Domingo, 07 Marzo 2010 15:11

C. Construcción de cultura

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Como hemos visto en las secciones anteriores, nuestra tesis es que el agonismo en general constituye un constructo cultural y no algo ineludible en una supuesta naturaleza del ser humano y/o de su sociedad. En el presente artículo, iniciamos nuestra exploración del agonismo como constructo social, analizando las dos dimensiones que constituyen la trama y urdimbre de toda cultura – la psicocultural y la socioestructural – seguido por un análisis de cómo se construye una cultura y cómo se la puede cambiar. Se plantea que la cultura del agonismo predominante en las sociedades occidentales modernas no constituye una ‘cultura natural’, definida por los etólogos como complejo de conductas ‘naturales’ de los animales, y del hombre en cuanto animal, sino la naturalización de una cultura que nos está haciendo daño y que debemos cambiar.

 

A. Dimensiones de la Cultura

El tejido de una cultura consiste en dos dimensiones entrelazadas, como la trama y urdimbre de la sociedad: la psicocultural1 y la socioestructural. La dimensión psicocultural incluye no sólo nuestras concepciones del ser humano y la sociedad, sino todo el conjunto de modelos mentales, supuestos, teorías, creencias, valores, actitudes, simbolismos, representaciones, cosmovisiones, e incluso neurosis y psicopatologías, que constituyen la estructura de la conciencia humana. Es adquirida mediante un proceso de aprendizaje y socialización, por lo que suele ser ampliamente compartida al interior de una misma cultura. Puede haber una gran variedad de pensamientos particulares entre los individuos de una sociedad, pero la dimensión psicocultural suele constituir el armazón básico que unifica esa diversidad en un conjunto dinámico.

La dimensión socioestructural, por otra parte, comprende aquellas prácticas normativas que regulan el comportamiento individual e instituciones que estructuran nuestra vida colectiva, así como los sistemas económicos, políticos y jurídicos de la sociedad, sus jerarquías de poder y autoridad, relaciones de producción y distribución de recursos, división del trabajo, y demás estructuras sociales, las cuales expresan y reproducen la dimensión psicocultural.

1. Refuerzo Recíproco

Toda cultura posee estas dos facetas, psicocultural y socioestructural, que son interdependientes y se refuerzan mutuamente para formar un conjunto cultural. Constituyen estructuras gemelas - la una interna, dentro de la mente humana, y la otra externa, en la organización de la sociedad - que se reflejan recíprocamente como en un espejo. Coexisten en una relación dialógica2 en la cual cada una depende de la otra y a la vez la fortalece.

Las configuraciones socioestructurales dan expresión a la dimensión psicocultural, la cual da la pauta para el diseño y la construcción de las instituciones y prácticas normativas. Son reproducidas o transformadas de generación en generación a raíz de los elementos psicoculturales dominantes en la sociedad durante ese tiempo. Las predisposiciones psicoculturales, a su vez, reflejan en su conformación interior a la dimensión socioestructural. Esto se debe a que son generadas en gran medida mediante la observación de los arreglos socioestructurales, debido al efecto modelador y aculturador de éstos. Es un proceso circular, pues mientras los elementos psicoculturales son reproducidos por influencia de las estructuras sociales, éstas en turno son reproducidas en base a los primeros.

2. Fluidez de la Cultura

Estas configuraciones socioestructurales no tienen existencia propia, sino que son construidas mediante el esfuerzo combinado de incontables personas a lo largo de muchos años, décadas e incluso siglos. Por tanto, no son inalterables, sino que continuamente están siendo creadas y recreadas. De hecho, la mayoría de las instituciones que hemos aprendido a asumir como sólidas e inmutables tienen pocos años o décadas de existencia. Además, activistas como Gandhi, Martín Luther King y otros menos conocidos, han demostrado cuán permeables y moldeables son en realidad las estructuras sociales, incluidas las más antiguas. Para que muden, basta con que suficientes personas decidan modificar su comportamiento estructurado o cambiar su relación con las instituciones establecidas. Tan importante es este aspecto para el logro de una Cultura de Paz, que se enfatiza así en la "Declaración de Sevilla sobre la Violencia":

Concluimos que la biología no condena a la humanidad a hacer la guerra, y que la humanidad puede liberarse de la esclavitud del pesimismo biológico y ser empoderado con la confianza necesaria para emprender las tareas de transformación requeridas... en los años venideros. Aunque estas tareas sean principalmente de índole institucional y colectiva, también dependen de la conciencia de sus participantes individuales, para quienes el pesimismo y optimismo constituyen factores cruciales. Así como las 'guerras comienzan en la mente humana', también la paz se origina en nuestras mentes. La misma especie que inventó la guerra es capaz de inventar la paz. La responsabilidad está en cada uno de nosotros.

