,7 Moulton8 y Ong9, quienes estudiaron estas instituciones a profundidad, encontrándolas altamente agónicas de muchas maneras hasta fines del siglo 19. Las describen como masculinas e incluso misóginas, siendo percibida la mujer como mundana y pecaminosa, a ser evitada si se había que preservar la pureza de cuerpo y alma . Tenían culturas altamente militaristas, con disciplina rígida y regímenes bélicos. Los estudiantes se veían a sí mismos como ‘guerreros’ en formación para participar en batallas tanto espirituales (como misioneros) como físicas (como cruzados e inquisidores).

Algunas universidades dividían a sus clases en ‘naciones’ que libraban batallas armadas rituales. A veces estos ‘soldados’ incursionaban en las comunidades vecinas de noche para aterrorizar a la población local, especialmente las mujeres. Hubo una enemistad ritual entre profesores y estudiantes, métodos agonistas de enseñanza y evaluación, y frecuentes castigos físicos. Los principales métodos didácticos y de investigación consistieron en disputas académicas y concursos intelectuales, por lo que las materias que mejor se adecuaban a esta metodología fueron favorecidas sobre las demás.

Durante casi 2000 años, fue en estos caldos de cultivo de la cultura del agonismo donde se formó cada generación sucesiva de líderes que hicieron y escribieron la ‘historia universal’ eurocéntrica, que diseñaron y aplicaron las instituciones y prácticas que se convirtieron en las estructuras sociales agónicas de hoy, y que enseñaron y practicaron las diversas disciplinas científicas de occidente, todas las cuales coincidieron en proyectar el mundo a las siguientes generaciones a través del lente oscuro del agonismo. Aún hoy, el modelo epistemológico predominante en occidente representa a la generación del conocimiento como una contienda, no sólo entre ideas en competencia, sino también entre individuos en conflicto. Como una ex-alumna lo describió: “La escuela de posgrado fue la pesadilla que jamás había conocido… Ingresé a una guarida de lobos, como cordero al matadero”.10

 

Se difunde el agonismo

Desde el siglo 15, la amplia conquista y colonización europea hizo posible que esta cultura de contienda se implantara firmemente en todo el mundo, no sólo en forma de estructuras de gobernabilidad, sino también en sistemas educativos, fortaleciendo así los puntales del pensamiento agonista. Aún después de su liberación del dominio del colonizador, durante su ‘modernización’ casi todos los estados nacionales recientemente independizados optaron por diseñar sus estructuras sociales – incluidas las educativas – siguiendo los modelos agonistas de occidente. Es así como la cultura de contienda llegó a ser promovida y reproducida a escala mundial y se convirtió en el estándar para numerosas instituciones educativas, especialmente universitarias, pero también a nivel secundaria e incluso primaria. De ahí el dilema de Juanito.

Sin embargo, el agonismo intelectual no se limita a las educación, sino que ha penetrado en todos los aspectos de la sociedad. Cuando alguien emite una opinión, otros casi instintivamente identifican alguna falla para señalar, como buitres buscando cualquier descuido para atacar. A nombre de provocar el pensamiento, nos hemos vuelto meramente provocativos. Si el 99% de lo que se dice es verdadero y sólo el 1% erróneo, el 99% se pasa por alto y el 1% se enfatiza y magnifica como si fuese el grueso del argumento, incluso cuando se trata de un punto segundario. El método socrático de ayudar a otros a descubrir la verdad por sí mismos, ha sido desfigurado en un medio para obligar al oponente a admitir su error. La necesidad singularmente humana de buscar el conocimiento, ha decaído en un feroz deporte competitivo.