3. ‘El Mundo’ como Producto Cultural

A veces las disposiciones psicoculturales son conscientes y decididas, producto de la reflexión cuidadosa sobre nuestras opciones e intenciones. Sin embargo, con mayor frecuencia son subconscientes, pues obedecen a la forma como fuimos socializados a pensar y sentir desde la cuna. Esta "programación" o "aculturación" puede ser enseñada deliberadamente o asimilada 'por osmosis' mediante la observación de los elementos socioestructurales que nos rodean. Y por los mismos motivos pueden ser modificados directamente con la enseñanza deliberada, o indirectamente por medio del cambio de los arreglos socioestructurales. En todo caso, se puede afirmar que debido a su adquisición a lo largo de un proceso de aprendizaje y socialización, sus rasgos generales son compartidos - consciente o inconscientemente - por la mayoría de miembros de un mismo colectivo cultural.

Estas dos dimensiones de la cultura nos ayudan a comprender que según pensamos actuamos, que la institucionalización de estos pensamientos y comportamientos forja el 'mundo' tal y como se nos presenta, y que el modelo en acción que nos ofrece este 'mundo' así construido, nos enseña a pensar y actuar de determinadas maneras, en un lazo o bucle de realimentación continua. Creamos el 'mundo' a imagen y semejanza de nuestro mundo interior, el cual es moldeado a su vez por el mundo exterior. La suma de estos elementos constituye lo que se conoce como "cultura": no sólo los singulares productos materiales de cada sociedad, sino además su propia forma de pensar y actuar, basada en su cosmovisión particular. La conclusión obligada es que el "mundo", tal y como se nos presenta, no es natural e inmutable, sino un producto cultural.

4. Cambio Cultural: de Agonismo a Paz

Las culturas occidentales modernas, con sus pautas arraigadas de individualismo y egocentrismo, avaricia y consumismo, divisionismo y pugna, conflicto y violencia, son producto de siglos de interacción entre estas dimensiones psicoculturales y socioestructurales. Por una parte se han ido cultivando dogmas religiosos, escuelas filosóficas, teorías científicas y creencias populares respecto al ser humano y la sociedad, que fomentan estos rasgos desde el nivel psicocultural. Por otra parte se han venido generando las estructuras sociales que dan cuerpo a estos conceptos mediante la institucionalización del conflicto, la pugna, agresión y violencia. Estos elementos interactúan para formar un solo conjunto congruente: una cosmovisión religioso-filosófico-científico-popular según la cual la naturaleza social y humana es esencialmente conflictiva y violenta; acompañado de un marco normativo e institucional que constituye la encarnación socioestructural de dicha cosmovisión.

La naturalización de esta cultura de agonismo produce como resultado el que cada nueva generación que nace y crece dentro de la corriente dominante de la cultura occidental moderna, tome por sentado que el mundo siempre ha sido y será caracterizado por el agonismo, y dude seriamente de cualquier propuesta de cambio sociocultural. A fin de ayudar a las nuevas generaciones a cuestionar la cultura heredada y llegar a sus propias respuestas ante la vida, es importante que sepan cómo se ha construido su cultura. Sólo así podrán desconstruirla3 para después reconstruirla en una forma más adecuada. Por tanto, en los siguientes dos capítulos conoceremos en mayor detalle la configuración de las dimensiones psicocultural y socioestructural de la actual cultura del agonismo.