Si alguien no domina una materia suficientemente como para reconocer los errores, simplemente dirá: “No estoy seguro de estar concordar plenamente con todo lo que acabas de decir”, lo cual tiene el efecto de poner en entredicho “todo lo que acabas de decir” sin tener que decir nada inteligente al respecto.11 El pensamiento crítico ha sido trocado por la crítica sin pensar. Otros colocan palabras en boca de sus ‘contendientes’ para forzarlos a retractar alguna afirmación, diciendo “Entonces lo que estás diciendo es que…” seguido por alguna crasa tergiversación de lo dicho. Aunque supuestamente tiene como propósito levantar los ánimos en un diálogo, el agonismo intelectual sólo sirve para revolver sedimentos que nublan los mismos asuntos que propone aclarar. La discusión ha dejado de ser un medio hacia un fin más alto, para convertirse en un fin en sí mismo.

Abundan los abogados del diablo. El Advocatus Diaboli original era una función dentro de la Iglesia Católica entre los años 1587 y 1983, cuyo propósito era el de identificar debilidades en una propuesta, con miras a fortalecerla. Constituía un rol cooperativo, similar al “sombrero negro” de Edward de Bono que busca anticipar y evitar posibles problemas, pero que no debía ser el enfoque predominante. Los abogados del diablo modernos, sin embargo, suelen disputar las ideas de otros sin comprometerse con la posición opuesta ni exponer los pensamientos propios, quedando de este modo inmunes a similares ataques. Esto con frecuencia se combina con la incredulidad generalizada – el no creer en nada ni en nadie – o si no, el completo relativismo en el cual todo vale y la realidad es meramente lo que cada uno cree que es. Ambos extremos pueden servir de evasivas y salidas fáciles, ya que ninguno de los dos exige realmente pensar ni tomar alguna posición sobre un asunto. Y la lista de estrategias de confrontación continúa…

En semejante entorno, muchas personas sienten que es más seguro no decir lo que piensan. Algunos de quienes rehúsan la controversia y competición evitan por completo hablar de temas posiblemente controversiales, mientras que otros se limitan a repasar los hechos y eventos, o a citar las ideas de otros como ‘interesantes’. Por tanto, la minoría que se inclina hacia el agonismo tiende a ser la más vociferante, mientras que quienes sienten rechazo hacia tales actitudes––predominantemente mujeres, minorías étnicas y tanto menores como ancianos––se hunden en la falsa paz de una mayoría silenciosa. Como resultado, el agonismo intelectual aparenta ser más prevaleciente de lo que realmente es, y la sociedad como un todo se priva de valiosos aportes por parte del grueso de la población. Una vez más, las relaciones de tipo ganar-perder decaen en perder-perder, como vimos en un análisis anterior sobre los Dilemas Sociales y la Teoría de la Cooperación.12

 

Alternativas

No hay respuestas fáciles para las necesidades apremiantes del mundo atribulado, las cuales exigen un diálogo reflexivo entre los diversos sectores de la sociedad. En este camino, el agonismo intelectual no constituye peldaño sino un impedimento. El superarlo requerirá de los esfuerzos concertados de todos, especialmente de las autoridades educativas, para desarrollar un diálogo incluyente y sinérgico. No será fácil edificar un nuevo paradigma de educación mutualista; ésta requerirá de profundas transformaciones, tanto individuales como institucionales. Tannen descubrió que muchos maestros prefieren el debate al diálogo, simplemente por que resulta más fácil:

“Los maestros emplean el formato del debate para fomentar la participación en sus estudiantes porque resulta relativamente fácil organizarlo y el resultado es rápido y obvio: los decibeles del ruido y la emoción de los participantes. Es mucho más difícil enseñar a los estudiantes a integrar las ideas y explorar las complejidades, y las recompensas son más silenciosas––aunque más duraderas.”13

Necesitamos enseñar a nuestros estudiantes a ser buscadores de la verdad, no buscadores de la falsedad en lo que otros dicen, sino a ser como mineros que excavan las gemas de entendimiento entre montañas de escombros, como agricultores capaces de percibir la grandeza potencial incluso en la semilla más pequeña. Una metodología útil es el “jugar a creer” propuesto por Peter Elbow, que consiste en escuchar y leer por primera vez como si creyéramos en lo que se nos dice––como alternativa al viejo “jugar a dudar” que salta primero a buscar el error.14 Tales métodos pueden aportar mucho a la sanación de los daños perpetrados, por ejemplo, por aquel profesor que se deleita en lograr que sus alumnos acojan una teoría, para luego hacerla trizas, hasta que una generación más de estudiantes asuma sobre sus hombros el peso opresivo de una incredulidad sin esperanza. Y la incredulidad trae la muerte de la misma curiosidad y creatividad de la cual depende nuestra futura colectiva.