 

B. ¿Una Cultura Natural?

Algunos autores han sugerido que el agonismo constituye una 'cultura natural' en el ser humano. Inicialmente este término fue empleado en forma despectiva durante la conquista y colonización para referirse a las culturas 'primitivas' de los pueblos no-europeos. Después se utilizaba para distinguir entre la socialización recibida desde la cuna y la educación formal impartida en un plantel educativo. Recientemente ha sido retomado por algunos pueblos indígenas para referirse a sus culturas ancestrales, como expresión de una íntima 'esencia' o 'espíritu' de su etnia. Sin embargo, en su acepción científica, el término 'cultura natural' es empleado por algunos etólogos4 para referirse a la supuesta 'conducta natural' de los animales y del hombre en cuanto animal, como si existiese una continuidad entre natura y cultura.

En realidad, 'cultura natural' resulta ser un oxímoron - una contradicción de términos. Pues lo 'cultural' trata de maneras estructuradas de pensar y actuar que se adquieren mediante el aprendizaje, mientras que lo 'natural' hace referencia a lo inherente, no aprendido. Una conducta natural sería el 'instinto', definido como una serie compleja de comportamientos genéticamente programados, que no dependen del aprendizaje para adquirirlos sino únicamente para perfeccionarlos. Cabe aclarar que dentro de esta definición NO caben los reflejos neurológicos, ni tampoco los 'impulsos' como el hambre, el deseo sexual, la ira, el temor, etc.

1. En los animales

En el caso de los animales, acaso se podría hablar de una 'cultura animal' en relación con aquellos comportamientos estructurados que son adquiridos mediante la socialización, pero respecto a los instintivos, aunque la interacción entre los dos es tan estrecha que resulta harto difícil separarlos. Los animales aprenden ciertos comportamientos mediante la observación de sus padres y demás miembros de su grupo social, en un proceso de socialización, y de la experiencia nacida del ensayo y error. Prueba de ello es que miembros de una misma especie, al ser criados en cautiverio, carecen de las habilidades necesarias para poder sobrevivir en un entorno silvestre. Queda claro, por tanto, que muchos comportamientos animales no son genéticamente programados o instintivos, sino adquiridos.

Es por esto que algunos autores sugieren que al menos parte de la agresividad y violencia que se observa entre los animales también es cultural. Señalan el hecho de que la mayoría de sus comportamientos agresivos son altamente ritualizados y rara vez llegan a causar lesiones de gravedad en las partes. También reconocen que la abrumadora mayoría de los comportamientos animales observados por los etólogos, incluso entre los predadores, son cooperativos e incluso cariñosos. Incluso, si no decimos que esta conducta comprueba su naturaleza pacífica, es por nuestra tendencia hacia el antropomorfismo - o atribución de características humanas - de los animales. El hecho es que los animales, al igual que los seres humanos, han sido equipados por la naturaleza con las capacidades necesarias para evidenciar una amplia gama de comportamientos según exija la ocasión, pero que unos y otros requerimos de un proceso de aprendizaje para poder dominarlos y utilizarlos con maestría.

2. En los seres humanos

En el caso del ser humano, en cambio, existe la opinión generalizada entre la comunidad científica de que éste carece por completo de instintos (como fueron definidos en lo anterior), pues todo instinto humano propuesto hasta la fecha ha resultado no serlo. O son impulsos (como el hambre, el sexo, el temor o la ira), o reflejos (parpadear cuando un objeto se acerca al ojo, reacciones fisiológicas ante situaciones de peligro, etc.). Todas las demás 'maneras estructuradas de pensar y actuar' del ser humano son aprendidas, culturales, no naturales.

El filósofo español Gustavo Bueno (1991) enfatiza el "discontinuismo entre los contenidos naturales del campo de la Etología y los contenidos culturales" y nos recuerda que "...la Etología es una ciencia natural y no tiene nada que decir formalmente acerca del reino de las formas culturales; hay una discontinuidad, cortadura o ruptura total entre las ciencias que se ocupan de los animales y la ciencia del hombre en cuanto ser cultural, espiritual".

3. Más allá de "natura/cultura"

En este punto el lector podría estar preguntándose si no se está hablando aquí del viejo 'debate' entre lo innato y lo adquirido, entre la naturaleza y la crianza. En realidad esta discusión constituye un anacronismo científico que representa una etapa anticuada de la ciencia y ya no se toma en serio. El debate entre lo innato y lo adquirido surgió originalmente en respuesta al 'racismo científico' y la eugenesia, con el desarrollo de la genética como disciplina. Sin embargo, se ha demostrado ampliamente que el racismo genético es a la vez científicamente incorrecto, moralmente repudiable y socialmente destructivo. El continuar llamándolo un debate sería caer en el relativismo y hacer caso omiso a los hechos.

Actualmente se reconoce que el preguntar cuál influye más en la personalidad, si lo innato o lo adquirido, sería como preguntar cuál eje aporta más al área de un rectángulo, si su ancho o su largo. Por tanto, lejos de preguntar si lo innato o lo adquirido influye más en la violencia y el conflicto, mi tesis es que la genética le provee a la persona la capacidad para manifestar tanto violencia como ternura, tanto cooperación como conflicto, tanto egocentrismo como mutualismo; y que son constructos culturales los que establecen las normas y convenciones que buscan regir a tales actitudes y comportamientos. Por mencionar una implicación práctica de esto, el desarrollo de una cultura de paz no requeriría de una modificación genética de la conducta humana, sino de una serie de cambios socioculturales a todo nivel.

¿Cómo saber si un rasgo social es culturalmente determinado o si depende de la naturaleza inherente en algún aspecto de la biología humana? Karlberg (2004:2) plantea que los fenómenos culturales son "socialmente aprendidos o construidos y por tanto relativamente fluidos y variables entre poblaciones y generaciones", mientras que las características innatas en el ser humano son "biológicamente heredadas o determinadas y por tanto relativamente fijas" en el tiempo y espacio. En otras palabras, culturales son todos aquellos aspectos de la vida humana que varían de pueblo en pueblo y de una generación a otra, mientras que las características comunes a todos los pueblos posiblemente puedan atribuirse a la biología humana.

Por ejemplo, todos los seres humanos sentimos hambre, pero los alimentos que ingerimos, la forma de prepararlos y las convenciones para su consumo difieren entre los pueblos. El deseo sexual es inherente a nuestra fisiología común, pero cada cultura tiene sus propias normas respecto a cuándo, donde, con quién y cómo se expresa ese deseo. El cerebro humano es capaz de sentir ira y temor, así como afecto y cariño; es la socialización la que nos ha entrenado a escoger entre ellos y canalizarlos hacia expresiones culturalmente aceptables. Esta distinción se limita ante la posibilidad teórica de que algún elemento cultural haya sido compartido entre todos los pueblos del mundo a lo largo de su historia.

4. Culturas de agonismo vs. culturas de paz

Cabe preguntarnos, entonces, si el agonismo es común a todos los pueblos o si han existido sociedades en las que han primado la paz, la cooperación y el mutualismo. Los antropólogos han estudiado centenares de diferentes culturas que han existido o aún existen en el mundo, y lo notable es que muchas de ellas se caracterizan por el fomento del mutualismo y la prevención del conflicto. En la mayoría hay una mezcla de elementos agonistas y mutualistas, y en todas hay todo un abanico de personalidades individuales, desde las más agresivas hasta las más bondadosas. Como confirma la "Declaración de Sevilla sobre la Violencia":

El hecho que la guerra haya sufrido cambios radicales en el tiempo, indica que constituye un producto cultural. Su conexión biológica es principalmente el lenguaje, el cual posibilita la coordinación de grupos, la transmisión de tecnologías y el uso de herramientas. La guerra es biológicamente posible pero no inevitable, como lo comprueba la variabilidad de su incidencia y características en el tiempo y el espacio. Existen culturas que no han participado en la guerra durante siglos, y otras que han hecho la guerra con frecuencia en algunas ocasiones y en otras no...

Todos hemos oído decir que tal o cual persona "tiene mucha cultura" o "es carente cultura", queriendo decir que posee mucha o poca educación. Esto obedece a la idea errónea de que la cultura es algo fijo que se tiene o no se tiene. En realidad todos tenemos nuestras respectivas culturas, entre las cuales pueden existir grandes diferencias e incluso contradicciones. Una persona bien imbuida de su propia cultura puede resultar ser un total ignorante en cuanto a la cultura de otro pueblo. Muchos antropólogos y sociólogos culturales han intentado clasificar las diversas culturas del mundo, siempre con limitado éxito debido a su naturaleza multifacética y cambiante. Algunas de tales clasificaciones tienen que ver con la identidad: la forma como nos concebimos dentro de nuestro colectivo.