En el proceso de aprender y enseñar el diálogo sinérgico, debemos cuidarnos de dejar que la cultura del agonismo mancille nuestro entendimiento de los principios mutualistas sobre los cuales debe edificarse este enfoque. Tomemos como ejemplo la afirmación bahá'í de que “La brillante chispa de la verdad surge sólo después del choque de diferentes opiniones”.15 Debemos evitar la tendencia a mirar tales conceptos a través de los filtros heredados de la cultura de la contienda, según los cuales esto se referiría al choque entre personalidades en vez del encuentro de ideas, o a las dinámicas dialécticas de oposición en vez de las relaciones dialógicas de complementariedad.

Para ilustrar esta diferencia, tomemos una analogía de las ciencias naturales. Según la física newtoniana, al chocarse los átomos, la influencia de los de mayor masa y velocidad se imponía en los demás, similar a lo que sucede en un debate entre adversarios. No obstante, en los grandes aceleradores de hoy, cuando chocan las partículas subatómicas, la suma de su masa, energía y velocidad produce un estallido de nuevas partículas distintas a las originales, algunas estables y perdurables y otras inestables y fugaces, lo cual refleja el poder creativo del hecho de unir una diversidad de ideas en la consulta mutua.

Existen numerosas propuestas para pasar del debate al diálogo. Por ejemplo, las “normas de procedimiento” de Amitai Etzioni nos recuerdan que las personas con ideas en conflicto siguen siendo miembros de una misma comunidad.16 El enfoque bahá'í de la consulta mutua17 promueve tales prácticas como: compartir lo que dicta nuestra conciencia, sin temor a que otros no comprendan o acepten lo que decimos; presentar nuestros pensamientos con claridad, cortesía, dignidad y moderación; practicar el desprendimiento de nuestras ideas, aclarándolas según sea necesario, pero evitando una insistencia terca en que otros las acojan; tratando con respeto las opiniones de los demás––escuchando atentamente, sin burlarse, menospreciar o ridiculizar a ninguna persona o pensamiento; y no enojarse ni molestarse cuando otros presenten ideas contrarias a las nuestras.

Este abordamiento exige y fomenta tales actitudes y cualidades como:

  • Sinceridad y pureza de motivos: buscar la verdad en cada asunto, sin imponer nuestras propias ideas ni promover nuestros intereses egoístas;
  • Espíritu radiante: mantener una actitud positiva y entusiasta, y buscar la verdad y utilidad en lo que dicen los demás;
  • Desprendimiento del ego: ofrecer nuestras ideas como regalo al grupo y soltarlo, separándolo del yo, sin ofenderse si otros lo rechazan o lo alteran;
  • Atracción hacia todo lo bueno: el amor por la divinidad y/o la humanidad, y un profundo compromiso con tales principios como la unidad, veracidad, tolerancia, compasión y justicia;
  • Modestia y humildad: no tratar de aparentar ser mejor que otros, sino reconocer con sencillez las propias limitaciones y admirar las cualidades y los logros de los demás;
  • Paciencia y perseverancia: cuando se torna difícil la toma de decisiones, mantener la calma sin quejarse pero también sin aceptar que se tome una decisión mediocre debido al cansancio o aburrimiento;
  • Espíritu de servicio: verse uno mismo como humilde colaborador y buscar lo mejor para todos.