Por ejemplo, las sociedades en las cuales las personas se consideran a sí mismas como unidades individuales y autónomas, libres para proceder como les plazca y responsables sólo de si mismos, han sido clasificadas como culturas 'individualistas'. En cambio, aquellas sociedades cuyos miembros se perciben primordialmente como parte íntegra de un grupo, quienes piensan y actúan en función de cómo éste los ve y cómo inciden en el todo, se consideran 'colectivistas' o 'comunitarias'. Las culturas individualistas suelen centrarse en la competición, la superación individual, la autorrealización y la independencia, mientras que las culturas colectivistas tienden a valorar más la cooperación, el respeto a los mayores, el logro compartido, la reputación del grupo y la interdependencia.

Únicamente una pequeña minoría de culturas ha tolerado, justificado e incluso alentado el agonismo como principio normativo de su vida individual y colectiva, como es el caso de la actual cultura de agonismo que predomina en muchas sociedades liberales de occidente. Incluso entre las pocas culturas mayoritariamente agonistas, casi todas incluyen subculturas en las que predomina el mutualismo [Ross 1993]. En consecuencia, debemos suponer que el agonismo no constituye un rasgo esencial de la naturaleza humana, sino meramente una opción, y que la aceptación o no de esta opción depende de factores históricos y culturales.

Obviamente interactúan entre sí los aspectos naturales y culturales del ser humano, pues la herencia genética constituye el marco dentro del cual se construye la cultura y ésta a su vez facilita y regula la expresión de los aspectos biológicos.5 Por ejemplo, todos necesitamos alimentarnos, pero no todos consumimos las mismas sustancias ni las preparamos de la misma manera. A lo largo de los años, el cuerpo se adapta a su dieta regular y puede enfermar si cambia bruscamente a lo que para otra cultura es normal. Por otra parte, todo ser humano normal posee la capacidad del lenguaje, pero no todos los pueblos hablan de los mismos temas ni en el mismo idioma. A su vez, el uso repetido de la lengua materna moldea la configuración fisiológica de la boca y garganta de tal modo que afecta su pronunciación de otros idiomas. Además sus formas de expresión influyen en la estructura del pensamiento mismo, la cual es difícil de cambiar pasada cierta edad.

Del mismo modo, todos tenemos la capacidad de ser tiernos y solidarios, o agresivos y violentos. Las diferentes culturas se encargan de fomentar y regular, de distintas maneras, en qué momento, medida y forma pueden y deben expresarse estas diversas capacidades. Con el tiempo, la práctica de estas normas va fortaleciendo unas capacidades y atrofiando otras, al punto que la persona tenga grandes dificultades para pensar, sentir y comportarse de una manera que para otra cultura resulta de lo más normal.

 

C. Naturalización de la Cultura

Este hecho es la causa de un fenómeno que se conoce como la 'naturalización' de la cultura. Explica Karlberg (2004:4) que "cuando las prácticas culturales son asimiladas, suelen parecerles naturales e inevitables a quienes las han interiorizado. Además, aquello que se presenta como natural e inevitable, parecerá imposible de cambiar". Al ser expuesto constantemente a mensajes provenientes de diferentes fuentes que afirman, reafirman y confirman una manera particular de percibir el mundo, se llega a creer que esa percepción es el mundo, no sólo una representación del mismo. Cada pueblo considera que su cosmovisión particular es no solamente una manera sino la única manera de ver el mundo, y más aún es la realidad misma. No es de sorprenderse, entonces, que la gente diga "el mundo es como es, no lo puedes cambiar" en vez de una afirmación más acorde con la realidad: "el mundo está como está por que nosotros lo hicimos así y podemos cambiarlo si queremos".

Hace dos mil años, Cicerón observó que "si se nos obliga, a cada hora, mirar o escuchar eventos horribles, esta constante torrente de impresiones espantosas privará, incluso al más refinado de entre nosotros, de todo respeto por la humanidad" [O'Connor 1989]. Hoy en día, se nos enseña durante nuestra formación las teorías que refuerzan la cosmovisión del agonismo, lo vemos modelado en las prácticas e instituciones de nuestra sociedad, y somos expuestos constantemente a la corrupción y violencia en los medios masivos. No debemos sorprendernos, entonces, de que se haya naturalizado la cultura de conflicto y violencia, haciéndonos creer que constituye un rasgo inherente a la naturaleza del ser humano y de su sociedad. Como dice Karlberg [2004:184]:

...la cultura de la contienda genera una aparente evidencia de que la naturaleza humana es incorregiblemente egoísta y agresiva, por lo que parecería ser necesario dominar y explotar tales impulsos estructurando la mayoría de interacciones sociales a modo de pugnas racionales. Debido a esta falsa evidencia, toda prescripción no agonista parecería ser no sólo impracticable sino además vulnerable a aquellos motivos y manipulaciones mezquinas para cuyo sojuzgamiento y aprovechamiento fueron diseñadas supuestamente las instituciones liberales de occidente.

No obstante, aun dentro de la cultura de la contienda hay suficientes 'anomalías' como para insinuar que los seres humanos también somos capaces del mutualismo y la cooperación. Y aunque aquella primera perspectiva está profundamente arraigada en las sociedades liberales de occidente, ésta última parece estar ganando numerosos defensores contemporáneos, incluso entre respetados académicos en los campos de la antropología, la economía y otras disciplinas.

1. Una profecía que se impone

Desafortunadamente, esta creencia ha resultado ser una profecía que acarrea su propio cumplimiento, pues da forma a nuestras expectativas de nosotros mismos y de los demás. Nueva York, donde tradicionalmente la ciudadanía cree que la ira no puede ni debe ser controlada, es mucho más violenta que Tokio, donde la cosmovisión predominante prescribe no sólo la posibilidad sino el imperativo de dominar sus impulsos agresivos.

En los años 1970, se realizó una serie de experimentos en la Universidad de Columbia, en los cuales se expuso a la mitad de los sujetos a un anuncio noticiero de un acto particularmente cruel y a la otra mitad a un informativo sobre un acto de caridad. Posteriormente, aquellos primeros fueron menos dispuestos que éstos últimos a cooperar y esperar cooperación durante un juego, a juzgar como inocente a un acusado y recomendar una sentencia menos severa, y a opinar que la gente en general es honrada y colaboradora. Se concluyó que las transmisiones habían incidido no sólo en su estado de ánimo sino también en sus actitudes sociales [reportado en Hornstein 1975 y LaKind 1979]. Afirma Kohn (2004:59):

"El solo supuesto de lo inevitable de la agresividad nos impulsa a seguir siendo agresivos. No hay círculo más vicioso que aquél que genera el supuesto falaz de la imposibilidad de controlar una naturaleza humana esencialmente violenta. Aparte de los casos en que resulta acertada, por ende, esta creencia no sólo es errónea... sino también mortífera. Los numerosos factores psicológicos y sociales que favorecen un comportamiento agresivo no desaparecerán simplemente por desearlo. No obstante, nuestros supuestos respecto a la naturaleza de la especie pueden y - dado lo que está en juego - deben ser reconsiderados".

2. ¿El mundo 'es como es'?

Un resultado de este proceso de naturalización se ve reflejado en el mito popular de que el mundo "es como es" - estático, completo y acabado - y que por tanto no se puede cambiar. Según esta concepción, el mundo siempre ha seguido más o menos igual, por naturaleza, por esencia. Cualquier variación se atribuye a los azares de la vida, como las olas en el océano que van y vienen, surgen y caen, sin modificar la naturaleza fundamental del mar. Se cree que "No hay nada nuevo bajo el sol", como dice el viejo refrán.

Los análisis políticos, económicos y sociales adscritos a esta perspectiva son como un letrero en el desierto que el viajero sediento lucha por alcanzar pensando que le dirá cómo salir de allí, pero cuando llega ve una flecha apuntada hacia abajo y la leyenda: "En este momento usted se encuentra exactamente aquí", como tan gráficamente lo ha dibujado Quino. Ahora bien, como sabe todo navegador experto, para saber como llegar a nuestro destino es necesario saber dónde estamos. El error, empero, consiste en definirnos según nuestra situación actual y restringir nuestra visión a ese horizonte.