En suma, una cultura de paz implica educar para, en y a través de relaciones pacíficas; fomentar el diálogo, el consenso y la comunicación no violenta; promover la mutua comprensión, tolerancia y solidaridad; y trocar las relaciones de antagonismo, conflicto y confrontación por maneras más compasivas, mutualistas y sinérgicas de dialogar sobre lo que más nos importa. Si hemos de promover una cultura de paz en el mundo, debemos transformar las estructuras educativas para que dejen de ser criaderos del agonismo y se vuelvan semilleros del mutualismo. No sólo que nuestros estudiantes deben explorar contenidos mutualistas mediante la libre búsqueda de la verdad, sino que los métodos educativos deben basarse en enfoques como la consulta mutua y el diálogo sinérgico. Sólo así no será necesario que otro Juanito vuelva a casa llorando porque una mentira ha derrotado a la verdad.

 

 

Referencias:

1. Aunque se trata de una suceso real, se ha cambiado el nombre para proteger la privacidad. Toda semejanza a persona alguna es mera coincidencia.

2. Esta fase célebre es atribuido a Henry Russell (“Red”) Sanders, entrenador de fútbol americano, desde el año 1950. Sigue en uso hoy en día en Estados Unidos, especialmente en relación con los deportes.

3. Deborah Tannen, “The Argument Culture – Moving from Debate to Dialogue”. Nueva York: Random House, 1998.

4. Véase, por ejemplo: Harry Eckstein, Division and Cohesion in Democracy: A Study of Norway. Princeton: Princeton University Press, 1966; Margaret Mead, Cooperation and Competition among Primitive Peoples. Nueva York: McGraw-Hill, 1967; Leslie E. Sponsel & Thomas Gregor, editores, The Anthropology of Peace and Nonviolence. Boulder, CO: Lynne Rienner, 1994; y Graham Kemp & Douglas P. Fry, editores, Keeping the Peace: Conflict Resolution and Peaceful Societies around the World. New York: Routledge, 2004.

5. Tannen, p. 257.

6. Karlberg, Michael: “Beyond the Culture of Contest – From Adversarialism to Mutualism in an Age of Interdependence”. Oxford: George Ronald Publisher, 2004, pp. 58-62.

7. Noble, David. A World without Women: The Clerical Christian Culture of Western Science, Oxford: Oxford University Press, 1992.

8. Moulton, Janice. ‘A Paradigm of Philosophy: The Adversary Method’, en Sandra Hardin y Merril Hintikka (eds.), Discovering Reality: Feminist Perspectives on Epistemology, Metaphysics, Methodology, and Philosophy of Science, Boston: Kluwer Boston, 1983.

9. Ong, Walter J. ‘Agonistic Structures in Academia: Past to Present’, Interchange: Journal of Education, Vol. 5 (1974), pp. 1-12; y “Fighting for Life – Contest, Sexuality and Consciousness”. Ithaca, NY: Cornell University Press, 1981.

10. Tannen, p. 268.

11. Al recibir este argumento ilógico, mi respuesta ha sido que tampoco concuerdo enteramente con todo lo que he dicho, que tan solo es lo mejor que he podido ofrecer al momento, que confío en que evolucionará mi pensamiento al respecto en el futuro, en cual caso probablemente me percate de varios errores, y que les invito cordialmente a que me ayude o me acompañe en ese viaje.

12. Peter C. Newton-Evans, “Del Dilema Social a la Teoría de la Cooperación”. URL: http://cultureofpeaceprogram.org/ ( pasar a Artículos – Definición del Problema).

13. Tannen, p. 257.

14. Peter Elbow. Embracing Contraries: Explorations in Learning and Teaching. Nueva York y Oxford: Oxford University Press. 1986.

15. Selección de los Escritos de 'Abdu'l-Bahá, recompilado por la Casa Universal de Justicia. Barcelona: Editorial Bahá'í de España, 1985.

16. Amitai Etzioni, The New Golden Rule: Community and Morality in a Democratic Society. New York: Basic, 1996.

17. John E. Kolstoe, La Consulta – Una Luz de Guía Universal”. URL: http://www.bibliotecabahai.com/index.php?option=com_docman&task=doc_download&gid=2060&Itemid=183.

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