3. Desnaturalización de la Cultura

Sin embargo, toda cultura se caracteriza por un proceso continuo de cambio ante las variaciones en el entorno y en la conciencia de sus miembros. La cultura no es una pieza de museo, a ser conservada intacta e inalterada por siempre. Tampoco su preservación debe servir de pretexto para resistir la modificación de aspectos dañinos. Es el resultado del conjunto de respuestas que ha dado un colectivo humano a sus necesidades y aspiraciones. Cambia a medida que se modifican dichas necesidades y aspiraciones, y también conforme se van hallando nuevas y mejores formas de satisfacerlas.

Pese a esta gran flexibilidad de la cultura, es difícil ver el cambio en el transcurso de una vida promedia de apenas 75 años. Comenzamos la vida con una total 'amnesia histórica': no hay motivos para creer que el mundo no haya sido siempre de la manera como se nos presentó al nacer, motivo por el cual es importante estudiar la historia. Incluso las grandes alteraciones sufridas por la humanidad durante nuestra vida son apenas percibidas, pues nos vamos acostumbrando y adecuando a la nueva situación día tras día: cada nuevo suceso es 'normalizado' - incorporado dentro de nuestro concepto de lo 'normal'.

Sin embargo, una mirada histórica más profunda da cuenta de que el mundo no siempre ha estado como está hoy; de hecho en los últimos 100 años ha cambiado más que en todo el resto de la historia humana. Nos despertamos al hecho de que el mundo no "es como es", sino que "está como está" y nos preguntamos ¿por qué? Karlberg (2004:4) señala que "el primer paso hacia la reforma de prácticas culturales específicos es su desnaturalización, al demostrar que son culturalmente contingentes y no biológicamente determinadas". Y es justamente esto lo que se ha intentado hacer mediante el presente estudio.

4. La Patología de la Norma

Se cuenta que había en África una aldea donde todos los habitantes padecían una enfermedad que producía manchas en la piel. Ya que todos tenían la misma afección, creían que era un rasgo normal de la fisiología humana. Un día llegó a la aldea un médico que no tenía estas manchas, por lo que los aldeanos lo veían como anormal. Él les dijo que lo suyo era una enfermedad para la cual había curación. Los aldeanos no le creyeron hasta que trató a uno de ellos y desaparecieron sus manchas. Cuando se dieron cuenta de que estaban enfermos, aceptaron el remedio y se curaron.

Este fenómeno se conoce como la “patología de la norma” – una carencia tan común que se presume normal. Asimismo, una cultura donde predominan rasgos agonistas padece de una especie de enfermedad del espíritu que debe ser tratado mediante la reeducación de sus miembros y reestructuración de su sociedad. Si no se conoce otras formas de pensar y organizarse, no habrá motivos para creer que no haya sido así siempre, o que no sea igual en todo el mundo. El mito del conflicto inherente es una de las causas de raíz de esta dolencia, y sus signos y síntomas incluyen la guerra, miseria, crisis y demás problemas que fácilmente se identifican hoy en día. La enfermedad de la actual cultura de agonismo requiere de una intensa labor de reeducación y reestructuración para corregirlas. En los siguientes artículos, conoceremos en mayor detalle el cuadro de esta enfermedad, a fin de prepararnos para participar en su recuperación.

 

Notas:

1. Este es el término empleado por Marc Howard Ross en "Cultures of Conflict", aunque Karlberg prefiere decir "psicoestructural" para enfatizar el aspecto estructural de la consciencia humana.

2. En la dialógica, dos o más elementos coexisten sin necesariamente fusionarse o subyugarse a un elemento mayor, como en el caso de la dialéctica, sino que se modifican mutuamente mediante su interacción. Edgar Morin la define como "la unión de dos lógicas complementarias, concurrentes o antagonistas, que se alimentan o disputan la una a la otra".

3. Se emplea aquí la 'desconstrucción' en un sentido amplio, como la labor de demostrar de qué manera se ha construido la cultura del agonismo, en sus formas institucionales y conceptuales, míticos y emocionales, para luego demostrar lo erróneo y dañino de dichos constructos, como labor previa al empeño de proponer nuevos elementos que los reemplacen.

4. La Etología es la ciencia que se ocupa del estudio la conducta de los animales y del hombre en cuanto animal.

5. Incluso, algunos autores han sugerido que durante la evolución del Homo sapiens, la cultura tuvo un papel importante y posiblemente directivo.

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